Meditación
eucarística
LA
HISTORIA DE LA REINA DE SABÁ.
Querido
Jesús en el santísimo sacramento en el altar, nos colocamos delante de ti en
esta tarde, para sosegar nuestra alma y nuestro corazón y para escucharte y
saborearte.
Todos
recordamos a la Reina de Sabá que viajó para conocer la sabiduría de Salomón (1
Reyes 10). Llevaba riquezas y regalos al rey que la recibía. La reina de Sabá
había escuchado hablar de Salomón. No había visto su reino. No había visto el
templo. No había escuchado personalmente su sabiduría. Solo había oído
testimonios. Y en lugar de conformarse con lo que otros decían, decidió hacer
un largo viaje para comprobarlo por sí misma.
La
Biblia dice que recorrió una enorme distancia atravesando desiertos. No era un viaje
de unos días. Era un viaje de meses. Con calor. Con peligros. Con cansancio.
¿Por
qué hizo un esfuerzo tan grande? Porque entendió que había cosas tan valiosas
que merecían ser buscadas. Esta verdad toca el corazón. La reina no viajó por
oro. No viajó por negocios. No viajó por poder. Viajó buscando sabiduría.
¡Qué
diferente a nuestro tiempo! Hoy muchos recorren grandes distancias para
conseguir un mejor trabajo. Para comprar una casa. Para alcanzar un sueño. Y
todo eso puede ser bueno. Pero muy pocos hacen el mismo esfuerzo por conocer
más a Dios.
Lo
más hermoso ocurre cuando finalmente llega al palacio. La Biblia dice que
Salomón respondió todas sus preguntas. No hubo una sola que quedara sin
respuesta. Y cuando ella vio la sabiduría del rey, el orden de su casa, el
servicio de sus siervos y la manera en que todo funcionaba, quedó sin aliento. No
fue solamente el discurso de Salomón lo que la impresionó. Fue su manera de
vivir. Su vida confirmaba sus palabras. Y esa es una de las exégesis más
profundas de este relato. La verdadera sabiduría no solo se escucha. Se ve. Se
refleja en el carácter. En las decisiones. En la forma de tratar a las
personas. Porque cualquiera puede hablar de Dios. Pero no cualquiera puede
reflejar a Dios con su vida.
Recordemos
que Jesús mismo habló de la reina de Sabá. Dijo que ella se levantaría en el
juicio contra aquella generación porque viajó desde los confines de la tierra
para escuchar la sabiduría de Salomón, "y aquí hay uno más grande que
Salomón" (Mateo 12:42).
¿Qué
quiso decir Jesús? Que la reina hizo un viaje de meses para conocer la
sabiduría de un rey humano. Pero ahora el Rey de reyes estaba entre ellos y
muchos no quisieron escucharlo. ¡Qué contraste! Ella recorrió desiertos para
buscar la verdad. Hoy muchos tienen una Biblia en su casa y permanece cerrada. Ella
cruzó kilómetros para escuchar unas palabras de sabiduría. Hoy podemos hablar
con Cristo en cualquier momento y muchas veces no encontramos cinco minutos
para orar. Ella tenía hambre de conocer. Nosotros muchas veces estamos
demasiado ocupados para buscar a Dios.
Hoy
la historia de la reina de Sabá sigue ocurriendo. Se ve en la persona que hace
enormes sacrificios para crecer profesionalmente, pero nunca encuentra tiempo
para alimentar su alma. Se ve en quien conoce cada detalle de las noticias,
pero desconoce la Palabra de Dios. Se ve en quien busca respuestas en todas
partes, menos en Aquel que tiene todas las respuestas.
Pero
también se ve en quienes siguen buscando a Cristo con todo su corazón. En quienes
abren su Biblia antes de comenzar el día. En quienes hacen de la oración una
prioridad. En quienes entienden que la mayor riqueza no está en tener más cosas,
sino en conocer más al Señor. Porque al final, la reina de Sabá descubrió que
el viaje más importante de su vida no fue el que hizo con sus pies. Fue el que
hizo con su corazón. Y quizás hoy Dios no te está pidiendo que cruces un
desierto. Solo te está invitando a abrir tu Biblia. A detenerte unos minutos. A
escucharlo.
Porque
Aquel que es más grande que Salomón sigue esperando hablar contigo. Te espera
en el sagrario, en la oración personal o comunitaria, en los sacramentos, en la
bondad y en la sonrisa hecha sin esfuerzo y por pura gracia.
Y
la pregunta que deja esta historia es sencilla: Si la reina de Sabá recorrió
meses de camino para encontrar sabiduría, ¿qué excusa tenemos nosotros para no
buscar cada día a Jesús, que está mucho más cerca que un desierto? Amén






