sábado, 28 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Lo recibiremos con aclamaciones y el
Viernes Santo, lo despediremos en el silencio más absoluto.
Le cantaremos ¡Hosanna al Hijo de David!
y, en el Gólgota, le gritaremos: ¡Si eres Hijo de Dios baja de la cruz!
Alfombraremos aquí su camino con olivo y
palmas, y más adelante le negaremos como al eterno desconocido.
Con las palmas y ramos lo acogemos como
promesa esperada, y, cuando sea ajusticiado, asistiremos cómplices con nuestro
silencio.
Hoy, Cristo, entra en la ciudad de
nuestros corazones y los encuentra preocupados y ocupados por desesperanzas que
nos impiden vivir con libertad como Hijos de Dios.
Hoy lo hará con gloria, mañana saldrá de
sus muros, envuelto en sangre.
Hoy lo hace montado en pollino recién
estrenado, mañana caminará con una cruz gigante e ignominiosa.
Hoy desfila en medio de cánticos y
alabanzas, pero el viernes subirá hacia el monte Gólgota acompañado de un coro
de burlas y de risas.
Hoy, con nuestras palmas, le diremos a
Jesús que queremos compartir con Él su victoria; mañana nos asustará de tal
manera la cercanía y la crudeza de su cruz, que llamaremos a un cirineo para
ayudarle.
Encuentros y desencuentros, amigos e
infidelidades, promesas y traiciones, subidas y bajadas, son en la vida de todo
creyente una constante.
El Señor, conociéndonos desde donde, con
qué intereses y tonalidades recibe nuestros honores y nuestras glorias,
compartirá con nosotros, ya desde ahora, su victoria sobre la muerte.
¿Nos decidimos acompañarle en estos
días?
¡HOSANNA AL HIJO DE DAVID!
DOMINGO DE RAMOS
Entramos en la Semana Santa, en los días
más importantes de la historia y de la fe. Aquí la liturgia se ralentiza, nos
acompaña con calma, casi hora a hora, en los últimos días de Jesús: desde la
entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en la mañana de
Pascua.
Lo más bello que se puede hacer en estos
días es permanecer junto a los acontecimientos, junto a las infinitas cruces
del mundo donde Cristo sigue crucificado. Los cristianos están cerca de Dios en
su sufrimiento.
Jesús entra en la muerte y sube a la
cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar en la cruz es lo que Dios,
en su amor, le debe al hombre crucificado. Porque el amor conoce muchos
deberes, pero el primero es estar con el amado, abrazarse a él, abrazarlo en sí
mismo, para luego levantarlo en alto, fuera de la muerte. La cruz es el abismo
donde un amor eterno penetra en el tiempo como una gota de fuego, y arde.
Existe una cercanía absoluta: de Dios hacia
nosotros y de nosotros hacia Dios; en la cruz se mezcla esa pasión de comunión
que hace temblar nuestros sepulcros y nos posibilita que entre en ellos la luz de
la mañana.
Solo la cruz disipa toda duda. Cualquier
otro gesto podría ofrecer una idea falsa de Dios. El amor escribe su historia
con el alfabeto de las heridas, el único que no engaña. De ahí la emoción, el
asombro, el enamoramiento. Después de dos mil años, nosotros sentimos como las
mujeres, como el centurión, como el buen ladrón, que en la Cruz reside la
atracción suprema de Dios.
Sálvate a ti mismo, baja de la cruz,
entonces creeremos. Cualquier hombre, si pudiera, bajaría de la cruz. Jesús,
no. No baja porque sus hijos no pueden hacerlo.
Lo entendió primero un pagano, un
centurión experto en la muerte: Verdaderamente este era hijo de Dios. ¿Qué lo
conquistó? Vio el vuelco del mundo, donde la victoria siempre había sido del
más fuerte, del más armado, del más despiadado. Pero él ha constatado el poder
supremo de Dios, de su amor desarmado; que es el de dar la vida incluso a quien
da la muerte; el poder de servir, no de someter. Ha visto en el Gólgota otra
forma de ser hombres.
Al igual que aquel hombre experto en la
muerte, también nosotros, desorientados y fascinados, sentimos que en la Cruz
hay atracción, y seducción, y belleza, y vida. La belleza suprema de la
historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de
Dios se deja clavar, pobre y desnudo, para morir de amor.
