MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
Jocabed,
madre de Moisés
El
mayor acto de fe de Jocabed, madre de Moisés, no fue esconder a Moisés. Fue
estar dispuesta a soltarlo. Cuando pensamos en Jocabed, casi siempre imaginamos
a una madre valiente que escondió a su bebé durante tres meses. Pero la parte
más difícil de su historia comenzó cuando ya no pudo esconderlo más. El decreto
de Faraón era claro: Todo niño hebreo debía morir. Cada llanto del niño podía
poner en peligro a toda la familia. Cada noche era una mezcla de amor y miedo. Cada
amanecer era un milagro.
Y
entonces Jocabed hizo algo que, humanamente, parecía una contradicción. Construyó
una pequeña arca de juncos. La impermeabilizó con asfalto y brea. Puso al niño
dentro. Y lo dejó entre los juncos, a la orilla del río. Muchas veces
imaginamos esa escena como un acto tranquilo. Imaginamos a una madre que cada
fibra de su corazón le decía: No lo sueltes. Protégelo.
Pero
la fe, muchas veces, consiste precisamente en entregar a Dios aquello que más
amamos. Porque hay momentos en que nuestras manos ya no pueden hacer más. Y
entonces descubrimos que las manos de Dios nunca dejaron de actuar.
Jocabed
hizo un acto de confianza. Ella hizo todo lo que estaba a su alcance. Construyó
la canasta. La preparó cuidadosamente. Buscó el lugar adecuado. Puso a María,
su hermana, a observar desde lejos. Después de hacer todo lo que podía. Hizo lo
único que ya no podía evitar: Confiar.
Y
eso también ocurre hoy. Hay padres que hacen todo lo posible por sus hijos. Los
enseñan. Los corrigen. Oran por ellos. Los abrazan. Les hablan de Dios. Pero
llega un momento en que ya no pueden decidir por ellos. Y duele. Porque ningún
padre quiere soltar la mano de un hijo. Pero llega el día en que debe hacerlo. Y
allí comienza otra clase de fe. La fe que entiende que los hijos nunca fueron
realmente nuestros. Siempre fueron de Dios.
Y
Dios comenzó a mover personas sin que Jocabed pudiera verlo. Mientras ella
lloraba en la orilla. La hija de Faraón caminaba hacia el río. Mientras ella
esperaba sin respuestas. María observaba desde lejos. Mientras todo parecía
depender de la suerte. Dios ya estaba acomodando cada detalle. Cuando nosotros
solo vemos un río, Él ya está preparando un encuentro. Cuando nosotros solo
vemos una despedida, Él ya está escribiendo un rescate. Cuando nosotros creemos
que todo terminó, Él apenas está comenzando.
La
hija de Faraón encontró al niño. Sintió compasión. Entonces María apareció y
preguntó si quería que llamara a una mujer hebrea para criarlo. La madre que
había entregado a su hijo, ahora regresaba para criarlo. Y, además, recibiría
un salario por hacerlo. Solo Dios puede escribir una historia así. Lo que
parecía una pérdida, se convirtió en una bendición inesperada. Lo que parecía
el final, era el comienzo de algo mucho mayor. Eso no significa que todas las
historias terminarán exactamente igual.
La
Biblia revela el carácter de un Dios que sabe abrir caminos donde nosotros solo
vemos agua. Jocabed entendió algo: Amar no siempre es retener. A veces amar
también es confiar. Hay personas que viven intentando controlar todo. Controlar
a sus hijos. Controlar a su familia. Controlar el futuro. Controlar cada
resultado. Pero llega un momento en que la vida nos enseña que hay batallas que
solo Dios puede pelear. Y allí nace la verdadera fe.
Quizá
hoy tú también estás sosteniendo una "canasta". Tal vez no lleva un
bebé. Tal vez lleva un matrimonio. Un hijo que se ha alejado. Un diagnóstico
médico. Un problema económico. Un sueño que parece imposible. Y llevas tanto
tiempo intentando resolverlo todo con tus propias fuerzas, que estás agotado. La
historia de Jocabed no nos enseña a dejar de luchar. Nos enseña a reconocer el
momento en que nuestras fuerzas terminan y comienza la fidelidad de Dios. Porque
hay milagros que solo ocurren cuando dejamos de aferrarnos desesperadamente y
comenzamos a confiar profundamente.
Y
quizás lo más hermoso de toda la historia es que Jocabed veía a su hijo. Dios
veía al libertador de Israel. Ella veía una canasta flotando. Dios veía el
comienzo del éxodo. Ella veía incertidumbre. Dios veía propósito. Y eso también
ocurre contigo. Tú ves un problema. Dios puede estar viendo el inicio de una
historia que todavía no alcanzas a comprender.
Porque
la canasta de Jocabed parecía demasiado frágil para enfrentar un río...Pero
nunca estuvo sostenida únicamente por el agua. Estuvo sostenida por la mano
invisible de un Dios que jamás abandona aquello que se le entrega con fe. Amén.


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