miércoles, 9 de septiembre de 2026


 

Meditación Eucarística:

María Madre de Jesús

Dios no escogió a María porque pudiera hacer algo por Jesús. La escogió porque sabía que nunca impediría que Jesús cumpliera el propósito del Padre. Cuando pensamos en María, muchas veces hablamos del pesebre. Del ángel. De Belén. De los pastores.

Pero ¿Qué vio Dios en María que no vio en tantas otras mujeres de Israel? La Biblia no dice que fuera la mujer más rica. No dice que perteneciera a la familia más importante. No dice que tuviera una educación extraordinaria. No dice que fuera famosa. Lo que sí muestra es un corazón completamente dispuesto para Dios.

Cuando el ángel le anunció algo que cambiaría toda su vida, María respondió: "He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra." Qué respuesta tan impresionante. No preguntó primero cuánto le costaría. No pidió garantías. No exigió explicaciones para cada detalle. Simplemente decidió confiar. Y quizá ahí estaba la diferencia. Dios no estaba buscando solamente un vientre. Estaba buscando un corazón que dijera "sí". Porque Dios puede poner grandes propósitos en manos de personas sencillas. Pero necesita corazones dispuestos.

María entendió desde el principio que Jesús no le pertenecía. Era su hijo. Lo alimentó. Lo abrazó. Lo vio dar sus primeros pasos. Lo escuchó decir sus primeras palabras. Lo enseñó a trabajar. Lo vio crecer. Pero nunca intentó convertirlo en el dueño de sus propios sueños. Sabía que había nacido para cumplir la voluntad del Padre. Y eso es uno de los actos de amor más difíciles que existen. Amar sin poseer. Cuidar sin controlar. Formar sin manipular. Preparar para dejar ir.

Eso también ocurre hoy. Hay padres que creen que sus hijos son una propiedad. Quieren decidir cada paso. Cada amistad. Cada sueño. Cada elección. Olvidan que los hijos no son un proyecto personal. Son personas que Dios nos presta por un tiempo.

María entendió algo que muchos tardamos toda una vida en aprender. Los hijos llegan a nuestros brazos. Pero pertenecen a Dios. Por eso, cuando Jesús tenía doce años y se quedó en el templo, María lo buscó angustiada. Y cuando finalmente lo encontró, Jesús respondió: "¿No sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?" Aquellas palabras debieron atravesar el corazón de María. Porque comenzaba a comprender que el propósito de su Hijo era mucho más grande que ella misma. Criar también significa aceptar que llegará el día en que nuestros hijos tomarán el camino para el cual Dios los llamó. Y eso duele. Duele porque amar siempre implica aprender a soltar.

En las bodas de Caná, María se acercó a Jesús porque una familia tenía un problema. Se había terminado el vino. Ella solo le presentó la necesidad. Después miró a los sirvientes y dijo: "Haced todo lo que os diga." No intentó decirle a Jesús cómo actuar. No quiso controlar el milagro. Solo confió en Él. ¡Qué enseñanza tan profunda! Hay personas que quieren dirigir a Dios. Decirle cuándo actuar. Cómo responder. Qué camino tomar. María simplemente llevó la necesidad a Jesús. Y dejó el resultado en sus manos.

Pero llegamos al momento más doloroso. Jesús está clavado en una cruz. María está allí. No puede bajar los clavos. No puede detener el dolor. No puede cambiar el plan. Solo puede permanecer. Imagínate a aquella madre. Seguramente recordó la profecía de Simeón: "Una espada traspasará tu alma." Y aquel día esa espada llegó. Sin embargo, María no abandonó la cruz. Permaneció. Porque el verdadero amor no siempre puede cambiar el sufrimiento, pero nunca abandona al que sufre. Y entonces comprendemos qué vio Dios en ella. No fue solamente una mujer capaz de dar a luz. Fue una mujer capaz de permanecer fiel cuando todo parecía perdido. Eso es lo que Dios busca. Corazones que permanezcan. No solo cuando hay milagros. También cuando hay lágrimas.

