miércoles, 23 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

Jocabed, madre de Moisés

El mayor acto de fe de Jocabed, madre de Moisés, no fue esconder a Moisés. Fue estar dispuesta a soltarlo. Cuando pensamos en Jocabed, casi siempre imaginamos a una madre valiente que escondió a su bebé durante tres meses. Pero la parte más difícil de su historia comenzó cuando ya no pudo esconderlo más. El decreto de Faraón era claro: Todo niño hebreo debía morir. Cada llanto del niño podía poner en peligro a toda la familia. Cada noche era una mezcla de amor y miedo. Cada amanecer era un milagro.

Y entonces Jocabed hizo algo que, humanamente, parecía una contradicción. Construyó una pequeña arca de juncos. La impermeabilizó con asfalto y brea. Puso al niño dentro. Y lo dejó entre los juncos, a la orilla del río. Muchas veces imaginamos esa escena como un acto tranquilo. Imaginamos a una madre que cada fibra de su corazón le decía: No lo sueltes. Protégelo.

Pero la fe, muchas veces, consiste precisamente en entregar a Dios aquello que más amamos. Porque hay momentos en que nuestras manos ya no pueden hacer más. Y entonces descubrimos que las manos de Dios nunca dejaron de actuar.

Jocabed hizo un acto de confianza. Ella hizo todo lo que estaba a su alcance. Construyó la canasta. La preparó cuidadosamente. Buscó el lugar adecuado. Puso a María, su hermana, a observar desde lejos. Después de hacer todo lo que podía. Hizo lo único que ya no podía evitar: Confiar.

Y eso también ocurre hoy. Hay padres que hacen todo lo posible por sus hijos. Los enseñan. Los corrigen. Oran por ellos. Los abrazan. Les hablan de Dios. Pero llega un momento en que ya no pueden decidir por ellos. Y duele. Porque ningún padre quiere soltar la mano de un hijo. Pero llega el día en que debe hacerlo. Y allí comienza otra clase de fe. La fe que entiende que los hijos nunca fueron realmente nuestros. Siempre fueron de Dios.

Y Dios comenzó a mover personas sin que Jocabed pudiera verlo. Mientras ella lloraba en la orilla. La hija de Faraón caminaba hacia el río. Mientras ella esperaba sin respuestas. María observaba desde lejos. Mientras todo parecía depender de la suerte. Dios ya estaba acomodando cada detalle. Cuando nosotros solo vemos un río, Él ya está preparando un encuentro. Cuando nosotros solo vemos una despedida, Él ya está escribiendo un rescate. Cuando nosotros creemos que todo terminó, Él apenas está comenzando.

La hija de Faraón encontró al niño. Sintió compasión. Entonces María apareció y preguntó si quería que llamara a una mujer hebrea para criarlo. La madre que había entregado a su hijo, ahora regresaba para criarlo. Y, además, recibiría un salario por hacerlo. Solo Dios puede escribir una historia así. Lo que parecía una pérdida, se convirtió en una bendición inesperada. Lo que parecía el final, era el comienzo de algo mucho mayor. Eso no significa que todas las historias terminarán exactamente igual.

La Biblia revela el carácter de un Dios que sabe abrir caminos donde nosotros solo vemos agua. Jocabed entendió algo: Amar no siempre es retener. A veces amar también es confiar. Hay personas que viven intentando controlar todo. Controlar a sus hijos. Controlar a su familia. Controlar el futuro. Controlar cada resultado. Pero llega un momento en que la vida nos enseña que hay batallas que solo Dios puede pelear. Y allí nace la verdadera fe.

Quizá hoy tú también estás sosteniendo una "canasta". Tal vez no lleva un bebé. Tal vez lleva un matrimonio. Un hijo que se ha alejado. Un diagnóstico médico. Un problema económico. Un sueño que parece imposible. Y llevas tanto tiempo intentando resolverlo todo con tus propias fuerzas, que estás agotado. La historia de Jocabed no nos enseña a dejar de luchar. Nos enseña a reconocer el momento en que nuestras fuerzas terminan y comienza la fidelidad de Dios. Porque hay milagros que solo ocurren cuando dejamos de aferrarnos desesperadamente y comenzamos a confiar profundamente.

Y quizás lo más hermoso de toda la historia es que Jocabed veía a su hijo. Dios veía al libertador de Israel. Ella veía una canasta flotando. Dios veía el comienzo del éxodo. Ella veía incertidumbre. Dios veía propósito. Y eso también ocurre contigo. Tú ves un problema. Dios puede estar viendo el inicio de una historia que todavía no alcanzas a comprender.

Porque la canasta de Jocabed parecía demasiado frágil para enfrentar un río...Pero nunca estuvo sostenida únicamente por el agua. Estuvo sostenida por la mano invisible de un Dios que jamás abandona aquello que se le entrega con fe. Amén.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXV

Jesús compara el Reino de los Cielos con un dueño que sale a contratar obreros para su viña. Sale al amanecer, vuelve más tarde, sale al mediodía, a media tarde y hasta casi al final del día. No se cansa de buscar. No deja la viña cerrada para unos pocos.

