martes, 1 de septiembre de 2026
sábado, 29 de agosto de 2026
COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR
Pues su madera, bien
lo sé, Jesús es escalera que conduce a la Resurrección.
¡Cogeré tu cruz, Señor!,
pues su altura, es altura de miras para los que creen en otro mundo para los
que esperan en Dios para los que, cansándose o desangrándose, saben compartir y
repartir en los demás.
Cogeré tu cruz, Señor
pues sus clavos, pasan la carne, pero no matan la fe.
Es la fe, quien, a la
cruz, le da otro brillo y hasta otro color: ni es tan cruel ni es definitiva.
Después de la cruz,
vendrá la vida.
¡Dame tu cruz, Señor!
Merece la pena
arriesgarse por Ti.
Merece la pena sembrar
en tu campo.
Merece le pena sufrir
contratiempos.
Merece la pena
adentrarse en tus caminos sabiendo que, Tú, los recorriste primero.
¡Cogeré tu cruz, Señor!
Enséñame dónde y cómo.
Indícame hacia dónde.
Háblame cuando, por su
peso, caiga en el duro asfalto.
Quiero coger tu cruz,
Señor, porque bien lo sé, hace tiempo que lo aprendí que ideales como los tuyos
tienen y se pagan por un alto precio.
Quiero coger tu cruz,
Señor, porque es preferible en el horizonte de los montes ver tu cruz que el
vacío del hombre errante.
Amén.
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXII
¿De qué le servirá a un hombre ganar
el mundo entero, si pierde su alma? Hay frases y palabras que marcan una
vida y una historia. Y hoy esta frase de Jesús tiene que hacernos reflexionar. Escuchar
la Palabra del Dios vivo, Palabra eficaz, puede cambiar la vida.
Estar con Jesús significa no sólo “ver”,
sino “vivir” como Él. Porque es muy fácil pensar como los hombres, y no como
Dios. Es humano no querer afrontar las cargas que implica la fidelidad. Hasta a
Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. Pedro que acababa de confesar
a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías. Y Jesús
le da la espalda, nada menos, y le llama Satanás. Porque a Jesús le
parece demoniaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión
del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto.
La verdadera decisión que importa tomar
en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a uno mismo ¡Casi
nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los
discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este
seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que
convertirse en seguimiento interior. El seguimiento interior requiere disposición
para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en
sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Ser buen creyente no
significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de
Jesús.
No nos asustemos, en todo caso, el Señor
es capaz de seducir. Anda siempre cerca, se manifiesta, se
pone a tiro e insiste a tiempo y a destiempo. Quiere nuestra felicidad, que
pasa por la fidelidad. Lo más importante es saber si te dejas seducir. Porque el
plan del Señor para ti es un plan de salvación, de felicidad. No de esa
felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, porque problemas habrá
siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el
Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino. Ejemplo
del profeta Jeremías.
No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se
trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perder; de
la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene
ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida,
y el otro el que conduce a la perdición.
Una tarea que no fue nunca fácil, ni
siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo, han sido.
Una tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que
merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que
puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre,
preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino
siga creciendo. Para que yo sea más feliz. Más santo”, con la ayuda del
Espíritu. Amén.
miércoles, 26 de agosto de 2026
ADORACIÓN
EUCARÍSTICA:
LA
SIERVA DE NAAMÁN
Hay
una historia bíblica donde el importante no fue un rey, no fue un profeta, no
fue un sacerdote, fue una niña cuyo nombre nunca aparece en la Biblia.
Su
historia se encuentra en 2 Reyes 5: Naamán, jefe del ejército del rey de
Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el
Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era
leproso. Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la
tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán.
Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que
hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra.
Una
pequeña sierva israelita. Una niña arrancada de su hogar por la guerra. La
Biblia dice que las tropas sirias habían hecho una incursión en Israel y se
llevaron cautiva a una muchacha. Ella terminó sirviendo en la casa de Naamán.
No
estaba allí porque quisiera. No había elegido ese trabajo. No había decidido
vivir lejos de su familia. Todo lo que conocía le había sido arrebatado. Su
casa. Su tierra. Sus padres. Su pueblo. Su infancia. Era una víctima.
Y,
sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de hablar, sus palabras no estuvieron
llenas de odio. Dijo a la esposa de Naamán: "Si rogase mi señor al profeta
que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra."
Solo
una frase. Ni un sermón. Ni un milagro. Ni un discurso. Solo una frase. Y esa
frase cambió la historia de un hombre.
