MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
La
serpiente levantada
Jesús
aquí estamos delante de ti bajo la especie de pan eucarístico, a punto de iniciar
la gran celebración de la semana santa. Quisiéramos unirnos a tu entrega total
y radical por la salvación del genero humano. Hoy queremos meditar sobre el
episodio que narra el libro de Números 21, 7-9: «Hemos pecado hablando
contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las
serpientes». Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz
una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la
colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a
la serpiente de bronce y salvaba la vida.
El
pueblo de Israel estaba muriendo en el desierto. No era una historia simbólica.
Era real. Había serpientes venenosas entre el campamento. La gente caminaba y
de pronto un grito. Una mordida. El veneno empezaba a correr por el cuerpo. Las
manos temblaban. El pulso se aceleraba. La vida se iba apagando. El campamento
se llenó de miedo.
Y
entonces Dios le dice algo a Moisés que parece extraño a primera vista. Haz una
serpiente de bronce. Levántala en un poste. Y todo el que la mire, vivirá.
Si
uno lo piensa rápido, parece contradictorio. La serpiente era precisamente el
problema. La serpiente era lo que estaba matando a la gente. ¿Por qué entonces
Dios usa una serpiente como símbolo de salvación? Aquí está la parte profunda
que muchos estudiosos han visto durante siglos. La serpiente de bronce no
representaba salvación. Representaba el veneno. Era una imagen del problema, levantada
delante de todos. Dios estaba haciendo visible lo que los estaba destruyendo. Era
como decir: “Mirad lo que os está matando”. Pero la cura no estaba en el metal.
La cura estaba en la confianza. El que miraba, reconocía algo en su corazón: Estoy
envenenado. No puedo salvarme solo. Necesito que Dios me salve. Y en ese acto
de fe el milagro ocurría.
Siglos
después Jesús explica esta historia. Y dice algo que hace que todo cobre
sentido. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es
necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.
De
repente la historia deja de ser solo una historia del desierto. Se convierte en
una profecía de la cruz. La serpiente representaba el pecado que mata. Cristo
fue levantado, cargando ese pecado. No porque Él fuera culpable. Sino porque
tomó sobre sí el veneno del mundo. La violencia. La mentira. El orgullo. La maldad
humana. Todo lo que nos destruye, cayó sobre Él. Y la invitación sigue siendo
la misma que en el desierto: Mira… y vivirás.
Ahora
aquí viene la parte que toca el corazón hoy. Porque el veneno no solo estaba en
serpientes antiguas. Hoy el veneno se ve diferente. Se ve en matrimonios que se
destruyen por orgullo. Se ve en hijos que crecen lejos de Dios. Se ve en
personas que cargan culpa durante años. Se ve en gente que parece fuerte por
fuera, pero por dentro está rota. Se ve en el resentimiento que no se suelta. En
la envidia que consume. En la ansiedad que no deja dormir. En el pecado que se
volvió costumbre. El veneno hoy no entra por una mordida. Entra poco a poco. Una
decisión equivocada. Una mentira pequeña. Un hábito que parecía inofensivo. Y
cuando uno se da cuenta… el corazón ya está enfermo.
Hay
gente que lo intenta todo para sanar. Más dinero. Más distracciones. Más ruido
para no pensar. Pero el veneno sigue allí. Y la cruz sigue levantada. Como
aquella serpiente en el desierto. Dios no te dice: arréglate primero. No te
dice: sana solo y luego ven. Dice algo mucho más simple y mucho más profundo:
Mira.
Mira a Cristo. Mira cuánto costó tu perdón. Mira cuánto vales para Dios. Mira
cuánto amor fue necesario para rescatarte. Y algo pasa cuando uno mira de verdad. El
orgullo empieza a caer. La culpa empieza a soltar. El corazón empieza a
ablandarse. Porque entiendes algo que hace llorar cuando lo comprendes. Dios no
te pidió que quitaras el veneno. Sabía que no podías. Por eso permitió que su
Hijo fuera levantado, para cargar lo que estaba matando a todos.
Algunos
miraron y vivieron. Otros probablemente pensaron que era demasiado simple y
murieron con el remedio frente a sus ojos. Y la pregunta sigue viva hoy. ¿Hacia
dónde estamos mirando? Porque el veneno
puede estar en el corazón, pero la cura sigue levantada, esperando que alguien
levante los ojos…y viva. Amén