Hermoso es quien ama, y más hermoso aún
quien ama hasta el extremo. Mi fe se basa en un acto de amor perfecto, lo más
bello del mundo. Y en Pascua, el Resucitado me asegura que un amor así no puede
perderse.
miércoles, 25 de marzo de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
La
serpiente levantada
Jesús
aquí estamos delante de ti bajo la especie de pan eucarístico, a punto de iniciar
la gran celebración de la semana santa. Quisiéramos unirnos a tu entrega total
y radical por la salvación del genero humano. Hoy queremos meditar sobre el
episodio que narra el libro de Números 21, 7-9: «Hemos pecado hablando
contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las
serpientes». Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz
una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la
colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a
la serpiente de bronce y salvaba la vida.
El
pueblo de Israel estaba muriendo en el desierto. No era una historia simbólica.
Era real. Había serpientes venenosas entre el campamento. La gente caminaba y
de pronto un grito. Una mordida. El veneno empezaba a correr por el cuerpo. Las
manos temblaban. El pulso se aceleraba. La vida se iba apagando. El campamento
se llenó de miedo.
Y
entonces Dios le dice algo a Moisés que parece extraño a primera vista. Haz una
serpiente de bronce. Levántala en un poste. Y todo el que la mire, vivirá.
Si
uno lo piensa rápido, parece contradictorio. La serpiente era precisamente el
problema. La serpiente era lo que estaba matando a la gente. ¿Por qué entonces
Dios usa una serpiente como símbolo de salvación? Aquí está la parte profunda
que muchos estudiosos han visto durante siglos. La serpiente de bronce no
representaba salvación. Representaba el veneno. Era una imagen del problema, levantada
delante de todos. Dios estaba haciendo visible lo que los estaba destruyendo. Era
como decir: “Mirad lo que os está matando”. Pero la cura no estaba en el metal.
La cura estaba en la confianza. El que miraba, reconocía algo en su corazón: Estoy
envenenado. No puedo salvarme solo. Necesito que Dios me salve. Y en ese acto
de fe el milagro ocurría.
Siglos
después Jesús explica esta historia. Y dice algo que hace que todo cobre
sentido. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es
necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.
De
repente la historia deja de ser solo una historia del desierto. Se convierte en
una profecía de la cruz. La serpiente representaba el pecado que mata. Cristo
fue levantado, cargando ese pecado. No porque Él fuera culpable. Sino porque
tomó sobre sí el veneno del mundo. La violencia. La mentira. El orgullo. La maldad
humana. Todo lo que nos destruye, cayó sobre Él. Y la invitación sigue siendo
la misma que en el desierto: Mira… y vivirás.
Ahora
aquí viene la parte que toca el corazón hoy. Porque el veneno no solo estaba en
serpientes antiguas. Hoy el veneno se ve diferente. Se ve en matrimonios que se
destruyen por orgullo. Se ve en hijos que crecen lejos de Dios. Se ve en
personas que cargan culpa durante años. Se ve en gente que parece fuerte por
fuera, pero por dentro está rota. Se ve en el resentimiento que no se suelta. En
la envidia que consume. En la ansiedad que no deja dormir. En el pecado que se
volvió costumbre. El veneno hoy no entra por una mordida. Entra poco a poco. Una
decisión equivocada. Una mentira pequeña. Un hábito que parecía inofensivo. Y
cuando uno se da cuenta… el corazón ya está enfermo.
Hay
gente que lo intenta todo para sanar. Más dinero. Más distracciones. Más ruido
para no pensar. Pero el veneno sigue allí. Y la cruz sigue levantada. Como
aquella serpiente en el desierto. Dios no te dice: arréglate primero. No te
dice: sana solo y luego ven. Dice algo mucho más simple y mucho más profundo:
Mira.
Mira a Cristo. Mira cuánto costó tu perdón. Mira cuánto vales para Dios. Mira
cuánto amor fue necesario para rescatarte. Y algo pasa cuando uno mira de verdad. El
orgullo empieza a caer. La culpa empieza a soltar. El corazón empieza a
ablandarse. Porque entiendes algo que hace llorar cuando lo comprendes. Dios no
te pidió que quitaras el veneno. Sabía que no podías. Por eso permitió que su
Hijo fuera levantado, para cargar lo que estaba matando a todos.
