sábado, 3 de octubre de 2026

ACCIÓN DE GRACIAS

Mi amigo amaba su viña tanto como su casa solariega, pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.

Antes de irse nos eligió e hizo de su cuadrilla y nos dejó al frente de su viña; nos marcó nuestro trabajo, llenó nuestra existencia de tiempo y riqueza, y nos regaló sus propias herramientas.

Él, que tan bien nos conoce, creía que estando solos, sin dioses que nos miren y controlen, trabajaríamos mejor.

Pasaron años y cosechas, pero mi amigo no olvidaba su viña y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.

Envió a sabios criados que no lograron nada; envió a criados dialogantes que volvieron al instante; envió a criados fuertes que volvieron con las espaldas marcadas; envió a profetas que nadie escuchaba; envió a su hijo, el que había sido camarada y elegido a los labradores…

Pero éstos lo mataron con saña, se creyeron dueños de la viña y se dieron a la buena vida.

Olvidaron su tarea, y la viña, en vez de olorosa uva, empezó a dar agrazones en toda circunstancia.

¿Qué hará mi amigo ahora con su viña y los labradores?

¡Pues contarles, una y otra vez, la historia, para ver si la entienden y se convierten, y logra un final feliz, que es lo que él quiere!

Señor, estén mis oídos atentos a escuchar tu palabra.

 Amén

 


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXVII

La parábola que hoy nos presenta el Evangelio toca una de las cuerdas más profundas de la relación entre Dios y la humanidad: la paciencia infinita del Creador.

Jesús utiliza la imagen de la viña, profundamente arraigada en la tradición de Israel. La viña no es solo una propiedad; es una obra de amor. El dueño la planta, la rodea con una cerca, cava en ella un lagar y edifica una torre. No escatima en cuidados para que sea fértil y esté protegida. Esa viña representa nuestro mundo, nuestra Iglesia, nuestra comunidad y, en definitiva, nuestra propia vida. Dios nos lo ha dado todo preparado, digno y hermoso.

Sin embargo, el drama comienza cuando llega el tiempo de la cosecha. El dueño envía a sus siervos para recoger los frutos que le corresponden, pero los viñadores los golpean, los matan y los apedrean. Finalmente, manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los viñadores ven en el heredero una amenaza a sus ambiciones y exclaman: «Venid, matémoslo y quedémonos con su herencia».

Esta parábola habla directamente de tres realidades fundamentales para nuestra fe:

- La paciencia de Dios: Dios no se cansa de enviar llamados a la conversión. Envía a los profetas, envía testigos, envía eventos en nuestra vida para recordarnos de quién es la viña. Su respuesta al rechazo no es la ira inmediata, sino insistir en el amor hasta enviar a su propio Hijo, Jesucristo.

- El pecado central de los viñadores no fue la pereza, sino la soberbia y la codicia. Quisieron adueñarse de lo que no era suyo. Muchas veces caemos en la misma trampa: actuamos como si nuestra vida, y todo lo que nos rodea fueran de nuestra absoluta propiedad, olvidando que somos administradores, no dueños. Cuando sacamos a Dios del centro para ponernos a nosotros mismos, terminamos destruyendo las relaciones y haciendo daño a quienes nos rodean.

- La piedra angular: Jesús cita el Salmo 118: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Lo que el mundo descuida, desprecia o crucifica, Dios lo convierte en el fundamento del Reino. Cristo, expulsado de la viña y muerto en la cruz, se convierte en la base firme sobre la que se edifica la salvación.

Al final del pasaje, Jesús nos deja una advertencia sobria pero llena de esperanza: Se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. El Reino de Dios no es un privilegio de cuna ni una herencia asegurada sin compromiso; es un regalo que exige dar frutos de justicia, amor, misericordia y fraternidad.

La parábola no concluye en el desamor o en la venganza, sino que la viña de Dios será dada a un pueblo que produzca sus frutos. Y entonces comenzará de nuevo la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Están surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos, agricultores buenos que cuidan la viña en lugar de depredarla, que ponen su propio yo al servicio de la humanidad, en lugar de los demás al servicio de su propia vida. Isaías soñaba una historia que no sea guerra de posesiones y batalla de poder, sino cosecha de justicia y paz. El Reino comienza con estos granos de Dios, como pequeños racimos de Dios entre nosotros.

miércoles, 30 de septiembre de 2026


 




 

Meditación eucarística:

LA ESPOSA DE LOT

Jesús sacramentado delante de ti nos encontramos para acompañarte unos momentos a lo largo de esta semana. Hoy queremos reflexionar contigo como no podemos anclarnos en el pasado, tú nos prometes un futuro nuevo, lleno de luz y de vida pero nuestra condición de tierra nos ancla continuamente en lo que pasó.

