miércoles, 21 de octubre de 2026


 

Meditación eucarística

LA HISTORIA DE LA REINA DE SABÁ.

Querido Jesús en el santísimo sacramento en el altar, nos colocamos delante de ti en esta tarde, para sosegar nuestra alma y nuestro corazón y para escucharte y saborearte.

Todos recordamos a la Reina de Sabá que viajó para conocer la sabiduría de Salomón (1 Reyes 10). Llevaba riquezas y regalos al rey que la recibía. La reina de Sabá había escuchado hablar de Salomón. No había visto su reino. No había visto el templo. No había escuchado personalmente su sabiduría. Solo había oído testimonios. Y en lugar de conformarse con lo que otros decían, decidió hacer un largo viaje para comprobarlo por sí misma.

La Biblia dice que recorrió una enorme distancia atravesando desiertos. No era un viaje de unos días. Era un viaje de meses. Con calor. Con peligros. Con cansancio.

¿Por qué hizo un esfuerzo tan grande? Porque entendió que había cosas tan valiosas que merecían ser buscadas. Esta verdad toca el corazón. La reina no viajó por oro. No viajó por negocios. No viajó por poder. Viajó buscando sabiduría.

¡Qué diferente a nuestro tiempo! Hoy muchos recorren grandes distancias para conseguir un mejor trabajo. Para comprar una casa. Para alcanzar un sueño. Y todo eso puede ser bueno. Pero muy pocos hacen el mismo esfuerzo por conocer más a Dios.

Lo más hermoso ocurre cuando finalmente llega al palacio. La Biblia dice que Salomón respondió todas sus preguntas. No hubo una sola que quedara sin respuesta. Y cuando ella vio la sabiduría del rey, el orden de su casa, el servicio de sus siervos y la manera en que todo funcionaba, quedó sin aliento. No fue solamente el discurso de Salomón lo que la impresionó. Fue su manera de vivir. Su vida confirmaba sus palabras. Y esa es una de las exégesis más profundas de este relato. La verdadera sabiduría no solo se escucha. Se ve. Se refleja en el carácter. En las decisiones. En la forma de tratar a las personas. Porque cualquiera puede hablar de Dios. Pero no cualquiera puede reflejar a Dios con su vida.

Recordemos que Jesús mismo habló de la reina de Sabá. Dijo que ella se levantaría en el juicio contra aquella generación porque viajó desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, "y aquí hay uno más grande que Salomón" (Mateo 12:42).

¿Qué quiso decir Jesús? Que la reina hizo un viaje de meses para conocer la sabiduría de un rey humano. Pero ahora el Rey de reyes estaba entre ellos y muchos no quisieron escucharlo. ¡Qué contraste! Ella recorrió desiertos para buscar la verdad. Hoy muchos tienen una Biblia en su casa y permanece cerrada. Ella cruzó kilómetros para escuchar unas palabras de sabiduría. Hoy podemos hablar con Cristo en cualquier momento y muchas veces no encontramos cinco minutos para orar. Ella tenía hambre de conocer. Nosotros muchas veces estamos demasiado ocupados para buscar a Dios.

Hoy la historia de la reina de Sabá sigue ocurriendo. Se ve en la persona que hace enormes sacrificios para crecer profesionalmente, pero nunca encuentra tiempo para alimentar su alma. Se ve en quien conoce cada detalle de las noticias, pero desconoce la Palabra de Dios. Se ve en quien busca respuestas en todas partes, menos en Aquel que tiene todas las respuestas.

Pero también se ve en quienes siguen buscando a Cristo con todo su corazón. En quienes abren su Biblia antes de comenzar el día. En quienes hacen de la oración una prioridad. En quienes entienden que la mayor riqueza no está en tener más cosas, sino en conocer más al Señor. Porque al final, la reina de Sabá descubrió que el viaje más importante de su vida no fue el que hizo con sus pies. Fue el que hizo con su corazón. Y quizás hoy Dios no te está pidiendo que cruces un desierto. Solo te está invitando a abrir tu Biblia. A detenerte unos minutos. A escucharlo.

Porque Aquel que es más grande que Salomón sigue esperando hablar contigo. Te espera en el sagrario, en la oración personal o comunitaria, en los sacramentos, en la bondad y en la sonrisa hecha sin esfuerzo y por pura gracia.

