sábado, 31 de octubre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Sobresalieron en lo que el mundo despreciaba

Lucieron con las luces que la tierra cortocircuitaba

Levantaron la mano, por aquellos que la escondieron

Hablaron, cuando muchos callaban

En tiempos de cobardía, fueron valientes para profesar la fe

En horas amargas, Cristo fue dulce en su paladar.

En el calvario de muchos ellos, apenas dos palabras pronunciaron: os perdono

En la oscuridad, pasaron como estrellas refulgentes

En la mediocridad, intentaron alcanzar la perfección

En la incomprensión, miraban a la cruz del gran incomprendido

En la persecución, recordaban –una y otra vez- la advertencia del Evangelio

En el fondo del mar eclesial, son la mejor perla preciosa

En la azotea de nuestras iglesias, la joya más valiosa

En el testimonio vivo del Evangelio, las páginas más conmovedoras

En la sencillez que alcanza al mismo cielo, su encarnación más viva y real

Se rodearon de lo que el mundo odiaba: verdad y discreción

Se armaron de lo que el mundo burlaba: la oración

Se refugiaron en un gran secreto que muchos olvidan: la Eucaristía

Se engrandecieron, y ese es su gran don, sin darse cuenta de ello

Mujeres y hombres, niños y jóvenes, madres y padres

Que han sido Destello de un nuevo mundo

Valentía y decisión; Firmeza y convencimiento;

Caridad y humildad; Contemplación y silencio.

No son de madera; pero sigue ardiendo su espíritu en medio de nosotros

No son de madera; pero calientan los motores de muchas almas

No son de madera; pero siguen fortaleciendo el techo de muchas personas

Han excavado muchos caminos, para que elijamos cualquiera de ellos, para ir al encuentro definitivo con Cristo.

Amén.


 

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

Queridos hermanos en esta solemnidad de todos los santos, hoy no estamos aquí para mirar al cielo, sino para mirarnos a los ojos y hacer memoria. A veces pensamos que la palabra santo pertenece solo a los altares, pero hoy queremos bajar esa palabra a la tierra.

Hace muchos siglos, un hombre en una montaña pronunció un discurso que cambió el mundo. No habló de leyes, ni de castigos, ni de templos. Habló de la felicidad a través de un poema bellísimo que llamamos Las Bienaventuranzas. Si lo escuchamos con el corazón limpio, descubriremos que las bienaventuranzas son, sencillamente, el retrato de la gente que sabe amar bien.

Jesús de Nazaret dijo que son felices los que lloran, los que tienen hambre de justicia, los que trabajan por la paz y los que tienen el corazón limpio. Al escucharlo hoy, entendemos perfectamente a quién se refería. Estaba hablando de nuestros santos cotidianos. Si cerramos los ojos por un segundo, a todos nos viene un nombre a la cabeza:

Felices los que lloran, porque serán consolados: Pensamos en esas madres, amigos que, a pesar de sus propios dolores y heridas, sacaban fuerzas de la nada para secar nuestras lágrimas y abrazarnos en nuestras noches más grises.

Felices los pacíficos: Nos acordamos de esos abuelos o abuelas que nunca guardaban rencor, que unían a la familia alrededor de una mesa y que apagaban cualquier fuego con una palabra mansa y una sonrisa llena de paz.

Felices los que tienen el corazón limpio: Nos viene a la mente ese maestro, ese vecino o ese compañero que te miraba sin juzgar, que ayudaba sin pedir nada a cambio y en cuyos ojos solo había verdad y nobleza.

Ellos son nuestros verdaderos santos. Personas de carne y hueso que no saldrán en los libros de historia, pero que vivieron con los pies en la tierra y el corazón abierto. Supieron que la vida no consiste en acumular poder o dinero, sino en vaciarse para llenar la vida de los demás.

El homenaje más bonito que podemos hacerles está en cómo vivimos hoy. Cada vez que elegimos la empatía en lugar del egoísmo, cada vez que consolamos al que sufre o trabajamos por un mundo más justo, estamos cumpliendo una bienaventuranza. Estamos haciendo que ellos sigan vivos en nosotros.

Hay un hilo invisible que nos une a los que ya se fueron. Su amor no se destruyó; cambió de forma y ahora es la brújula que nos guía.

