miércoles, 8 de abril de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

María Magdalena

Aquí estamos Jesús resucitado en el santísimo sacramento del altar, para meditar y pasar unos momentos contigo. El domingo de Pascua descubrimos el papel que tuvo María Magdalena en el anuncio de tu resurrección y sobre ello queremos meditar.

La historia de María Magdalena ha sido mal entendida durante siglos. ¿Y si te dijera que la mujer que muchos señalaron como “la peor” fue la primera en ver lo más glorioso? Muchos la redujeron a un pasado oscuro, pero el texto bíblico es claro en algo profundo: no la define por su pecado, sino por su liberación. En Evangelio de Lucas 8, 2 se nos dice que de ella salieron siete demonios. En el lenguaje del tiempo, eso no era solo posesión; era opresión total, una vida fragmentada, rota en todas sus áreas. Era alguien que había perdido el control de sí misma, de su mente, de su dignidad. Pero ahí no termina la historia, ahí comienza.

Porque cuando María se encuentra con Jesucristo, no recibe solo un milagro, recibe una identidad nueva. Y eso es clave: Jesús nunca la vuelve a llamar por su pasado. No la etiqueta. No la exhibe. La restaura en silencio, pero la honra en público.

Y aquí está lo que muchos no ven: María Magdalena no solo fue sanada, fue transformada en discípula. Mientras muchos dudaban, ella permanecía. Mientras otros se escondían, ella estaba cerca. Ella estuvo al pie de la cruz junto a María, la madre de Jesús, cuando otros huyeron. Y en el Evangelio de Juan 20, se convierte en la primera testigo de la resurrección. Entre las santas mujeres que fueron fieles a Jesús hasta el final, destaca María Magdalena. No sólo estuvo presente en la Pasión, sino que también fue la primera testigo y heraldo del Resucitado. Como resultado de sus encuentros personales con Jesús a lo largo de los años, y especialmente el día de su resurrección, María Magdalena se convirtió en una poderosa testigo del Señor resucitado. Santo Tomás de Aquino la llamó la “Apóstol de los Apóstoles”.

En una cultura donde el testimonio de una mujer no tenía peso legal, Dios decide comenzar el anuncio más importante de la historia con alguien que antes había sido despreciada. Eso no es casualidad, eso es redención. Porque el Reino de Dios no funciona como el mundo. El mundo te recuerda quién fuiste. Dios te muestra en quién te puedes convertir.

María fue y anunció a los discípulos: “¡He visto al Señor!”. Este es el mensaje que la Iglesia, todos los que hemos sido bautizados, tenemos el mandato de compartir con todas las naciones y pueblos. Llevamos a cabo esta misión con mayor eficacia cuando reconocemos que las mujeres son indispensables para la vida de nuestra Iglesia.

María no seguía a Jesús por religión, lo seguía por gratitud. No caminaba detrás de Él por obligación, sino porque sabía de dónde la había sacado. Su fidelidad no nació en un templo, nació en un corazón que fue reconstruido pieza por pieza. Y aquí está la verdad que golpea hoy: Hay personas que creen que su pasado las descalifica. Que lo que hicieron, lo que vivieron, lo que cargan, es demasiado. Pero María Magdalena es la prueba viviente de que no importa cuán profundo hayas caído, lo que importa es quién te levanta.

Hoy en día, María Magdalena se ve en esa persona que todos etiquetaron, pero que Dios sigue llamando por su nombre. Se dice que el Diablo recuerda siempre tu pasado y tu pecado, pero no sabe tu nombre, sin embargo, Dios te llama por tu nombre y no le importa tu pasado.

También María Magdalena se ve reflejada en quien fue rechazado, pero no dejó de amar. Se ve en quien fue roto, pero decidió quedarse cerca de Jesús, aun cuando dolía.

Porque tener “un encuentro real” con Jesús no te hace perfecto, te hace fiel. No borra tu historia, pero la redime.

Y tal vez eso es lo que más incomoda: que Dios use a quien nadie hubiera escogido. Así que mírate bien. No desde lo que hiciste. Sino desde lo que Dios puede hacer contigo. Porque al final, la pregunta no es qué tan roto estuviste. La pregunta es: ¿Te vas a quedar definido por tu pasado o vas a permitir que Dios te convierta en alguien que ni tú mismo reconocerías?

