DES DEL CONVENT
jueves, 29 de octubre de 2026
miércoles, 28 de octubre de 2026
Meditación
Eucarística:
LA
HISTORIA DE RAQUEL
Querido
Jesús en esta tarde, junto a ti, queremos recordar como Dios nuestro Padre
jamás nos abandona, sino que está entretejiendo, como amor, nuestra vida. Hoy
queremos descubrirlo en la historia de Raquel.
Raquel
fue el gran amor de Jacob (Gén. 29 y 35), a parte de su belleza Jacob la amaba
por encima de todo. Tuvo que esperar siete años para que su padre le concediera
poder casarse con ella. Labán su padre, primero le obligó a casarse con Lia, no
la amaba pero que ella tuvo muchos hijos. Raquel al principio fue estéril, pero
Dios le concedió descendencia.
Raquel
era una mujer profundamente amada y aun así profundamente infeliz. Jacob amaba
a Raquel y trabajó siete años por ella, hasta le parecieron pocos días porque
la amaba. Pocas personas han sido amadas con tanta intensidad. Y sin embargo,
Raquel lloraba, porque es una verdad dolorosa que todos necesitamos aprender. Ser
amado no siempre elimina nuestras luchas. Tener bendiciones no siempre produce
satisfacción. Porque el corazón humano tiene una extraña capacidad. Puede
recibir mucho y seguir concentrado en lo que le falta.
Mientras
ella tenía el amor de Jacob, Lía tenía hijos. Y poco a poco la comparación
comenzó a destruir su paz. Es interesante observa como Lía quería el amor que
tenía Raquel. Y Raquel quería los hijos que tenía Lía. Las dos tenían algo que
la otra deseaba. Las dos sufrían. Las dos lloraban. Las dos sentían que les
faltaba algo.
Es
una de las trampas más peligrosas de la vida. Porque muchas veces creemos que
los demás son felices. Creemos que los demás tienen la vida resuelta. Creemos
que los demás poseen aquello que nosotros necesitamos para sentirnos completos.
Pero rara vez vemos las lágrimas que existen detrás de las sonrisas. Rara vez vemos
las luchas ocultas detrás de las bendiciones visibles. Y así nació la tristeza
de Raquel. No porque Dios no le hubiera dado nada. Sino porque comenzó a medir
su vida comparándola con otra persona.
Raquel
pedía en sus oraciones: "Dame hijos, o si no, me muero." Qué palabras
tan fuertes. En realidad Raquel estaba diciendo algo mucho más profundo. "Si
no obtengo esto, no podré ser feliz." "Si no recibo esto, mi vida no
tendrá sentido."
La
historia de Raquel nos enseña algo difícil de aceptar. Ninguna bendición puede
llenar el lugar que pertenece a Dios. La Biblia dice que Dios se acordó de
Raquel. Eso no significa que Dios la hubiera olvidado. Significa que llegó el
momento de actuar. Porque mientras Raquel lloraba, Dios seguía obrando. Mientras
Raquel esperaba, Dios seguía escuchando. Mientras Raquel pensaba que el cielo
guardaba silencio, Dios seguía escribiendo la historia.
Y
quizá alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay oraciones que parecen no
tener respuesta. Hay sueños que parecen detenidos. Hay lágrimas que parecen
invisibles. Hay años de espera que parecen no terminar. Y en medio de todo eso
es fácil pensar que Dios se olvidó de nosotros.
Pero
finalmente nació José. El hijo tan esperado. El hijo tan anhelado. El hijo por
el que había llorado durante años. Tiempo después nació Benjamín. Y durante
aquel parto, Raquel murió, su vida nos recuerda que incluso las personas más
amadas enfrentan dolor. Incluso las personas más bendecidas enfrentan pérdidas.
Incluso las personas que reciben milagros enfrentan lágrimas. Porque la fe
nunca ha sido la ausencia del sufrimiento. La fe es confiar en Dios incluso
cuando no entendemos todo lo que está ocurriendo. Raquel no alcanzó a ver el
futuro de José. No vio cómo Dios lo convertiría en gobernador de Egipto. No vio
cómo salvaría a su familia. No vio cómo su hijo sería instrumento para
preservar una nación. Ella murió sin conocer gran parte del plan. Pero Dios sí
lo conocía.