Algunos
miraron y vivieron. Otros probablemente pensaron que era demasiado simple y
murieron con el remedio frente a sus ojos. Y la pregunta sigue viva hoy. ¿Hacia
dónde estamos mirando? Porque el veneno
puede estar en el corazón, pero la cura sigue levantada, esperando que alguien
levante los ojos…y viva. Amén
sábado, 21 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
¡LÁZARO, SAL FUERA!
Desde que Tú lo dijiste con voz potente
y firme, qué pocos se han atrevido a repetirlo, en las múltiples ocasiones que
la vida nos ofrece.
Por eso, esta sociedad corrompe e hiede y
está llena de muerte.
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
Dejemos de envolvernos ya en mortajas y
falsedades.
Que la verdad resplandezca; que la
sensatez y la confianza hagan su tarea en nuestra tierra.
Respiremos tranquilos al ver que los
fantasmas ni pesan ni toman cuerpo y que los nudos se desatan.
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
Lo nuestro es despertar a quienes han
sido dormidos por sus hermanos y ciudadanos y condenados a no ser nada -a no
tener historia ni lugar- y dejarles andar en libertad por donde andamos
nosotros, con la misma dignidad.
¡Lo nuestro es quitar losas y mortajas!
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
CICLO
A
V
DOMINGO DE CUARESMA
Quinto domingo de cuaresma ya nos
estamos acercando a la gran semana de los cristianos, la semana santa. El
evangelio ce Juan sigue presentándonos los grandes símbolos, en esta ocasión se
nos propone la vida.
Todos tenemos experiencia sobre la
vida y la muerte. De ello se encarga el goteo constante de seres queridos
que nos van dejando. Es ley de vida y podemos resignarnos con ese pensamiento
fácil. El evangelio de esta semana cuenta la resurrección de Lázaro y sus enseñanzas
pueden sacarle brillo a este paso nuestro por la tierra. Seguir a Jesús marca
la diferencia. No es lo mismo vivir en minúscula que VIVIR, creer o
no creer. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida
definitiva”.
De Lázaro sabemos pocas cosas: su casa
es acogedora, es amado por muchos, amigo especial de Jesús. Pero su nombre más
verdadero es el que le pusieron sus hermanas: Aquel-a-quien-tú-amas
Marta dice a Jesús: Si hubieras
estado aquí, no habría muerto. Cuántas veces también nosotros hemos
rezado: si tú estás con nosotros, la muerte no vendrá. Tu hermano
resucitará. Lo sabemos bien, pero ese día está tan lejos de este dolor.
Y siguen unas de las palabras más
importantes del Evangelio: Yo soy la resurrección y la vida. Lo soy ahora.
Fijémonos en el orden de las palabras. Primero viene la resurrección y no la
vida. Para Jesús, primero viene la liberación y luego la vida auténtica.
Vivir es el resultado de muchas
resurrecciones: del miedo, de la desesperación, de la violencia, de la soledad.
Resucitar es cosa de ahora, de este momento: resucitar de las vidas estancadas
y mediocres, de las vidas sin sueños.
Cuántos amigos alrededor de Lázaro,
cuántas lágrimas: lloran Marta y María, los judíos, Jesús. Es la humanidad de
Dios. Todos los presentes aquel día en Betania se dan cuenta: Mirad cómo
lo amaba, dicen asombrados. ¿Dónde está el motivo último de la
resurrección de Lázaro? Está en las lágrimas de Jesús. Lo que vence a la
muerte no es la vida, sino el amor. Llorar es amar con los ojos. Lázaro
resucita por el poder de Dios y por el amor de un amigo.
¡Quitad la piedra! Fuera los
escombros de los fracasos del pasado; fuera los sentimientos de culpa, la
incapacidad de perdonarse a uno mismo y a los demás;
¡Lázaro, sal fuera!
Sal al sol. Y nos lo dice a nosotros: sal de la habitación oscura donde solo te
miras a ti mismo, desde tu pequeño rincón, por muy bien amueblado que esté;
fuera está el mundo.
¡Liberadlo y dejadlo ir!
Liberaos todos de la idea de que la muerte es el fin de una persona. Liberadlo,
como se liberan las velas del barco al viento, liberadlo del lastre que impide
el vuelo. Y dejadlo ir, dadle un camino y amigos con quienes caminar.
