sábado, 22 de agosto de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
TE CONFIESO, QUE NO LO SÉ, SEÑOR
Digo amarte cuando, media hora en tu presencia, me parece excesivo o demasiado.
Presumo conocerte y, ¡cuántas veces! el Espíritu me pilla fuera de juego.
Te sigo y escucho y miro, una y otra vez, hacia senderos distantes de Ti.
Te confeso, Señor, que no sé demasiado de Ti.
Que tu número me resulta complicado pronunciarlo y defenderlo en ciertos ambientes.
Que, tú señorío, lo pongo con frecuencia bajo otros señores ante los cuales doblo mi rodilla.
Te confeso, Señor, que mi voz no se para tus cosas lo suficientemente recia ni fuerte como lo es para las del mundo.
Te confeso, Señor, que mis pies andan más deprisa por otros derroteros que el placer, las prisas, los encantos o los dineros me marcan.
Te confeso, Señor, que, a pesar de todo, sigo pensando, creyendo y confesando que eras el Hijo de Dios.
Haz, Señor, que allá por donde yo camino quite conmigo la pancarta de “soy tu amigo”.
Haz, Señor, que allá donde yo hable se escuche una gran melodía: “Jesús es el Señor”
Haz, Señor, que allá donde yo trabaje con mis manos o con mi mente construya un lugar más habitable en el que Tú puedas formar parte.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXI
Hermanos, hoy el Evangelio nos sitúa en un momento hermoso y muy personal. Jesús va caminando con sus amigos y les hace una pregunta sencilla, ¿ quién dice la gente que soy yo ? Un maestro, un profeta uno enamorado de Dios, le responden.
Y vosotros que camináis conmigo desde hace años y que os he elegido uno a uno, ¿quién soy yo para vosotros?
Jesús no busca definiciones, sino relaciones; busca una relación viva: ¿Qué paso al conocerme? ¿Qué ha cambiado en ti? ¿Cuánto cuento para ti? ¿Qué sitio tengo en tu vida?
Por qué le seguimos, respuesta sencilla: para ser feliz. Y esto no significa tener una vida sin heridas, sino más llena, encendida, apasionada. Jesús no necesita la respuesta para saber si es mejor que los otros rabinos, él quiere saber si Pedro y nosotros le hemos abierto el corazón. Y Pedro responde con palabras nada fáciles: Eres Cristo, Mesías, Mando de Dios, su caricia, sueño de libertad. Eres el hijo del Dios viviente. Tú haces viva la vida, el milagro que la hace florecer.
Finalmente, el contrapunto: Pedro, ahora soy yo quien te dice quién eres: Eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia: Te daré las llavas del Reino de los cielos. No son las lavas del paraíso, sino del mundo nuevo como Dios lo sueña, del secreto profundo de esta vida.
Las llaves y las acciones de atender y desatar son símbolos mucho más universales y radicales que el poder jurídico de la absolución en el sacramento de la reconciliación. No es cosa de curas, este poder, sino de gente del evangelio, de aquellos que con su vida son eco y prolongación de la vida de Cristo. Te daré las llaves: te doy el poder de entrar como energía de transformación, como primer paso de un camino incluso en las experiencias humanas más miserables y perdidas. Puedes convertirte en una presencia transfigurante, haciendo esas cosas que solo Dios sabe hacer: rezar por quien te hiere, sentir dolor por el dolor del mundo, la gran empatía con todo lo que vive, estas son cosas divinas. Entonces tú y yo también podemos convertirnos en una pequeña roca sobre la que apoyar un futuro mejor. No muela de molino, sólo una piedrecita, pero ninguna pequeña piedra es inútil.
En resumen: Jesús no es una teoría, es una persona . Es una pregunta de amor. Es como cuando en un matrimonio o entre buenos amigos uno le pregunta al otro: "¿Qué soy yo para ti?" .
Para el cristiano, Jesús no es un recuerdo, es alguien vivo. Pedro no lo dudó.
Dios no busca gente perfecta, busca corazones dispuestos. Jesús a quien eligió: No elige a un sabio ni a un rey poderoso. Elige a Pedro, un pescador sencillo, un hombre de trabajo con sus virtudes y sus defectos. Esta fe no se aprende en los libros, sino que es un regalo del Padre. Esto nos da una gran paz a todos: para entender a Dios no hace falta tener grandes estudios, sólo hace falta tener un corazón humilde que se deje enseñar. Cuando abrimos el corazón, Dios hace maravillas en nosotros, al igual que las hizo en San Pedro.
miércoles, 19 de agosto de 2026
MEDITACIÓN
EUCARISTICA:
LA
HISTORIA DE ANDRÉS
La
historia de Andrés aparece en varios pasajes evangélicos. Andrés era uno de los
discípulos de Juan el Bautista. Un día, Juan estaba con dos de sus discípulos
y, al ver pasar a Jesús, dijo: Este es el Cordero de Dios. Andrés y el
otro discípulo siguieron a Jesús. Jesús se dio cuenta y les preguntó qué
buscaban. Ellos querían saber dónde vivía, y Jesús les respondió: Venid y lo
veréis. Pasaron aquel día con Él. Después de conocer a Jesús, Andrés fue a
buscar a su hermano Simón. Le dijo que habían encontrado al Mesías, es decir,
al Cristo. Entonces llevó a Simón hasta Jesús.