Esta imagen nos habla de un Dios que sigue llamando. Hay personas que escuchan su voz desde temprano: desde la infancia, desde una fe recibida en casa, desde una vida marcada por la cercanía a la Iglesia. Otras llegan más tarde, después de búsquedas, caídas, heridas o años de distancia.

Nadie puede pensar que ya es demasiado tarde para entrar en la viña. Mientras Dios llama, hay posibilidad de comenzar de nuevo. La misericordia del Señor no se agota porque alguien haya tardado en responder.

Fijémonos en la respuesta de los de la última hora: Nadie nos contrató. Esa frase puede pasar desapercibida, pero tiene mucha fuerza. Habla de personas no elegidas, no miradas, no llamadas, tal vez consideradas inútiles por otros. Jesús nos invita a mirar con más misericordia a quienes parecen llegar tarde. No siempre conocemos la historia de una persona. No sabemos qué heridas cargó, qué puertas se le cerraron, qué oportunidades no tuvo, qué palabras le faltaron, qué desprecios recibió. Id también vosotros a mi viña. En el Reino, siempre hay lugar para quien se abre a la gracia, aunque llegue con las manos vacías y el día avanzado.

Al final, todos reciben el mismo salario. Los que trabajaron desde temprano se quejan. No protestan porque el dueño haya incumplido con ellos; recibieron lo acordado. Se molestan porque los últimos fueron tratados con una generosidad inesperada. La comparación les impide agradecer. Ya no miran el don recibido, sino lo que recibió el otro. Esa actitud también puede aparecer en nosotros. A veces nos cuesta alegrarnos cuando Dios levanta a alguien, cuando perdona a quien consideramos indigno, cuando bendice a quien llegó tarde, cuando abre una puerta a quien nosotros ya habíamos descartado.

A eso se le llama envidia espiritual y es muy sutil. Puede esconderse detrás actitudes no justas, yo merezco otra cosa. Pero el Evangelio nos recuerda que servir a Dios no es una competencia de méritos. Estar en la viña desde temprano ya es una gracia.

La bondad de Dios supera nuestros cálculos. El dueño pregunta: “¿Vas a tener envidia porque soy bueno?”. Esa pregunta desnuda el centro del problema. No soportan la bondad excesiva del dueño. Quieren una justicia medida solo por comparación humana, pero Dios revela una justicia atravesada por misericordia. Esto no significa que el esfuerzo no valga. Quienes trabajaron todo el día no perdieron su tiempo. Participaron de la viña, respondieron al llamado, recibieron lo prometido. Pero deben aprender que la bondad de Dios no se reduce a nuestras cuentas.

Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos. Jesús no lo dice para desanimar a los fieles, sino para purificar el corazón. El Reino no se vive desde el orgullo de haber llegado antes, sino desde la gratitud de haber sido llamados


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Saliste, Señor, en la madrugada de la historia a buscar obreros para tu viña.

Y dejaste la plaza vacía –sin paro–, ofreciendo a todos trabajo y vida, salario, dignidad y justicia.

Saliste a media mañana, saliste a mediodía, y a primera hora de la tarde volviste a recorrerla entera.

Saliste, por fin, cuando el sol declinaba, y a los que nadie había contratado te los llevaste a tu viña, porque se te revolvieron las entrañas viendo tanto trabajo en tu hacienda, viendo a tantos parados que querían trabajo y estaban condenados todo el día a no hacer nada.

A quienes otros no quisieron tú les ofreciste ir a tu viña, rompiendo los esquemas a jefes, patrones y esquiroles..., a los que siempre tienen suerte y a los que madrugan para venderse.

Al anochecer cumpliste tu palabra.

A todos diste salario digno y justo, según el corazón y las necesidades te dictaban.

Quienes menos se lo esperaban fueron los primeros en ver sus manos llenas; y, aunque algunos murmuraron, no cambiaste tu política evangélica.

Señor, sé, como siempre, justo y generoso, compasivo y rico en misericordia, enemigo de prejuicios y clases, y espléndido en tus dones.

Gracias por darme trabajo y vida, dignidad y justicia a tu manera..., no a la mía.

Amén

miércoles, 16 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

MARIA DOLOROSA

 

Querido Jesús sacramentado, de nuevo nos encontramos aquí en esta tarde delante de ti para adorarte, para recibir fuerzas para nuestro día y para alabarte. Apenas dos días celebramos la exaltación de la santa cruz. Donde tu a este instrumento de tortura y de muerte la abrazaste de tal manera que la convertiste en instrumento de amor y de salvación. Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo.

