domingo, 10 de mayo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
No nos dejas huérfanos, Señor, nunca nos dejas
huérfanos.
Cuando amamos y seguimos tus mandatos,
tu Espíritu de amor nos hace compañía
y es, para nosotros, fuerza y aliento,
soplo gratis de vida y tregua en el trabajo,
para continuar con amor y fidelidad.
A la hora de testimoniar la fe
y dar razón de nuestra forma de vivir,
tu Espíritu de vida nos acompaña siempre
y pone, a nuestro alcance, las palabras adecuadas,
esas que necesitan quienes buscan y ofrecen amor y
fidelidad.
Y si el miedo a la libertad y la pobreza de nuestros
proyectos
secan el corazón y lo hacen yermo,
tu Espíritu, manantial de agua viva,
lo riega para convertirlo en oasis fecundo
donde florezca, a tiempo y a destiempo, tu amor y tu
fidelidad.
Vivimos el presente con serenidad
y miramos el futuro con esperanza,
porque tú no te olvidas de nosotros
aunque nosotros nos olvidemos de ti.
Tú estás en lo más hondo de nosotros
Derramando en nuestros corazones,
a manos llenas, tu amor y fidelidad.
Aunque pasemos dificultades,
aunque fracasemos en nuestros intentos,
aunque la desgracia nos visite, aunque nos rompamos
a jirones,
aunque la muerte nos recoja antes de tiempo,
confiamos en tu promesa de amor y fidelidad.
No nos dejas huérfanos, Señor, nunca nos dejas huérfanos.
Amén
2026
CICLO A
TIEMPO
PASCUAL VI
El evangelio de este domingo como el del
domingo pasado suena a despedida. Jesús no sólo nos prometió una morada en el
cielo, hoy nos promete amarnos y la compañía del Espíritu Santo
para que podamos conservar la fe, terminar la carrera de la vida, amar como
Jesús nos amó.
Si me amáis guardareis mis mandamientos.
Amar es una cuestión de calidad, de estilo, de precisión, de sabor adecuado. Su
primera palabra es un «si»: si me amáis. Un punto de partida libre, ligero,
paciente. Sin amenazas ni chantajes, puedes aceptar o rechazar con total
libertad. Pero, «si me amáis», habrá consecuencias. En este pasaje, Jesús pide
por primera vez explícitamente que se le ame. Hasta ahora había dicho: Amarás a
Dios, amarás a tu prójimo, os amaréis los unos a los otros... ahora se añade a
sí mismo a los objetos del amor. No lo reclama, lo espera. Porque el amor no se
impone, no se finge, no se mendiga.
Quien observa mis mandamientos,
afirma Jesús. No solo los antiguos Diez Mandamientos, sino aquellos gestos
que resumen su vida, aquellos que es realmente Él: cuando lava los pies,
parte el pan, prepara el pescado para sus amigos tras una noche
de fatigas, al ver el dolor se detiene y toca.
El mandamiento verdaderamente suyo es:
Amaos como yo os he amado. No cuánto, sino cómo, con estilo
de Jesús, ama con sacrificio, sin esperar nada a cambio, hasta el fondo, un
amor asimétrico, unilateral, sin condiciones. Amar con calidad, estilo,
precisión, con sabor adecuado.
Nos promete la compañía del Espíritu Santo.
Veamos
un ejemplo práctico. En estos tiempos narcisistas si algo está de moda y
parece que mucha gente necesita, es un consejero, un asesor de imagen, un
entrenador personal, un coach personal. España, dicen los periódicos, tiene
alrededor de 2.140 asesores que nos cuestan bastantes millones. Las
celebridades, los deportistas y todos los que quieren ser alguien tienen su
coach personal.
Yo le pediré al Padre que os dé otro
Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad,
así define Jesús a nuestro coach, acompaña personal e interiormente, siempre
presente en nuestra vida. No tiene horario ni cobra honorarios. No os
dejaré huérfanos dice Jesús.
Jesús sabe que necesitamos para llegar a
ser hijos de Dios en plenitud, más que asesores de imagen, más que un coach
personal necesitamos un coach interior, el Espíritu Santo, nuestro
abogado y nuestro guía. El Espíritu Santo es el vínculo que nos une con Dios y
con los hermanos en la fe, nos hace comunidad, asamblea santa, nos hace
Iglesia.
Nosotros somos algo más que un grupo de
gentes que se reúnen los domingos para leer el Libro, hablar de Dios, rezar,
cantar y aburrirnos juntos. El Espíritu Santo hace presente y vivo a Jesucristo
en medio de la asamblea. El Espíritu Santo habita en nuestro interior y, si le
escuchamos, es el que elimina los bloqueos que nos impiden conocer la verdad
sobre nosotros y sobre Dios. El Espíritu nos hace experimentar el amor de Dios
y nos ayuda a cumplir el legado de Jesús: el que me ama guardará mis
mandamientos.










