miércoles, 1 de abril de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
Jesús
lava los pies
Querido
Jesús en vísperas de tu última cena con tus discípulos donde elegiste quedarte
en las especies del pan y del vino queremos permanecer contigo unos minutos para
acompañarte y para experimentar lo que tu sentiste en aquella primera semana
santa, que permaneció en la memoria de tus seguidores de una manera candente y acuciante.
No solo quisiste quedarte en las especies de pan y vino, sino que hiciste
gestos muy significativos que hablaban de tu actitud ante la humanidad: gestos
de servicio, de amor, de entrega total y de absoluto abandono en las manos del Padre
Dios.
El
evangelio de Juan capítulo 13 nos deja ver algo que rompe todos nuestros
esquemas: Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla… y
empieza a lavar pies.
La
noche era pesada. No era una cena cualquiera. Pies sucios. Pies cansados. Pies
que habían caminado con Él, pero no todos con el mismo corazón. Y entre esos
pies estaban los de Judas.
Jesús
de Nazaret sabía exactamente quién era. Sabía lo que iba a hacer. Sabía que en
pocas horas lo iba a vender, a entregar, a cambiarlo por unas monedas. No era
ignorancia, era conciencia total. Y aun así, se arrodilló.
No
evitó ese momento. No dijo “a este no”. No lo expuso delante de todos. No lo
miró con desprecio. No le lavó solo un pie rápido para salir del paso. No.
Se
inclinó, como si Judas también fuera digno de amor. Ahí está el golpe al
corazón.
Porque
tú y yo, dejamos de hablarle a alguien por mucho menos. Nos endurecemos porque
“nos vieron feos, nos criticaron, porque se mostraron indiferentes”. Guardamos
distancia porque “nos fallaron un tanto”. Nos llenamos de orgullo, de silencio,
de indiferencia y creemos que estamos haciendo lo correcto.
Pero
esa escena nos desnuda. El Rey lavando los pies del traidor.
La
pureza, tocando la suciedad. El amor, sirviendo al que ya decidió herirlo. Eso
no es debilidad. Eso es una fuerza que no es humana.
Porque
el orgullo grita: “aléjate, no se lo merece”. Pero el amor verdadero se
arrodilla, aun cuando sabe que le van a romper el corazón. Y aquí es donde
duele.
Porque
no es solo Judas. Somos nosotros cuando fallamos. Soy yo cuando traiciono con
actitudes, con palabras, con indiferencia. Y aun así Él no se levanta de la
mesa diciendo “ya me cansé de vosotros”. Se arrodilla otra vez.
El
orgullo tiene un padre y no es Dios. Ese impulso de sentirte superior, de
cerrarte, de no perdonar, de esperar que el otro venga primero, no viene del
cielo. Pero lo que hizo Jesús esa noche, eso sí viene de Dios.
Es
amor que se humilla sin perder dignidad. Es servicio que no depende de la
respuesta del otro. Es perdón que empieza antes de que el otro lo pida.
Y
ahora la pregunta ya no es bonita, es incómoda: ¿A quién no le queremos lavar
los pies? ¿A quién ya le borramos de nuestro corazón? ¿A quién decidimos tratar
con frialdad porque “se lo ganó”?
Porque
seguir a Jesús no es cantar bonito, es parecerse a Él cuando más duele. Es amar
cuando tienes razones para no hacerlo. Es servir cuando nadie lo merece. Es
perdonar cuando el orgullo te grita que no.
Esa
noche no solo lavó pies. Esa noche dejó al descubierto nuestro corazón. Al lavar los
pies, tocó lo más incómodo, lo más humano, lo que normalmente escondemos. No
solo limpió el polvo del camino: desnudó el orgullo, la resistencia a dejarnos
amar, la dificultad para servir y para aceptar el servicio. Porque dejarse
lavar también cuesta. Ahí queda al descubierto nuestro corazón:
Ese
gesto revela que el amor verdadero no es idea, ni sentimiento, sino entrega
concreta, que se arrodilla, que toca la fragilidad del otro sin miedo. Y
también nos enfrenta a una verdad incómoda: no podemos seguir a Cristo sin
dejarnos transformar por ese mismo estilo de amor.
Esa
noche, más que enseñar, Jesús desenmascara: nos muestra quiénes somos y quiénes
estamos llamados a ser.
Pedro
que quería resistirse, el de los discípulos, que no comprenden, pero también el
nuestro, que tantas veces queremos amar pero sin rebajarnos. Amén.






