sábado, 11 de abril de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Sin miedo a los nuevos retos y con las puertas bien abiertas.

Con alegría y alejándonos de la tristeza, sintiéndonos llamados y comprometidos, empujados y urgidos a dar razón de Ti.

¡POR TU PAZ, SEÑOR! 

Sabiendo que, con tu aliento, no temeremos tormenta alguna, ni huracán alguno detendrá nuestro valor.

Si como Tomás, pedimos pruebas de tu existencia, muéstranos tu rostro por la fuerza de la Eucaristía, y, si como Tomás, no creemos sino después de ver, haznos saber que, Tú Señor, caminas a nuestro lado.

¡POR TU PAZ, SEÑOR! 

Y si las dificultades asoman en el horizonte, que, Tú Señor, despejes con tu poder, aquello que entorpece nuestra labor de mensajeros.

Porque en Ti confiamos.

Porque en Ti esperamos.

Y, de tu misericordia, agradecemos tus desvelos.

Y, de tu misericordia, esperamos tus caricias.

Y, de tu misericordia, añoramos tu abrazo.

Y, de tu misericordia, deseamos la paz verdadera, la paz que Tú sólo das, la paz que, sin Ti, no la puede alcanzar el mundo.

Amén

 

 


 

TIEMPO DE PASCUA.

DIVINA MISERICORDIA

Estamos en el segundo domingo de Pascua, la Divina Misericordia; una ocasión preciosa para redescubrir, contemplar y saborear la infinita misericordia de Dios.

Nos encontramos que los discípulos están encerrados en casa. No por prudencia, sino por miedo; miedo a los judíos, sufrir, a morir. Las puertas cerradas no son solo las de madera: representan nuestras defensas, los muros que levantamos cuando la vida nos ha herido o cuando nos sentimos amenazados. Muchas veces es precisamente el miedo a volver a vivir lo que nos mantiene bloqueados; muchas veces, por miedo a sufrir de nuevo, nos cerramos al amor.

Pero en este cierre, Jesús resucitado se hace presente. En primer lugar, no llama a la puerta, no reprende, no hace preguntas. Se queda en medio y dice: «La paz esté con vosotros». La paz de Jesús no es solo un deseo, es un don: es el don de esa paz verdadera de la que Jesús es la fuente. Paz que no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Alguien que te hace sentir seguro incluso en medio de los problemas. Paz de alguien que te ama y te perdona. Precisamente a esos discípulos con sus miedos, sus sentimientos de culpa, Jesús va al encuentro y dice: Paz.

Luego Jesús muestra las heridas. No ha querido borrarlas; las heridas permanecen, pero ya no duelen como antes. Son como sellos de autenticidad: Es precisamente Él, el Resucitado, quien nos ha amado así, hasta ese punto. En esas llagas está el precio de nuestra redención y, junto a él, grabado de forma indeleble, está nuestro nombre. Jesús no se avergüenza de sus heridas, porque son el lugar donde el amor ha vencido. Así, la resurrección nos recuerda que lo que importa no es evitar el sufrimiento, sino amar, y seguir amando incluso cuando duele, seguros de que ese es el camino.

Inmediatamente después, Jesús sopla sobre ellos. Es un gesto frágil, humano, casi íntimo. Es como decir: recomenzamos desde aquí. El Espíritu Santo no llega como un fuego espectacular, sino como un aliento que vuelve a poner en pie a quien estaba sin aliento, como un soplo capaz de devolver la vida a quien ya estaba apagado. Así nace la Iglesia: no de héroes, sino de hombres asustados que reciben una confianza inmerecida y, con ella, una vida capaz de vencer todo cierre, todo pecado, incluso la muerte: la vida misma de Dios en ellos. Soplo de vida que sigue llegando hasta nosotros, especialmente a través del sacramento de la reconciliación, momento de gracia en el que el Señor resucita nuestras almas a una vida nueva.

Y luego está Tomás. Él no se conforma con los relatos de los demás, quiere tocar, quiere una experiencia verdadera. A los ocho días Jesús vuelve expresamente por él. Dios tiene una paciencia infinita y no quiere perder a nadie por el camino. Y cuando Tomás se encuentra ante el Resucitado, no dice: Ahora lo entiendo, sino: Señor mío y Dios mío. La fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer a Quien tienes delante.

En el fondo, la experiencia de la Pascua es una experiencia de misericordia. Dios sale a nuestro encuentro en nuestro encerramiento, permanece con los heridos para dar sentido a nuestras heridas, no se asusta ante nuestras dudas y nos devuelve la paz. Y nos envía al mundo no como personas perfectas o resueltas, sino como hijos e hijas reconciliados con nuestra propia fragilidad.


 

miércoles, 8 de abril de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

María Magdalena

Aquí estamos Jesús resucitado en el santísimo sacramento del altar, para meditar y pasar unos momentos contigo. El domingo de Pascua descubrimos el papel que tuvo María Magdalena en el anuncio de tu resurrección y sobre ello queremos meditar.

La historia de María Magdalena ha sido mal entendida durante siglos. ¿Y si te dijera que la mujer que muchos señalaron como “la peor” fue la primera en ver lo más glorioso? Muchos la redujeron a un pasado oscuro, pero el texto bíblico es claro en algo profundo: no la define por su pecado, sino por su liberación. En Evangelio de Lucas 8, 2 se nos dice que de ella salieron siete demonios. En el lenguaje del tiempo, eso no era solo posesión; era opresión total, una vida fragmentada, rota en todas sus áreas. Era alguien que había perdido el control de sí misma, de su mente, de su dignidad. Pero ahí no termina la historia, ahí comienza.

Porque cuando María se encuentra con Jesucristo, no recibe solo un milagro, recibe una identidad nueva. Y eso es clave: Jesús nunca la vuelve a llamar por su pasado. No la etiqueta. No la exhibe. La restaura en silencio, pero la honra en público.

Y aquí está lo que muchos no ven: María Magdalena no solo fue sanada, fue transformada en discípula. Mientras muchos dudaban, ella permanecía. Mientras otros se escondían, ella estaba cerca. Ella estuvo al pie de la cruz junto a María, la madre de Jesús, cuando otros huyeron. Y en el Evangelio de Juan 20, se convierte en la primera testigo de la resurrección. Entre las santas mujeres que fueron fieles a Jesús hasta el final, destaca María Magdalena. No sólo estuvo presente en la Pasión, sino que también fue la primera testigo y heraldo del Resucitado. Como resultado de sus encuentros personales con Jesús a lo largo de los años, y especialmente el día de su resurrección, María Magdalena se convirtió en una poderosa testigo del Señor resucitado. Santo Tomás de Aquino la llamó la “Apóstol de los Apóstoles”.

En una cultura donde el testimonio de una mujer no tenía peso legal, Dios decide comenzar el anuncio más importante de la historia con alguien que antes había sido despreciada. Eso no es casualidad, eso es redención. Porque el Reino de Dios no funciona como el mundo. El mundo te recuerda quién fuiste. Dios te muestra en quién te puedes convertir.

María fue y anunció a los discípulos: “¡He visto al Señor!”. Este es el mensaje que la Iglesia, todos los que hemos sido bautizados, tenemos el mandato de compartir con todas las naciones y pueblos. Llevamos a cabo esta misión con mayor eficacia cuando reconocemos que las mujeres son indispensables para la vida de nuestra Iglesia.

María no seguía a Jesús por religión, lo seguía por gratitud. No caminaba detrás de Él por obligación, sino porque sabía de dónde la había sacado. Su fidelidad no nació en un templo, nació en un corazón que fue reconstruido pieza por pieza. Y aquí está la verdad que golpea hoy: Hay personas que creen que su pasado las descalifica. Que lo que hicieron, lo que vivieron, lo que cargan, es demasiado. Pero María Magdalena es la prueba viviente de que no importa cuán profundo hayas caído, lo que importa es quién te levanta.

Hoy en día, María Magdalena se ve en esa persona que todos etiquetaron, pero que Dios sigue llamando por su nombre. Se dice que el Diablo recuerda siempre tu pasado y tu pecado, pero no sabe tu nombre, sin embargo, Dios te llama por tu nombre y no le importa tu pasado.

También María Magdalena se ve reflejada en quien fue rechazado, pero no dejó de amar. Se ve en quien fue roto, pero decidió quedarse cerca de Jesús, aun cuando dolía.

Porque tener “un encuentro real” con Jesús no te hace perfecto, te hace fiel. No borra tu historia, pero la redime.

Y tal vez eso es lo que más incomoda: que Dios use a quien nadie hubiera escogido. Así que mírate bien. No desde lo que hiciste. Sino desde lo que Dios puede hacer contigo. Porque al final, la pregunta no es qué tan roto estuviste. La pregunta es: ¿Te vas a quedar definido por tu pasado o vas a permitir que Dios te convierta en alguien que ni tú mismo reconocerías?

 

domingo, 5 de abril de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Vivir pascualmente es vivir cada momento intensamente, como si fuese el último, y dar cada paso, con sorpresa y gozo, como si fuese el primero.

Es inspirar amor y conciencia en nuestro frágil cuerpo e historia, y entrar con gozo y paz en el cuerpo universal y místico.

Es acoger la liberación y sanación de nuestro ser entero.

Que se hacen presentes, aquí y hora y en el reverso de la historia, rompiendo nuestros normas y credos.

Es compartir lo que tenemos, con generosidad y gozo, con los hermanos necesitados, aunque no los conozcamos y sólo sea un trozo de pez asado.

Es desprendernos del sufrimiento y miedo, que atenazan y cierran nuestra mente, corazón y entrañas, y abrir todas las ventanas a tu brisa resucitada.

Es no perder la capacidad de asombro, abrir nuestro entendimiento, aprender día a día en cada encuentro, alegrarse por todo lo bueno, y ser testigos de lo vivido.

Es ver en cada paso humano tu paso divino de enamorado, tan pascual y cercano, tan rompedor y solidario, tan al lado de nuestros pies cansados.