2026
CICLO A
FIESTA
DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Celebramos queridos hermanos la fiesta
de la Santísima Trinidad, es decir terminada el tiempo de pascua, continuamos
con el tiempo ordinario con esta gran fiesta que es el misterio de Dios. Dios
único pero que se manifiesta en tres personas distintas.
El dogma de la Trinidad dice que vivir
es convivir, así en el cielo como en la tierra. La historia de Dios
se convierte en la historia del hombre. El primer mal que recuerda la
Biblia no es el pecado del árbol prohibido, es Dios mismo quien lo declara: No
es bueno que el hombre esté solo. Es malo que Adán esté solo, el primer
mal absoluto es la soledad. Ni siquiera Dios puede estar solo, es
Trinidad, familia, vínculo de amor, comunidad absoluta.
En el evangelio, este breve fragmento,
tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor
de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. En el Evangelio, el verbo
amar se traduce siempre por otro verbo concreto, práctico, fuerte: el verbo
dar. Amar no es un hecho sentimental, no equivale a emocionarse, sino a
dar, un verbo de manos y de gestos. No se trata solo de que Dios perdone o sea
comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos
entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. Dios no pretende condenar, como muchas veces
se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida.
Dios no sabe ni quiere ni puede
hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso
dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino
para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma.
Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera
disfrutando de su creación.
Al final del día, puede que ni siquiera
hayas pensado en Dios, ni hayas pronunciado su nombre. Pero si has ofrecido
bondad, si has prestado ayuda desinteresada, si has trabajado por la justicia y
la paz, incluso sin saberlo, has hecho la más hermosa profesión de fe en la
Trinidad.
Dios no envió a su Hijo para condenar
al mundo, sino para que el mundo se salve. ¿Salvado de qué? Del
único gran pecado: que es la falta de amor. Lo que explica toda la
historia de Jesús no es el pecado del hombre, sino el amor por el hombre;
no algo que hay que quitar de nuestra vida, sino algo que hay que añadir: para
que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida en abundancia.
Dios amó tanto al mundo; al mundo
entero, la tierra, las cosechas, las plantas y los animales. Dios ama al
mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha
llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la
Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser
acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o
sinagoga.
Y si Él lo amó, nosotros también:
tenemos que custodiarlo y cultivarlo, con toda su riqueza y belleza, y trabajar
para que la vida florezca en todas sus formas, y hable de Dios y sea
fragmento de su Palabra.