Hoy es un día para dar las gracias. Gracias por haber coincidido en el tiempo con estos gigantes de la bondad cotidiana. Que su recuerdo nos inspire a vivir como ellos: con las manos dispuestas a ayudar, los brazos abiertos para acoger y la valentía de ser, también nosotros, un motivo de felicidad para los que caminan a nuestro lado.

miércoles, 28 de octubre de 2026


 

Meditación Eucarística:

LA HISTORIA DE RAQUEL

Querido Jesús en esta tarde, junto a ti, queremos recordar como Dios nuestro Padre jamás nos abandona, sino que está entretejiendo, como amor, nuestra vida. Hoy queremos descubrirlo en la historia de Raquel.

Raquel fue el gran amor de Jacob (Gén. 29 y 35), a parte de su belleza Jacob la amaba por encima de todo. Tuvo que esperar siete años para que su padre le concediera poder casarse con ella. Labán su padre, primero le obligó a casarse con Lia, no la amaba pero que ella tuvo muchos hijos. Raquel al principio fue estéril, pero Dios le concedió descendencia.

Raquel era una mujer profundamente amada y aun así profundamente infeliz. Jacob amaba a Raquel y trabajó siete años por ella, hasta le parecieron pocos días porque la amaba. Pocas personas han sido amadas con tanta intensidad. Y sin embargo, Raquel lloraba, porque es una verdad dolorosa que todos necesitamos aprender. Ser amado no siempre elimina nuestras luchas. Tener bendiciones no siempre produce satisfacción. Porque el corazón humano tiene una extraña capacidad. Puede recibir mucho y seguir concentrado en lo que le falta.

Mientras ella tenía el amor de Jacob, Lía tenía hijos. Y poco a poco la comparación comenzó a destruir su paz. Es interesante observa como Lía quería el amor que tenía Raquel. Y Raquel quería los hijos que tenía Lía. Las dos tenían algo que la otra deseaba. Las dos sufrían. Las dos lloraban. Las dos sentían que les faltaba algo.

Es una de las trampas más peligrosas de la vida. Porque muchas veces creemos que los demás son felices. Creemos que los demás tienen la vida resuelta. Creemos que los demás poseen aquello que nosotros necesitamos para sentirnos completos. Pero rara vez vemos las lágrimas que existen detrás de las sonrisas. Rara vez vemos las luchas ocultas detrás de las bendiciones visibles. Y así nació la tristeza de Raquel. No porque Dios no le hubiera dado nada. Sino porque comenzó a medir su vida comparándola con otra persona.

Raquel pedía en sus oraciones: "Dame hijos, o si no, me muero." Qué palabras tan fuertes. En realidad Raquel estaba diciendo algo mucho más profundo. "Si no obtengo esto, no podré ser feliz." "Si no recibo esto, mi vida no tendrá sentido."

La historia de Raquel nos enseña algo difícil de aceptar. Ninguna bendición puede llenar el lugar que pertenece a Dios. La Biblia dice que Dios se acordó de Raquel. Eso no significa que Dios la hubiera olvidado. Significa que llegó el momento de actuar. Porque mientras Raquel lloraba, Dios seguía obrando. Mientras Raquel esperaba, Dios seguía escuchando. Mientras Raquel pensaba que el cielo guardaba silencio, Dios seguía escribiendo la historia.

Y quizá alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay oraciones que parecen no tener respuesta. Hay sueños que parecen detenidos. Hay lágrimas que parecen invisibles. Hay años de espera que parecen no terminar. Y en medio de todo eso es fácil pensar que Dios se olvidó de nosotros.

Pero finalmente nació José. El hijo tan esperado. El hijo tan anhelado. El hijo por el que había llorado durante años. Tiempo después nació Benjamín. Y durante aquel parto, Raquel murió, su vida nos recuerda que incluso las personas más amadas enfrentan dolor. Incluso las personas más bendecidas enfrentan pérdidas. Incluso las personas que reciben milagros enfrentan lágrimas. Porque la fe nunca ha sido la ausencia del sufrimiento. La fe es confiar en Dios incluso cuando no entendemos todo lo que está ocurriendo. Raquel no alcanzó a ver el futuro de José. No vio cómo Dios lo convertiría en gobernador de Egipto. No vio cómo salvaría a su familia. No vio cómo su hijo sería instrumento para preservar una nación. Ella murió sin conocer gran parte del plan. Pero Dios sí lo conocía.

