Horario 23 horas
viernes, 3 de abril de 2026
2026 CICLO A
VIERNES SANTO
Llegamos al final de este recorrido humano de Jesús. Él
vino para darnos vida y nosotros entregamos muerte. Pero en este
acto salvador se manifiesta el ser de Dios y la plenitud de lo humano.
Es la mayor prueba de que Dios nos ama. La muerte de Jesús en la cruz,
al mismo tiempo de mostrar una crudeza y crueldad profundas, manifiesta
que Jesús, vivió una vida entregada a los demás. Jesús pone de
relieve el amor con que Dios nos ama y que no hay amor más grande que el
que da la vida por sus amigos.
En la cruz de Nuestro Señor Jesucristo adoramos no
a un Dios muerto, sino la vitalidad de su amor porque del madero de la cruz
brota con mayor fuerza su presencia amorosa.
Jesús en la cruz muestra la capacidad del ser humano
de acoger lo divino y de actuar como tal. Jesús ayer se entregó los
cercanos en la Última Cena, en la forma de pan y vino, y hoy finalmente en la
cruz, lo hace por toda la humanidad.
Para los cristianos, la cruz de Cristo no es sólo
motivo de veneración, sino que es el camino propuesto por nuestro salvador para
poder llegar al destino final preparado por Dios para nosotros. Hemos de
abrazar la cruz, en la que nos entregamos totalmente al servicio de los demás,
para así acoger la vida que Dios, que, por su gracia, nos regala.
La imagen de Jesús muerto y suspendido en la cruz
quedó grabada en la memoria de los creyentes. Una estampa ante la cual nos sale
decir: ¡No me lo puedo creer! Y la fe reclama que digamos: Esto es lo que
hay que creer. A Este crucificado es al que hay que creer. Éste es
verdaderamente el Hijo de Dios. Aquí está la salvación del mundo, como dirá la
Liturgia del Viernes Santo».
Levantar los ojos hacia él no es sólo un acto físico.
Es, sobre todo, un acto de fe. La verdadera fe afirma «Dios es así», «Dios está
en El», «Él es Dios». Para muchos parece imposible que un condenado a muerte
pueda ser Dios. Demasiado fuerte. Donde unos no ven nada más que escándalo,
otros vemos amor, todo el amor que Dios nos tiene. Donde unos no ven nada
más que fracaso, otros vemos el triunfo del amor. Donde unos no ven nada
más que un final, otros vemos la máxima expresión del amor, de la entrega por
amor hasta la muerte. Ahí está el nudo del problema. ¿Es posible amar tanto
que te entregues hasta la muerte? Esta pregunta la tienen que responder
los que de verdad aman y los que amando están dispuestos a lo que sea.
Muchos dejan «todo» por conseguir a alguien. Todo
encuentro de dos personas lleva implícita una renuncia, una entrega que tiene
mil plasmaciones. Por la otra persona hay personas que son capaces de entregar
la vida, poco a poco, como se hacen las cosas de la vida: en el paso rutinario
de las horas…
La entrega no es una experiencia lejana ni ajena a
nuestra propia vida. Cada uno sabe lo que es capaz de entregar y por quién
tenemos fuerzas para entregarnos… Cada uno sabe qué cruces estamos dispuestos a
llevar y por quién…
jueves, 2 de abril de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Gracias, Jesús, por la Eucaristía.
Gracias, Jesús, porque deseabas
ardientemente celebrar la Pascua con nosotros.
Gracias, Jesús, porque en la última cena
nos entregaste tu vida y nos llenas de tu presencia.
Gracias, Jesús, porque nos amaste hasta
el final, hasta el extremo que se puede amar; morir por otro, dar la vida por
otro.
Gracias, Jesús, porque quisiste celebrar
tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad
de amor contigo.
Gracias, Jesús, porque nos dijiste que
celebrásemos la eucaristía en memoria tuya.
Gracias, Jesús, porque podemos celebrar
la Eucaristía todos los días.
Gracias, Jesús, porque cada día podemos
seguir alimentándonos de ti para seguir AMANDO y SIRVIENDO fraternalmente a
quienes se encuentren con nosotros, y seguir nuestro camino para llegar a ser
uno CONTIGO. Amén
2026 CICLO A
JUEVES SANTO
La liturgia del jueves santo nos dice una palabra definitiva sobre cómo es Dios, quién es el ser humano y
lo que está llamado a ser.
