domingo, 13 de septiembre de 2026
sábado, 12 de septiembre de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Señor: Somos un poco de todo y de nada.
Somos hermanos y extraños, hijos y
siervos, deudores y prepotentes, compañeros y enemigos de camino, solidarios,
pero también indiferentes, ciudadanos e indefensos, cómplices y demasiado
pacientes.
Somos un poco de todo y de nada.
Somos intento de diálogo y palabra
vacía, huella y piedra de tropiezo, memoria y olvido, protesta y enigma, prestamistas
y eternos deudores, suplicantes de tu perdón y yermos para concederlo, indefensos
creadores de murallas.
Somos un poco de todo y de nada.
Somos audaces y cuitados, víctimas y
verdugos de nosotros mismos, a veces soñadores, otras rastreros, firmes y
volubles, lloricas empedernidos y de corazón duro, tramposos y jueces de
nuestros hermanos, llenos de agujeros e impermeables.
Somos un poco de todo y de nada.
Señor, somos y no somos.
Estamos confundidos. Somos mártires de
nada.
Somos claroscuros.
Somos pecadores conscientes.
Perdónanos, aunque necesites repetirlo setenta
veces siete.
Amén
2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO XXIV
La pregunta de Pedro a Jesús nace de una
lógica muy humana y generosa para su época: Señor, si mi hermano me ofende,
¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Siete es el número
de la perfección. Pedro cree que está alcanzando el límite máximo de la bondad.
Pero Jesús dinamita cualquier intento de contabilidad: No te digo
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
No hay matemáticas en el Reino de Dios.
Calcular el perdón es empezar a negarlo. Dios no perdona a base de decretos o
leyes, sino por una necesidad de su propio corazón: Dios perdona porque ama,
y el amor no lleva cuentas.
El escándalo del siervo despiadado que
Jesús relata a continuación es un espejo incómodo. Un siervo debe una fortuna
astronómica, una deuda impagable (diez mil talentos). Al suplicar compasión, el
rey, movido a la entrañable misericordia, le perdona absolutamente todo. Pero
el siervo perdonado apenas salido: no una semana, no el día
siguiente, no una hora después, sino aún aturdido de alegría, recién
liberado tomó a su colega del cuello, lo estrangulaba gritando: ¡Dame mis
centavos! ¿Cuál es el verdadero pecado de este siervo? No es solo su
tacañería o su crueldad; su pecado es no haber dejado que el perdón recibido
le cambiara el corazón. Se quedó con la deuda cancelada, pero con el
alma intacta, dura, mercantil.
Llevado a nuestra vida actual, este
texto nos confronta directamente. Vivimos en una sociedad hiperconectada pero
profundamente polarizada, donde la cultura de la cancelación y el
linchamiento digital están a la orden del día. Un error del pasado en las
redes sociales se convierte en una condena perpetua. No hay espacio para la
redención; guardamos capturas de pantalla, archivos de agravios y deudas
emocionales para usarlas en el momento oportuno. Olvidamos con tremenda
facilidad que todos nosotros somos náufragos que respiramos gracias al
oxígeno de la misericordia divina y de quienes nos aman.
El perdón no es debilidad, es liberación.
A veces nos cuesta perdonar porque confundimos el perdón con la sumisión, con
decir que "no ha pasado nada" o con justificar la injusticia. El
perdón cristiano no es anestesia ni debilidad. Al contrario: el perdón es
el acto de mayor valentía y soberanía que existe. Cuando decides no
perdonar, te encadenas a la persona que te hirió. Le das el poder de
amargar tus días, de enfriar tu mirada, de dictar tu humor.
Perdonar setenta veces siete significa
decidir, hoy y cada mañana, que el mal que nos hicieron no va a tener la
última palabra en nuestra vida. Es negarse a perpetuar la cadena del odio.
Cuando tomamos conciencia de que somos
infinitamente amados y perdonados por Dios en nuestra
fragilidad, la mirada hacia el hermano cambia drásticamente. Ya no lo vemos
como un competidor o un deudor, sino como otro ser frágil que, al igual
que nosotros, a veces se equivoca, hiere y necesita compasión. Que el Señor nos
conceda hoy la gracia de un corazón libre de registros contables. Aprendamos a perdonar siempre: la única
medida del perdón es perdonar sin medida.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Meditación
Eucarística:
María
Madre de Jesús
Dios
no escogió a María porque pudiera hacer algo por Jesús. La escogió porque sabía
que nunca impediría que Jesús cumpliera el propósito del Padre. Cuando pensamos
en María, muchas veces hablamos del pesebre. Del ángel. De Belén. De los
pastores.
