sábado, 21 de febrero de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
CONTIGO EN EL DESIERTO, SEÑOR
Escucharé al silencio que habla y la
Palabra que resuena.
Me sentiré preparado para la misión para
así, ofrecerme hasta desgastarme contigo y por Ti.
¿Por qué vas a un desierto, Jesús?
¿Qué te brindan la arena y las montañas,
sin alimento ni nada con lo que sustentarte?
El desierto habla, cuando el mundo calla,
hace al cuerpo y a la fe, fuertes y resistentes, ante tantas cosas que los
debilitan.
Llévame contigo al desierto, Señor, porque
sin necesidad de estar en la aridez de esa tierra desértica, también aquí y
ahora soy tentado.
Contigo en el desierto, Señor, seré fiel
hasta el final, me prepararé a la dureza de la cruz, saldré victorioso frente
al mal.
Romperé con aquella tentación que me
persigue como si fuera mí misma sombra.
Dame, Señor, valor para triunfar sobre
ellas.
Concédeme, la valentía necesaria para
demostrarte mi fidelidad y mí entrega.
Quiero estar contigo en el desierto: con
Dios, fortaleza; con Dios, salvación; con Dios, poderoso; con Dios, santo; con
Dios, único.
Amén.
DOMINGO I DE CUARESMA
CICLO
A
En el comienzo de la Cuaresma la
liturgia nos presenta el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El
relato es sobrecogedor. En el desierto se puede escuchar la voz de Dios,
pero se puede sentir también la atracción de fuerzas oscuras que nos alejan de
él. El diablo tienta a Jesús empleando la Palabra de Dios y apoyándose en
salmos que se rezan en Israel: hasta en el interior de la religión se puede
esconder la tentación de distanciarnos de Dios.
El evangelio de Marcos, que es el que
seguimos este año, es el que las presenta de modo muy evidente, de una manera
más concisa: apenas dos versículos que hablan del hecho de la tentación, sin
mencionar sus contenidos, como sí hacen Mateo y Lucas. El Espíritu lo
empujó al desierto y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás.
Para este evangelista el desierto
es el lugar de una batalla encarnizada y áspera entre Jesús y Satanás,
una batalla ya desde el comienzo de la vida pública de Jesús hasta el
final mismo de su vida. Una batalla cuya finalidad es apartar a Jesús del plan
del Padre, que no es otro que la entrega de su vida en favor de la
humanidad.
También es la batalla de nuestra vida
cristiana, que pasa por la prueba del desierto y, en ocasiones, de desiertos
muy áridos. Contemplar el hecho de que Jesús fue tentado nos da lucidez para
reconocer y aceptar nuestras tentaciones, y nos da también confianza para saber
que, con la ayuda de Dios, las tentaciones se pueden superar a pesar
de nuestra vulnerabilidad.
Más allá de las tentaciones que cada uno
de nosotros podemos sufrir como incitaciones al mal, hay tentaciones en el
seguir a Jesús, sutiles pero poderosas, que nos apartan del proyecto de Dios.
- La tentación de pensar que Dios nos
ha abandonado: en momentos de dificultad o desolación, ternemos la
sensación de que nos ha dejado de su mano, que ya no está presente en nuestra
vida; es la tentación del desánimo, de la desconfianza, de abandonar
nuestros propósitos de vida entregada.
- Otra tentación es la de los atajos,
ir por caminos engañosos: de conducir mi vida por caminos y modos
que son los míos y no los de Dios; evitar a toda costa lo que es
difícil, lo que comporta un sacrificio, aquello que contradice mis planes y
proyectos.
- La tentación de la soberbia, de
vivir de mis supuestos méritos más que del agradecimiento por los dones
que Dios me da o de vivir la vida espiritual más en clave de cumplimiento que
de relación de amor.