Durante la cena de despedida con sus apóstoles, Jesús
se ciñe la cintura para confirmar ese movimiento de Dios que se abaja, se vacía de sí mismo para agraciar y enriquecer al ser humano poniéndose
a sus pies, a su servicio. Jesús de este
modo nos dibujó el icono de la entrega.
Dios buscaba ablandar nuestras conciencias; fortalecer nuestra confianza en su amor incondicional y trasplantarnos un corazón renovado con
su energía divina, su Espíritu de vida. “Os he dado ejemplo para que lo que Yo he hecho con vosotros, vosotros también
lo hagáis”. ¿Qué más puede darnos o decirnos Jesús?
El mandamiento de la nueva alianza lo concentra todo:
amaos, cuidaos unos a otros como
hermanos de todos. No podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no
amamos al hermano que tenemos cerca, si no cuidamos al prójimo a quien sí vemos
y Cristo se identificó.
Jesús nos amó
hasta el extremo. Jesús el
extremista. Fue un extremista amando nuestra humanidad. Humanidad bien retratada aquella noche
de jueves santo: el amigo que le niega,
los amigos que huyen y se desdicen asustados, el traidor. Esa es nuestra humanidad, esos somos nosotros. Eso es lo que, en Cristo, Dios ha abrazado hasta sus últimas
consecuencias. Esa humanidad que manipula a Dios, que lo rechaza, que ha colgado a Dios de la cruz. Esa humanidad que no logra liberarse de
violencias, de injusticias. Todo esto ha
sido amado.
Nuestro mundo precisa por todas partes que los
cristianos volvamos a Jesús y su misericordia. Allá donde hay una iglesia,
comunidad parroquial, vida consagrada o familia cristiana, en cualquier lugar
donde viva un seguidor de Jesús es urgente que activemos dispositivos de fraternidad.
El mensaje de la Semana Santa será solo cultural o
devocional, si no contribuye a transformar
nuestras opciones de vida. El evangelio nos interpela a renovar hoy nuestro
compromiso con la entrega de Jesús, la fraternidad universal, la renovación de
la Iglesia desde el principio de misericordia.
Hagamos vida su última
voluntad: “amaos como Yo os he amado”. Hasta
el extremo. Es necesario que nos esforcemos por vivir el Mandamiento del
Amor. Tenemos necesidad de:
- AMARNOS:
no tanto con palabras, sino con obras y de verdad.
- AYUDARNOS y
de COMPRENDERNOS, como Cristo ayudó y comprendió
- COMPARTIR
lo que somos y tenemos: nuestra fe, alegría, nuestra generosidad, nuestro
tiempo.
- PERDONARNOS:
unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.
Lo más importante
que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos
ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso.
miércoles, 1 de abril de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
Jesús
lava los pies
Querido
Jesús en vísperas de tu última cena con tus discípulos donde elegiste quedarte
en las especies del pan y del vino queremos permanecer contigo unos minutos para
acompañarte y para experimentar lo que tu sentiste en aquella primera semana
santa, que permaneció en la memoria de tus seguidores de una manera candente y acuciante.
No solo quisiste quedarte en las especies de pan y vino, sino que hiciste
gestos muy significativos que hablaban de tu actitud ante la humanidad: gestos
de servicio, de amor, de entrega total y de absoluto abandono en las manos del Padre
Dios.
El
evangelio de Juan capítulo 13 nos deja ver algo que rompe todos nuestros
esquemas: Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla… y
empieza a lavar pies.
La
noche era pesada. No era una cena cualquiera. Pies sucios. Pies cansados. Pies
que habían caminado con Él, pero no todos con el mismo corazón. Y entre esos
pies estaban los de Judas.
Jesús
de Nazaret sabía exactamente quién era. Sabía lo que iba a hacer. Sabía que en
pocas horas lo iba a vender, a entregar, a cambiarlo por unas monedas. No era
ignorancia, era conciencia total. Y aun así, se arrodilló.
No
evitó ese momento. No dijo “a este no”. No lo expuso delante de todos. No lo
miró con desprecio. No le lavó solo un pie rápido para salir del paso. No.
Se
inclinó, como si Judas también fuera digno de amor. Ahí está el golpe al
corazón.
