2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO XXV
Jesús
compara el Reino de los Cielos con un dueño que sale a contratar obreros para
su viña. Sale al amanecer, vuelve más tarde, sale al mediodía, a media tarde y
hasta casi al final del día. No se cansa de buscar. No deja la viña cerrada
para unos pocos.
Esta
imagen nos habla de un Dios que sigue llamando. Hay personas que escuchan su
voz desde temprano: desde la infancia, desde una fe recibida en casa, desde una
vida marcada por la cercanía a la Iglesia. Otras llegan más tarde, después de
búsquedas, caídas, heridas o años de distancia.
Nadie
puede pensar que ya es demasiado tarde para entrar en la viña. Mientras Dios llama, hay
posibilidad de comenzar de nuevo. La misericordia del Señor no se agota porque
alguien haya tardado en responder.
Fijémonos
en la respuesta de los de la última hora: Nadie nos contrató. Esa
frase puede pasar desapercibida, pero tiene mucha fuerza. Habla de personas no
elegidas, no miradas, no llamadas, tal vez consideradas inútiles por otros. Jesús
nos invita a mirar con más misericordia a quienes parecen llegar tarde. No
siempre conocemos la historia de una persona. No sabemos qué heridas cargó, qué
puertas se le cerraron, qué oportunidades no tuvo, qué palabras le faltaron,
qué desprecios recibió. Id también vosotros a mi viña. En el
Reino, siempre hay lugar para quien se abre a la gracia, aunque llegue con las
manos vacías y el día avanzado.
Al
final, todos reciben el mismo salario. Los que trabajaron desde temprano se
quejan. No protestan porque el dueño haya incumplido con ellos; recibieron lo
acordado. Se molestan porque los últimos fueron tratados con una generosidad
inesperada. La comparación les impide agradecer. Ya no miran el don
recibido, sino lo que recibió el otro. Esa actitud también puede aparecer en
nosotros. A veces nos cuesta alegrarnos cuando Dios levanta a alguien, cuando
perdona a quien consideramos indigno, cuando bendice a quien llegó tarde,
cuando abre una puerta a quien nosotros ya habíamos descartado.
A
eso se le llama envidia espiritual y es muy sutil. Puede esconderse
detrás actitudes no justas, yo merezco otra cosa. Pero el Evangelio nos
recuerda que servir a Dios no es una competencia de méritos. Estar en la viña
desde temprano ya es una gracia.
La
bondad de Dios supera nuestros cálculos. El dueño pregunta: “¿Vas a tener
envidia porque soy bueno?”. Esa pregunta desnuda el centro del problema. No
soportan la bondad excesiva del dueño. Quieren una justicia medida solo por
comparación humana, pero Dios revela una justicia atravesada por misericordia. Esto
no significa que el esfuerzo no valga. Quienes trabajaron todo el día no
perdieron su tiempo. Participaron de la viña, respondieron al llamado,
recibieron lo prometido. Pero deben aprender que la bondad de Dios no se reduce
a nuestras cuentas.
Los
últimos serán primeros y los primeros serán últimos. Jesús no lo dice para desanimar
a los fieles, sino para purificar el corazón. El Reino no se vive desde el
orgullo de haber llegado antes, sino desde la gratitud de haber sido llamados

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