La
niña pudo haber guardado silencio. Nadie la habría culpado. Porque Naaman
pertenece al pueblo que destruyó mi vida. Pero ella decidió romper la cadena
del odio. No permitió que el dolor decidiera quién sería ella. Su corazón no
fue un lugar donde ya no pueda nacer la compasión.
Eso
sigue ocurriendo hoy. Hay personas que fueron heridas en la infancia. Traicionadas
por un amigo. Abandonadas por alguien que amaban.
Pero
esta pequeña sierva nos demuestra que el dolor no tiene por qué apagar la
bondad. Lo más extraordinario es que ella no tenía poder. No podía cambiar su
situación. No podía regresar a Israel. No podía liberar a su pueblo. Pero
todavía podía decidir qué saldría de su boca. Y eligió que de sus labios
saliera esperanza.
¡Qué
diferente sería nuestro mundo si entendiéramos esto! No siempre podemos
controlar lo que otros hacen con nosotros. Pero siempre podemos decidir qué
hacemos nosotros con el dolor que recibimos. Podemos convertirlo en
resentimiento o podemos convertirlo en compasión.
La
niña nunca conoció a Eliseo personalmente en esta historia. Simplemente sabía dónde estaba Dios obrando. No
dijo: "Yo puedo sanarte." No llamó la atención sobre ella. Señaló
hacia Dios. Ese es el verdadero propósito de un creyente. No hacer que las
personas dependan de nosotros. Sino conducirlas hacia Aquel que realmente puede
transformar sus vidas.
Vivimos
en una época donde muchos quieren ser vistos. Ser reconocidos. Ser aplaudidos. Pero
esta muchacha nos enseña que la mayor influencia muchas veces ocurre cuando
dejamos de señalar nuestra propia importancia y comenzamos a señalar a Cristo. Porque
una conversación puede cambiar el destino eterno de alguien. Una invitación. Un
versículo. Una oración. Un abrazo. Una palabra dicha en el momento correcto. Eso
fue exactamente lo que hizo aquella niña.
Y
observa cómo Dios trabaja: Ella habla con la esposa. La esposa habla con
Naamán. Naamán habla con el rey. El rey escribe una carta. Naamán viaja. Eliseo
da una orden. Naamán obedece. Y un hombre enfermo sale completamente sano del
Jordán. Todo comenzó con una niña que nadie conocía.
Eso
nos recuerda que Dios suele comenzar los milagros más grandes con actos de
fidelidad que parecen pequeños. La Biblia nunca registra el nombre de esta
muchacha. Para la historia humana quedó anónima. Pero para Dios nunca fue
anónima. El cielo conocía su nombre. Porque Dios nunca mide la importancia de
una persona por la cantidad de veces que aparece en un libro. La mide por la
fidelidad de su corazón.
Porque
hay personas que llegarán a Cristo, no por un gran acontecimiento, sino porque
un día alguien sencillo les dijo: Conozco dónde puedes encontrar esperanza.
Ella sembró y Dios se encargó del resto. Amén.
sábado, 22 de agosto de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
TE CONFIESO, QUE NO LO SÉ, SEÑOR
Digo amarte cuando, media hora en tu presencia, me parece excesivo o demasiado.
Presumo conocerte y, ¡cuántas veces! el Espíritu me pilla fuera de juego.
Te sigo y escucho y miro, una y otra vez, hacia senderos distantes de Ti.
Te confeso, Señor, que no sé demasiado de Ti.
Que tu número me resulta complicado pronunciarlo y defenderlo en ciertos ambientes.
Que, tú señorío, lo pongo con frecuencia bajo otros señores ante los cuales doblo mi rodilla.
Te confeso, Señor, que mi voz no se para tus cosas lo suficientemente recia ni fuerte como lo es para las del mundo.
Te confeso, Señor, que mis pies andan más deprisa por otros derroteros que el placer, las prisas, los encantos o los dineros me marcan.
Te confeso, Señor, que, a pesar de todo, sigo pensando, creyendo y confesando que eras el Hijo de Dios.
Haz, Señor, que allá por donde yo camino quite conmigo la pancarta de “soy tu amigo”.
Haz, Señor, que allá donde yo hable se escuche una gran melodía: “Jesús es el Señor”
Haz, Señor, que allá donde yo trabaje con mis manos o con mi mente construya un lugar más habitable en el que Tú puedas formar parte.
Amén