Porque
tú y yo, dejamos de hablarle a alguien por mucho menos. Nos endurecemos porque
“nos vieron feos, nos criticaron, porque se mostraron indiferentes”. Guardamos
distancia porque “nos fallaron un tanto”. Nos llenamos de orgullo, de silencio,
de indiferencia y creemos que estamos haciendo lo correcto.
Pero
esa escena nos desnuda. El Rey lavando los pies del traidor.
La
pureza, tocando la suciedad. El amor, sirviendo al que ya decidió herirlo. Eso
no es debilidad. Eso es una fuerza que no es humana.
Porque
el orgullo grita: “aléjate, no se lo merece”. Pero el amor verdadero se
arrodilla, aun cuando sabe que le van a romper el corazón. Y aquí es donde
duele.
Porque
no es solo Judas. Somos nosotros cuando fallamos. Soy yo cuando traiciono con
actitudes, con palabras, con indiferencia. Y aun así Él no se levanta de la
mesa diciendo “ya me cansé de vosotros”. Se arrodilla otra vez.
El
orgullo tiene un padre y no es Dios. Ese impulso de sentirte superior, de
cerrarte, de no perdonar, de esperar que el otro venga primero, no viene del
cielo. Pero lo que hizo Jesús esa noche, eso sí viene de Dios.
Es
amor que se humilla sin perder dignidad. Es servicio que no depende de la
respuesta del otro. Es perdón que empieza antes de que el otro lo pida.
Y
ahora la pregunta ya no es bonita, es incómoda: ¿A quién no le queremos lavar
los pies? ¿A quién ya le borramos de nuestro corazón? ¿A quién decidimos tratar
con frialdad porque “se lo ganó”?
Porque
seguir a Jesús no es cantar bonito, es parecerse a Él cuando más duele. Es amar
cuando tienes razones para no hacerlo. Es servir cuando nadie lo merece. Es
perdonar cuando el orgullo te grita que no.
Esa
noche no solo lavó pies. Esa noche dejó al descubierto nuestro corazón. Al lavar los
pies, tocó lo más incómodo, lo más humano, lo que normalmente escondemos. No
solo limpió el polvo del camino: desnudó el orgullo, la resistencia a dejarnos
amar, la dificultad para servir y para aceptar el servicio. Porque dejarse
lavar también cuesta. Ahí queda al descubierto nuestro corazón:
Ese
gesto revela que el amor verdadero no es idea, ni sentimiento, sino entrega
concreta, que se arrodilla, que toca la fragilidad del otro sin miedo. Y
también nos enfrenta a una verdad incómoda: no podemos seguir a Cristo sin
dejarnos transformar por ese mismo estilo de amor.
Esa
noche, más que enseñar, Jesús desenmascara: nos muestra quiénes somos y quiénes
estamos llamados a ser.
Pedro
que quería resistirse, el de los discípulos, que no comprenden, pero también el
nuestro, que tantas veces queremos amar pero sin rebajarnos. Amén.
sábado, 28 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Lo recibiremos con aclamaciones y el
Viernes Santo, lo despediremos en el silencio más absoluto.
Le cantaremos ¡Hosanna al Hijo de David!
y, en el Gólgota, le gritaremos: ¡Si eres Hijo de Dios baja de la cruz!
Alfombraremos aquí su camino con olivo y
palmas, y más adelante le negaremos como al eterno desconocido.
Con las palmas y ramos lo acogemos como
promesa esperada, y, cuando sea ajusticiado, asistiremos cómplices con nuestro
silencio.
Hoy, Cristo, entra en la ciudad de
nuestros corazones y los encuentra preocupados y ocupados por desesperanzas que
nos impiden vivir con libertad como Hijos de Dios.
Hoy lo hará con gloria, mañana saldrá de
sus muros, envuelto en sangre.
Hoy lo hace montado en pollino recién
estrenado, mañana caminará con una cruz gigante e ignominiosa.
Hoy desfila en medio de cánticos y
alabanzas, pero el viernes subirá hacia el monte Gólgota acompañado de un coro
de burlas y de risas.
Hoy, con nuestras palmas, le diremos a
Jesús que queremos compartir con Él su victoria; mañana nos asustará de tal
manera la cercanía y la crudeza de su cruz, que llamaremos a un cirineo para
ayudarle.