Qué sensación de futuro y de libertad
emana de este Rabí que sabe llorar y gritar y abrir caminos en el corazón. ¡Dios
es padre solo si tiene hijos vivos! Moriremos, es ley de vida, pero no para
siempre. Ahora sabemos que el tiempo del Amor es más largo que el tiempo de la
vida.
miércoles, 18 de marzo de 2026
ORACIÓN A SAN JOSÉ
En ti confiamos San José, custodio del Redentor y esposo de
la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su
confianza, contigo Cristo se forjó como hombre.
San José, muéstrate padre para nosotros y guíanos por el
camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de
todo mal.
Amén
2026
CICLO A
SOLEMNIDAD
DE SAN JOSÉ
Celebrar la figura de San José, Patrono
de la Iglesia universal nos anima a vivir como él vivió. Él que fue pedido
por Dios para que sea custodio de Jesús, también es custodio de los discípulos
y amigos de Jesús.
A la luz de este relato evangélico,
hablar de san José es entrar en el misterio de Dios, en su designio de amor
para con la humanidad.
La paternidad de San José no surge del
azar
o de la casualidad, no es un elemento más en el proyecto de Dios. Fue
destinado para darle identidad a su Hijo: “tú le pondrás por nombre…” En la
cultura hebrea poner nombre era potestad del varón o cabeza de familia e
implicaba una identidad peculiar. Por lo tanto, se le invita a ser parte del
proyecto Salvador de Dios.
San José es llamado a servir a este
proyecto de Dios para ser el custodio de Jesús y responde con libertad, porque el
amor no puede ser objeto de coacción sino de respuesta libre y liberadora
de un corazón que ama: “José era un hombre bueno” … que no es sinónimo de bonachón.
Era un enamorado que escuchó la llamada de Dios en su corazón. El sí de
san José entrelazó la historia con la voluntad de Dios.
San José fue más allá de la ley
que mandaba repudiar a quienes se encontraban en una situación como María. Es
el padre de la ternura, donde la verdadera fuerza no está en la severidad, sino
en la ternura, la cual es esencial para comprender la fragilidad humana. Él
mismo introdujo a Jesús en la experiencia del amor de Dios, siendo él mismo un
reflejo de la ternura divina. Seguramente Jesús aprendió de él las palabras y
gestos de cariño de su padre terrenal.
Es la lucha diaria de todo ser humano
que quiere ser fiel a su conciencia. El amor va más allá de la ley. San
José responde a esta invitación consciente de que el misterio de Dios va más
allá de la percepción, de ahí que la fe de San José es la respuesta
consciente y firme de quien posiblemente no entendía, pero amaba.
El amor transforma la fe en luz y esa
luz se traduce en esperanza. “Hizo todo lo que le había dicho”, responde con
fidelidad porque vio con el corazón.
Un corazón que ve es un corazón
humanizado que ha traspasado la eficacia de la razón para
entrar en la dimensión del amor.
Un corazón que ve más allá, un corazón
contemplativo que es capaz de acariciar el tiempo y
darle consistencia de eternidad, desde la fidelidad callada del día a día. San
José fue un hombre contemplativo, un hombre de fe que vio la luz de la verdad
más allá de las apariencias.
Quizá nos falte humanizar nuestra vida
desde un corazón que ve, que nos de esa perspectiva eterna que se consolida con
la fe en el amor de Dios que nos invita a darle dignidad a nuestra humanidad.
Día del padre, del que da la vida y la ofrece al servicio de los hijos.
Felicidades a todos los padres y a los
Josés y Josefas.
ACCIÓN DE GRACIAS
Enséñanos, José, cómo se es "no
protagonista", cómo se avanza sin pisotear, cómo se colabora sin
imponerse, cómo se ama sin reclamar.
Cómo se obedece sin rechistar.
Cómo ser eslabón entre el presente y el
futuro.
Cómo luchar frente a tanta desesperanza.
Cómo sentirse eternamente joven.
Dinos, José, cómo se vive siendo
"número dos", cómo se hacen cosas fenomenales desde un segundo
puesto.
Cómo se sirve sin mirar a quién.
Cómo se sueña sin más tarde dudar.
Cómo morir a nosotros mismos.
Cómo cerrar los ojos, al igual que tú,
en los brazos de la Buena Madre.
Explícanos, José, cómo se es grande sin
exhibirse, cómo se lucha sin aplauso, cómo se avanza sin publicidad, cómo se
persevera y se muere uno sin esperanza de un póstumo homenaje.
Cómo se alcanza la gloria desde el
silencio.