Y
eso también ocurre con nosotros. Muchas veces juzgamos nuestra historia por el
capítulo que estamos viviendo. Pero Dios está viendo el libro completo. Nosotros
vemos la espera. Dios ve el propósito. Nosotros vemos las lágrimas. Dios ve la
cosecha. Nosotros vemos la demora. Dios ve el momento perfecto. La conclusión de
su historia no está en el nacimiento de José. Está en recordar que Dios nunca
olvidó una sola lágrima. Ni una sola oración. Ni una sola noche de dolor. Porque
mientras Raquel pensaba que estaba esperando a Dios, en realidad Dios estaba
preparando algo mucho más grande de lo que ella podía imaginar. Amén
sábado, 24 de octubre de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Enséñame, señor, a guardar Tus
mandamientos, para que otros no me impongan sus ideas.
Tus preceptos, para que nadie me cambie
el sentido de las cosas.
Tus Palabras, para que no me confundan
otras totalmente vacías.
Tus obras, para que no me seduzcan los
que hablan y no hacen nada.
Tus consejos, para que sepa distinguir
el camino cierto del equivocado.
Tu mirada, para que cuente hasta diez,
antes de abandonar el sendero de la fe.
Tú Eucaristía, para que sienta cómo
desciende la fuerza del Espíritu Santo.
Tu Ley, para que sepa diferenciarla de
aquellas otras leyes caprichosas y falsas.
Tú esperanza, para que no puedan más en
mí, las dificultades que mi afán de dar a conocerte.
Tu iglesia, para que cuando vuelvas, la
encuentres guardando con respeto y veneración la vida, la gran joya de tus
mandamientos.
Amén.
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXX
¿Cuál es el mandamiento principal de la
ley? Jesús responde indicando algo que está en el centro del hombre: tú amarás.
Él sabe que la criatura necesita mucho amor para vivir bien. Y ofrece su
Evangelio como camino hacia la plenitud y la felicidad de esta vida.
Amarás a Dios con todo, con todo, con
todo. Por tres veces Jesús repite que la única medida del amor es amar sin
medida. Ama a Dios con todo el corazón: totalidad no significa exclusividad.
Ama a Dios sin medias tintas, y verás que queda del corazón, de hecho, crece,
para amar a tus familiares, amigos, a ti mismo. Dios no es celoso, no roba el
corazón: lo multiplica.
Ama con toda la mente. El amor hace
inteligentes, hace entender antes, ir más a fondo y más lejos. Ama con todas
tus fuerzas. El amor hace fuertes, capaces de enfrentar cualquier obstáculo y
esfuerzo.
¿Por dónde empezar? Por dejarse amar por
Él, que entra, dilata, ensancha las paredes de este pequeño vaso que soy yo.
Nosotros somos amados que se convierten en amantes.
Pero Jesús cuál en lugar de uno, enumera
dos: amarás a Dios, amarás al prójimo. Jesús no añade nada de nuevo: el primer
y el segundo mandamiento ya están escritos en la Biblia. Sin embargo, dirá que
el suyo es un mandamiento nuevo.
¿Dónde está la novedad? Está en el hecho
de que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y
dice: el segundo es similar al primero. Amarás al hombre es similar a amarás a
Dios. El prójimo es similar a Dios. Esta es la revolución de Jesús: el prójimo
tiene rostro, voz y corazón semejantes a Dios. El rostro del otro es para leer
como un libro sagrado, su palabra para escuchar como palabra santa, su grito
para hacer tuyo como si fuera palabra de Dios.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Es
casi un tercer mandamiento siempre olvidado: «ámate a ti mismo», porque eres
como un prodigio, llevas la impronta de la mano de Dios. Si no te amas a ti
mismo, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y poseer, huir o
violar, sin alegría ni gratitud. Si para ti deseas paz y perdón, esto ofrecerás
al otro. Si para ti deseas justicia y respeto, tú primero los darás.
Pero, ¿por qué amar, amar con todo mi
ser? ¿Por qué llevar el corazón a estos vértigos? Porque dar y recibir amor es
sobre lo que se posa la beatitud de la vida.
Porque Dios-amor es la energía
fundamental del cosmos, y al amar participas de esta energía: cuando amas, es
el Totalmente Otro el que viene para que la historia sea totalmente otra de lo
que es.
miércoles, 21 de octubre de 2026
Meditación
eucarística
LA
HISTORIA DE LA REINA DE SABÁ.
Querido
Jesús en el santísimo sacramento en el altar, nos colocamos delante de ti en
esta tarde, para sosegar nuestra alma y nuestro corazón y para escucharte y
saborearte.
