sábado, 23 de mayo de 2026


 


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Existe un Dios que me llama.

Nunca oí su voz, jamás vi su rostro, nunca veo sus ojos, nunca veo sus manos.

Pero hay un Dios que me llama.

Lo siento todos los días, a veces por la mañana, a veces por la tarde, a veces por la noche, a veces durante todo el día, y por largas semanas.

Después hace silencio, pero cuando pienso que todo está terminado, de pronto él regresa.

Y vuelvo a sentirme llamado, sin oír jamás su voz, sin nunca verle su rostro, sin contemplar jamás sus ojos y sin querer saber si hace gestos.

Nunca lo he visto.

Tengo de él una pálida imagen, sé que no se parece a nada, y que nada se parece a él, sé que no habla como nosotros, no escucha como nosotros, no ve como nosotros, no hace gestos ni actúa como nosotros, mas sé que está ahí cuando yo lo necesite.

Amén.


 

2026 CICLO A TIEMPO DE PASCUA

PENTECOSTÉS

No os dejaré huérfanos, había dicho Jesús; os enviaré al Espíritu Consolador, el Paráclito, que significa el que está cerca. Y esta promesa cincuenta días después de la Pascua se hace realidad.

El Espíritu es un don que irrumpe derribando puertas, abriendo de par en par las ventanas para que salgan todos esos temores que nos habitan. Llega como un viento vigoroso que barre el polvo de la resignación. Se posa como lenguas de fuego, no para quemar ni castigar, sino para calentar los corazones entumecidos por el miedo.

Un término que llama mucho la atención cuando hablamos del Espíritu Santo es el de identificarlo como Consolador. En el lenguaje común, consolar significa a menudo decir palabras de consuelo, dar una palmada en el hombro u ofrecer una distracción pasajera para no pensar en el dolor. Pero la consolación del Espíritu Santo es de una naturaleza completamente diferente. No es un anestésico para nuestros problemas, sino una presencia viva que desciende a lo más profundo de nuestras heridas para curarlas desde dentro.

Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (al confesarlo se jugaban la vida, los romanos consideraban que el único Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones. Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias entre judíos ni griegos, ni esclavos ni libres, hombre ni mujeres.

Los Hechos inculca que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para proclamar las maravillas de Dios.

En el evangelio la fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.

Jesús sopló sobre ellos y dijo recibid el Espíritu Santo. En el Génesis nuestro cuerpo y nuestro cerebro proceden del barro, pero es evidente que somos más que barro. El cronista expresa este plus que hay en nosotros con una imagen preciosa: el soplo de Dios; el espíritu de Dios. Y desde esta imagen se puede entender por qué amamos, por qué compadecemos, por qué sabemos distinguir entre el bien y el mal, por qué nos estremecemos con la música y es porque venían con el soplo de Dios. Dios nos ha trasmitido su espíritu, y su espíritu es amor, inteligencia, libertad, belleza.

El cronista ignora que Dios tardó miles de millones de años en hacer el muñeco de barro, y que durante ese tiempo hemos recorrido toda la escala evolutiva. Pero intuía que estamos constituidos por “soplo de Dios. Y a partir de esa información, podemos intuir que los genes nos arrastran hacia abajo, hacia el barro del que proceden, y que el soplo de Dios nos arrastra hacia arriba, hacia el amor, hacia la compasión.

miércoles, 20 de mayo de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

ESFUÉRZATE Y SE VALIENTE

Señor Jesús eucaristía, junto a ti en esta queremos descansar de nuestras fatigas y de nuestros cansancios cotidianos. Hay momentos en la vida Jesús que nos sentimos flaquear, las fuerzas parece que desaparecen y no encontramos suficientes apoyos. Sin embargo, tú confías en nosotros y nos llamas a seguir adelante, siempre adelante.

En el Libro de Josué encontramos esta situación, Moisés acababa de morir y El Señor le pide a Jposué, la mano derecha de Moises que sea valiente, que no se rompa antes la inmensa labor que le toca realizar. Hacer entrar al pueblo de Israel a la tierra prometida. El Señor le dice en Josué 1, 9 “Esfuérzate y sé valiente; no temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”.

Casi siempre escuchamos este texto como una frase motivacional, como si fuera un empujón para los días difíciles. Pero lo que está pasando aquí es mucho más profundo y mucho más doloroso.

Dios no le está hablando a alguien cómodo. Le está hablando a Josué justo después de la muerte de Moisés. El hombre que lo formó, el líder que parecía irremplazable, la voz que daba seguridad, ya no está. Y ahora Josué tiene que avanzar con un pueblo complicado, con miedo, con presión, con expectativas imposibles y con un vacío en el corazón.

Dios no le dice: “No llores”. Tampoco le dice: “Todo va a salir fácil”. Ni siquiera le promete que no habrá batallas. Le dice algo que pesa más: “Esfuérzate”.

Eso significa que habrá momentos donde no vas a querer seguir. Días donde levantarte va a doler. Decisiones que vas a tomar con miedo en el pecho. Seguir adelante cuando todo dentro de ti quiere rendirse. Y luego añade: “Sé valiente”. No porque no haya miedo, sino porque el miedo va a estar ahí. La valentía en este texto no es la ausencia de temor, es avanzar aun temblando.

