MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
ANTE
EL CORPUS CRISTI
Ante
ti, Señor eucaristía nuestra súplica de amigo importuno: Danos el pan de cada
día, el pan de esta jornada. Solo te pedimos el trozo suficiente que alivie nuestro
cansancio y nuestra fatiga.
Danos
la fuerza necesaria, solo aquella que nos permita dar respuesta concreta y fiel
a la vocación que a cada instante nos confirmas. Te pedimos el aliento de vida
que nos dé capacidad en este ahora. Danos el sorbo de agua imprescindible, que nos
libre del agobio y preste a nuestros caminos la alegría de no arrastrar,
sedientos y agotados, los pies en la obediencia. Hazte agua de torrente o
manantial; que no perezcamos sedientos de sentido.
Sólo
te pedimos que permanezcas discreto junto a nosotros en los senderos, sin
derroches de visiones, pero que estemos seguros de tu acompañamiento.
Hazte,
Señor, la brisa de la tarde, la cena de la noche, pan partido, albergue de nuestro
sueño, aceite de nuestras lámparas en la vela. Hazte amanecer y luz del alba.
Danos
hoy el pan de la mañana, el que cada día adelanta la mesa de nuestro esfuerzo y
de nuestra esperanza. Que no volvamos la mirada atrás, ni nos pueda la
nostalgia por el tiempo perdido.
Danos,
Señor, el pan que nos saque del tedio y de todo ensimismamiento, pan partido,
pan comunitario, pan de Eucaristía.
Tu
dijiste: “Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne, para
la vida del mundo” (Jn 6, 48-51).
A
los pies del sagrario queremos saborear palabra por palabra y afecto por afecto
los cuatro pensamientos encerrados en estos versículos.
Cuando
dices Yo soy, te miro, Señor, desde la ventana de la fe que me has dado, y
confieso que te reconozco como Hijo de Dios que has venido hasta mí. Tú eres el
Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación.
Cuando
dices que eres Pan vivo bajado del cielo, pienso en que te ofreces a mí como
manjar en mesa de banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te
haces que llegas a mi pobre tienda para invitarme!
Cuando
dices que Comer de tu pan es tener vida para siempre, me haces olvidar mis
apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y
nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Dame Señor, hambre
de tu pan de vida, hambre de vivir en ti!
Y
cuando dices que Tu pan es tu carne, vida del mundo, me sumerges en el misterio
de tu amor y de tu poder. ¡Tú mismo estás en la mesa a que me invitas, bajo las
especies de pan y vino, y es tomando ese pan y vino como el mundo se transforma
en ti!
“En
verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su
sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 52-56)
Ahora,
Señor, parece que me fuerzas a tener hambre y comer, a tener sed y beber. Más
no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a
comer y beber de ti mismo: de tu cuerpo y sangre. Y tan fuerte es tu palabra
como que me amenaza solemnemente: sin participar de mi banquete, en mi carne y
en mi sangre, vuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales
turbios, y yo no la reconozco.
¡Tanta
es la fecundidad que concedes a la vida eucarística, a la comunión
espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un
banquete de bodas! Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándome
en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en
caridad, es ponerme en camino a la vida eterna. Entiendo, Señor, que comer tu
cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que
prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete
eucarístico.
No
hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el
amor y la solidaridad,
¡Gracias
Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! Amén.