Encuentros y desencuentros, amigos e
infidelidades, promesas y traiciones, subidas y bajadas, son en la vida de todo
creyente una constante.
El Señor, conociéndonos desde donde, con
qué intereses y tonalidades recibe nuestros honores y nuestras glorias,
compartirá con nosotros, ya desde ahora, su victoria sobre la muerte.
¿Nos decidimos acompañarle en estos
días?
¡HOSANNA AL HIJO DE DAVID!
DOMINGO DE RAMOS
Entramos en la Semana Santa, en los días
más importantes de la historia y de la fe. Aquí la liturgia se ralentiza, nos
acompaña con calma, casi hora a hora, en los últimos días de Jesús: desde la
entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en la mañana de
Pascua.
Lo más bello que se puede hacer en estos
días es permanecer junto a los acontecimientos, junto a las infinitas cruces
del mundo donde Cristo sigue crucificado. Los cristianos están cerca de Dios en
su sufrimiento.
Jesús entra en la muerte y sube a la
cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar en la cruz es lo que Dios,
en su amor, le debe al hombre crucificado. Porque el amor conoce muchos
deberes, pero el primero es estar con el amado, abrazarse a él, abrazarlo en sí
mismo, para luego levantarlo en alto, fuera de la muerte. La cruz es el abismo
donde un amor eterno penetra en el tiempo como una gota de fuego, y arde.
Existe una cercanía absoluta: de Dios hacia
nosotros y de nosotros hacia Dios; en la cruz se mezcla esa pasión de comunión
que hace temblar nuestros sepulcros y nos posibilita que entre en ellos la luz de
la mañana.
Solo la cruz disipa toda duda. Cualquier
otro gesto podría ofrecer una idea falsa de Dios. El amor escribe su historia
con el alfabeto de las heridas, el único que no engaña. De ahí la emoción, el
asombro, el enamoramiento. Después de dos mil años, nosotros sentimos como las
mujeres, como el centurión, como el buen ladrón, que en la Cruz reside la
atracción suprema de Dios.
Sálvate a ti mismo, baja de la cruz,
entonces creeremos. Cualquier hombre, si pudiera, bajaría de la cruz. Jesús,
no. No baja porque sus hijos no pueden hacerlo.
Lo entendió primero un pagano, un
centurión experto en la muerte: Verdaderamente este era hijo de Dios. ¿Qué lo
conquistó? Vio el vuelco del mundo, donde la victoria siempre había sido del
más fuerte, del más armado, del más despiadado. Pero él ha constatado el poder
supremo de Dios, de su amor desarmado; que es el de dar la vida incluso a quien
da la muerte; el poder de servir, no de someter. Ha visto en el Gólgota otra
forma de ser hombres.
Al igual que aquel hombre experto en la
muerte, también nosotros, desorientados y fascinados, sentimos que en la Cruz
hay atracción, y seducción, y belleza, y vida. La belleza suprema de la
historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de
Dios se deja clavar, pobre y desnudo, para morir de amor.
Hermoso es quien ama, y más hermoso aún
quien ama hasta el extremo. Mi fe se basa en un acto de amor perfecto, lo más
bello del mundo. Y en Pascua, el Resucitado me asegura que un amor así no puede
perderse.
miércoles, 25 de marzo de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
La
serpiente levantada
Jesús
aquí estamos delante de ti bajo la especie de pan eucarístico, a punto de iniciar
la gran celebración de la semana santa. Quisiéramos unirnos a tu entrega total
y radical por la salvación del genero humano. Hoy queremos meditar sobre el
episodio que narra el libro de Números 21, 7-9: «Hemos pecado hablando
contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las
serpientes». Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz
una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la
colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a
la serpiente de bronce y salvaba la vida.
El
pueblo de Israel estaba muriendo en el desierto. No era una historia simbólica.
Era real. Había serpientes venenosas entre el campamento. La gente caminaba y
de pronto un grito. Una mordida. El veneno empezaba a correr por el cuerpo. Las
manos temblaban. El pulso se aceleraba. La vida se iba apagando. El campamento
se llenó de miedo.
Y
entonces Dios le dice algo a Moisés que parece extraño a primera vista. Haz una
serpiente de bronce. Levántala en un poste. Y todo el que la mire, vivirá.