Al iniciar la cuaresma no nos asustemos
de ser tentados ni pensar que nos encontramos solos en la tentación. En
situaciones de tentación se trata de orar y dejarnos ayudar y acompañar, porque
también, como Jesús, en el desierto podemos encontrar esos ángeles que le
servían. Y eso es un gran consuelo para nosotros. Pensar que estamos
acompañados por el mismo Dios.
miércoles, 18 de febrero de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA
El corazón más hermoso
Jesús
sacramentado un día más nos encuentras a tus pies, para buscar un poco de paz y
de calma a nuestras vidas un tanto agitadas. Hoy miércoles de ceniza venimos
con un corazón bien dispuesto a escuchar tu palabra y hacer lo posible para transformar
nuestro corazón tantas veces de piedra por un corazón de carne. Escuchamos esta
historia.
El
corazón más hermoso: Un día un hombre joven se situó en el centro de un
poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca.
Una
gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su
corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños.
Coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse
admirado el joven sé sintió más orgulloso aun, y con mayor fervor aseguró
poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.
De
pronto un anciano se acercó y dijo: ¿Por qué dices eso, si tu corazón no es tan
hermoso como el mío? Sorprendidos, la multitud y el joven miraron el corazón
del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de
cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y estos habían sido
reemplazados por otros que no correspondían, pues se veían bordes y aristas
irregulares en su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban
trozos profundos. La mirada de la gente se sobrecogió, ¿Cómo puede decir él que
su corazón es más hermoso?, pensaron...
El
joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a
reír.
-
Debes estar bromeando, dijo. Comparar tu corazón con el mío... El mío es
perfecto. En cambio, el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor.
-
Es cierto, dijo el anciano, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me
involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual
entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mí corazón para entregárselos a cada
uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo,
que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales,
quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan
el amor que hemos compartido.
Hubo
oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero
esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos
- dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al
haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza,
que algún día tal vez regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón.
-
¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?
El
joven permaneció en silencio, corrían lágrimas por sus mejillas. Se acercó al
anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El
anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo
del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La
pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los
trozos, se notaban los bordes. El joven miró su corazón que ya no era perfecto,
pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su
interior.
Jesús
reconocemos que vivimos en una cultura que valora la perfección externa, lo
intacto, lo que no muestra fallas. Pero el relato sugiere que un corazón que
nunca ha sido herido tampoco ha amado profundamente. Las cicatrices no son
señales de debilidad, sino de entrega y valentía emocional.
Cada
vez que damos amor, dejamos parte de nosotros en otros. A veces ese amor es
correspondido; otras veces no. Sin embargo, incluso cuando duele, el haber
amado nos transforma y nos hace más humanos. El corazón del anciano es hermoso porque
ha sufrido, ha sanado, pero ha seguido latiendo.
La
verdadera belleza no está en la perfección, sino en la capacidad de amar,
perdonar y volver a intentarlo. Las cicatrices emocionales son testimonio de
una vida vivida con intensidad y generosidad.
La
Cuaresma no es un tiempo para maquillar el corazón, sino para mirarlo con
verdad. Muchos de nosotros hemos sido heridos. También hemos herido. Y a veces,
para no volver a sufrir, endurecemos el corazón, lo blindamos, lo hacemos
“perfecto” hacia afuera. Tu Jesús no tuviste un corazón intacto. Tu amor lo
llevó a la entrega total. En la cruz, su corazón fue traspasado. No se reservó
nada y nos animas a no temer a las heridas del corazón, porque son prueba de
que hemos amado de verdad y eso, al final, es lo que nos hace verdaderamente
hermosos. Un corazón herido por amor, perdonado y reconciliado, es más
semejante al de Cristo que uno simplemente “correcto”. Que esta cuaresma no nos
limitemos a prácticas externas, sino sea un camino hacia un corazón más
compasivo, más humilde y más entregado. Porque el corazón más hermoso no es el
que nunca sufrió, sino el que, a pesar de todo, sigue amando. Amén
miércoles, 11 de febrero de 2026
Meditación
eucarística:
Paciencia
y Esperanza
Querido
Jesús sacramentado en esta tarde en que nos reunimos en torno a tu eucaristía y
en la que iniciamos el triduo a los Siete Santos Fundadores, queremos
reflexionar contigo el tema de la esperanza y la paciencia. Es un tema clave
dentro del cristianismo: la importancia de la esperanza y la paciencia en medio
de las dificultades. En las enseñanzas cristianas, la esperanza es vista como
una virtud que permite a las personas confiar en Dios, incluso cuando las
circunstancias parecen ser desalentadoras. Nuestra confianza va mucho más allá
de las apariencias.