Cómo se es fiel sin enfadarse con el
cielo.
Amén
sábado, 14 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
QUIERO VER, SEÑOR
Para sentirte cerca y nunca abandonarte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque me pierdo y camino confundido.
QUIERO VER, SEÑOR
Para verte y nunca perderte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque, sin Ti, no soy tan feliz como
creo ser.
QUIERO VER, SEÑOR
Para vivir alegre y abierto a los demás.
QUIERO VER, SEÑOR
Y agradecer lo mucho que haces por mí.
QUIERO VER, SEÑOR
Y defenderte cuando algunos te ignoren.
QUIERO VER, SEÑOR
Y no tropezarme cuando surjan
dificultades.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nadie me confunda con falsas
luces.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nada me aleje de tu amistad.
Amén.
2026
CICLO A
TIEMPO
DE CUARESMA IV
Cuarto domingo de cuaresma y en esta
ocasión el evangelio nos propone el relato de la curación del ciego y se habla
de Jesús como luz. Jesús es para nosotros luz y faro que nos guía. Y nos
encontramos con él en torno a la palabra, en nuestros ratos de meditación
serena, sin bombardeos emocionales y cuando nos reunimos semanalmente para
celebrar la eucaristía, su presencia en medio de nosotros.
Jesús sale del templo y ve a un hombre
ciego de nacimiento, un discapacitado que, por ley, no puede entrar en él. Jesús
ve lo invisible y se detiene, sin que nadie le llame, sin que nadie se lo pida.
Amigos y enemigos se pierden buscando culpas en ese hombre, todos juntos
equivocándose sobre Dios. Jesús no está de acuerdo, huye de esa lógica: ni él
ni sus padres han pecado. El mal no viene de Dios.
Y sin que el ciego le pida nada,
extiende un poco de barro y saliva sobre esos párpados que cubren el vacío. Dios
se ensucia las manos con el hombre, y es al mismo tiempo un hombre que se
contamina de cielo, contagiado de luz.
Ve a lavarte a la piscina de Siloé... El
ciego confía en su bastón y en la palabra de un desconocido. Confía cuando el
milagro aún no existe, cuando solo hay oscuridad a su alrededor.
Fue a la piscina y volvió viendo. Ya no
se apoya en su bastón; ya no se sentará en el suelo a implorar piedad, sino
que, erguido, camina con el rostro hacia el sol, por fin libre. Por fin un
hombre nuevo. De hecho, la gente ya no lo reconoce. Es él, dicen algunos. No,
no es él. Y así sucede realmente: uno se encuentra con el Señor y cambia por
dentro. Se abren ventanas de luz.
Jesús cura en sábado y en lugar de
alegría, aparece una tristeza infinita. Incluso los padres del ciego parecen
cobardes. A los fariseos no les importa la vida que ha vuelto a esos ojos, sino
la doctrina correcta. Y inician un proceso por herejía. Para defender la
doctrina, niegan la evidencia. Pero ¿qué religión es esta que no mira por el
bien del hombre, sino solo por sí misma y por sus reglas?
Los fariseos querrían que el ciego
volviera a ser ciego, para tener razón ellos. Pero el ciego se ha hecho libre,
se ha hecho fuerte, planta cara a los sabios: yo no sé de teología, yo estoy
con la vida, con los hechos: ¡ahora veo!
Jesús une al Dios de la vida y al Dios
de la doctrina, y lo hace poniendo al hombre en el centro. La gloria de Dios es
un hombre con luz en los ojos y en el corazón.
Para los fariseos, Jesús no viene
de Dios, porque no observa el sábado; para ellos, venir de Dios depende
de la observancia de la ley; para Jesús, venir de Dios depende de cómo habitas
la tierra y como caminas por ella, sembrando paz y amor.
Yo soy la luz del mundo:
luz que acaricia, belleza que sana, mirada que consuela, fuerza que hace renacer
la vida. No se pueden obviar todas las sombras de la actualidad, con nuevos
conflictos añadidos a los ya existentes, pero animémonos a buscar los puntos de
luz de nuestras vidas.
miércoles, 11 de marzo de 2026
MEDITACIÓN
EUCARISTICA:
LA
INVISIBILIDAD
Señor
Jesús sacramentado, junto a ti estamos realizando este camino cuaresmal y nos
preocupa mucho no estar a la altura de lo que tú esperas de nosotros. El trato contigo,
pero sobre todo con los hermanos nos resistimos. Escuchemos esta historia de s.
