domingo, 11 de octubre de 2026
sábado, 10 de octubre de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Hoy has preparado un banquete.
Es tu Hijo quien se casa, y la ocasión es única.
Ya está la sala del banquete preparada con todo lo necesario
para la fiesta.
La mesa lista para el banquete con los mejores manjares y un
vino excelente.
Todo en abundancia, que a ti te gusta que sobre y no falte cuando
se va o se pasa por tu casa.
Los criados han partido para invitar a tus amigos, que son
muchos y muy distintos y están dispersos por el amplio mundo.
¡Venid a la fiesta! se oye en pueblos y casas, y como un eco
resuena setenta veces siete y llega a todos los corazones.
Atardece, tus amigos, muy ocupados en sus cosas y haciendas, declinan
la invitación como si fuese una oferta cualquiera.
Sin embargo, hoy, la fiesta se hará; es tu querer y voluntad
decidida.
De la calle, de las plazas, de los rincones más olvidados llegarán
tus invitados: Serán cojos, ciegos y sordos, hambrientos, pobres y presos, ciudadanos
y extranjeros, hombres y mujeres, ancianos y niños de toda raza, color y
oficio.
Los que a nada sois invitados... ¡Venid a la fiesta!
Los que estáis solos y sin futuro... ¡Venid a la fiesta!
Todos los despreciados y humillados... ¡Venid a la fiesta!
Los sin nombre y sin historia... ¡Venid a la fiesta!
Los que sufrís la risa y la miseria, los nadie de ahora y
siempre... ¡Venid a la fiesta!
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXVIII
El rey celebra la boda de su hijo y
cuenta con unos invitados. Este rey se esfuerza en preparar un gran banquete. El
relato gira en torno a tres imágenes: una sala vacía; la búsqueda por las
calles; un traje inadecuado.
Cuando envió a sus criados a llamar a
los convidados, éstos no quisieron asistir. La sala vacía pone de manifiesto un
fracaso, como en algunas de nuestras tristes iglesias medio vacías, con el pan
y el vino que nadie quiere, nadie busca, nadie saborea; con nuestra incapacidad
para hablar de la Palabra. Y entonces, la sorpresa: el rechazo no revoca el
don.
Si los corazones de los invitados se
cierran, el Señor abre encuentros en otros lugares. Envía a los siervos con una
orden ilógica y fabulosa: a todos los que encontréis, llamadlos a la boda.
A todos, sin tener en cuenta méritos ni formalidades. Los criados van a los
cruces de los caminos e invitan a todos los que encuentren allí, malos y
buenos. Dios quiere invitar a la boda de su hijo a todos los pueblos. El
fracaso inicial no apaga la generosidad de Dios. Qué hermosura de Dios que,
al ser rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: Llamad a
todos. Abre, amplía, va más allá.
Cuando el rey desciende entre la
multitud festiva del salón, un Dios que entra en el corazón de la vida.
Nosotros lo imaginamos lejano, separado, sentado en su trono de juez, y en
cambio está dentro de esta sala del mundo, dentro de la vida, aquí con
nosotros, como alguien a quien le importa la alegría y la cuida.
Esta parte de la parábola nos habla del
invitado que entra al banquete sin vestido de boda. Este episodio parece
sugerir que no prepararse o vestirse adecuadamente para el banquete de la boda
es una burla y un desprecio hacia el que nos invita. Ha invitado a mendigos y
desamparados y se sorprende de que uno vaya mal vestido. Pero no por lo que
lleva puesto sobre la piel, sino por lo que viste su alma. En el fondo, este
invitado es como los primeros: peca de indiferencia o de autosuficiencia. Aceptó
la invitación, pero no se abrió a la gracia.
Al hombre sin traje de fiesta
se le echa fuera no porque sea peor que los demás, sino porque está apagado por
dentro, sin fiesta en el corazón.
El pasaje evangélico concluye con la
siguiente sentencia: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Muchos rechazan la llamada o la invitación, y algunos no se presentan con
vestido de boda. Aunque Dios persiste en su voluntad de que todos los hombres
se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, este deseo choca con muchos
obstáculos de nuestra parte. Este pasaje nos lleva a preguntarnos: ¿Qué lugar
ocupa Dios en mi vida y cómo estoy respondiendo a la invitación que me hace?
