PEQUEÑA DOSIS DE SABIDURIA
sábado, 15 de agosto de 2026
ACCION DE GRACIAS
Señor quiero ser como tú.
Jesús, al contemplar en tu vida el modo que Tú tienes de tratar a los demás me dejo interpelar por tu ternura, tu forma de amar nos mueve a amar; tú trato es como el agua cristalina que limpia y acompaña el andar.
Jesús, enséñame tu modo de hacer sentir al otro más humano, que tus pasos sean mis pasos, mi modo de proceder.
Jesús, hazme sentir con tus sentimientos, mirar contigo mirada, comprometer mi acción, darme hasta la muerte por el reino, defender la vida hasta la cruz, amar a cada uno como amigo, y en la oscuridad levantar tu luz.
Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre, buscando la justicia, compartiendo nuestra fe, que encuentre una auténtica armonía entre lo que creo y quiero ser, mis ojos sean fuente de alegría, que abrace tu modo de ser.
Quisiera conocerte, Jesús, tal y como eras.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará mi corazón en uno como el tuyo que sale de sí mismo para dar; capaz de amar al Padre y los hermanos, que va sirviendo al reino en libertad.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XX
La afirmación de estar allí buscando solo migajas de pan perdido es lo que conmueve a Jesús. Poco puede parecer la compasión de Dios, pero las migajas de Dios son grandes como Dios mismo.
La mujer de las migajas, madre inteligente e indómita que no se rinde ante los silencios de Jesús, es uno de los personajes más simpáticos del Evangelio. Y Jesús, sale transformado del encuentro con ella. Lo que nos cambia en la vida no son las ideas, son los encuentros.
Una mujer de otra religión "convierte" a Jesús, lo hace cambiar de camino. Jesús tiene un proyecto: He venido solo por las ovejas perdidas de Israel, y esa mujer lo hace cambiar: No, tú perteneces al dolor de los hijos, tú eres pastor de todo el dolor del mundo.
La mujer en el relato habla tres veces. La primera palabra es la más antigua de todas las oraciones cristianas: Ten piedad. Piedad de mi dolor, de esta mi niña enferma. Y Jesús no le dirigió ni una palabra.
Pero la madre sigue al grupo continuando a gritar, involucra también a los apóstoles, y ante la respuesta de Jesús, muy clara: "Yo he venido solo por los de mi pueblo", la mujer bloquea el paso al rabino extranjero, y llama lo que es la segunda oración más evangélica: Ayúdame.
La reacción del maestro es aún más brusca que antes: No se le quita el pan a los hijos para dárselo a los perros. Y aquí lega la respuesta genial de la mujer, su tercera palabra: Es cierto, Señor, y sin embargo los perritos comienzan las migajas que caen de la mesa de sus dueños.
Es el giro del relato. Esta imagen ilumina a Jesús. En el Reino de Dios, sólo hay hijos y no, hombres y perros. La conciencia humilde de que todos somos iguales, y al mismo tiempo la afirmación de estar allí buscando solo migajas de pan perdido, es lo que conmueve a Jesús.
Mujer, ¡grande es tu fe! Ella, que no conoce la Biblia y que reza en los ídolos de Canaán y Fenicia, para Jesús es una mujer de gran fe. Su gran fe consiste en creer que para Dios el sufrimiento de un hombre cuenta más que su religión. Ella no conoce la fe de los catecismos, pero posee la de las madres.
¡Grande es tu fe! Entonces, la fe es aún mayor en la tierra, dentro y fuera de la Iglesia, porque es grande el número de madres que no saben el Credo, pero conocen el corazón de Dios . Usan otros números para invocar a Dios, pero conocen su corazón. Para él no hay hijos e hijitos, en donde hay dolor, allí está toda la piedad de Dios.