Pablo:
El
primer día de la semana, nos reunimos para la fracción del pan; Pablo les
estuvo hablando y, como iba a marcharse al día siguiente, prolongó el discurso
hasta medianoche. Había lámparas en abundancia en la sala de arriba, donde
estábamos reunidos. Un muchacho, de nombre Eutiquio, estaba sentado en la
ventana. Mientras Pablo alargaba su discurso, al muchacho le iba entrando un
sueño cada vez más pesado; al final, vencido por el sueño, se cayó del tercer
piso abajo. Lo recogieron ya muerto, pero Pablo bajó, se echó sobre él y,
abrazándolo, dijo: “No os alarméis, sigue con vida”. Volvió a subir, partió el
pan y lo comió. Estuvo conversando largamente hasta el alba y, por fin, se
marchó. Por lo que hace al muchacho, lo trajeron vivo, con gran consuelo de
todos”. (Hechos
20,7-12)
Cuando
Eutiquio se quedó dormido, la parte más fuerte no es la caída, es que nadie la
vio venir. El lugar estaba lleno. Era una reunión importante. Estaba predicando
Pablo de Tarso. Había ambiente espiritual. Había enseñanza profunda. Había
gente apasionada escuchando. Y en medio de todo eso… un joven se estaba
apagando. Pero nadie lo notó.
No
dice que alguien le preguntó si estaba bien. No dice que alguien lo movió de
lugar. No dice que alguien vio su cabeza caer lentamente. Solo dice que se
quedó profundamente dormido…y cayó. Tres pisos. Eso es lo que duele de la
historia. No cayó en la calle. No cayó lejos. Cayó en medio de una reunión de
fe. Y nadie lo sostuvo antes.
Cuántas
veces pasa así. En casa. En la iglesia. En el trabajo. En el grupo de amigos. Todo
parece estar bien. La reunión sigue. La música suena. La conversación fluye. El
mensaje continúa. Y alguien, en silencio, se está cansando. Es el hijo que ya
no habla tanto como antes. Es la esposa que sonríe, pero ya no brilla igual. Es
el líder que sirve fielmente, pero está exhausto. Es el amigo que se ríe en
público y llora en privado. No siempre las personas “caen” por rebeldía. A
veces se duermen del cansancio. De la presión. De la carga que no compartieron.
Y
lo más peligroso no es el sueño. Es la invisibilidad. Eutiquio no gritó antes
de caer. Se fue quedando dormido poco a poco. Así pasa hoy. Nadie anuncia: Estoy
a punto de rendirme. Simplemente se apagan despacio. Y aquí viene lo que
confronta: Estamos tan enfocados en lo que se está diciendo, que a veces no
vemos lo que se está viviendo. Tan atentos al mensaje, que olvidamos mirar a
las personas.
Pero
cuando Eutiquio cae, Pablo detiene todo. Baja. No delega. No ignora. No dice: Seguid
cantando. Desciende. Lo abraza. Y declara vida.
Eso
es liderazgo verdadero. Eso es amor real. Porque no basta con predicar arriba si
no estás dispuesto a bajar cuando alguien cae. Y aquí es donde la historia deja
de ser antigua.
Tal
vez en nuestras casas hay alguien sentado en una ventana. Callado. Cansado.
Distraído. Desconectándose poco a poco. Y no lo has notado. Tal vez a tu
alrededor hay alguien funcionando en automático. Tal vez en tu iglesia hay
alguien sirviendo mientras se desmorona por dentro. Tal vez en tu propia
familia hay alguien al borde… y todos creen que está bien.
La
pregunta no es solo: ¿Quién va a levantar al que cayó? La pregunta es: ¿Quién
va a notar al que se está quedando dormido? Porque cuando prestamos atención,
muchas caídas se pueden evitar. Un mensaje. Una conversación honesta. Un ¿de
verdad estás bien? Un abrazo a tiempo. Después del milagro, el joven volvió
a subir. La reunión continuó. La vida siguió.
Pero
esa noche todos entendieron algo: No se trata solo de lo que se predica. Se
trata de a quién estás mirando mientras predicas. Y tal vez hoy el Espíritu no
te está diciendo: Ten más fe. Tal vez te está diciendo: Mira mejor.