Y eso también ocurre con nosotros. Muchas veces juzgamos nuestra historia por el capítulo que estamos viviendo. Pero Dios está viendo el libro completo. Nosotros vemos la espera. Dios ve el propósito. Nosotros vemos las lágrimas. Dios ve la cosecha. Nosotros vemos la demora. Dios ve el momento perfecto. La conclusión de su historia no está en el nacimiento de José. Está en recordar que Dios nunca olvidó una sola lágrima. Ni una sola oración. Ni una sola noche de dolor. Porque mientras Raquel pensaba que estaba esperando a Dios, en realidad Dios estaba preparando algo mucho más grande de lo que ella podía imaginar. Amén

sábado, 24 de octubre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Enséñame, señor, a guardar Tus mandamientos, para que otros no me impongan sus ideas.

Tus preceptos, para que nadie me cambie el sentido de las cosas.

Tus Palabras, para que no me confundan otras totalmente vacías.

Tus obras, para que no me seduzcan los que hablan y no hacen nada.

Tus consejos, para que sepa distinguir el camino cierto del equivocado.

Tu mirada, para que cuente hasta diez, antes de abandonar el sendero de la fe.

Tú Eucaristía, para que sienta cómo desciende la fuerza del Espíritu Santo.

Tu Ley, para que sepa diferenciarla de aquellas otras leyes caprichosas y falsas.

Tú esperanza, para que no puedan más en mí, las dificultades que mi afán de dar a conocerte.

Tu iglesia, para que cuando vuelvas, la encuentres guardando con respeto y veneración la vida, la gran joya de tus mandamientos.

Amén.

 


 

 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXX

 

¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Jesús responde indicando algo que está en el centro del hombre: tú amarás. Él sabe que la criatura necesita mucho amor para vivir bien. Y ofrece su Evangelio como camino hacia la plenitud y la felicidad de esta vida.

Amarás a Dios con todo, con todo, con todo. Por tres veces Jesús repite que la única medida del amor es amar sin medida. Ama a Dios con todo el corazón: totalidad no significa exclusividad. Ama a Dios sin medias tintas, y verás que queda del corazón, de hecho, crece, para amar a tus familiares, amigos, a ti mismo. Dios no es celoso, no roba el corazón: lo multiplica.

Ama con toda la mente. El amor hace inteligentes, hace entender antes, ir más a fondo y más lejos. Ama con todas tus fuerzas. El amor hace fuertes, capaces de enfrentar cualquier obstáculo y esfuerzo.

¿Por dónde empezar? Por dejarse amar por Él, que entra, dilata, ensancha las paredes de este pequeño vaso que soy yo. Nosotros somos amados que se convierten en amantes.

Pero Jesús cuál en lugar de uno, enumera dos: amarás a Dios, amarás al prójimo. Jesús no añade nada de nuevo: el primer y el segundo mandamiento ya están escritos en la Biblia. Sin embargo, dirá que el suyo es un mandamiento nuevo.

¿Dónde está la novedad? Está en el hecho de que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y dice: el segundo es similar al primero. Amarás al hombre es similar a amarás a Dios. El prójimo es similar a Dios. Esta es la revolución de Jesús: el prójimo tiene rostro, voz y corazón semejantes a Dios. El rostro del otro es para leer como un libro sagrado, su palabra para escuchar como palabra santa, su grito para hacer tuyo como si fuera palabra de Dios.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Es casi un tercer mandamiento siempre olvidado: «ámate a ti mismo», porque eres como un prodigio, llevas la impronta de la mano de Dios. Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y poseer, huir o violar, sin alegría ni gratitud. Si para ti deseas paz y perdón, esto ofrecerás al otro. Si para ti deseas justicia y respeto, tú primero los darás.

Pero, ¿por qué amar, amar con todo mi ser? ¿Por qué llevar el corazón a estos vértigos? Porque dar y recibir amor es sobre lo que se posa la beatitud de la vida.

Porque Dios-amor es la energía fundamental del cosmos, y al amar participas de esta energía: cuando amas, es el Totalmente Otro el que viene para que la historia sea totalmente otra de lo que es.

miércoles, 21 de octubre de 2026


 

Meditación eucarística

LA HISTORIA DE LA REINA DE SABÁ.