Paciencia
y esperanza: Un
pastor tenía dos ovejas, y estaba contento porque las dos habían concebido, y
tenían unos hermosos y juguetones corderitos. Durante la noche, el pastor
encerraba sus dos ovejas en un corral que tenía muy cerca de la casa. Así se
aseguraba que lobos y zorros no las mataran.
En
las horas del día, las soltaba para que fueran a pastar por los cerros. Y aquel
día las soltó, como siempre, y dejó a los corderitos en el corral. Es muy
riesgoso soltarlos tan pequeños.
Las
dos ovejas cruzaron el río, caminando sobre su firme lecho de piedras. Las
aguas del río serrano eran poco profundas, y ellas lo cruzaban a diario. Pero
al poco tiempo se desató una tormenta muy fuerte, la lluvia fue repentina y
torrencial y las aguas bajaban con fuerza y el río se desbordó.
El
pastor salió hasta la orilla, porque sabía que se acercaba la hora en que sus
ovejas regresarían para amamantar a sus crías y pasar la noche en el corral, y
vio que sería imposible cualquier intento por cruzar aquel torrente de aguas,
sin exponerse a ser arrollado y golpeado contra las piedras.
Una
oveja se puso a pastar pacientemente en la orilla, esperando que las aguas
bajaran, la otra se impacientó y comenzó a lamentarse:
-
Esta agua no descenderá y mi hijito se morirá de hambre, aquí nos sorprenderá
el lobo y moriremos. La compañera trató de calmarla:
-
No te impacientes, recuerda que ya vimos muchas crecientes en el río y siempre
vimos las aguas descender, no nos pasará nada grave, y mañana amamantaremos a
nuestros hijos.
De
nada valieron sus reflexiones; la oveja se arrojó a las aguas del rio y la
corriente la arrastró. El pastor la miraba impotente desde la orilla opuesta.
La pobre oveja avanzó un par de metros y la fuerza del rio la vencieron y la
arrastraron río abajo; el pastor y la compañera vieron cómo el cuerpo de la
desdichada era llevado por la corriente, que lo golpeaba contra las rocas
salientes.
Al
anochecer, las aguas ya habían descendido bastante. Pastor y oveja se miraban
desde las dos orillas; el pastor, que conocía bien los pasos menos riesgosos,
entró al agua, y lenta y cuidadosamente, llegó hasta la otra orilla, ató una
cuerda al cuello de su oveja, y ambos volvieron a cruzar el río.
Los
corderitos balaban en el corral, el pastor hizo que el huerfanito mamara de la
oveja sobreviviente, que se constituyó en su madre adoptiva.
Querido
Jesús estamos convencidos que, sin esperanza, es imposible tener paciencia,
porque nadie espera lo imposible, y la esperanza más hermosa es la que nace en
situaciones más desesperantes. La impaciencia, con la que quieren alcanzarlo
todo hoy, es la que te hace perder la oportunidad de alcanzarlo mañana.
La
idea de que "nadie espera lo imposible" es una verdad profunda,
porque la esperanza se basa en la fe de que, aunque no podamos ver la solución
o el camino, Dios tiene un propósito y un plan para cada situación. La
paciencia se convierte en un acto de confianza, esperando en el tiempo de Dios,
sabiendo que Él trabaja todo para bien, aunque no siempre sea de acuerdo a
nuestro tiempo.
La
impaciencia, por otro lado, es como una tentación que nos lleva a querer
controlarlo todo y obtener resultados inmediatos. Pero muchas veces, lo que
realmente necesitamos no es un resultado rápido, sino el proceso que nos enseña
a ser más fuertes, sabios y humildes. Es hermoso pensar que la esperanza más
profunda se forja en momentos de desesperación, porque es precisamente cuando
todo parece oscuro que uno se ve llamado a poner su fe en algo más grande que
uno mismo. Ese tipo de esperanza es transformadora. Amén.






