2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO XIII
Nos encontramos con un evangelio donde Jesús
nos habla de lo que vale la pena vivir, lo que vale la pena morir, algo que
vale más que nuestra propia vida. Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo
el Evangelio está también en un vaso de agua fresca.
Quien ama a su padre o a su madre más
que a mí, quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Palabras difíciles, que suenan excesivas, que parecen chocar contra la fuerza
de los afectos que son la primera felicidad de esta vida.
Pero la clave de las expresiones de
Jesús está en la expresión amar más. Jesús no
resta amores, sino que añade, apuesta por ellos, lo apuesta todo al
amor. Amar más no equivale a una competición de sentimientos, sino que
nos recuerda que, para crear un mundo nuevo, tal y como él lo sueña, se
necesita una pasión al menos tan fuerte como la de los amores familiares, y
el resultado obtenido no es una limitación, sino una potenciación.
El que no tome su cruz y me siga, no
puede ser mi discípulo. ¿Acaso sueña Jesús con una
interminable procesión humana clavada en una selva de patíbulos? ¿Sería el
sufrimiento lo que alabaría a Dios? Qué imagen tan perversa. Él quiere discípulos
maduros, libres y un poco enamorados, no una corte de seguidores
llorosos y llagados. Cargar con la propia cruz no es dejarse matar, sino
elegir un proyecto firme, el mismo que el de Jesús: amar primero,
generosamente, sin calcular, con locura.
Las dos condiciones
que Jesús impone a quien quiera seguirle, amar más y cargar con la cruz,
se iluminan mutuamente. Llevar la cruz significa llevar el amor hasta
el final, hasta la Pascua, porque quien haya perdido su vida por mi causa,
la encontrará. Perder la vida no significa el martirio, sino gastarla
como se gasta un tesoro: entregándola gota a gota. En realidad, solo
poseemos aquello que hemos perdido por los demás.
De hecho, el verdadero drama para el ser
humano no es morir, sino no tener nada ni a nadie por lo que merezca la pena
arriesgar y poner en juego la propia vida. Y a nosotros, asustados ante la idea
de tener una causa que valga más que nosotros mismos, Jesús nos añade una frase
enorme: quien haya dado, aunque solo sea un vaso de agua fresca no perderá
la recompensa. La cruz y el agua, dar toda la vida y un vaso de
agua, ese casi nada que, sin embargo, contiene un toque del maestro de
Nazaret: ¡fresca! ¡Tiene que ser agua fresca! Es decir, la mejor agua
que tengas, agua cariñosa, hermosa, con el eco del corazón en su
interior: Imaginaos una llamada a quien sufre, ceder el paso a quien tiene
más dificultades, una sonrisa al primer desconocido de la mañana, un café
suspendido... Dar: verbo de manos limpias y alegres como el agua fresca.
La Cruz y el vaso.
Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un
vaso de agua fresca. Algo que todos podemos ofrecer. Todos.