Y la pregunta que deja esta historia es sencilla: Si la reina de Sabá recorrió meses de camino para encontrar sabiduría, ¿qué excusa tenemos nosotros para no buscar cada día a Jesús, que está mucho más cerca que un desierto? Amén

sábado, 17 de octubre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

A vosotros que seguís con entusiasmo sin saber muy bien hacia dónde vamos; a vosotros que no tenéis miedo a ser libres y amáis de corazón a toda persona; a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que escucháis mis palabras y les dais crédito, aunque os suenen extrañas; a vosotros que os habéis sacrificado sin esperar recompensa ni reconocimiento; a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que os reunís en mi nombre y evocáis mi presencia, vida y sueños; a vosotros que a pesar de dudas y cansancio dejáis la tranquilidad de la tierra conocida; a vosotros que transitáis fronteras con temor pero despiertos y en mi compañía; a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que no hacéis ascos a lo desconocido y os adentráis hasta sus entrañas para conocerlo; a vosotros que dais la cara, arrimáis el hombro a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que exploráis y cuidáis la realidad e intentáis transmitirla mejorada; a vosotros que no os dejáis pervertir a pesar de vivir en orillas y fronteras; a vosotros que habiendo salido de vuestra tierra os negáis a ser extranjeros y a vivir explotados; a vosotros os llamo amigos.

Amén

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIX.

JORNADA DEL DOMUND

Celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), que además cumple un hito histórico: 100 años desde su institución. Y el Evangelio de hoy nos deja una de las frases más célebres de Jesús: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Los fariseos y herodianos van a buscarle una trampa política y económica con el denario del impuesto romano. Pero Jesús eleva la mirada. Les pide que miren la moneda y pregunta: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le responden: Del César. La respuesta de Jesús va mucho más allá del dinero: si la moneda lleva la imagen del César, devolverla al César; pero el ser humano lleva impresa la imagen de Dios, por lo tanto, el ser humano le pertenece por entero a Dios.

Aquí es donde el Evangelio conecta directamente con el lema del DOMUND de este año: Uno en Cristo, unidos en la misión. Si todos nosotros, sin importar nuestra raza, cultura o condición, llevamos grabada la misma e idéntica imagen del Creador en el corazón y en el alma, entonces todos somos propiedad de su Amor. No le pertenecemos a los poderes de este mundo, ni al dinero, ni a las ideologías dominantes. Pertenecemos a Dios. Y al descubrir que el hermano que está al otro lado del mundo también lleva esa misma imagen, entendemos el mensaje del Papa: en Cristo somos uno. La unidad de la Iglesia no es para quedarnos mirándonos las caras hacia adentro; es una comunión que nos impulsa a salir y ponernos en marcha, unidos en la misión.

Dios no tiene fronteras y se sirve de los caminos más insospechados para que su amor sea conocido de Oriente a Occidente. Esa es precisamente la labor de nuestros misioneros. En este centenario del DOMUND, recordamos a miles de hombres y mujeres que han dejado sus hogares para ir a los rincones más remotos del planeta. Ellos van allí a recordarles a los pueblos que Dios los conoce por su nombre, que no están olvidados, y que la dignidad humana está por encima de cualquier César terrenal.

Ser cristianos hoy nos exige pasar a la acción. En este DOMUND, la Iglesia nos pide una respuesta concreta a través de tres vías:

La oración: Como nos ha pedido el Santo Padre, recemos para que los misioneros sean preservados en la esperanza y sigan siendo valientes testigos del Evangelio.

La comunión en el testimonio: Siendo misioneros en nuestro propio día a día, tratando a los demás como lo que son: portadores de la imagen de Dios.

La generosidad económica: El DOMUND sostiene los territorios de misión más necesitados en todo el mundo. Colaborar en la colecta de hoy es un acto de fraternidad eclesial, devolviendo a Dios, a través de los más pobres, lo que verdaderamente es de Dios.