Si
uno lo piensa rápido, parece contradictorio. La serpiente era precisamente el
problema. La serpiente era lo que estaba matando a la gente. ¿Por qué entonces
Dios usa una serpiente como símbolo de salvación? Aquí está la parte profunda
que muchos estudiosos han visto durante siglos. La serpiente de bronce no
representaba salvación. Representaba el veneno. Era una imagen del problema, levantada
delante de todos. Dios estaba haciendo visible lo que los estaba destruyendo. Era
como decir: “Mirad lo que os está matando”. Pero la cura no estaba en el metal.
La cura estaba en la confianza. El que miraba, reconocía algo en su corazón: Estoy
envenenado. No puedo salvarme solo. Necesito que Dios me salve. Y en ese acto
de fe el milagro ocurría.
Siglos
después Jesús explica esta historia. Y dice algo que hace que todo cobre
sentido. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es
necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.
De
repente la historia deja de ser solo una historia del desierto. Se convierte en
una profecía de la cruz. La serpiente representaba el pecado que mata. Cristo
fue levantado, cargando ese pecado. No porque Él fuera culpable. Sino porque
tomó sobre sí el veneno del mundo. La violencia. La mentira. El orgullo. La maldad
humana. Todo lo que nos destruye, cayó sobre Él. Y la invitación sigue siendo
la misma que en el desierto: Mira… y vivirás.
Ahora
aquí viene la parte que toca el corazón hoy. Porque el veneno no solo estaba en
serpientes antiguas. Hoy el veneno se ve diferente. Se ve en matrimonios que se
destruyen por orgullo. Se ve en hijos que crecen lejos de Dios. Se ve en
personas que cargan culpa durante años. Se ve en gente que parece fuerte por
fuera, pero por dentro está rota. Se ve en el resentimiento que no se suelta. En
la envidia que consume. En la ansiedad que no deja dormir. En el pecado que se
volvió costumbre. El veneno hoy no entra por una mordida. Entra poco a poco. Una
decisión equivocada. Una mentira pequeña. Un hábito que parecía inofensivo. Y
cuando uno se da cuenta… el corazón ya está enfermo.
Hay
gente que lo intenta todo para sanar. Más dinero. Más distracciones. Más ruido
para no pensar. Pero el veneno sigue allí. Y la cruz sigue levantada. Como
aquella serpiente en el desierto. Dios no te dice: arréglate primero. No te
dice: sana solo y luego ven. Dice algo mucho más simple y mucho más profundo:
Mira.
Mira a Cristo. Mira cuánto costó tu perdón. Mira cuánto vales para Dios. Mira
cuánto amor fue necesario para rescatarte. Y algo pasa cuando uno mira de verdad. El
orgullo empieza a caer. La culpa empieza a soltar. El corazón empieza a
ablandarse. Porque entiendes algo que hace llorar cuando lo comprendes. Dios no
te pidió que quitaras el veneno. Sabía que no podías. Por eso permitió que su
Hijo fuera levantado, para cargar lo que estaba matando a todos.
Algunos
miraron y vivieron. Otros probablemente pensaron que era demasiado simple y
murieron con el remedio frente a sus ojos. Y la pregunta sigue viva hoy. ¿Hacia
dónde estamos mirando? Porque el veneno
puede estar en el corazón, pero la cura sigue levantada, esperando que alguien
levante los ojos…y viva. Amén
sábado, 21 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
¡LÁZARO, SAL FUERA!
Desde que Tú lo dijiste con voz potente
y firme, qué pocos se han atrevido a repetirlo, en las múltiples ocasiones que
la vida nos ofrece.
Por eso, esta sociedad corrompe e hiede y
está llena de muerte.
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
Dejemos de envolvernos ya en mortajas y
falsedades.
Que la verdad resplandezca; que la
sensatez y la confianza hagan su tarea en nuestra tierra.
Respiremos tranquilos al ver que los
fantasmas ni pesan ni toman cuerpo y que los nudos se desatan.
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
Lo nuestro es despertar a quienes han
sido dormidos por sus hermanos y ciudadanos y condenados a no ser nada -a no
tener historia ni lugar- y dejarles andar en libertad por donde andamos
nosotros, con la misma dignidad.
¡Lo nuestro es quitar losas y mortajas!