La
vocación a la vida consagrada y sacerdotal es actuar como Andrés; él escuchó y
siguió a Jesús. Después de conocerlo, quiso compartirlo con alguien que amaba. Llevó
a su hermano Pedro a Jesús.
Esto
nos enseña que no necesitamos hacer grandes cosas para ayudar a otros a
acercarse a Jesús. A veces basta con invitar, hablar de Él y dar un buen
ejemplo.
Antes
de seguir a Jesús, había sido discípulo de Juan el Bautista. Eso ya dice mucho
de él. Andrés era un hombre que estaba buscando sinceramente a Dios. No se
conformaba con la religión vacía. Esperaba al Mesías. Y cuando Juan el Bautista
señaló a Jesús como el Cordero de Dios, Andrés fue uno de los primeros en
seguirlo.
Fue
un hombre que no buscó protagonismo. La Biblia no registra grandes discursos de
Andrés. No lo vemos encabezando multitudes. No lo vemos escribiendo cartas. Pero
cada vez que aparece en el Evangelio, aparece haciendo lo mismo: llevando
personas a Jesús.
Cuando
la multitud tenía hambre, fue Andrés quien encontró al muchacho con los cinco
panes y dos peces y lo presentó a Jesús. También cuando unos griegos querían
ver al Maestro, fue Andrés quien los acercó a Él. Ese era Andrés. Un puente. Un
hombre que conectaba personas con Cristo. Y quizá por eso su historia es tan
necesaria hoy.
El
sacerdote y el religioso deben ser puentes que lleven al encuentro con Jesús.
Primero ellos han de realizar este encuentro profundo diario, cotidiano, para
después poder ser puente para los demás. Es una misión hermosa compartir la
actitud de Andrés. Quizá el mundo está cansado de personas que solo hablan de
ellos mismos, incluso cuando predican la Palabra de Vida o actúan en favor de
los demás. El mundo necesita sacerdotes y religiosos que hagan de puente, para
unir, para que haya encuentro con Aquel que es la VIDA.
Vivimos
en un mundo donde muchos quieren ser los protagonistas. Queremos ser
reconocidos. Queremos que nuestro nombre destaque. Queremos que la gente
recuerde lo que hicimos.
Pero
Andrés nos enseña una grandeza diferente. La grandeza de quien trabaja en
silencio para acercar otros a Jesús. Hay personas que nunca predicarán ante
miles. Nunca escribirán libros. Nunca serán famosas. Pero llevarán a un hijo, a
un amigo, a un esposo, a una vecina, a un compañero de trabajo a los pies de
Cristo. Y el cielo conoce el valor de eso. Porque quizá nunca sabrás lo que
Dios hará con la persona que tú acercaste a Él.
Andrés
no imaginaba que su hermano Pedro sería una de las voces más influyentes de la
iglesia primitiva. Sólo hizo lo que pudo: lo llevó a Jesús. Y eso basta.
También
hay una lección hermosa en la multiplicación de los panes. Andrés vio al
muchacho con su pequeña comida y dijo algo muy humano: “¿Qué es esto para
tantos?” Es decir: “Esto es muy poco”. Pero Andrés llevó ese “poco”
a Jesús. Y en las manos de Jesús, lo poco se volvió abundancia. Esa es una
verdad que puede cambiar tu vida. Dios no te pide que tengas mucho. Te pide que
pongas en sus manos lo que tienes. Un poco de fe. Un poco de tiempo. Un poco de
amor. Un poco de obediencia. Un poco de pan y dos peces. Y Él hace el resto.
Así es la vocación, Dios llama a los que quiere, no a los más inteligentes y
capacitados, sino que capacita a quien llama.
Y
así se ve esta historia hoy. Andrés aparece en la madre que enseña a sus hijos
a orar aunque nadie la vea. En el amigo que invita a otro a la iglesia. En el
joven que comparte un versículo con alguien que está triste. En el abuelo que
ora en silencio por su familia. En la persona que no busca aplausos, pero cada
día acerca corazones a Cristo. El religioso que ora antes de emprender
cualquier actividad. El mundo quizá no recuerde sus nombres. Pero el cielo sí.