Todo esto se convierte en consuelo: porque en el día en que tengamos poca fe, en el día en que estemos abrumados por el dolor, en ese momento Dios se acercará, como pan para los hijos, como migajas para cada pequeño sueño con alguien que saque a los pequeños de debajo de la mesa y los levante, los coloque como lámparas sobre el candelabro de todos, más luz sobre el futuro del mundo.
viernes, 14 de agosto de 2026
SOLEMNIDAD
DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Hoy celebramos con alegría la Asunción
de la Virgen María, una fiesta que nos recuerda que María, al finalizar su vida
terrena, fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Es una celebración que nos llena
de esperanza, porque nos muestra el destino al que todos estamos llamados:
vivir para siempre junto a Dios.
María fue una mujer sencilla, pero tuvo
una fe enorme. Supo confiar en Dios incluso cuando no entendía del todo lo que
estaba sucediendo. Su respuesta, «hágase en mí según tu palabra», resume toda
su vida: una vida entregada, confiada y abierta a la voluntad de Dios.
En el Evangelio escuchamos el encuentro
de María con su prima Isabel. María llega a casa de Isabel después de haber
recibido el anuncio del ángel, y allí proclama el Magníficat: «Mi alma proclama
la grandeza del Señor». No se queda centrada en sí misma, sino que reconoce
todo lo que Dios ha hecho en ella.
Ese es también un mensaje importante
para nosotros. La fe no consiste solamente en creer, sino en aprender a confiar
y a poner nuestra vida en las manos de Dios. María nos enseña que, incluso en
medio de las dificultades, podemos seguir adelante cuando sabemos que Dios
camina con nosotros.
La Asunción de María también nos
recuerda que nuestro cuerpo, nuestra vida y todo lo que somos tienen un valor
inmenso para Dios. No estamos hechos para la tristeza ni para la desesperanza.
Nuestra meta es la vida plena, la vida eterna.
Pidamos hoy a la Virgen María que nos
ayude a vivir con una fe sencilla y sincera, a confiar en Dios cuando las cosas
no sean fáciles y a estar siempre dispuestos a ayudar a los demás. Que, como
ella, sepamos decir cada día nuestro «sí» a Dios.
Santa María, Madre de Dios y Madre
nuestra, acompáñanos en nuestro camino y llévanos siempre hacia tu Hijo. Amén.
ACCIÓN DE GRACIAS
YO TAMBIÉN QUIERO SUBIR CONTIGO, MARÍA
Y ascender, muy alto, al encuentro con
el Señor pero, sin olvidar, que los grandes rascacielos están primeramente
sujetos a la tierra.
Como Tú, María: Sencilla, no quisiste
más grandeza que tu pobreza.
Como Tú, María: limpia, tus ojos sólo
brillaron para el Señor.
Como Tú, María: obediente, siempre tus
caminos fueron para Dios.
YO TAMBIÉN QUIERO SUBIR CONTIGO, MARÍA
Dándome generosamente, como Dios mismo
se ofrece.
Entregándome sin tregua, como Tú misma
te das.
Mirando hacia el infinito, y buscando,
en ese aparente vacío, la grandeza del Salvador.
Y disfrutar para siempre de la gloria
eterna.
Y correr, contigo, por las calles del
cielo.
Y poder abrazar a los que, antes que yo,
marcharon con tu protección desde este duro suelo.
Y dejar de llorar, de sufrir y
comprender entonces lo que vale la fe y la perseverancia de mi ser cristiano.
Porque, este mundo nuestro, es un primer
anuncio, es aperitivo de la gran cena que nos espera, es antesala del gran comedor
que nos aguarda, es primer compás de la música celeste, es preámbulo de un
umbral feliz y lleno de dicha.
¡Felicidades, María!
¡Tu suerte, que sea la nuestra!
¡Ayúdanos a encontrar, esas escaleras, por
las que, Tú, has encontrado el cielo!
Amén
miércoles, 12 de agosto de 2026
MEDITACIÓN EUCARISTICA
La Asunción de María
Querido Jesús en el santísimo
sacramento del altar, esta tarde queremos unirnos a ti en estas vísperas de la
Asunción de nuestra Señora a los cielos. Esta es una fiesta muy popular porque
el triunfo de María es también el triunfo de sus hijos. María fue elevada al
cielo en cuerpo y alma para decirnos que un día estaremos con Ella, de manera
semejante. Ahí nos espera con los brazos abiertos para abrirnos la puerta de la
gloria.