 

domingo, 5 de abril de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Vivir pascualmente es vivir cada momento intensamente, como si fuese el último, y dar cada paso, con sorpresa y gozo, como si fuese el primero.

Es inspirar amor y conciencia en nuestro frágil cuerpo e historia, y entrar con gozo y paz en el cuerpo universal y místico.

Es acoger la liberación y sanación de nuestro ser entero.

Que se hacen presentes, aquí y hora y en el reverso de la historia, rompiendo nuestros normas y credos.

Es compartir lo que tenemos, con generosidad y gozo, con los hermanos necesitados, aunque no los conozcamos y sólo sea un trozo de pez asado.

Es desprendernos del sufrimiento y miedo, que atenazan y cierran nuestra mente, corazón y entrañas, y abrir todas las ventanas a tu brisa resucitada.

Es no perder la capacidad de asombro, abrir nuestro entendimiento, aprender día a día en cada encuentro, alegrarse por todo lo bueno, y ser testigos de lo vivido.

Es ver en cada paso humano tu paso divino de enamorado, tan pascual y cercano, tan rompedor y solidario, tan al lado de nuestros pies cansados.

 

viernes, 3 de abril de 2026


 VIGILIA PASCUAL

Horario 23 horas


 

SÁBADO SANTO
Apertura de la Iglesia 9 h.

HORA DE LA MADRE, ACOMPAÑANDO A MARÍA EN SU SOLEDAD


 

2026 CICLO A

VIERNES SANTO

 

Llegamos al final de este recorrido humano de Jesús. Él vino para darnos vida y nosotros entregamos muerte. Pero en este acto salvador se manifiesta el ser de Dios y la plenitud de lo humano. Es la mayor prueba de que Dios nos ama. La muerte de Jesús en la cruz, al mismo tiempo de mostrar una crudeza y crueldad profundas, manifiesta que Jesús, vivió una vida entregada a los demás. Jesús pone de relieve el amor con que Dios nos ama y que no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

En la cruz de Nuestro Señor Jesucristo adoramos no a un Dios muerto, sino la vitalidad de su amor porque del madero de la cruz brota con mayor fuerza su presencia amorosa.

Jesús en la cruz muestra la capacidad del ser humano de acoger lo divino y de actuar como tal. Jesús ayer se entregó los cercanos en la Última Cena, en la forma de pan y vino, y hoy finalmente en la cruz, lo hace por toda la humanidad.

Para los cristianos, la cruz de Cristo no es sólo motivo de veneración, sino que es el camino propuesto por nuestro salvador para poder llegar al destino final preparado por Dios para nosotros. Hemos de abrazar la cruz, en la que nos entregamos totalmente al servicio de los demás, para así acoger la vida que Dios, que, por su gracia, nos regala.

La imagen de Jesús muerto y suspendido en la cruz quedó grabada en la memoria de los creyentes. Una estampa ante la cual nos sale decir: ¡No me lo puedo creer! Y la fe reclama que digamos: Esto es lo que hay que creer. A Este crucificado es al que hay que creer. Éste es verdaderamente el Hijo de Dios. Aquí está la salvación del mundo, como dirá la Liturgia del Viernes Santo».

Levantar los ojos hacia él no es sólo un acto físico. Es, sobre todo, un acto de fe. La verdadera fe afirma «Dios es así», «Dios está en El», «Él es Dios». Para muchos parece imposible que un condenado a muerte pueda ser Dios. Demasiado fuerte. Donde unos no ven nada más que escándalo, otros vemos amor, todo el amor que Dios nos tiene. Donde unos no ven nada más que fracaso, otros vemos el triunfo del amor. Donde unos no ven nada más que un final, otros vemos la máxima expresión del amor, de la entrega por amor hasta la muerte. Ahí está el nudo del problema. ¿Es posible amar tanto que te entregues hasta la muerte? Esta pregunta la tienen que responder los que de verdad aman y los que amando están dispuestos a lo que sea.