¡Lázaro, sal fuera!
Es tu palabra y buena nueva.
CICLO
A
V
DOMINGO DE CUARESMA
Quinto domingo de cuaresma ya nos
estamos acercando a la gran semana de los cristianos, la semana santa. El
evangelio ce Juan sigue presentándonos los grandes símbolos, en esta ocasión se
nos propone la vida.
Todos tenemos experiencia sobre la
vida y la muerte. De ello se encarga el goteo constante de seres queridos
que nos van dejando. Es ley de vida y podemos resignarnos con ese pensamiento
fácil. El evangelio de esta semana cuenta la resurrección de Lázaro y sus enseñanzas
pueden sacarle brillo a este paso nuestro por la tierra. Seguir a Jesús marca
la diferencia. No es lo mismo vivir en minúscula que VIVIR, creer o
no creer. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida
definitiva”.
De Lázaro sabemos pocas cosas: su casa
es acogedora, es amado por muchos, amigo especial de Jesús. Pero su nombre más
verdadero es el que le pusieron sus hermanas: Aquel-a-quien-tú-amas
Marta dice a Jesús: Si hubieras
estado aquí, no habría muerto. Cuántas veces también nosotros hemos
rezado: si tú estás con nosotros, la muerte no vendrá. Tu hermano
resucitará. Lo sabemos bien, pero ese día está tan lejos de este dolor.
Y siguen unas de las palabras más
importantes del Evangelio: Yo soy la resurrección y la vida. Lo soy ahora.
Fijémonos en el orden de las palabras. Primero viene la resurrección y no la
vida. Para Jesús, primero viene la liberación y luego la vida auténtica.
Vivir es el resultado de muchas
resurrecciones: del miedo, de la desesperación, de la violencia, de la soledad.
Resucitar es cosa de ahora, de este momento: resucitar de las vidas estancadas
y mediocres, de las vidas sin sueños.
Cuántos amigos alrededor de Lázaro,
cuántas lágrimas: lloran Marta y María, los judíos, Jesús. Es la humanidad de
Dios. Todos los presentes aquel día en Betania se dan cuenta: Mirad cómo
lo amaba, dicen asombrados. ¿Dónde está el motivo último de la
resurrección de Lázaro? Está en las lágrimas de Jesús. Lo que vence a la
muerte no es la vida, sino el amor. Llorar es amar con los ojos. Lázaro
resucita por el poder de Dios y por el amor de un amigo.
¡Quitad la piedra! Fuera los
escombros de los fracasos del pasado; fuera los sentimientos de culpa, la
incapacidad de perdonarse a uno mismo y a los demás;
¡Lázaro, sal fuera!
Sal al sol. Y nos lo dice a nosotros: sal de la habitación oscura donde solo te
miras a ti mismo, desde tu pequeño rincón, por muy bien amueblado que esté;
fuera está el mundo.
¡Liberadlo y dejadlo ir!
Liberaos todos de la idea de que la muerte es el fin de una persona. Liberadlo,
como se liberan las velas del barco al viento, liberadlo del lastre que impide
el vuelo. Y dejadlo ir, dadle un camino y amigos con quienes caminar.
Qué sensación de futuro y de libertad
emana de este Rabí que sabe llorar y gritar y abrir caminos en el corazón. ¡Dios
es padre solo si tiene hijos vivos! Moriremos, es ley de vida, pero no para
siempre. Ahora sabemos que el tiempo del Amor es más largo que el tiempo de la
vida.
miércoles, 18 de marzo de 2026
ORACIÓN A SAN JOSÉ
En ti confiamos San José, custodio del Redentor y esposo de
la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su
confianza, contigo Cristo se forjó como hombre.
San José, muéstrate padre para nosotros y guíanos por el
camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de
todo mal.
Amén
2026
CICLO A
SOLEMNIDAD
DE SAN JOSÉ
Celebrar la figura de San José, Patrono
de la Iglesia universal nos anima a vivir como él vivió. Él que fue pedido
por Dios para que sea custodio de Jesús, también es custodio de los discípulos
y amigos de Jesús.
A la luz de este relato evangélico,
hablar de san José es entrar en el misterio de Dios, en su designio de amor
para con la humanidad.