Todos
recordamos a la Reina de Sabá que viajó para conocer la sabiduría de Salomón (1
Reyes 10). Llevaba riquezas y regalos al rey que la recibía. La reina de Sabá
había escuchado hablar de Salomón. No había visto su reino. No había visto el
templo. No había escuchado personalmente su sabiduría. Solo había oído
testimonios. Y en lugar de conformarse con lo que otros decían, decidió hacer
un largo viaje para comprobarlo por sí misma.
La
Biblia dice que recorrió una enorme distancia atravesando desiertos. No era un viaje
de unos días. Era un viaje de meses. Con calor. Con peligros. Con cansancio.
¿Por
qué hizo un esfuerzo tan grande? Porque entendió que había cosas tan valiosas
que merecían ser buscadas. Esta verdad toca el corazón. La reina no viajó por
oro. No viajó por negocios. No viajó por poder. Viajó buscando sabiduría.
¡Qué
diferente a nuestro tiempo! Hoy muchos recorren grandes distancias para
conseguir un mejor trabajo. Para comprar una casa. Para alcanzar un sueño. Y
todo eso puede ser bueno. Pero muy pocos hacen el mismo esfuerzo por conocer
más a Dios.
Lo
más hermoso ocurre cuando finalmente llega al palacio. La Biblia dice que
Salomón respondió todas sus preguntas. No hubo una sola que quedara sin
respuesta. Y cuando ella vio la sabiduría del rey, el orden de su casa, el
servicio de sus siervos y la manera en que todo funcionaba, quedó sin aliento. No
fue solamente el discurso de Salomón lo que la impresionó. Fue su manera de
vivir. Su vida confirmaba sus palabras. Y esa es una de las exégesis más
profundas de este relato. La verdadera sabiduría no solo se escucha. Se ve. Se
refleja en el carácter. En las decisiones. En la forma de tratar a las
personas. Porque cualquiera puede hablar de Dios. Pero no cualquiera puede
reflejar a Dios con su vida.
Recordemos
que Jesús mismo habló de la reina de Sabá. Dijo que ella se levantaría en el
juicio contra aquella generación porque viajó desde los confines de la tierra
para escuchar la sabiduría de Salomón, "y aquí hay uno más grande que
Salomón" (Mateo 12:42).
¿Qué
quiso decir Jesús? Que la reina hizo un viaje de meses para conocer la
sabiduría de un rey humano. Pero ahora el Rey de reyes estaba entre ellos y
muchos no quisieron escucharlo. ¡Qué contraste! Ella recorrió desiertos para
buscar la verdad. Hoy muchos tienen una Biblia en su casa y permanece cerrada. Ella
cruzó kilómetros para escuchar unas palabras de sabiduría. Hoy podemos hablar
con Cristo en cualquier momento y muchas veces no encontramos cinco minutos
para orar. Ella tenía hambre de conocer. Nosotros muchas veces estamos
demasiado ocupados para buscar a Dios.
Hoy
la historia de la reina de Sabá sigue ocurriendo. Se ve en la persona que hace
enormes sacrificios para crecer profesionalmente, pero nunca encuentra tiempo
para alimentar su alma. Se ve en quien conoce cada detalle de las noticias,
pero desconoce la Palabra de Dios. Se ve en quien busca respuestas en todas
partes, menos en Aquel que tiene todas las respuestas.
Pero
también se ve en quienes siguen buscando a Cristo con todo su corazón. En quienes
abren su Biblia antes de comenzar el día. En quienes hacen de la oración una
prioridad. En quienes entienden que la mayor riqueza no está en tener más cosas,
sino en conocer más al Señor. Porque al final, la reina de Sabá descubrió que
el viaje más importante de su vida no fue el que hizo con sus pies. Fue el que
hizo con su corazón. Y quizás hoy Dios no te está pidiendo que cruces un
desierto. Solo te está invitando a abrir tu Biblia. A detenerte unos minutos. A
escucharlo.
Porque
Aquel que es más grande que Salomón sigue esperando hablar contigo. Te espera
en el sagrario, en la oración personal o comunitaria, en los sacramentos, en la
bondad y en la sonrisa hecha sin esfuerzo y por pura gracia.
