domingo, 4 de octubre de 2026
sábado, 3 de octubre de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Mi amigo amaba su viña tanto como su
casa solariega, pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.
Antes de irse nos eligió e hizo de su
cuadrilla y nos dejó al frente de su viña; nos marcó nuestro trabajo, llenó
nuestra existencia de tiempo y riqueza, y nos regaló sus propias herramientas.
Él, que tan bien nos conoce, creía que
estando solos, sin dioses que nos miren y controlen, trabajaríamos mejor.
Pasaron años y cosechas, pero mi amigo
no olvidaba su viña y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.
Envió a sabios criados que no lograron
nada; envió a criados dialogantes que volvieron al instante; envió a criados
fuertes que volvieron con las espaldas marcadas; envió a profetas que nadie
escuchaba; envió a su hijo, el que había sido camarada y elegido a los
labradores…
Pero éstos lo mataron con saña, se
creyeron dueños de la viña y se dieron a la buena vida.
Olvidaron su tarea, y la viña, en vez de
olorosa uva, empezó a dar agrazones en toda circunstancia.
¿Qué hará mi amigo ahora con su viña y
los labradores?
¡Pues contarles, una y otra vez, la
historia, para ver si la entienden y se convierten, y logra un final feliz, que
es lo que él quiere!
Señor, estén mis oídos atentos a
escuchar tu palabra.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXVII
La parábola que hoy nos presenta el
Evangelio toca una de las cuerdas más profundas de la relación entre Dios y la
humanidad: la paciencia infinita del Creador.
Jesús utiliza la imagen de la viña,
profundamente arraigada en la tradición de Israel. La viña no es solo una
propiedad; es una obra de amor. El dueño la planta, la rodea con una
cerca, cava en ella un lagar y edifica una torre. No escatima en cuidados
para que sea fértil y esté protegida. Esa viña representa nuestro mundo,
nuestra Iglesia, nuestra comunidad y, en definitiva, nuestra propia vida. Dios
nos lo ha dado todo preparado, digno y hermoso.
Sin embargo, el drama comienza cuando
llega el tiempo de la cosecha. El dueño envía a sus siervos para recoger
los frutos que le corresponden, pero los viñadores los golpean, los matan y los
apedrean. Finalmente, manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo lo
respetarán». Pero los viñadores ven en el heredero una amenaza a sus
ambiciones y exclaman: «Venid, matémoslo y quedémonos con su herencia».
Esta parábola habla directamente de tres
realidades fundamentales para nuestra fe:
- La paciencia de Dios:
Dios no se cansa de enviar llamados a la conversión. Envía a los profetas,
envía testigos, envía eventos en nuestra vida para recordarnos de quién es la
viña. Su respuesta al rechazo no es la ira inmediata, sino insistir en el amor
hasta enviar a su propio Hijo, Jesucristo.
- El pecado central de los viñadores no
fue la pereza, sino la soberbia y la codicia. Quisieron adueñarse de lo que
no era suyo. Muchas veces caemos en la misma trampa: actuamos como si
nuestra vida, y todo lo que nos rodea fueran de nuestra absoluta propiedad,
olvidando que somos administradores, no dueños. Cuando sacamos a Dios del
centro para ponernos a nosotros mismos, terminamos destruyendo las relaciones y
haciendo daño a quienes nos rodean.
- La piedra angular: Jesús cita
el Salmo 118: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra
angular». Lo que el mundo descuida, desprecia o crucifica, Dios lo
convierte en el fundamento del Reino. Cristo, expulsado de la viña y muerto en
la cruz, se convierte en la base firme sobre la que se edifica la salvación.
Al final del pasaje, Jesús nos deja una
advertencia sobria pero llena de esperanza: Se os quitará a vosotros el
Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. El
Reino de Dios no es un privilegio de cuna ni una herencia asegurada sin
compromiso; es un regalo que exige dar frutos de justicia, amor, misericordia y
fraternidad.
La parábola no concluye en el desamor o
en la venganza, sino que la viña de Dios será dada a un pueblo que produzca sus
frutos. Y entonces comenzará de nuevo la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Están
surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos, agricultores buenos que cuidan la
viña en lugar de depredarla, que ponen su propio yo al servicio de la
humanidad, en lugar de los demás al servicio de su propia vida. Isaías soñaba
una historia que no sea guerra de posesiones y batalla de poder, sino
cosecha de justicia y paz. El Reino comienza con estos granos de Dios,
como pequeños racimos de Dios entre nosotros.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Meditación eucarística:
LA ESPOSA DE LOT
Jesús
sacramentado delante de ti nos encontramos para acompañarte unos momentos a lo
largo de esta semana. Hoy queremos reflexionar contigo como no podemos anclarnos
en el pasado, tú nos prometes un futuro nuevo, lleno de luz y de vida pero
nuestra condición de tierra nos ancla continuamente en lo que pasó.