Querido Jesús en el santísimo sacramento en el altar, nos colocamos delante de ti en esta tarde, para sosegar nuestra alma y nuestro corazón y para escucharte y saborearte.

Todos recordamos a la Reina de Sabá que viajó para conocer la sabiduría de Salomón (1 Reyes 10). Llevaba riquezas y regalos al rey que la recibía. La reina de Sabá había escuchado hablar de Salomón. No había visto su reino. No había visto el templo. No había escuchado personalmente su sabiduría. Solo había oído testimonios. Y en lugar de conformarse con lo que otros decían, decidió hacer un largo viaje para comprobarlo por sí misma.

La Biblia dice que recorrió una enorme distancia atravesando desiertos. No era un viaje de unos días. Era un viaje de meses. Con calor. Con peligros. Con cansancio.

¿Por qué hizo un esfuerzo tan grande? Porque entendió que había cosas tan valiosas que merecían ser buscadas. Esta verdad toca el corazón. La reina no viajó por oro. No viajó por negocios. No viajó por poder. Viajó buscando sabiduría.

¡Qué diferente a nuestro tiempo! Hoy muchos recorren grandes distancias para conseguir un mejor trabajo. Para comprar una casa. Para alcanzar un sueño. Y todo eso puede ser bueno. Pero muy pocos hacen el mismo esfuerzo por conocer más a Dios.

Lo más hermoso ocurre cuando finalmente llega al palacio. La Biblia dice que Salomón respondió todas sus preguntas. No hubo una sola que quedara sin respuesta. Y cuando ella vio la sabiduría del rey, el orden de su casa, el servicio de sus siervos y la manera en que todo funcionaba, quedó sin aliento. No fue solamente el discurso de Salomón lo que la impresionó. Fue su manera de vivir. Su vida confirmaba sus palabras. Y esa es una de las exégesis más profundas de este relato. La verdadera sabiduría no solo se escucha. Se ve. Se refleja en el carácter. En las decisiones. En la forma de tratar a las personas. Porque cualquiera puede hablar de Dios. Pero no cualquiera puede reflejar a Dios con su vida.

Recordemos que Jesús mismo habló de la reina de Sabá. Dijo que ella se levantaría en el juicio contra aquella generación porque viajó desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, "y aquí hay uno más grande que Salomón" (Mateo 12:42).

¿Qué quiso decir Jesús? Que la reina hizo un viaje de meses para conocer la sabiduría de un rey humano. Pero ahora el Rey de reyes estaba entre ellos y muchos no quisieron escucharlo. ¡Qué contraste! Ella recorrió desiertos para buscar la verdad. Hoy muchos tienen una Biblia en su casa y permanece cerrada. Ella cruzó kilómetros para escuchar unas palabras de sabiduría. Hoy podemos hablar con Cristo en cualquier momento y muchas veces no encontramos cinco minutos para orar. Ella tenía hambre de conocer. Nosotros muchas veces estamos demasiado ocupados para buscar a Dios.

Hoy la historia de la reina de Sabá sigue ocurriendo. Se ve en la persona que hace enormes sacrificios para crecer profesionalmente, pero nunca encuentra tiempo para alimentar su alma. Se ve en quien conoce cada detalle de las noticias, pero desconoce la Palabra de Dios. Se ve en quien busca respuestas en todas partes, menos en Aquel que tiene todas las respuestas.

Pero también se ve en quienes siguen buscando a Cristo con todo su corazón. En quienes abren su Biblia antes de comenzar el día. En quienes hacen de la oración una prioridad. En quienes entienden que la mayor riqueza no está en tener más cosas, sino en conocer más al Señor. Porque al final, la reina de Sabá descubrió que el viaje más importante de su vida no fue el que hizo con sus pies. Fue el que hizo con su corazón. Y quizás hoy Dios no te está pidiendo que cruces un desierto. Solo te está invitando a abrir tu Biblia. A detenerte unos minutos. A escucharlo.

Porque Aquel que es más grande que Salomón sigue esperando hablar contigo. Te espera en el sagrario, en la oración personal o comunitaria, en los sacramentos, en la bondad y en la sonrisa hecha sin esfuerzo y por pura gracia.

Y la pregunta que deja esta historia es sencilla: Si la reina de Sabá recorrió meses de camino para encontrar sabiduría, ¿qué excusa tenemos nosotros para no buscar cada día a Jesús, que está mucho más cerca que un desierto? Amén