Todo eso formó parte del plan de Dios. Porque los grandes propósitos de Dios casi siempre comienzan en la fidelidad de los pequeños actos de cada día.

María entendió que el mayor acto de amor no era retener a Jesús para ella. Sino prepararlo para el propósito por el cual había venido al mundo. Y cuando una persona comprende que aquello que ama pertenece primero a Dios, descubre que educar no es fabricar el futuro de un hijo. Es acompañarlo con amor hasta que esté listo para caminar de la mano de Aquel que lo llamó desde antes de nacer. Amén.

sábado, 5 de septiembre de 2026


 ACCIÓN DE GRACIAS

Ofrecer el perdón, cuando en recompensa, se recibe el silencio o la mofa.

Qué difícil es perdonar y cuánto cuesta, Señor sabiendo que, mi corazón, no es tan grande como el tuyo: siempre dispuesto a comenzar de nuevo.

Ser siervo del perdón y no del orgullo.

Arrodillarme ante el que me injuria o cerrar los ojos ante el que me denigra.

Decir “lo intentaré de nuevo” a pesar de la traición o disculpar los golpes recibidos.

Abrazar tu evangelio sabiendo que, el perdón, sin límites y sin farsa, sin miedos ni fronteras es el resumen de tu paso entre nosotros de tu vida en medio de la nuestra tu palabra que se hace carne más allá de teorías y de discursos.

Vivir sin sentirse perdonado y, vivir, con la conciencia de no haber disculpado.

Romper con las historias pasadas para caminar de nuevo e iniciar un rumbo distinto sin pensar en vencedores ni derrotados.

Ser generoso ofreciendo semillas de reconciliación.

Decir “lo siento” o “te perdono”.

Recordar que, para entrar en el cielo, la llave que mueve su puerta es precisamente esa: perdonar siempre.

Dime, Señor, cómo hacerlo.

Amén.

 



 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIII

 

Este domingo el evangelio nos brinda una de esas reflexiones que nos ayudan a sentirnos comunidad. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. Es la palabra de Jesús la que nos convoca cada semana, aunque no compartamos un espacio físico.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Dios se identifica con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente.

Su Nombre es justicia, paz, mansedumbre, corazón puro. Entonces cuando dos personas viven un vínculo según el Evangelio, entonces Dios está allí. Cuando dos se miran con bondad y verdad, allí está Dios. Cuando un hombre y una mujer, un padre y un hijo o dos amigos se escuchan con amor vigilante, allí está Dios. Cuando tienes hambre y sed de justicia y de paz, para ti y para los demás, allí está Dios. Solo entonces lo real y lo espiritual coinciden.

Y si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo. La corrección fraterna tiene sentido si consideramos solo una palabra: Si tu hermano... Solo si sientes al otro como hermano, si conoces su esperanza y su alegría, estás autorizado a intervenir. De lo contrario, sería solo agresión.

Quien ama sabe reconectarse con los otros, quien no ama solo sabe herir o adular. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Verbo estupendo: ganar un hermano. Hay gente que gana estima o poder o dinero, y luego hay gente que gana hermanos. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política económica que vale la pena.

Y, al final, una frase para entender bien: Si no escucha ni siquiera a los testigos, ese hermano sea para ti como el pagano. ¿Sea un excluido, un descarte, un rechazo? No. Con él harás como Jesús, que se sienta a la mesa con los publicanos y los pecadores y discute de pan y migajas con la mujer pagana; también tú comenzarás de nuevo, con paciente confianza, a anunciar la buena noticia de la ternura de Dios inclinándose sobre cada uno de sus hijos.

Dios le pregunta a Caín, dónde está Abel, Caín responde: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? La respuesta es clara: Sí, tú eres el guardián.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

miércoles, 2 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

El cojo de la puerta hermosa

Querido Jesús esta tarde venimos a ti y nos acordamos de lo importante que es hacer las cosas en tu nombre. Los hechos de los apóstoles relatan que: Pedro y Juan subían al templo… cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos». Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Este hombre pensó que había llegado demasiado tarde. Era cojo desde el vientre de su madre. Jamás había dado un paso. Jamás había corrido. Toda su vida dependió de otros. Toda su vida estuvo marcada por una limitación que él nunca escogió. Durante años lo llevaban diariamente al templo. Todos los días. La misma puerta. La misma rutina. La misma necesidad. La misma dependencia.