¿Qué excusas, negocios o preocupaciones cotidianas me hacen rechazar su
invitación? ¿Cómo acojo su gracia?
miércoles, 7 de octubre de 2026
Meditación Eucarística:
LA ESPOSA DE NOÉ
Señor
Jesús en el Santísimo sacramento del altar, estamos aquí junto a ti para
disfrutar de tu presencia y descansar unos momentos de la vida ajetreada que
llevamos. Hoy queremos fijarnos en un personaje casi anónimo, que ni sabemos su
nombre pero que compartió tantos momentos de amargura y de felicidad con su esposo
Noé. La historia está en Génesis 6-9 y nos narra la vida de Noé y la construcción
del Arca, casi siempre la atención se queda en Noé, en el arca, en el diluvio,
en los animales. Pero casi nadie piensa en la mujer que estuvo al lado de un
hombre que pasó décadas construyendo algo que parecía absurdo. La Biblia nunca
menciona el nombre de la esposa de Noé, su silencio en el relato también dice
muchísimo. Porque hay personas que sostienen historias enormes sin que casi
nadie recuerde su nombre.
Brevemente,
el contexto es este: Dios le pide a Noé construir un arca. No un proyecto
pequeño. Un arca gigantesca. Y según el relato bíblico y los tiempos
genealógicos pasaron años. Muchos años. Décadas viendo a su esposo construir
algo que nadie entendía.
Y
aquí viene la pregunta que casi nunca hacemos: ¿qué tuvo que vivir la esposa de
Noé durante todo ese tiempo? Porque nosotros vemos el arca terminada. Pero ella
vivió el proceso. Vivió las burlas. Las miradas. El cansancio. La incertidumbre.
Imaginamos
lo cotidiano de esa escena. Su esposo saliendo cada día a construir algo que
parecía imposible. La gente burlándose de él. Tal vez burlándose también de
ella. Y aun así, ella permaneció. Qué poderoso. Porque detrás de muchos hombres
que cumplen propósito, hubo mujeres que también cargaron silencios muy pesados.
Mujeres que sostuvieron emocionalmente el hogar mientras el hombre intentaba
obedecer a Dios. Y quizá aquí está una de las partes más profundas de toda esta
historia: la esposa de Noé nunca recibió una instrucción directa de Dios en el
relato. La instrucción vino para Noé. Pero ella decidió caminar junto a alguien
que sí había escuchado la voz de Dios. Y honestamente, eso requiere muchísima
fe.
Porque
hay temporadas donde el propósito es de uno, pero se vuelve sacrificio para
ambos. Y eso pasa muchísimo hoy. La esposa que acompaña cansada a su familia. La
que ve lágrimas que nadie más ve. La que escucha silencios que nadie entiende. Y
quizá nadie le preguntó a la esposa de Noé si también tenía miedo. Porque es
fácil admirar al que construye, pero pocas veces pensamos en quien tuvo que
esperar junto a él.
La
Biblia dice que entraron al arca por familias. Eso significa que ella no solo
acompañó a Noé como esposa. También ayudó a mantener unida a la familia
mientras el mundo entero se desmoronaba espiritualmente. Qué impresionante. Porque
mantener una familia unida en tiempos difíciles también es servicio. Y quizá
hoy hay mujeres sintiéndose exactamente así. Mujeres cansadas. Mujeres fuertes.
Mujeres que han sostenido mucho más de lo que otros imaginan
Mientras
todos afuera veían madera, ella probablemente veía obediencia. Mientras otros
veían locura ella decidió creer. Y quizá esa fue una de las decisiones más
importantes de la historia. Porque hay personas que no aparecen mucho en el
escenario, pero sin ellas el propósito jamás habría sobrevivido: El arca no se
construyó solamente con martillos. También se construyó con paciencia. Con
apoyo silencioso. Con noches difíciles. Con conversaciones privadas. Con una
mujer que decidió no abandonar a alguien que estaba obedeciendo a Dios. Y quizá
aquí está la parte más poderosa. Cuando llegó el diluvio ella también entró al
arca. Porque Dios no olvidó a quien sostuvo silenciosamente el proceso. Porque
el cielo también ve a quienes aman, apoyan y permanecen fieles en temporadas
difíciles. Aunque nadie les aplauda. Aunque no aparezcan al frente. Aunque
otros nunca entiendan cuánto sacrificaron.
Hay
personas cuyo propósito no siempre es estar al frente, sino sostener con amor
aquello que Dios está levantando a través de alguien más. Y eso no las hace
menos importantes. Las hace indispensables. Porque muchas veces los milagros
más grandes no sobreviven solamente por quien predica, lidera o construye, sino
por alguien que en silencio decidió quedarse, creer y sostener el propósito aun
cuando todavía no caía ni una sola gota de lluvia.
Y
quizá la pregunta más profunda hoy es esta: ¿cuántas veces Dios ha usado tu
amor, tu paciencia y tu permanencia silenciosa, para sostener un propósito que
todavía no alcanzas a ver completamente?
Amén.






