ADORACIÓN
EUCARÍSTICA:
LA
SIERVA DE NAAMÁN
Hay
una historia bíblica donde el importante no fue un rey, no fue un profeta, no
fue un sacerdote, fue una niña cuyo nombre nunca aparece en la Biblia.
Su
historia se encuentra en 2 Reyes 5: Naamán, jefe del ejército del rey de
Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el
Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era
leproso. Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la
tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán.
Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que
hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra.
Una
pequeña sierva israelita. Una niña arrancada de su hogar por la guerra. La
Biblia dice que las tropas sirias habían hecho una incursión en Israel y se
llevaron cautiva a una muchacha. Ella terminó sirviendo en la casa de Naamán.
No
estaba allí porque quisiera. No había elegido ese trabajo. No había decidido
vivir lejos de su familia. Todo lo que conocía le había sido arrebatado. Su
casa. Su tierra. Sus padres. Su pueblo. Su infancia. Era una víctima.
Y,
sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de hablar, sus palabras no estuvieron
llenas de odio. Dijo a la esposa de Naamán: "Si rogase mi señor al profeta
que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra."
Solo
una frase. Ni un sermón. Ni un milagro. Ni un discurso. Solo una frase. Y esa
frase cambió la historia de un hombre.
La
niña pudo haber guardado silencio. Nadie la habría culpado. Porque Naaman
pertenece al pueblo que destruyó mi vida. Pero ella decidió romper la cadena
del odio. No permitió que el dolor decidiera quién sería ella. Su corazón no
fue un lugar donde ya no pueda nacer la compasión.
Eso
sigue ocurriendo hoy. Hay personas que fueron heridas en la infancia. Traicionadas
por un amigo. Abandonadas por alguien que amaban.
Pero
esta pequeña sierva nos demuestra que el dolor no tiene por qué apagar la
bondad. Lo más extraordinario es que ella no tenía poder. No podía cambiar su
situación. No podía regresar a Israel. No podía liberar a su pueblo. Pero
todavía podía decidir qué saldría de su boca. Y eligió que de sus labios
saliera esperanza.
¡Qué
diferente sería nuestro mundo si entendiéramos esto! No siempre podemos
controlar lo que otros hacen con nosotros. Pero siempre podemos decidir qué
hacemos nosotros con el dolor que recibimos. Podemos convertirlo en
resentimiento o podemos convertirlo en compasión.
La
niña nunca conoció a Eliseo personalmente en esta historia. Simplemente sabía dónde estaba Dios obrando. No
dijo: "Yo puedo sanarte." No llamó la atención sobre ella. Señaló
hacia Dios. Ese es el verdadero propósito de un creyente. No hacer que las
personas dependan de nosotros. Sino conducirlas hacia Aquel que realmente puede
transformar sus vidas.
Vivimos
en una época donde muchos quieren ser vistos. Ser reconocidos. Ser aplaudidos. Pero
esta muchacha nos enseña que la mayor influencia muchas veces ocurre cuando
dejamos de señalar nuestra propia importancia y comenzamos a señalar a Cristo. Porque
una conversación puede cambiar el destino eterno de alguien. Una invitación. Un
versículo. Una oración. Un abrazo. Una palabra dicha en el momento correcto. Eso
fue exactamente lo que hizo aquella niña.
Y
observa cómo Dios trabaja: Ella habla con la esposa. La esposa habla con
Naamán. Naamán habla con el rey. El rey escribe una carta. Naamán viaja. Eliseo
da una orden. Naamán obedece. Y un hombre enfermo sale completamente sano del
Jordán. Todo comenzó con una niña que nadie conocía.
Eso
nos recuerda que Dios suele comenzar los milagros más grandes con actos de
fidelidad que parecen pequeños. La Biblia nunca registra el nombre de esta
muchacha. Para la historia humana quedó anónima. Pero para Dios nunca fue
anónima. El cielo conocía su nombre. Porque Dios nunca mide la importancia de
una persona por la cantidad de veces que aparece en un libro. La mide por la
fidelidad de su corazón.
Porque
hay personas que llegarán a Cristo, no por un gran acontecimiento, sino porque
un día alguien sencillo les dijo: Conozco dónde puedes encontrar esperanza.
Ella sembró y Dios se encargó del resto. Amén.






