sábado, 5 de septiembre de 2026


 ACCIÓN DE GRACIAS

Ofrecer el perdón, cuando en recompensa, se recibe el silencio o la mofa.

Qué difícil es perdonar y cuánto cuesta, Señor sabiendo que, mi corazón, no es tan grande como el tuyo: siempre dispuesto a comenzar de nuevo.

Ser siervo del perdón y no del orgullo.

Arrodillarme ante el que me injuria o cerrar los ojos ante el que me denigra.

Decir “lo intentaré de nuevo” a pesar de la traición o disculpar los golpes recibidos.

Abrazar tu evangelio sabiendo que, el perdón, sin límites y sin farsa, sin miedos ni fronteras es el resumen de tu paso entre nosotros de tu vida en medio de la nuestra tu palabra que se hace carne más allá de teorías y de discursos.

Vivir sin sentirse perdonado y, vivir, con la conciencia de no haber disculpado.

Romper con las historias pasadas para caminar de nuevo e iniciar un rumbo distinto sin pensar en vencedores ni derrotados.

Ser generoso ofreciendo semillas de reconciliación.

Decir “lo siento” o “te perdono”.

Recordar que, para entrar en el cielo, la llave que mueve su puerta es precisamente esa: perdonar siempre.

Dime, Señor, cómo hacerlo.

Amén.

 



 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIII

 

Este domingo el evangelio nos brinda una de esas reflexiones que nos ayudan a sentirnos comunidad. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. Es la palabra de Jesús la que nos convoca cada semana, aunque no compartamos un espacio físico.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Dios se identifica con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente.

Su Nombre es justicia, paz, mansedumbre, corazón puro. Entonces cuando dos personas viven un vínculo según el Evangelio, entonces Dios está allí. Cuando dos se miran con bondad y verdad, allí está Dios. Cuando un hombre y una mujer, un padre y un hijo o dos amigos se escuchan con amor vigilante, allí está Dios. Cuando tienes hambre y sed de justicia y de paz, para ti y para los demás, allí está Dios. Solo entonces lo real y lo espiritual coinciden.

Y si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo. La corrección fraterna tiene sentido si consideramos solo una palabra: Si tu hermano... Solo si sientes al otro como hermano, si conoces su esperanza y su alegría, estás autorizado a intervenir. De lo contrario, sería solo agresión.

Quien ama sabe reconectarse con los otros, quien no ama solo sabe herir o adular. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Verbo estupendo: ganar un hermano. Hay gente que gana estima o poder o dinero, y luego hay gente que gana hermanos. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política económica que vale la pena.

Y, al final, una frase para entender bien: Si no escucha ni siquiera a los testigos, ese hermano sea para ti como el pagano. ¿Sea un excluido, un descarte, un rechazo? No. Con él harás como Jesús, que se sienta a la mesa con los publicanos y los pecadores y discute de pan y migajas con la mujer pagana; también tú comenzarás de nuevo, con paciente confianza, a anunciar la buena noticia de la ternura de Dios inclinándose sobre cada uno de sus hijos.

Dios le pregunta a Caín, dónde está Abel, Caín responde: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? La respuesta es clara: Sí, tú eres el guardián.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

miércoles, 2 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

El cojo de la puerta hermosa

Querido Jesús esta tarde venimos a ti y nos acordamos de lo importante que es hacer las cosas en tu nombre. Los hechos de los apóstoles relatan que: Pedro y Juan subían al templo… cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos». Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Este hombre pensó que había llegado demasiado tarde. Era cojo desde el vientre de su madre. Jamás había dado un paso. Jamás había corrido. Toda su vida dependió de otros. Toda su vida estuvo marcada por una limitación que él nunca escogió. Durante años lo llevaban diariamente al templo. Todos los días. La misma puerta. La misma rutina. La misma necesidad. La misma dependencia.

Seguramente aquel hombre había oído hablar de Jesús. Había esperado ser sanado por Él. Había alimentado la esperanza de que algún día Cristo pasara por allí y cambiara su historia. Pero el tiempo pasó. Y el milagro no llegó. Entonces Jesús fue crucificado. Resucitó. Ascendió al cielo. Y aquel hombre siguió siendo cojo.

Las noticias comenzaron a correr por Jerusalén. "Jesús ha muerto." "Jesús ya no está." "Jesús se fue." Y poco a poco algo murió también dentro de aquel hombre: La esperanza.

Porque quizás pensó: Lo perdí. Jesús sanó a ciegos. Jesús sanó a leprosos, levantó paralíticos, pero a mí no me tocó.

Y si somos sinceros, muchos conocemos ese sentimiento. Ver cómo otros reciben lo que nosotros llevamos años esperando. Ver cómo otros obtienen la respuesta. Ver cómo otros reciben el milagro. Mientras nosotros seguimos sentados en el mismo lugar. Y poco a poco el corazón comienza a rendirse. No porque deje de creer en Dios. Sino porque deja de esperar algo para sí mismo. Y eso es exactamente lo que parece haber ocurrido con este hombre, no está esperando un milagro. Está esperando una moneda. Ya no espera caminar. Ya no espera cambiar. Ahora simplemente intenta sobrevivir. Se resignó. Aceptó que así sería su vida. Aceptó que siempre dependería de otros. Aceptó que siempre estaría junto a aquella puerta. Aceptó que sus sueños habían terminado.