Seguramente aquel hombre había oído hablar de Jesús. Había esperado ser sanado por Él. Había alimentado la esperanza de que algún día Cristo pasara por allí y cambiara su historia. Pero el tiempo pasó. Y el milagro no llegó. Entonces Jesús fue crucificado. Resucitó. Ascendió al cielo. Y aquel hombre siguió siendo cojo.

Las noticias comenzaron a correr por Jerusalén. "Jesús ha muerto." "Jesús ya no está." "Jesús se fue." Y poco a poco algo murió también dentro de aquel hombre: La esperanza.

Porque quizás pensó: Lo perdí. Jesús sanó a ciegos. Jesús sanó a leprosos, levantó paralíticos, pero a mí no me tocó.

Y si somos sinceros, muchos conocemos ese sentimiento. Ver cómo otros reciben lo que nosotros llevamos años esperando. Ver cómo otros obtienen la respuesta. Ver cómo otros reciben el milagro. Mientras nosotros seguimos sentados en el mismo lugar. Y poco a poco el corazón comienza a rendirse. No porque deje de creer en Dios. Sino porque deja de esperar algo para sí mismo. Y eso es exactamente lo que parece haber ocurrido con este hombre, no está esperando un milagro. Está esperando una moneda. Ya no espera caminar. Ya no espera cambiar. Ahora simplemente intenta sobrevivir. Se resignó. Aceptó que así sería su vida. Aceptó que siempre dependería de otros. Aceptó que siempre estaría junto a aquella puerta. Aceptó que sus sueños habían terminado.

Es una de las tragedias más silenciosas de la vida. No cuando perdemos algo. Sino cuando dejamos de esperar. Cuando dejamos de creer. Cuando nos convencemos de que nada cambiará. Cuando aprendemos a vivir con una tristeza permanente. Cuando comenzamos a decir: "Así soy." "Así será siempre." "Ya es demasiado tarde."

Y entonces llegó aquel día. Un día aparentemente normal. Un día igual a los demás. Sin anuncios del cielo. Sin trompetas. Sin advertencias. Pedro y Juan simplemente iban al templo.

Y el hombre hizo lo que había hecho miles de veces. Extendió la mano. Pidió una limosna. Porque esperaba dinero. Nada más. Pero Dios estaba preparando algo mucho mayor que una moneda. Aparece una de las frases más hermosas de toda la Biblia. "Míranos." Qué palabras tan sencillas. Y sin embargo tan profundas. Entonces Pedro dijo: "No tengo plata ni oro." Y quizá por un instante el corazón del hombre volvió a hundirse. Porque era exactamente lo que necesitaba. Dinero.

Pero Dios no iba a darle algo para sobrevivir. Iba a darle algo para vivir. Porque muchas veces pedimos una moneda. Y Dios está preparando piernas. Pedimos alivio. Y Dios prepara transformación. Pedimos una solución pequeña. Y Dios tiene preparado algo infinitamente mayor.

Y entonces Pedro dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda." Y de repente la imposibilidad desapareció en un instante. Los músculos respondieron. Los huesos respondieron. La vida respondió.

Dios estaba escribiendo el capítulo más hermoso de su vida. Y quizás alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay personas que creen que llegaron tarde. Que perdieron la oportunidad.

Pero esta historia nos recuerda algo extraordinario. Que el silencio de Dios no significa olvido. Que la demora de Dios no significa rechazo. Que el hecho de que otros hayan recibido primero no significa que tú hayas sido descartado.

Y llegó el día señalado. No el día que el hombre imaginó. No de la manera que esperaba. Pero sí en el momento perfecto de Dios. Y cuando Dios decidió actuar, descubrió algo que jamás había imaginado. Que aunque él había dejado de esperar, Dios nunca había dejado de pensar en él. Amén

martes, 1 de septiembre de 2026