Muchos dejan «todo» por conseguir a alguien. Todo encuentro de dos personas lleva implícita una renuncia, una entrega que tiene mil plasmaciones. Por la otra persona hay personas que son capaces de entregar la vida, poco a poco, como se hacen las cosas de la vida: en el paso rutinario de las horas…

La entrega no es una experiencia lejana ni ajena a nuestra propia vida. Cada uno sabe lo que es capaz de entregar y por quién tenemos fuerzas para entregarnos… Cada uno sabe qué cruces estamos dispuestos a llevar y por quién…

jueves, 2 de abril de 2026

ACCIÓN DE GRACIAS

Gracias, Jesús, por la Eucaristía.

Gracias, Jesús, porque deseabas ardientemente celebrar la Pascua con nosotros.

Gracias, Jesús, porque en la última cena nos entregaste tu vida y nos llenas de tu presencia.

Gracias, Jesús, porque nos amaste hasta el final, hasta el extremo que se puede amar; morir por otro, dar la vida por otro.

Gracias, Jesús, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor contigo.

Gracias, Jesús, porque nos dijiste que celebrásemos la eucaristía en memoria tuya.

Gracias, Jesús, porque podemos celebrar la Eucaristía todos los días.

Gracias, Jesús, porque cada día podemos seguir alimentándonos de ti para seguir AMANDO y SIRVIENDO fraternalmente a quienes se encuentren con nosotros, y seguir nuestro camino para llegar a ser uno CONTIGO. Amén

 


 

2026 CICLO A

JUEVES SANTO

La liturgia del jueves santo nos dice una palabra definitiva sobre cómo es Dios, quién es el ser humano y lo que está llamado a ser.

Durante la cena de despedida con sus apóstoles, Jesús se ciñe la cintura para confirmar ese movimiento de Dios que se abaja, se vacía de sí mismo para agraciar y enriquecer al ser humano poniéndose a sus pies, a su servicio. Jesús de este modo nos dibujó el icono de la entrega.

Dios buscaba ablandar nuestras conciencias; fortalecer nuestra confianza en su amor incondicional y trasplantarnos un corazón renovado con su energía divina, su Espíritu de vida. “Os he dado ejemplo para que lo que Yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. ¿Qué más puede darnos o decirnos Jesús?

El mandamiento de la nueva alianza lo concentra todo: amaos, cuidaos unos a otros como hermanos de todos. No podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano que tenemos cerca, si no cuidamos al prójimo a quien sí vemos y Cristo se identificó.

Jesús nos amó hasta el extremo. Jesús el extremista. Fue un extremista amando nuestra humanidad. Humanidad bien retratada aquella noche de jueves santo: el amigo que le niega, los amigos que huyen y se desdicen asustados, el traidor. Esa es nuestra humanidad, esos somos nosotros. Eso es lo que, en Cristo, Dios ha abrazado hasta sus últimas consecuencias. Esa humanidad que manipula a Dios, que lo rechaza, que ha colgado a Dios de la cruz. Esa humanidad que no logra liberarse de violencias, de injusticias. Todo esto ha sido amado.

Nuestro mundo precisa por todas partes que los cristianos volvamos a Jesús y su misericordia. Allá donde hay una iglesia, comunidad parroquial, vida consagrada o familia cristiana, en cualquier lugar donde viva un seguidor de Jesús es urgente que activemos dispositivos de fraternidad.

El mensaje de la Semana Santa será solo cultural o devocional, si no contribuye a transformar nuestras opciones de vida. El evangelio nos interpela a renovar hoy nuestro compromiso con la entrega de Jesús, la fraternidad universal, la renovación de la Iglesia desde el principio de misericordia.

Hagamos vida su última voluntad: “amaos como Yo os he amado”. Hasta el extremo. Es necesario que nos esforcemos por vivir el Mandamiento del Amor. Tenemos necesidad de:

- AMARNOS: no tanto con palabras, sino con obras y de verdad.

- AYUDARNOS y de COMPRENDERNOS, como Cristo ayudó y comprendió

- COMPARTIR lo que somos y tenemos: nuestra fe, alegría, nuestra generosidad, nuestro tiempo.

- PERDONARNOS: unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.

Lo más importante que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso.