miércoles, 17 de junio de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

EL CIEGO BARTIMEO

Jesús sacramentado en esta tarde nos sentimos como el ciego Bartimeo, sentados a orillas del camino de la vida. El mayor milagro de Bartimeo no fue abrir los ojos, sino negarse a guardar silencio cuando todos querían callarlo.

Jesús está saliendo de Jericó. La multitud le rodea. La gente empuja. Todos quieren acercarse. Todos quieren verlo. Y a orillas del camino está Bartimeo, sentado, invisible para casi todos. Era ciego. Y en esa época eso significaba dependir de otros para sobrevivir. Significaba mendigar. Significaba vivir al margen de la sociedad.

Hay personas que conocen perfectamente esa sensación. Vende a otros cumplir sueños, prosperar, formar familias, avanzar. Y sienten que ellos sean sentados en el borde del camino. Esperando. Luchando. Sobreviviendo. Sin entender cuándo llegará su momento.

Entonces Bartimeo escuchó algo. No vió a Jesús. Lo escuchó. Alguien dijo que Jesús de Nazaret estaba pasando. Y en ese instante algo se encendió en él, y entendió algo que muchos no entendían y empezó a gritar: ¡Jesús Hijo de David, ten misericordia de mí!

La multitud llamaba a Jesús de Nazaret. Bartimeo lo llamó Hijo de David. Mientras muchos veían a un maestro, Bartimeo veía al Mesías. Mientras otros tenían vista física, Bartimeo tenía visión espiritual. El hombre que no podía ver era el que mejor veía. Porque hay personas con ojos sanos que nunca reconocen a Cristo. Y hay personas quebrantadas que logran verlo con claridad.

La Biblia dice que muchos empezaron a reprenderlo, que se callara, silenciarlo. Le hacían sentir que estaba molestando. Pero Bartimeo llamaba más fuerte. La multitud que envolvía a Jesús se convirtió en el mayor obstáculo para legar a Jesús. Y eso sigue ocurriendo hoy. A veces el problema no es la enfermedad. Ni la pobreza. Ni la dificultad. A veces el problema son las voces que nos rodean. Las voces que dicen: "No vale la pena intentarlo." "Dios ya no te escucha." "No hay esperanza." "Tu situación no tiene solución." "Es demasiado tarde."

Y si Bartimeo hubiera escuchado a la multitud, habría permanecido ciego para siempre. Pero entendió que hay momentos en los que uno debe escuchar a Cristo por encima del ruido de la gente.

Hay jóvenes que quieren acercarse a Dios y escuchan burlas. Hay matrimonios luchando por restaurarse mientras otros las dicen que se rindan. Hay personas intentando levantarse después de una caída y escuchan que ya no tienen futuro. Hay creyentes que desean empezar de nuevo y encuentran más críticas que apoyo. Pero Bartimeo nos enseña que las voces humanas nunca deben ser más fuertes que la voz de Dios.

Y entonces sucede algo extraordinario. Jesús se detiene. Miles avanzando. Y un solo grito logra detener al Rey del universo. Porque hay oraciones que nacen de una necesidad tan profunda que atraviesan el ruido de la multitud y legan directamente al corazón de Dios.

Jesús pregunta: "¿Qué quieres que te haga?" Todos sabían que Bartimeo era ciego. Jesús también lo sabía. Pero Cristo quería escuchar la petición de sus propios labios.

Y Bartimeo respondió: "Maestro, que recubre la vista." No pidió dinero. No pidió una posición. No pidió reconocimiento. Pidió aquello que realmente necesitaba.

Jesús le dijo "Tú fe te ha salvado." Y al instante recibió la vista.

El milagro no termina cuando Bartimeo recupera los ojos. Termina cuando comienza a seguir a Jesús por el camino. Porque la meta nunca fue simplemente ver. La meta era seguir. La meta era convertirse en discípulo. Porque hay personas que quieren las bendiciones de Cristo sin querer andar con Cristo. Quieren la respuesta. Quieren el milagro. Pero no quieren seguir en El Salvador. Bartimeo fue distinto. Cuando recuperó la vista, decidió andar tras aquel que había transformado su vida.

Quizás hoy te sientes como Bartimeo. Sentado en el borde del camino. Esperando una oportunidad. Y quizás quitas tiempo preguntándote si Dios todavía escucha tu clamor. La historia de Bartimeo responde con claridad. Sí lo escucha. Porque el mismo Jesús que se detuvo en Jericó sigue deteniéndose ante los corazones que claman con sinceridad.

Las personas más cercanas a Cristo no son las que parecen más fuertes. Son las que reconocen cuánto lo necesitan. Y cuando un corazón necesitado empieza a clamar, el cielo aún se detiene para escuchar. Amén

sábado, 13 de junio de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Andar por la vida portando tu mensaje y buena nueva; andar erguido a pesar de las inclemencias del camino; andar de frente sin temor a tormentas y huracanes; andar tranquilos, aunque haya lobos escondidos.

Ir sin bolsa, para aligerar la marcha; sin monedas, para que no hagan mella en el alma; ligeros de equipaje, sólo con túnica y sandalias; pero llenos de paz gozada y derramada.

Detener el paso y descansar de agobios y penas; saludar y dialogar cada día con quienes van y vienen; entrar en las casas y compartir alimento y corazones; lavarse el polvo y cicatrizar las heridas.

Y de madrugada, volver a salir a los caminos y a las plazas, hacerse el encontradizo y rozar con ternura a los que pasan; y agradecer el camino y sus historias respetando las costumbres y las sorpresas...

Cada día, caminando por la vida protegido por tu manto y sombra me siento más hijo, y más hermano más discípulo, más enviado, más ligero, más lleno de alegría, más encontrado.

Y regreso, muy contento, a contarte mi aventura.

Amén

 


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XI

 

Es muy interesante la forma como comienza el Evangelio: al ver a la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados ​​y abatidos, como ovejas sin pastor . Jesús no tiene una mirada superficial sobre el pueblo, El es capaz de reconocer el dolor escondido, la soledad disimulada y el cansancio del alma.

Jesús no viene números, viene personas; no viene masas, viene historias. Y esa compasión no se queda como un sentimiento más, se convierte en misión, por eso dice: la mías es abundante, pero los obreros son pocos . El problema no es la falta de necesidad, sino la falta de corazones disponibles para responder. Y así, desde la compasión, surge la llamada y envío de los Doce.

Los envía frágiles, sin seguridades ni poder humano, porque el Evangelio no se sustenta en estrategias, sino por medio de testimonios. Pero advierte a los discípulos: gratis el recibiste, dadlo gratis .

Nuestro mundo vive saturado de ofertas, de discursos y de ruido, pero sigue con una profunda hambre de sentido. Hoy existen muchas multitud cansadas, personas agotadas por la prisa, heridas por relaciones rotas, desorientadas ante la vida y sean faltando testimonios que miren con compasión y se acerquen a la miseria humana.

Ser enviado no es sólo para algunos, es una vocación que toca a todos los creyentes. Allí donde estamos, en la familia, trabajo, comunidad, hay algo esperando. No se trata de hacer más cosas, sino de lanzar una mirada como la mirada de Jesús.

Así que el centro es claro: no podemos decir que seamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Jesús manda: Id y proclamamos que el reino de los cielos está cerca. Cuidado enfermos, resucitado muertos, limpiado leprosos, arrojado demonios. Gratis lo haya recibido, dadlo gratis .

Hoy es el día de nuestro ser comunidad, parroquia, con motivo de la fiesta de San Antonio. Ser parroquia va mucho más allá de un edificio o de un sitio donde se celebran sacramentos. La parroquia está llamada a ser una comunidad viva de personas que comparten la fe, se acompañan mutuamente y buscan hacer presente el amor de Dios en su entorno. Una comunidad cristiana nace cuando sus miembros se reconocen como hermanos y hermanas. No se trata únicamente de asistir a misa, sino de crear vínculos de cercanía, escucha y servicio. Cuando alguien sufre, la comunidad acompaña; cuando alguien se alegra, la comunidad celebra; cuando alguien se siente perdido, la comunidad acoge.