Qerido
Jesús sabemos que a veces el mayor milagro no es resucitar al que cayó. Es
notar al que está a punto de hacerlo. Amén.
sábado, 7 de marzo de 2026
Tantas veces nos acercarnos
a este pozo de Jacob, con el cántaro de nuestras dispersiones y carencias.
Quizá tú, Señor, que te
has detenido, cansado, ante su brocal y sombra, detente ante nuestras
resistencias, pues lo tuyo es derribar barreras y abrir puertas a la esperanza.
Quizá tu palabra, tan
sorpresiva, cercana y clara, hagan emerger nuestro ser más hondo, relativizando
tantas vanas ocurrencias.
Quizá tus ojos vivos y
tu presencia acogedora, hagan que expresemos insatisfacciones, prejuicios y
resistencias, recelos y carencias.
Deseos tenemos a manos
llenas, aunque el corazón esté herido y las entrañas pisoteadas y yermas de tanta
lágrima amarga derramada.
Hasta en seis ocasiones
con decisión buscando abrazos y amores, pero llevamos a cuestas una vida rota y
sin horizonte, llena de fracasos y sinsabores.
Ya no entendemos tu
mensaje ni lo que nos mueve cada día a buscar el agua tan necesaria, por eso
andamos perdidos y preguntamos cómo personas torpes.
Pero poco a poco tú nos
cautivas y enamoras y te ganas nuestro herido corazón; y nosotros anhelamos,
como nunca, el agua viva que brota de tu rostro y voz.
Nos sentimos amados, reconocidos
y con una sed distinta; corremos hacia la aldea y anunciamos tu presencia que
cura, alegra y da vida sólo con ser acogida unos días.
Amén
2026
CICLO A
TIEMPO
DE CUARESMA III
Llegamos al tercer domingo de cuaresma y
hoy el evangelio nos presenta a Jesús que cansado del camino se sienta junto al
pozo. Llega una mujer sin nombre y con una vida frágil. Dame de beber. Dios
tiene sed, pero no de agua. Tiene sed de ser amado. Tiene sed de cada uno de
nosotros desde el momento en que nos da la vida.
Esa mujer samaritana, representa a toda
la humanidad. Sabemos perfectamente que los judíos y los samaritanos eran dos
pueblos que se evitaban por sistema. Jesús rompe el muro de los prejuicios, está
por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos o de género; por encima de
cualquier barrera ideológica. Y es que el diálogo que Jesús mantiene con la
samaritana es toda una llamada de atención para que dejemos a un lado los
estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan
como a nosotros nos gustaría.
Jesús le dice: Si conocieras el don de
Dios... Te daré un agua que se convierte en manantial. Nos enseña que hay un
medio, uno solo, para llegar al corazón profundo de cada uno. Y no es la
reprimenda, la crítica, la acusación, sino hacer saborear un poco más de
belleza, un poco más de bondad, de vida.
conversación gire en torno al agua nos
nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.
Y esa mujer cuya vida estuvo marcada por
incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su
relación con Dios estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, que ya no
servía siquiera para refrescar.
Jesús toma la iniciativa y le ofrece una
nueva búsqueda para descubrir un agua distinta y sorprende y descoloca a la
samaritana, pero le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una
nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos
ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que
desemboca en lo más íntimo de su ser.
Una fuente es mucho más que lo que
necesitas para saciar tu sed; es sin medida, sin fin, sin cálculo, sin
esfuerzo. Exuberante y excesiva. No brota para sí misma, sino para los demás.
Y la mujer, dejando su cántaro corre a
la ciudad. Su pasado, que era su debilidad, se convierte ahora en su fuerza. Por
eso no tenemos que tener miedo a nuestras debilidades, sino construyamos sobre
ellas. Ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso
dejar atrás. Ya no necesita de esa agua porque Jesús le ha descubierto el
manantial que tiene en su corazón.
Que durante este tiempo de Cuaresma
seamos mendicantes de esa agua viva que nos propone Jesús. Que nos
dejemos embriagar con la frescura de este mensaje, que nos invita a amar y ser
amados con una mirada libre de prejuicios. Reconocer y respetar ese Agua
Viva en cada persona, resolvería todos los conflictos de la humanidad, ya sean
en forma de guerras, abusos o marginaciones. El mensaje de felicidad y
salvación del evangelio alcanza a cualquier persona, sin que importen sus
circunstancias vitales.





