Pero
¿Qué vio Dios en María que no vio en tantas otras mujeres de Israel? La Biblia
no dice que fuera la mujer más rica. No dice que perteneciera a la familia más
importante. No dice que tuviera una educación extraordinaria. No dice que fuera
famosa. Lo que sí muestra es un corazón completamente dispuesto para Dios.
Cuando
el ángel le anunció algo que cambiaría toda su vida, María respondió: "He
aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra." Qué
respuesta tan impresionante. No preguntó primero cuánto le costaría. No pidió
garantías. No exigió explicaciones para cada detalle. Simplemente decidió
confiar. Y quizá ahí estaba la diferencia. Dios no estaba buscando solamente un
vientre. Estaba buscando un corazón que dijera "sí". Porque Dios
puede poner grandes propósitos en manos de personas sencillas. Pero necesita
corazones dispuestos.
María
entendió desde el principio que Jesús no le pertenecía. Era su hijo. Lo
alimentó. Lo abrazó. Lo vio dar sus primeros pasos. Lo escuchó decir sus
primeras palabras. Lo enseñó a trabajar. Lo vio crecer. Pero nunca intentó
convertirlo en el dueño de sus propios sueños. Sabía que había nacido para
cumplir la voluntad del Padre. Y eso es uno de los actos de amor más difíciles
que existen. Amar sin poseer. Cuidar sin controlar. Formar sin manipular. Preparar
para dejar ir.
Eso
también ocurre hoy. Hay padres que creen que sus hijos son una propiedad. Quieren
decidir cada paso. Cada amistad. Cada sueño. Cada elección. Olvidan que los
hijos no son un proyecto personal. Son personas que Dios nos presta por un
tiempo.
María
entendió algo que muchos tardamos toda una vida en aprender. Los hijos llegan a
nuestros brazos. Pero pertenecen a Dios. Por eso, cuando Jesús tenía doce años
y se quedó en el templo, María lo buscó angustiada. Y cuando finalmente lo
encontró, Jesús respondió: "¿No sabíais que tengo que ocuparme de las
cosas de mi Padre?" Aquellas palabras debieron atravesar el corazón de
María. Porque comenzaba a comprender que el propósito de su Hijo era mucho más
grande que ella misma. Criar también significa aceptar que llegará el día en
que nuestros hijos tomarán el camino para el cual Dios los llamó. Y eso duele. Duele
porque amar siempre implica aprender a soltar.
En
las bodas de Caná, María se acercó a Jesús porque una familia tenía un
problema. Se había terminado el vino. Ella solo le presentó la necesidad. Después
miró a los sirvientes y dijo: "Haced todo lo que os diga." No intentó
decirle a Jesús cómo actuar. No quiso controlar el milagro. Solo confió en Él. ¡Qué
enseñanza tan profunda! Hay personas que quieren dirigir a Dios. Decirle cuándo
actuar. Cómo responder. Qué camino tomar. María simplemente llevó la necesidad
a Jesús. Y dejó el resultado en sus manos.
Pero
llegamos al momento más doloroso. Jesús está clavado en una cruz. María está
allí. No puede bajar los clavos. No puede detener el dolor. No puede cambiar el
plan. Solo puede permanecer. Imagínate a aquella madre. Seguramente recordó la
profecía de Simeón: "Una espada traspasará tu alma." Y aquel día esa
espada llegó. Sin embargo, María no abandonó la cruz. Permaneció. Porque el
verdadero amor no siempre puede cambiar el sufrimiento, pero nunca abandona al
que sufre. Y entonces comprendemos qué vio Dios en ella. No fue solamente una
mujer capaz de dar a luz. Fue una mujer capaz de permanecer fiel cuando todo
parecía perdido. Eso es lo que Dios busca. Corazones que permanezcan. No solo
cuando hay milagros. También cuando hay lágrimas.
Todo
eso formó parte del plan de Dios. Porque los grandes propósitos de Dios casi
siempre comienzan en la fidelidad de los pequeños actos de cada día.
María
entendió que el mayor acto de amor no era retener a Jesús para ella. Sino
prepararlo para el propósito por el cual había venido al mundo. Y cuando una
persona comprende que aquello que ama pertenece primero a Dios, descubre que
educar no es fabricar el futuro de un hijo. Es acompañarlo con amor hasta que
esté listo para caminar de la mano de Aquel que lo llamó desde antes de nacer.
Amén.