Es una de las tragedias más silenciosas de la vida. No cuando perdemos algo. Sino cuando dejamos de esperar. Cuando dejamos de creer. Cuando nos convencemos de que nada cambiará. Cuando aprendemos a vivir con una tristeza permanente. Cuando comenzamos a decir: "Así soy." "Así será siempre." "Ya es demasiado tarde."

Y entonces llegó aquel día. Un día aparentemente normal. Un día igual a los demás. Sin anuncios del cielo. Sin trompetas. Sin advertencias. Pedro y Juan simplemente iban al templo.

Y el hombre hizo lo que había hecho miles de veces. Extendió la mano. Pidió una limosna. Porque esperaba dinero. Nada más. Pero Dios estaba preparando algo mucho mayor que una moneda. Aparece una de las frases más hermosas de toda la Biblia. "Míranos." Qué palabras tan sencillas. Y sin embargo tan profundas. Entonces Pedro dijo: "No tengo plata ni oro." Y quizá por un instante el corazón del hombre volvió a hundirse. Porque era exactamente lo que necesitaba. Dinero.

Pero Dios no iba a darle algo para sobrevivir. Iba a darle algo para vivir. Porque muchas veces pedimos una moneda. Y Dios está preparando piernas. Pedimos alivio. Y Dios prepara transformación. Pedimos una solución pequeña. Y Dios tiene preparado algo infinitamente mayor.

Y entonces Pedro dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda." Y de repente la imposibilidad desapareció en un instante. Los músculos respondieron. Los huesos respondieron. La vida respondió.

Dios estaba escribiendo el capítulo más hermoso de su vida. Y quizás alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay personas que creen que llegaron tarde. Que perdieron la oportunidad.

Pero esta historia nos recuerda algo extraordinario. Que el silencio de Dios no significa olvido. Que la demora de Dios no significa rechazo. Que el hecho de que otros hayan recibido primero no significa que tú hayas sido descartado.

Y llegó el día señalado. No el día que el hombre imaginó. No de la manera que esperaba. Pero sí en el momento perfecto de Dios. Y cuando Dios decidió actuar, descubrió algo que jamás había imaginado. Que aunque él había dejado de esperar, Dios nunca había dejado de pensar en él. Amén

martes, 1 de septiembre de 2026

sábado, 29 de agosto de 2026


 

COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR

Pues su madera, bien lo sé, Jesús es escalera que conduce a la Resurrección.

¡Cogeré tu cruz, Señor!, pues su altura, es altura de miras para los que creen en otro mundo para los que esperan en Dios para los que, cansándose o desangrándose, saben compartir y repartir en los demás.

Cogeré tu cruz, Señor pues sus clavos, pasan la carne, pero no matan la fe.

Es la fe, quien, a la cruz, le da otro brillo y hasta otro color: ni es tan cruel ni es definitiva.

Después de la cruz, vendrá la vida.

¡Dame tu cruz, Señor!

Merece la pena arriesgarse por Ti.

Merece la pena sembrar en tu campo.

Merece le pena sufrir contratiempos.

Merece la pena adentrarse en tus caminos sabiendo que, Tú, los recorriste primero.

¡Cogeré tu cruz, Señor! Enséñame dónde y cómo.

Indícame hacia dónde.

Háblame cuando, por su peso, caiga en el duro asfalto.

Quiero coger tu cruz, Señor, porque bien lo sé, hace tiempo que lo aprendí que ideales como los tuyos tienen y se pagan por un alto precio.

Quiero coger tu cruz, Señor, porque es preferible en el horizonte de los montes ver tu cruz que el vacío del hombre errante.

Amén.

 


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXII

 

¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Hay frases y palabras que marcan una vida y una historia. Y hoy esta frase de Jesús tiene que hacernos reflexionar. Escuchar la Palabra del Dios vivo, Palabra eficaz, puede cambiar la vida.

Estar con Jesús significa no sólo “ver”, sino “vivir” como Él. Porque es muy fácil pensar como los hombres, y no como Dios. Es humano no querer afrontar las cargas que implica la fidelidad. Hasta a Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. Pedro que acababa de confesar a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías. Y Jesús le da la espalda, nada menos, y le llama Satanás. Porque a Jesús le parece demoniaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto.

La verdadera decisión que importa tomar en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a uno mismo ¡Casi nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que convertirse en seguimiento interior. El seguimiento interior requiere disposición para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Ser buen creyente no significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de Jesús.

No nos asustemos, en todo caso, el Señor es capaz de seducir. Anda siempre cerca, se manifiesta, se pone a tiro e insiste a tiempo y a destiempo. Quiere nuestra felicidad, que pasa por la fidelidad. Lo más importante es saber si te dejas seducir. Porque el plan del Señor para ti es un plan de salvación, de felicidad. No de esa felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, porque problemas habrá siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino. Ejemplo del profeta Jeremías.

No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perder; de la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida, y el otro el que conduce a la perdición.

Una tarea que no fue nunca fácil, ni siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo, han sido. Una tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre, preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino siga creciendo. Para que yo sea más feliz. Más santo”, con la ayuda del Espíritu. Amén.


 


DES DEL CONVENT
HOJA PARROQUIAL
SEPTIEMBRE 2026