Tu madre Jesús fue una mujer que
podemos definir como Amor, porque ella vivió en este mundo sólo amando: amando
a Dios, a su Hijo Jesús desde que lo llevaba en su seno hasta que lo tuvo en
brazos desclavado de la cruz. Amó a su querido esposo san José, y amó a todos y
cada uno de sus hijos desde que Jesús la proclamó madre de todos ellos.
Desde su asunción a los cielos
ha seguido amando durante más de dos mil años a Dios y a los hombres: Es un
amor muy largo y profundo. Y apenas ha comenzado la eternidad de su amor. Dentro de ese océano de ternura que es el
Corazón de María estamos todos nosotros para alegrarnos infinitamente. Desde el
cielo una Madre nos ama con singular predilección. La fe en este amor debe
llenar nuestra vida de alegría, de paz y de esperanza.
Dios adelantó el reloj de la eternidad para que
María pudiese inaugurar con su hijo nuestra eternidad. Mientras nosotros
esperamos, Ella goza de Dios con su cuerpo inmaculado, el que fue cuna de Jesús
durante nueve meses.
"Voy a prepararos un lugar": Así
hablaba Jesús a los apóstoles con emoción contenida. Personalmente se
encargaría de tener listo ese lugar. Pero sabemos quién le ayudaría
cariñosamente a preparar dicho lugar: María Santísima. Ella le ayudó -y de qué
manera tan eficaz- en sus primeros pasos a la Iglesia. Ella sigue ayudando con
su amorosa intercesión a la Iglesia que peregrina todavía por este mundo.
“Alegraos más bien de que vuestros nombres
estén escritos en el cielo”. Sabremos entonces por qué decía Jesús estas
solemnes palabras, cuando veamos con los ojos extasiados lo que ha preparado
Dios a sus hijos. Si nos dio su sangre y su vida, ¿no nos iba a dar el cielo?
Pero aquí andamos muchas veces distraídos,
perdidos, olvidados, comiendo los frutos agraces del pecado que pudre la sangre
y envenena el alma. Cuantas veces emprendimos el camino del infierno. Tantas
otras una mano cariñosa y firme nos hizo volver al camino del cielo.
María se encuentra con el más grande amor de su
vida. También nosotros experimentáremos entonces lo que es estar locamente
enamorados y para siempre de las personas más dignas de ser amadas. Enamorados
de Dios, en un éxtasis eterno de amor: amados por el Amor Infinito, la Bondad
Infinita. Ahí comprenderemos los misterios del amor aquí muy poco comprendidos.
Volveremos a Belén a amar infinitamente, eternamente a aquel Dios hecho niño
por nosotros. Volveremos a la fuente de Nazareth donde Jesús llenó el cántaro
de María tantas veces. Volveremos al Cenáculo a quedar de rodillas y extasiados
ante la institución de la Eucaristía, y comprenderemos las palabras del
evangelista Juan: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo”.
Volveremos al Calvario y querremos quedarnos allí
mucho, mucho tiempo, siglos para contemplar con el corazón en llamas el amor
más grande, la ternura más delicada, y comprenderemos cada uno lo que Pablo
decía: “Líbreme Dios de gloriarme en nada si no es en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo”. Pediremos permiso de bajar a la tierra para visitar los Santos
lugares no como turistas sino como locamente enamorados.
Al cielo subió la Puerta del cielo. Sueño en ese
momento en que tocaré a la puerta. Y saldrá a abrirme con los brazos abiertos y
una sonrisa celestial María Santísima. Tendré que sostenerme para no morir otra
vez, pero de puro gozo al ver sus ojos de cielo, su rostro bellísimo, su amor
increíble pero real.
María es la mujer más triunfadora. La humilde
esclava del Señor ha logrado lo que ninguna mujer famosa ha conseguido. Eligió
como meta cumplir la voluntad de Dios; como motivación el amor. El Premio: La
Asunción los cielos en cuerpo y alma. Así nos enseña de forma contundente la
mejor forma de vivir.
Que tu madre Señor Jesús, asunta al cielo, nos
acompañe ahora y siempre. Amén