La paternidad de San José no surge del
azar
o de la casualidad, no es un elemento más en el proyecto de Dios. Fue
destinado para darle identidad a su Hijo: “tú le pondrás por nombre…” En la
cultura hebrea poner nombre era potestad del varón o cabeza de familia e
implicaba una identidad peculiar. Por lo tanto, se le invita a ser parte del
proyecto Salvador de Dios.
San José es llamado a servir a este
proyecto de Dios para ser el custodio de Jesús y responde con libertad, porque el
amor no puede ser objeto de coacción sino de respuesta libre y liberadora
de un corazón que ama: “José era un hombre bueno” … que no es sinónimo de bonachón.
Era un enamorado que escuchó la llamada de Dios en su corazón. El sí de
san José entrelazó la historia con la voluntad de Dios.
San José fue más allá de la ley
que mandaba repudiar a quienes se encontraban en una situación como María. Es
el padre de la ternura, donde la verdadera fuerza no está en la severidad, sino
en la ternura, la cual es esencial para comprender la fragilidad humana. Él
mismo introdujo a Jesús en la experiencia del amor de Dios, siendo él mismo un
reflejo de la ternura divina. Seguramente Jesús aprendió de él las palabras y
gestos de cariño de su padre terrenal.
Es la lucha diaria de todo ser humano
que quiere ser fiel a su conciencia. El amor va más allá de la ley. San
José responde a esta invitación consciente de que el misterio de Dios va más
allá de la percepción, de ahí que la fe de San José es la respuesta
consciente y firme de quien posiblemente no entendía, pero amaba.
El amor transforma la fe en luz y esa
luz se traduce en esperanza. “Hizo todo lo que le había dicho”, responde con
fidelidad porque vio con el corazón.
Un corazón que ve es un corazón
humanizado que ha traspasado la eficacia de la razón para
entrar en la dimensión del amor.
Un corazón que ve más allá, un corazón
contemplativo que es capaz de acariciar el tiempo y
darle consistencia de eternidad, desde la fidelidad callada del día a día. San
José fue un hombre contemplativo, un hombre de fe que vio la luz de la verdad
más allá de las apariencias.
Quizá nos falte humanizar nuestra vida
desde un corazón que ve, que nos de esa perspectiva eterna que se consolida con
la fe en el amor de Dios que nos invita a darle dignidad a nuestra humanidad.
Día del padre, del que da la vida y la ofrece al servicio de los hijos.
Felicidades a todos los padres y a los
Josés y Josefas.
ACCIÓN DE GRACIAS
Enséñanos, José, cómo se es "no
protagonista", cómo se avanza sin pisotear, cómo se colabora sin
imponerse, cómo se ama sin reclamar.
Cómo se obedece sin rechistar.
Cómo ser eslabón entre el presente y el
futuro.
Cómo luchar frente a tanta desesperanza.
Cómo sentirse eternamente joven.
Dinos, José, cómo se vive siendo
"número dos", cómo se hacen cosas fenomenales desde un segundo
puesto.
Cómo se sirve sin mirar a quién.
Cómo se sueña sin más tarde dudar.
Cómo morir a nosotros mismos.
Cómo cerrar los ojos, al igual que tú,
en los brazos de la Buena Madre.
Explícanos, José, cómo se es grande sin
exhibirse, cómo se lucha sin aplauso, cómo se avanza sin publicidad, cómo se
persevera y se muere uno sin esperanza de un póstumo homenaje.
Cómo se alcanza la gloria desde el
silencio.
Cómo se es fiel sin enfadarse con el
cielo.
Amén
sábado, 14 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
QUIERO VER, SEÑOR
Para sentirte cerca y nunca abandonarte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque me pierdo y camino confundido.
QUIERO VER, SEÑOR
Para verte y nunca perderte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque, sin Ti, no soy tan feliz como
creo ser.
QUIERO VER, SEÑOR
Para vivir alegre y abierto a los demás.
QUIERO VER, SEÑOR
Y agradecer lo mucho que haces por mí.
QUIERO VER, SEÑOR
Y defenderte cuando algunos te ignoren.
QUIERO VER, SEÑOR
Y no tropezarme cuando surjan
dificultades.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nadie me confunda con falsas
luces.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nada me aleje de tu amistad.
Amén.
