Queremos centrarnos en la mujer de Lot (Génesis 19,15-26), casi siempre la atención se queda en su castigo. En la imagen de sal. En la desobediencia. En la mirada hacia atrás. Y olvidamos algo mucho más profundo. Ella estuvo a punto de salvarse.

Sodoma estaba a punto de ser destruida. La maldad había llegado a su límite. El juicio de Dios estaba por caer sobre la ciudad. Y mientras el fuego todavía no descendía del cielo, Dios ya estaba trabajando para rescatar a una familia. Lot dudaba. Sus yernos se burlaban. La familia tardaba en salir. Y los ángeles tuvieron que tomarles de la mano para sacarlos de la ciudad.

Dios no los estaba abandonando. Dios los estaba buscando. Mientras ellos vacilaban, Dios insistía. Mientras ellos dudaban, Dios extendía misericordia. Mientras ellos permanecían inmóviles, Dios los empujaba hacia la vida.

Y quizás ahí comienza la parte más dolorosa de la historia. Porque la esposa de Lot no murió en Sodoma. Salió de Sodoma. Corrió junto a los demás. Escuchó la advertencia. Vio la gracia de Dios. Estuvo rodeada de milagros. Y aun así, algo dentro de ella seguía perteneciendo a la ciudad que estaba dejando atrás.

Entonces llegó aquella orden: “No mires atrás.” No porque Dios quisiera impedirle observar un paisaje. Sino porque Dios estaba intentando salvar su corazón. Porque hay momentos en los que el pasado puede destruir lo que Dios está tratando de construir en nuestro futuro.

Y entonces ocurrió. La Biblia dice que ella miró atrás. Pero tal vez el problema no fue un simple movimiento de cabeza. Tal vez el problema fue que su corazón ya había mirado atrás mucho antes. Su cuerpo estaba saliendo de Sodoma. Pero su corazón seguía viviendo allí. Porque nadie extraña aquello de lo que realmente desea ser libre. Nadie anhela aquello que verdaderamente ha decidido abandonar.

Esta historia es dolorosamente actual. Porque muchos creyentes hacen exactamente lo mismo. Dios los sacó de situaciones que los estaban destruyendo. Los libró de hábitos. Los libró de relaciones dañinas. Los libró de caminos equivocados. Los libró de pecados que los estaban consumiendo. Pero siguen mirando atrás. Siguen extrañando lo que Dios les pidió dejar. Siguen idealizando aquello mismo de lo que Dios los rescató. Siguen llorando puertas que Dios cerró para salvarlos. Y mientras avanzan físicamente, su corazón permanece atrapado en el ayer.

Por eso Jesús dijo siglos después: “Recordad a la mujer de Lot”. De todas las personas que pudo mencionar, Jesús pidió que recordáramos a una mujer cuyo nombre ni siquiera conocemos. Ella representa un peligro que todos enfrentamos. El peligro de estar cerca de la salvación mientras nuestro corazón sigue enamorado del mundo. Y aquí está lo que más me conmueve.

La esposa de Lot no fue ignorada por Dios. Dios la llamó. Dios la esperó. Dios la tomó de la mano. Dios le abrió una salida.  Dios le mostró misericordia. Todo el cielo trabajó para salvarla. Pero Dios jamás obligará a una persona a amar aquello que Él le ofrece. Porque la salvación puede tomarte de la mano. Pero no puede decidir por tu corazón.

Y quizás hoy esta historia se está repitiendo. No con fuego cayendo del cielo. No con una ciudad llamada Sodoma. Pero sí con personas que saben que Dios las está llamando hacia algo mejor. Y aun así siguen mirando atrás. Extrañando el pasado. Aferrándose a heridas. Aferrándose a personas. Aferrándose a sueños que Dios ya les pidió soltar. Aferrándose a una vida que ya terminó. La esposa de Lot nos recuerda que el mayor peligro no siempre es quedarse en Sodoma. A veces el mayor peligro es salir de Sodoma sin dejar que Sodoma salga de nosotros. Porque hay momentos en los que el futuro de Dios está delante de nosotros, y lo único que puede impedirnos abrazarlo es un corazón que todavía vive en el pasado.

“Recordad a la mujer de Lot.” Porque todavía hoy hay personas caminando hacia la vida, mientras una parte de ellas sigue mirando hacia atrás. Amén.