lunes, 7 de septiembre de 2026
sábado, 5 de septiembre de 2026
Ofrecer el perdón, cuando en recompensa,
se recibe el silencio o la mofa.
Qué difícil es perdonar y cuánto cuesta,
Señor sabiendo que, mi corazón, no es tan grande como el tuyo: siempre
dispuesto a comenzar de nuevo.
Ser siervo del perdón y no del orgullo.
Arrodillarme ante el que me injuria o
cerrar los ojos ante el que me denigra.
Decir “lo intentaré de nuevo” a pesar de
la traición o disculpar los golpes recibidos.
Abrazar tu evangelio sabiendo que, el
perdón, sin límites y sin farsa, sin miedos ni fronteras es el resumen de tu
paso entre nosotros de tu vida en medio de la nuestra tu palabra que se hace
carne más allá de teorías y de discursos.
Vivir sin sentirse perdonado y, vivir,
con la conciencia de no haber disculpado.
Romper con las historias pasadas para
caminar de nuevo e iniciar un rumbo distinto sin pensar en vencedores ni
derrotados.
Ser generoso ofreciendo semillas de
reconciliación.
Decir “lo siento” o “te perdono”.
Recordar que, para entrar en el cielo, la
llave que mueve su puerta es precisamente esa: perdonar siempre.
Dime, Señor, cómo hacerlo.
Amén.
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXIII
Este domingo el evangelio nos brinda una
de esas reflexiones que nos ayudan a sentirnos comunidad. Donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. Es
la palabra de Jesús la que nos convoca cada semana, aunque no compartamos un
espacio físico.
El evangelio nos advierte que no
partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que
reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus
fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante
es estar preparados para superarlos sin traumas.
Dios se identifica con cada una de sus
criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es
el único marco idóneo para que Dios se haga presente.
Su Nombre es justicia, paz, mansedumbre,
corazón puro. Entonces cuando dos personas viven un vínculo según el Evangelio,
entonces Dios está allí. Cuando dos se miran con bondad y verdad, allí está Dios.
Cuando un hombre y una mujer, un padre y un hijo o dos amigos se escuchan con
amor vigilante, allí está Dios. Cuando tienes hambre y sed de justicia y de
paz, para ti y para los demás, allí está Dios. Solo entonces lo real y lo
espiritual coinciden.
Y si tu hermano comete una falta contra
ti, ve y repréndelo. La corrección fraterna tiene sentido si consideramos solo
una palabra: Si tu hermano... Solo si sientes al otro como hermano, si conoces
su esperanza y su alegría, estás autorizado a intervenir. De lo contrario,
sería solo agresión.
Quien ama sabe reconectarse con los otros,
quien no ama solo sabe herir o adular. Si te escucha, habrás ganado a tu
hermano. Verbo estupendo: ganar un hermano. Hay gente que gana estima o poder o
dinero, y luego hay gente que gana hermanos. El hermano es una ganancia,
un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política
económica que vale la pena.
Y, al final, una frase para entender
bien: Si no escucha ni siquiera a los testigos, ese hermano sea para ti como el
pagano. ¿Sea un excluido, un descarte, un rechazo? No. Con él harás como Jesús,
que se sienta a la mesa con los publicanos y los pecadores y discute de pan y
migajas con la mujer pagana; también tú comenzarás de nuevo, con paciente
confianza, a anunciar la buena noticia de la ternura de Dios inclinándose sobre
cada uno de sus hijos.
Dios le pregunta a Caín, dónde está
Abel, Caín responde: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? La respuesta es
clara: Sí, tú eres el guardián.
Queremos a los demás perfectos y en cuanto
fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es
posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o
después fallaremos. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el
bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja
él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia
esa meta.
miércoles, 2 de septiembre de 2026
MEDITACIÓN EUCARÍSTICA
El cojo de la puerta hermosa
Querido
Jesús esta tarde venimos a ti y nos acordamos de lo importante que es hacer las
cosas en tu nombre. Los hechos de los apóstoles relatan que: Pedro y Juan
subían al templo… cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento.
Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para
que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a
Juan, les pidió limosna. Pedro se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos». Clavó
los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo
plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno,
levántate y anda».
Este
hombre pensó que había llegado demasiado tarde. Era cojo desde el vientre de su
madre. Jamás había dado un paso. Jamás había corrido. Toda su vida dependió de
otros. Toda su vida estuvo marcada por una limitación que él nunca escogió. Durante
años lo llevaban diariamente al templo. Todos los días. La misma puerta. La
misma rutina. La misma necesidad. La misma dependencia.
Seguramente
aquel hombre había oído hablar de Jesús. Había esperado ser sanado por Él. Había
alimentado la esperanza de que algún día Cristo pasara por allí y cambiara su
historia. Pero el tiempo pasó. Y el milagro no llegó. Entonces Jesús fue
crucificado. Resucitó. Ascendió al cielo. Y aquel hombre siguió siendo cojo.