Y
la pregunta que deja esta historia es sencilla: Si la reina de Sabá recorrió
meses de camino para encontrar sabiduría, ¿qué excusa tenemos nosotros para no
buscar cada día a Jesús, que está mucho más cerca que un desierto? Amén
sábado, 17 de octubre de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
A vosotros que seguís con entusiasmo sin
saber muy bien hacia dónde vamos; a vosotros que no tenéis miedo a ser libres y
amáis de corazón a toda persona; a vosotros os llamo amigos.
A vosotros que escucháis mis palabras y
les dais crédito, aunque os suenen extrañas; a vosotros que os habéis
sacrificado sin esperar recompensa ni reconocimiento; a vosotros os llamo
amigos.
A vosotros que os reunís en mi nombre y
evocáis mi presencia, vida y sueños; a vosotros que a pesar de dudas y cansancio
dejáis la tranquilidad de la tierra conocida; a vosotros que transitáis
fronteras con temor pero despiertos y en mi compañía; a vosotros os llamo
amigos.
A vosotros que no hacéis ascos a lo
desconocido y os adentráis hasta sus entrañas para conocerlo; a vosotros que
dais la cara, arrimáis el hombro a vosotros os llamo amigos.
A vosotros que exploráis y cuidáis la
realidad e intentáis transmitirla mejorada; a vosotros que no os dejáis
pervertir a pesar de vivir en orillas y fronteras; a vosotros que habiendo
salido de vuestra tierra os negáis a ser extranjeros y a vivir explotados; a
vosotros os llamo amigos.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXIX.
JORNADA DEL DOMUND
Celebramos el Domingo Mundial de las
Misiones (DOMUND), que además cumple un hito histórico: 100 años desde su
institución. Y el Evangelio de hoy nos deja una de las frases más célebres de
Jesús: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Los fariseos y herodianos van a buscarle
una trampa política y económica con el denario del impuesto romano. Pero Jesús
eleva la mirada. Les pide que miren la moneda y pregunta: ¿De quién son esta cara
y esta inscripción? Le responden: Del César. La respuesta de Jesús va mucho más
allá del dinero: si la moneda lleva la imagen del César, devolverla al César;
pero el ser humano lleva impresa la imagen de Dios, por lo tanto, el ser
humano le pertenece por entero a Dios.
Aquí es donde el Evangelio conecta
directamente con el lema del DOMUND de este año: Uno en Cristo, unidos en la
misión. Si todos nosotros, sin importar nuestra raza, cultura o condición,
llevamos grabada la misma e idéntica imagen del Creador en el corazón y en el alma,
entonces todos somos propiedad de su Amor. No le pertenecemos a los poderes de
este mundo, ni al dinero, ni a las ideologías dominantes. Pertenecemos a Dios.
Y al descubrir que el hermano que está al otro lado del mundo también lleva esa
misma imagen, entendemos el mensaje del Papa: en Cristo somos uno. La unidad de
la Iglesia no es para quedarnos mirándonos las caras hacia adentro; es una
comunión que nos impulsa a salir y ponernos en marcha, unidos en la misión.
Dios no tiene fronteras y se sirve de
los caminos más insospechados para que su amor sea conocido de Oriente a
Occidente. Esa es precisamente la labor de nuestros misioneros. En este
centenario del DOMUND, recordamos a miles de hombres y mujeres que han dejado
sus hogares para ir a los rincones más remotos del planeta. Ellos van allí a
recordarles a los pueblos que Dios los conoce por su nombre, que no están
olvidados, y que la dignidad humana está por encima de cualquier César terrenal.
Ser cristianos hoy nos exige pasar a la
acción. En este DOMUND, la Iglesia nos pide una respuesta concreta a través de
tres vías:
La oración:
Como nos ha pedido el Santo Padre, recemos para que los misioneros sean
preservados en la esperanza y sigan siendo valientes testigos del Evangelio.
La comunión en el testimonio:
Siendo misioneros en nuestro propio día a día, tratando a los demás como lo que
son: portadores de la imagen de Dios.
La generosidad económica:
El DOMUND sostiene los territorios de misión más necesitados en todo el mundo.
Colaborar en la colecta de hoy es un acto de fraternidad eclesial, devolviendo
a Dios, a través de los más pobres, lo que verdaderamente es de Dios.
Que, en esta Eucaristía, donde nos
hacemos verdaderamente uno en Cristo, sintamos el fuego de la misión. Salgamos
al mundo sin miedo, cumpliendo nuestros deberes en la sociedad, pero entregando
nuestro corazón, nuestra vida y nuestra fidelidad absoluta únicamente al Señor.





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