Queremos
centrarnos en la mujer de Lot (Génesis 19,15-26), casi siempre la atención se
queda en su castigo. En la imagen de sal. En la desobediencia. En la mirada
hacia atrás. Y olvidamos algo mucho más profundo. Ella estuvo a punto de
salvarse.
Sodoma
estaba a punto de ser destruida. La maldad había llegado a su límite. El juicio
de Dios estaba por caer sobre la ciudad. Y mientras el fuego todavía no
descendía del cielo, Dios ya estaba trabajando para rescatar a una familia. Lot
dudaba. Sus yernos se burlaban. La familia tardaba en salir. Y los ángeles
tuvieron que tomarles de la mano para sacarlos de la ciudad.
Dios
no los estaba abandonando. Dios los estaba buscando. Mientras ellos vacilaban,
Dios insistía. Mientras ellos dudaban, Dios extendía misericordia. Mientras
ellos permanecían inmóviles, Dios los empujaba hacia la vida.
Y
quizás ahí comienza la parte más dolorosa de la historia. Porque la esposa de
Lot no murió en Sodoma. Salió de Sodoma. Corrió junto a los demás. Escuchó la advertencia.
Vio la gracia de Dios. Estuvo rodeada de milagros. Y aun así, algo dentro de
ella seguía perteneciendo a la ciudad que estaba dejando atrás.
Entonces
llegó aquella orden: “No mires atrás.” No porque Dios quisiera impedirle
observar un paisaje. Sino porque Dios estaba intentando salvar su corazón. Porque
hay momentos en los que el pasado puede destruir lo que Dios está tratando de
construir en nuestro futuro.
Y
entonces ocurrió. La Biblia dice que ella miró atrás. Pero tal vez el problema
no fue un simple movimiento de cabeza. Tal vez el problema fue que su corazón
ya había mirado atrás mucho antes. Su cuerpo estaba saliendo de Sodoma. Pero su
corazón seguía viviendo allí. Porque nadie extraña aquello de lo que realmente
desea ser libre. Nadie anhela aquello que verdaderamente ha decidido abandonar.
Esta
historia es dolorosamente actual. Porque muchos creyentes hacen exactamente lo
mismo. Dios los sacó de situaciones que los estaban destruyendo. Los libró de
hábitos. Los libró de relaciones dañinas. Los libró de caminos equivocados. Los
libró de pecados que los estaban consumiendo. Pero siguen mirando atrás. Siguen
extrañando lo que Dios les pidió dejar. Siguen idealizando aquello mismo de lo
que Dios los rescató. Siguen llorando puertas que Dios cerró para salvarlos. Y
mientras avanzan físicamente, su corazón permanece atrapado en el ayer.
Por
eso Jesús dijo siglos después: “Recordad a la mujer de Lot”. De todas
las personas que pudo mencionar, Jesús pidió que recordáramos a una mujer cuyo
nombre ni siquiera conocemos. Ella representa un peligro que todos enfrentamos.
El peligro de estar cerca de la salvación mientras nuestro corazón sigue
enamorado del mundo. Y aquí está lo que más me conmueve.
La
esposa de Lot no fue ignorada por Dios. Dios la llamó. Dios la esperó. Dios la
tomó de la mano. Dios le abrió una salida. Dios le mostró misericordia. Todo el cielo
trabajó para salvarla. Pero Dios jamás obligará a una persona a amar aquello
que Él le ofrece. Porque la salvación puede tomarte de la mano. Pero no puede
decidir por tu corazón.
Y
quizás hoy esta historia se está repitiendo. No con fuego cayendo del cielo. No
con una ciudad llamada Sodoma. Pero sí con personas que saben que Dios las está
llamando hacia algo mejor. Y aun así siguen mirando atrás. Extrañando el
pasado. Aferrándose a heridas. Aferrándose a personas. Aferrándose a sueños que
Dios ya les pidió soltar. Aferrándose a una vida que ya terminó. La esposa de
Lot nos recuerda que el mayor peligro no siempre es quedarse en Sodoma. A veces
el mayor peligro es salir de Sodoma sin dejar que Sodoma salga de nosotros. Porque
hay momentos en los que el futuro de Dios está delante de nosotros, y lo único
que puede impedirnos abrazarlo es un corazón que todavía vive en el pasado.
“Recordad
a la mujer de Lot.” Porque todavía hoy hay personas caminando hacia la vida, mientras
una parte de ellas sigue mirando hacia atrás. Amén.