Las
noticias comenzaron a correr por Jerusalén. "Jesús ha muerto." "Jesús
ya no está." "Jesús se fue." Y poco a poco algo murió también
dentro de aquel hombre: La esperanza.
Porque
quizás pensó: Lo perdí. Jesús sanó a
ciegos. Jesús
sanó a leprosos, levantó paralíticos, pero a mí no me tocó.
Y
si somos sinceros, muchos conocemos ese sentimiento. Ver cómo otros reciben lo
que nosotros llevamos años esperando. Ver cómo otros obtienen la respuesta. Ver
cómo otros reciben el milagro. Mientras nosotros seguimos sentados en el mismo
lugar. Y poco a poco el corazón comienza a rendirse. No porque deje de creer en
Dios. Sino porque deja de esperar algo para sí mismo. Y eso es exactamente lo
que parece haber ocurrido con este hombre, no está esperando un milagro. Está
esperando una moneda. Ya no espera caminar. Ya no espera cambiar. Ahora
simplemente intenta sobrevivir. Se resignó. Aceptó que así sería su vida. Aceptó
que siempre dependería de otros. Aceptó que siempre estaría junto a aquella
puerta. Aceptó que sus sueños habían terminado.
Es
una de las tragedias más silenciosas de la vida. No cuando perdemos algo. Sino
cuando dejamos de esperar. Cuando dejamos de creer. Cuando nos convencemos de
que nada cambiará. Cuando aprendemos a vivir con una tristeza permanente. Cuando
comenzamos a decir: "Así soy." "Así será siempre." "Ya
es demasiado tarde."
Y
entonces llegó aquel día. Un día aparentemente normal. Un día igual a los
demás. Sin anuncios del cielo. Sin trompetas. Sin advertencias. Pedro y Juan
simplemente iban al templo.
Y
el hombre hizo lo que había hecho miles de veces. Extendió la mano. Pidió una
limosna. Porque esperaba dinero. Nada más. Pero Dios estaba preparando algo
mucho mayor que una moneda. Aparece una de las frases más hermosas de toda la
Biblia. "Míranos." Qué palabras tan sencillas. Y sin embargo
tan profundas. Entonces Pedro dijo: "No tengo plata ni oro." Y quizá
por un instante el corazón del hombre volvió a hundirse. Porque era exactamente
lo que necesitaba. Dinero.
Pero
Dios no iba a darle algo para sobrevivir. Iba a darle algo para vivir. Porque
muchas veces pedimos una moneda. Y Dios está preparando piernas. Pedimos
alivio. Y Dios prepara transformación. Pedimos una solución pequeña. Y Dios
tiene preparado algo infinitamente mayor.
Y
entonces Pedro dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y
anda." Y de repente la imposibilidad desapareció en un instante. Los
músculos respondieron. Los huesos respondieron. La vida respondió.
Dios
estaba escribiendo el capítulo más hermoso de su vida. Y quizás alguien
necesita escuchar esto hoy. Porque hay personas que creen que llegaron tarde. Que
perdieron la oportunidad.
Pero
esta historia nos recuerda algo extraordinario. Que el silencio de Dios no
significa olvido. Que la demora de Dios no significa rechazo. Que el hecho de
que otros hayan recibido primero no significa que tú hayas sido descartado.
Y
llegó el día señalado. No el día que el hombre imaginó. No de la manera que
esperaba. Pero sí en el momento perfecto de Dios. Y cuando Dios decidió actuar,
descubrió algo que jamás había imaginado. Que aunque él había dejado de esperar,
Dios nunca había dejado de pensar en él. Amén
sábado, 29 de agosto de 2026
COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR
Pues su madera, bien
lo sé, Jesús es escalera que conduce a la Resurrección.
¡Cogeré tu cruz, Señor!,
pues su altura, es altura de miras para los que creen en otro mundo para los
que esperan en Dios para los que, cansándose o desangrándose, saben compartir y
repartir en los demás.
Cogeré tu cruz, Señor
pues sus clavos, pasan la carne, pero no matan la fe.
Es la fe, quien, a la
cruz, le da otro brillo y hasta otro color: ni es tan cruel ni es definitiva.
Después de la cruz,
vendrá la vida.
¡Dame tu cruz, Señor!
Merece la pena
arriesgarse por Ti.
Merece la pena sembrar
en tu campo.
Merece le pena sufrir
contratiempos.
Merece la pena
adentrarse en tus caminos sabiendo que, Tú, los recorriste primero.
¡Cogeré tu cruz, Señor!
Enséñame dónde y cómo.
Indícame hacia dónde.
Háblame cuando, por su
peso, caiga en el duro asfalto.
Quiero coger tu cruz,
Señor, porque bien lo sé, hace tiempo que lo aprendí que ideales como los tuyos
tienen y se pagan por un alto precio.
Quiero coger tu cruz,
Señor, porque es preferible en el horizonte de los montes ver tu cruz que el
vacío del hombre errante.
Amén.