Ayer mismo contemplábamos a tu madre a los pies de la cruz. El misterio del dolor de la Virgen María. Queremos sentirnos cercanos a tu madre y a nuestra madre, cercanos a Nuestra Señora de los Dolores y queremos permanecer al pie de la cruz junto a la Virgen. Estar así inmerso en el corazón de la Pasión sintiendo el gran amor que tu tienes por nosotros porque, para el cristiano, la cruz no es la exaltación del sufrimiento sino del amor infinito de Dios.

El cuerpo de Jesús está lacerado, sin aliento, desfigurado, es el mismo que María llevó en su seno durante nueve meses. Ella permanece allí experimentando un dolor extremo, fiel a Jesús. Esta es la belleza de esta escena crucial que conocemos por los Evangelios. Al pie de la cruz, la Madre de los Dolores se convierte en la Madre de este nuevo pueblo bautizado, de este nuevo nacimiento, el de la Iglesia.

Para el discípulo Juan, María será siempre la madre que el Maestro agonizante le ha confiado; y para María el discípulo será siempre el hijo que su Hijo agonizante le ha confiado y al que estará espiritualmente cercana sobre todo en la hora de la muerte. Junto a los mártires agonizantes estará siempre la madre, que está en pie, junto a su cruz, para sostenerlos. Siguiendo el ejemplo de San Juan, y conforme a la voluntad de Jesús, nos llevamos a María a nuestra casa, es decir, a nuestro corazón. Nos unimos íntimamente a ella en la fe para sentir más cerca a Nuestro Señor. Existe una comunión del corazón y de la voluntad entre Madre e Hijo, y al estar unidos a ella, sentimos también que nos hallamos injertados en el corazón amoroso de Cristo.

En este día, unidos a María, contemplando el cuerpo rasgado y magullado de Cristo, queremos entender la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Perfeccionarnos por el amor, aceptar la cruz, el sufrimiento, sentir el misterio infinito del amor de Dios por nosotros, derramar lágrimas de contrición que expresen pesar por nuestros pecados y por nuestras debilidades, pero sobre todo gratitud y alegría por el amor que Dios nos tiene

Como la Virgen está unida a lo que vive su Hijo, ser también más consciente de lo que vive nuestro prójimo; sentir en nuestro corazón un sentido de fraternidad humana que nos conduzca a la verdadera caridad hacia nuestros semejantes, quienesquiera que sean. Ser compasivos, estar allí a los pies de su cruz, cerca del que sufre, estar con él, llevarlo en nuestro corazón, siguiendo el ejemplo de Cristo, que ha soportado el peso de nuestras vidas, y de María, que nos enseña que no podemos anunciar el Evangelio de Cristo sin estar íntimamente unido a Él y abierto a las cosas de Dios que todo lo basa en el Amor con mayúsculas.

Señor, te damos gracias, porque en tu gran misericordia, no nos has dejado huérfanos, sino que nos has dado a María, Tu Madre, para que nunca estemos solos frente a las adversidades y las dificultades de la vida. Señor, te pedimos la gracia de ser buenos hijos de tu Santa Madre, para aceptar Su ayuda en nuestra vida, para tratar de hacerla feliz y caminar con ella en el peregrinaje de cada día.

Gracias, María, por tu ejemplo, por tu amor, por tu fidelidad, por estar al pie de la cruz, por enseñarnos a abandonarnos en las manos del Padre. Gracias, María, ya que, en la Cruz, en tu corazón, en tu espíritu y en tu inteligencia, viviste todo lo que Cristo vivió en esta Hora y te asociaste con todo tu ser en la cruz al misterio de la vida. Gracias, María, porque este mismo misterio de vida se cumple en la vida de cada persona, en nuestras enfermedades, en nuestras tribulaciones y sufrimientos, en nuestras angustias y penalidades.

Gracias, por acogerlo todo en tu corazón, Madre buena. María, Nuestra Señora de los Dolores, concédenos la gracia de tener tu fidelidad, tu amor, tu coraje y tu fuerza para que, después de contemplar tu ejemplo, nos otorgues la misma actitud ante las dificultades. Amén.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Señor: Somos un poco de todo y de nada.

Somos hermanos y extraños, hijos y siervos, deudores y prepotentes, compañeros y enemigos de camino, solidarios, pero también indiferentes, ciudadanos e indefensos, cómplices y demasiado pacientes.

Somos un poco de todo y de nada.

Somos intento de diálogo y palabra vacía, huella y piedra de tropiezo, memoria y olvido, protesta y enigma, prestamistas y eternos deudores, suplicantes de tu perdón y yermos para concederlo, indefensos creadores de murallas.

Somos un poco de todo y de nada.

Somos audaces y cuitados, víctimas y verdugos de nosotros mismos, a veces soñadores, otras rastreros, firmes y volubles, lloricas empedernidos y de corazón duro, tramposos y jueces de nuestros hermanos, llenos de agujeros e impermeables.

Somos un poco de todo y de nada.

Señor, somos y no somos.

Estamos confundidos. Somos mártires de nada.

Somos claroscuros.

Somos pecadores conscientes.

Perdónanos, aunque necesites repetirlo setenta veces siete.

Amén