MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:
MI CRISTO ROTO
A
mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de
Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La
última vez, fui de compras en compañía de un buen amigo mío.
Visitamos
únicamente dos o tres tiendas de anticuarios y andábamos por la tercera o
cuarta. ¡De pronto! frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin
cruz, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo
que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó
a él, no sé por qué. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante
despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un
brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.
¡Disputábamos
el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! ¡Y me acordé de Judas!
¿No era aquella también una compraventa de Cristo? Después de regatear con el
anticuario me lo llevé a casa.
Al
fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré sólo, cara a
cara con mi Cristo. Que ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí
a preguntarle:
-
Cristo, ¿Quién fue el que se atrevió contigo? ¿No le temblaron las manos cuando
astilló las tuyas arrancándote de la cruz? ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Se
arrepintió?
-
¡CÁLLATE! Me cortó una voz tajante.
-¡CÁLLATE,
preguntas demasiado! ¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el
tuyo? ¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo,
¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y
para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una
vez, no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante mis
miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan
y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen
de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la
gracia del bautismo. ¡Oh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo
del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís
honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus
hermanos.
Yo
contesté: No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que
quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al
taller. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?
-
¡NO, NO ME GUSTA! Contestó el Cristo, seca y duramente. ¡Eres igual que todos y
hablas demasiado!
Hubo
una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el
silencio angustioso.
-
¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHÍBO! ¿LO OYES?
-
Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
-
Gracias. Me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
-¿Por
qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a
ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No
comprendes que me duele?
-
Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos
tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin
brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han
cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan
y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas
de ellos y te duele! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en
luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los
hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que
tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras
ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. Esos besos me repugnan,
me dan asco, me hieren el corazón.
Por
eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada templo, que
gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la
tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo
suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu
vida.- Si Señor, te lo prometo. Y un beso sobre su único pie astillado, fue la
firma de mi promesa. Desde hoy viviré con un Cristo roto.