Y después dice: “No temas ni te desmayes”.

Es como si Dios supiera que Josué no solo iba a tener miedo, sino que también iba a sentirse agotado. Porque hay un cansancio que no es físico, es del alma. Ese cansancio de fingir que estás bien, de cargar responsabilidades, de sentir que todos esperan algo de ti mientras tú por dentro te estás rompiendo.

Y entonces viene la parte más profunda, la razón de todo: “Porque el Señor, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas”.

Dios no le promete quitarle el camino difícil. Le promete Su presencia en medio del camino. Eso cambia todo.

Porque hay momentos donde lo que más duele no es el problema, es sentir que estás solo. Es no tener a quién contarle lo que realmente sientes. Es caminar con una sonrisa por fuera mientras por dentro estás luchando una batalla silenciosa.

Este versículo no es para el que se siente fuerte. Es para el que tiene que seguir, aunque esté cansado. Es para el que perdió algo y aun así tiene que avanzar. Es para el que tiene miedo, pero no tiene opción de detenerse.

Dios no está buscando gente que no sienta dolor. Está buscando gente que, aun con el corazón pesado, decida dar el siguiente paso confiando en que Él no se ha ido.

Tal vez hoy nadie ve tu lucha. Tal vez nadie entiende lo que estás cargando. Pero este texto susurra algo que cambia todo:

No estás caminando solo. Y aunque no lo sientas, aunque te duela, aunque tengas miedo, Dios sigue caminando contigo.

Querido Jesús sabemos que en la fe, el ánimo no depende de que todo salga bien, sino de saber que Dios y Tú caminas con nosotros incluso en medio de pruebas, decisiones difíciles o momentos de cansancio espiritual. No queremos vivir paralizados por el temor. El cristiano puede avanzar con confianza porque sabe que no está solo. Cristo no promete una vida sin dificultades, pero sí su compañía, su paz y su fidelidad en cada etapa. A veces la verdadera valentía cristiana no es hacer cosas extraordinarias, sino seguir confiando, obedeciendo y perseverando cada día, aun cuando el corazón tenga dudas. Amén.

sábado, 16 de mayo de 2026

2026 CICLO A

TIEMPO DE PASCUA VII ASCENSIÓN

Celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, vuelve al lugar desde donde bajó. La resurrección implica la Ascensión, el Padre lo resucitó para estar con Él.

En el evangelio los once han vuelto a Galilea, que es donde todo comenzó, y es como si Jesús dijera: recordad el primer amor, cuando juntos iniciamos este camino de contar la buena nueva; recordad cuántos caminos hemos recorrido, cuántos pueblos y cuántas casas, cuántos rostros, cuántos cuerpos sanados, cuántas sonrisas renacidas. Recordad cómo caminábamos ligeros, solo con un bastón y unos amigos, sin posesiones y sin poderes, ignorando el miedo. Libres. Recordad cuando caminábamos al ritmo del último, solidarios. Recordad cómo era el rostro de Dios que se nos iba dibujando; un Dios que, si tú lo abandonas, él no, no te abandona.

Durante mucho tiempo, el referente de la Iglesia ha sido la vida de la primera comunidad de Jerusalén: tenían un solo corazón y una sola alma, perseveraban en la escucha de los apóstoles y en el partimiento del pan, y lo tenían todo en común. Precioso, inalcanzable. Y, sin embargo, viene después.

Antes hay otra, original, más radical y más fresca. Volver a la que fue realmente la primera de todas las comunidades: volved a Galilea, partid de allí, tomando como modelo esos tres años de itinerancia libre entre el lago y las colinas, entre una orilla y otra, entre Betsaida y Cafarnaúm, Genesaret y Tiberíades, Tiro y Cesarea de Filipo.

Jesús deja la tierra con un balance negativo: solo le quedan once amigos asustados y confundidos, y unas pocas mujeres valientes y fieles. No han entendido gran cosa, pero lo han amado mucho. Y esa es la única garantía que necesita. Ahora puede volver al Padre, sabe que ninguno de ellos lo olvidará, vivirá para siempre en su interior.

Cuando lo vieron, se postraron, pero algunos dudaban. ¿De qué dudan? No de que haya resucitado, lo ven. No de que sea Dios entre nosotros, se postran en adoración. ¿De qué, entonces? Dudan de sí mismos, saben bien cómo huyeron aquella noche, cómo lo negaron; que no creyeron a las mujeres en Pascua; que se quedaron encerrados en casa durante días, en ese ambiente de muerte. Conocen sus propios límites.

Jesús realiza un acto de confianza ilógica en quienes aún dudan. No se queda con ellos para explicarles mejor, sino que confía la buena nueva a sus dudas que siempre las tendremos con nosotros.

Jesús confía su Evangelio a los que dudan y llama a los vacilantes a ponerse en marcha. ¡Id, pues! Ese «pues» es precioso: ¡pues id! Todo mi poder es vuestro, todo lo mío se convierte en vuestro. Yo estoy con vosotros siempre, hasta el fin.

Lo que es la Ascensión lo entendemos por estas palabras. Jesús no se ha ido lejos ni a algún rincón remoto del cosmos, sino que se ha hecho más cercano. Está ahí dentro, en un corazón que ama, en un corazón con coraje y renovado. Siempre con nosotros.