Porque
en el Reino de Dios no sólo son importantes los que predican desde el púlpito. También
son esenciales los que, como Andrés, toman de la mano a alguien y le dicen: “Ven,
quiero llevarte a Jesús”. Y este es el papel de los consagrados y
sacerdotes, llevar a otros a Jesús a través de su ministerio. Que el Señor
envíe sacerdotes santos y según su corazón a su Iglesia y a la Orden de la
Virgen María. Amén.
sábado, 15 de agosto de 2026
ACCION DE GRACIAS
Señor quiero ser como tú.
Jesús, al contemplar en tu vida el modo que Tú tienes de tratar a los demás me dejo interpelar por tu ternura, tu forma de amar nos mueve a amar; tú trato es como el agua cristalina que limpia y acompaña el andar.
Jesús, enséñame tu modo de hacer sentir al otro más humano, que tus pasos sean mis pasos, mi modo de proceder.
Jesús, hazme sentir con tus sentimientos, mirar contigo mirada, comprometer mi acción, darme hasta la muerte por el reino, defender la vida hasta la cruz, amar a cada uno como amigo, y en la oscuridad levantar tu luz.
Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre, buscando la justicia, compartiendo nuestra fe, que encuentre una auténtica armonía entre lo que creo y quiero ser, mis ojos sean fuente de alegría, que abrace tu modo de ser.
Quisiera conocerte, Jesús, tal y como eras.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará mi corazón en uno como el tuyo que sale de sí mismo para dar; capaz de amar al Padre y los hermanos, que va sirviendo al reino en libertad.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XX
La afirmación de estar allí buscando solo migajas de pan perdido es lo que conmueve a Jesús. Poco puede parecer la compasión de Dios, pero las migajas de Dios son grandes como Dios mismo.
La mujer de las migajas, madre inteligente e indómita que no se rinde ante los silencios de Jesús, es uno de los personajes más simpáticos del Evangelio. Y Jesús, sale transformado del encuentro con ella. Lo que nos cambia en la vida no son las ideas, son los encuentros.
Una mujer de otra religión "convierte" a Jesús, lo hace cambiar de camino. Jesús tiene un proyecto: He venido solo por las ovejas perdidas de Israel, y esa mujer lo hace cambiar: No, tú perteneces al dolor de los hijos, tú eres pastor de todo el dolor del mundo.
La mujer en el relato habla tres veces. La primera palabra es la más antigua de todas las oraciones cristianas: Ten piedad. Piedad de mi dolor, de esta mi niña enferma. Y Jesús no le dirigió ni una palabra.
Pero la madre sigue al grupo continuando a gritar, involucra también a los apóstoles, y ante la respuesta de Jesús, muy clara: "Yo he venido solo por los de mi pueblo", la mujer bloquea el paso al rabino extranjero, y llama lo que es la segunda oración más evangélica: Ayúdame.
La reacción del maestro es aún más brusca que antes: No se le quita el pan a los hijos para dárselo a los perros. Y aquí lega la respuesta genial de la mujer, su tercera palabra: Es cierto, Señor, y sin embargo los perritos comienzan las migajas que caen de la mesa de sus dueños.
Es el giro del relato. Esta imagen ilumina a Jesús. En el Reino de Dios, sólo hay hijos y no, hombres y perros. La conciencia humilde de que todos somos iguales, y al mismo tiempo la afirmación de estar allí buscando solo migajas de pan perdido, es lo que conmueve a Jesús.
Mujer, ¡grande es tu fe! Ella, que no conoce la Biblia y que reza en los ídolos de Canaán y Fenicia, para Jesús es una mujer de gran fe. Su gran fe consiste en creer que para Dios el sufrimiento de un hombre cuenta más que su religión. Ella no conoce la fe de los catecismos, pero posee la de las madres.
¡Grande es tu fe! Entonces, la fe es aún mayor en la tierra, dentro y fuera de la Iglesia, porque es grande el número de madres que no saben el Credo, pero conocen el corazón de Dios . Usan otros números para invocar a Dios, pero conocen su corazón. Para él no hay hijos e hijitos, en donde hay dolor, allí está toda la piedad de Dios.
Todo esto se convierte en consuelo: porque en el día en que tengamos poca fe, en el día en que estemos abrumados por el dolor, en ese momento Dios se acercará, como pan para los hijos, como migajas para cada pequeño sueño con alguien que saque a los pequeños de debajo de la mesa y los levante, los coloque como lámparas sobre el candelabro de todos, más luz sobre el futuro del mundo.






