Meditación
Eucarística:
LA
HISTORIA DE RAQUEL
Querido
Jesús en esta tarde, junto a ti, queremos recordar como Dios nuestro Padre
jamás nos abandona, sino que está entretejiendo, como amor, nuestra vida. Hoy
queremos descubrirlo en la historia de Raquel.
Raquel
fue el gran amor de Jacob (Gén. 29 y 35), a parte de su belleza Jacob la amaba
por encima de todo. Tuvo que esperar siete años para que su padre le concediera
poder casarse con ella. Labán su padre, primero le obligó a casarse con Lia, no
la amaba pero que ella tuvo muchos hijos. Raquel al principio fue estéril, pero
Dios le concedió descendencia.
Raquel
era una mujer profundamente amada y aun así profundamente infeliz. Jacob amaba
a Raquel y trabajó siete años por ella, hasta le parecieron pocos días porque
la amaba. Pocas personas han sido amadas con tanta intensidad. Y sin embargo,
Raquel lloraba, porque es una verdad dolorosa que todos necesitamos aprender. Ser
amado no siempre elimina nuestras luchas. Tener bendiciones no siempre produce
satisfacción. Porque el corazón humano tiene una extraña capacidad. Puede
recibir mucho y seguir concentrado en lo que le falta.
Mientras
ella tenía el amor de Jacob, Lía tenía hijos. Y poco a poco la comparación
comenzó a destruir su paz. Es interesante observa como Lía quería el amor que
tenía Raquel. Y Raquel quería los hijos que tenía Lía. Las dos tenían algo que
la otra deseaba. Las dos sufrían. Las dos lloraban. Las dos sentían que les
faltaba algo.
Es
una de las trampas más peligrosas de la vida. Porque muchas veces creemos que
los demás son felices. Creemos que los demás tienen la vida resuelta. Creemos
que los demás poseen aquello que nosotros necesitamos para sentirnos completos.
Pero rara vez vemos las lágrimas que existen detrás de las sonrisas. Rara vez vemos
las luchas ocultas detrás de las bendiciones visibles. Y así nació la tristeza
de Raquel. No porque Dios no le hubiera dado nada. Sino porque comenzó a medir
su vida comparándola con otra persona.
Raquel
pedía en sus oraciones: "Dame hijos, o si no, me muero." Qué palabras
tan fuertes. En realidad Raquel estaba diciendo algo mucho más profundo. "Si
no obtengo esto, no podré ser feliz." "Si no recibo esto, mi vida no
tendrá sentido."
La
historia de Raquel nos enseña algo difícil de aceptar. Ninguna bendición puede
llenar el lugar que pertenece a Dios. La Biblia dice que Dios se acordó de
Raquel. Eso no significa que Dios la hubiera olvidado. Significa que llegó el
momento de actuar. Porque mientras Raquel lloraba, Dios seguía obrando. Mientras
Raquel esperaba, Dios seguía escuchando. Mientras Raquel pensaba que el cielo
guardaba silencio, Dios seguía escribiendo la historia.
Y
quizá alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay oraciones que parecen no
tener respuesta. Hay sueños que parecen detenidos. Hay lágrimas que parecen
invisibles. Hay años de espera que parecen no terminar. Y en medio de todo eso
es fácil pensar que Dios se olvidó de nosotros.
Pero
finalmente nació José. El hijo tan esperado. El hijo tan anhelado. El hijo por
el que había llorado durante años. Tiempo después nació Benjamín. Y durante
aquel parto, Raquel murió, su vida nos recuerda que incluso las personas más
amadas enfrentan dolor. Incluso las personas más bendecidas enfrentan pérdidas.
Incluso las personas que reciben milagros enfrentan lágrimas. Porque la fe
nunca ha sido la ausencia del sufrimiento. La fe es confiar en Dios incluso
cuando no entendemos todo lo que está ocurriendo. Raquel no alcanzó a ver el
futuro de José. No vio cómo Dios lo convertiría en gobernador de Egipto. No vio
cómo salvaría a su familia. No vio cómo su hijo sería instrumento para
preservar una nación. Ella murió sin conocer gran parte del plan. Pero Dios sí
lo conocía.
Y
eso también ocurre con nosotros. Muchas veces juzgamos nuestra historia por el
capítulo que estamos viviendo. Pero Dios está viendo el libro completo. Nosotros
vemos la espera. Dios ve el propósito. Nosotros vemos las lágrimas. Dios ve la
cosecha. Nosotros vemos la demora. Dios ve el momento perfecto. La conclusión de
su historia no está en el nacimiento de José. Está en recordar que Dios nunca
olvidó una sola lágrima. Ni una sola oración. Ni una sola noche de dolor. Porque
mientras Raquel pensaba que estaba esperando a Dios, en realidad Dios estaba
preparando algo mucho más grande de lo que ella podía imaginar. Amén

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