Que, en esta Eucaristía, donde nos hacemos verdaderamente uno en Cristo, sintamos el fuego de la misión. Salgamos al mundo sin miedo, cumpliendo nuestros deberes en la sociedad, pero entregando nuestro corazón, nuestra vida y nuestra fidelidad absoluta únicamente al Señor.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

Juana mujer de Cusa

Querido Jesús sacramentado, aquí estamos en esta tarde para acompañarte unos minutos y para descansar el alma en tu cuerpo entregado. Hoy queremos meditar sobre una mujer poco conocida en el evangelio, sin embargo, ella te asistió y colaboró contigo con sus bienes y conocimientos. Es la historia de Juana, la mujer de Cusa. Se habla mucho de María Magdalena, de Pedro, de Juan y poco a poco Juana desaparece entre los nombres de la Biblia. Como si hubiera sido un personaje secundario. Como si su historia no tuviera nada importante que enseñarnos.

Pero cuando lees cuidadosamente los Evangelios, descubres algo extraordinario (Lc 8,1-3; 24, 10 y otros pasajes relacionados con la resurrección).

Juana era esposa de Cuza, administrador de Herodes Antipas. En otras palabras, vivía muy cerca del poder político de su época. Conocía los palacios. Conocía la influencia.  Conocía los privilegios. Pertenecía a un ambiente donde acercarse a Jesús podía costar reputación, relaciones e incluso seguridad. Sin embargo, Lucas dice que ella seguía a Jesús y sostenía su ministerio con sus propios recursos.

Y aquí aparece algo que casi nadie menciona. Mientras muchos buscaban acercarse al poder para sentirse importantes, Juana se acercó a Jesús y descubrió que el verdadero poder estaba en servir. Ella pudo haberse quedado cómoda. Pudo haber protegido su posición. Pudo haber dicho: "Tengo demasiado que perder". Pero decidió usar lo que tenía para una causa más grande que ella misma.

Y eso sigue ocurriendo hoy. Hay personas que piensan que servir a Dios comenzará cuando tengan más tiempo, más dinero, más oportunidades, más libertad.

Pero Juana nos enseña que Dios no siempre llama a las personas fuera de sus circunstancias. Muchas veces las llama a servir precisamente desde donde están. Porque el problema nunca ha sido lo que tienes. El problema es para qué lo usas. Hay quienes tienen influencia y la usan para sí mismos. Hay quienes tienen talentos y los entierran. Hay quienes tienen recursos y viven como si todo les perteneciera. Pero Juana entendió algo que transforma la vida: Lo que Dios pone en tus manos no siempre es para tu comodidad; muchas veces es para tu misión.

Y hay otro detalle conmovedor. Cuando Jesús murió, muchos de los que habían prometido permanecer desaparecieron. Pero Juana siguió allí. Y en Lucas 24 aparece entre las mujeres que anunciaron que Cristo había resucitado. No predicó sermones famosos. No escribió libros. No dirigió ejércitos. No realizó milagros registrados. Pero estuvo presente cuando otros se fueron. Y a veces esa es una de las formas más grandes de fidelidad. Permanecer, seguir, continuar, no abandonar cuando las cosas se complican.

Porque cualquiera puede seguir a Cristo cuando todo va bien. La verdadera fe se revela cuando los sueños parecen morir, cuando las respuestas tardan y cuando el camino se vuelve difícil. Vivimos en una generación que admira lo visible: los aplausos, los seguidores, los escenarios, los reconocimientos.

Pero Dios también escribe historias con personas como Juana. Personas que no siempre están al frente. Personas cuyo nombre muchos olvidan. Personas que sirven sin hacer ruido. Personas que entienden que el Reino de Dios avanza gracias a miles de actos de fidelidad que casi nadie ve. Y quizás esa sea la lección más poderosa de Juana. No necesitas ser la persona más conocida para ser profundamente usada por Dios. No necesitas ocupar el centro del escenario para cumplir tu propósito.

A veces los nombres que el mundo pasa por alto son precisamente los que Dios escribe con más cuidado en la historia de su Reino. Porque al final, el cielo no mide el éxito por la fama que alcanzaste. Lo mide por la fidelidad con la que utilizaste aquello que Dios puso en tus manos.

Jesús enséñanos a reconocer el lugar que Dios ha destinado para nosotros y que sepamos realizarlo con eficacia y humildad. Que nunca busquemos privilegios ni circunstancias extraordinarias, que vivíamos nuestra vida y nuestra vocación con la mejor respuesta a la llamada que Dios dirige a cada uno de nosotros. Amén