Una parroquia viva no espera que las personas leguen, sino que sale a su encuentro, siguiendo el ejemplo de san Antonio, que caminaba entre la gente y se acercaba a quienes estaban en los márgenes. La vida comunitaria también nos recuerda que la fe no se vive en soledad. Cada persona aporta sus mujeres, talentos y experiencias para enriquecer a los demás.

miércoles, 10 de junio de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA.

SAN ANTONIO

 

Querido Jesús presente en la sagrada forma, en esta tarde venimos a ti para pasar un tiempo contigo y para descansar de nuestros agobios cotidianos. Hoy empezamos este triduo que dedicamos a San Antonio de Padua, nuestro titular de la parroquia. Y en esta tarde queremos recordar que él fue un ferviente defensor de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, basando su teología en que este sacramento es un don supremo de amor transformador. La relación entre el santo y la Eucaristía destaca en varios niveles,

Su defensa más famosa es el milagro de la mula, donde un animal hambriento se arrodilló ante la hostia consagrada en lugar de comer. Sucedió de esta manera:

A principios del siglo XIII, la Iglesia católica enfrentaba el crecimiento de diversos movimientos heréticos. Los más influyentes eran los cátaros (también llamados albigenses), asentados con fuerza en el sur de Francia y el norte de Italia. Los cátaros se basaban en una visión dualista del mundo: Creían que todo lo espiritual era creación de Dios (el Bien), mientras que todo lo material y corporal era creación de Satanás (el Mal). Como consecuencia, los cátaros rechazaban los sacramentos católicos, especialmente la Eucaristía. Argumentaban que Cristo no podía estar verdaderamente presente en elementos materiales como el pan y el vino, y consideraban la misa como un rito vacío.

El famoso enfrentamiento del santo tuvo lugar en el año 1227 en la ciudad costera de Rímini, Italia, un importante bastión de la secta cátara en aquella época. San Antonio, célebre por su brillante oratoria y profundo conocimiento de las Escrituras, predicaba públicamente en las plazas para rebatir las doctrinas heréticas. Su principal oponente en la ciudad era un líder cátaro llamado Bononillo, quien llevaba décadas militando en la secta y negaba rotundamente la transubstanciación. San Antonio defendía el dogma de la transubstanciación (el cambio de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo). Bononillo desafió la lógica de este dogma afirmando que no existía ningún cambio físico ni espiritual visible. Frustrado por la impecable argumentación teológica de San Antonio, que no lograba conmoverlo, Bononillo propuso una prueba empírica basada en la razón animal: El Ayuno. El líder cátaro privaría a su propia mula de cualquier alimento durante tres días seguidos. Pasado ese tiempo, se reunirían en la plaza principal de Rímini ante toda la población. Bononillo colocaría un enorme montón de forraje y cebada fresca frente al animal exhausto. Al mismo tiempo, San Antonio sostendría la Hostia consagrada en un ostensorio. Si la mula ignoraba la comida para venerar el sacramento, Bononillo se convertiría al catolicismo. El desenlace fue que la mula hambrienta ignoró por completo el alimento, bajó la cabeza y se arrodilló ante la Eucaristía, provocando la conversión inmediata de Bononillo y de muchos otros testigos en la plaza.

Este acontecimiento no solo consolidó la reputación de San Antonio como el «martillo de los herejes», sino que además impulsó de manera decisiva la devoción eucarística popular en Italia y Francia, contrarrestando la expansión del catarismo mediante demostraciones de fe accesibles para el pueblo llano.

Querido Jesús, la imagen de nuestro patrón san Antonio contigo en brazos, nos recuerda que para el Santo el Niño Jesús y el santísimo sacramento eran la misma realidad: Dios hecho pequeño y accesible por amor.

El Niño Jesús representa a Dios despojado de su grandeza, hecho un bebé vulnerable para dejarse abrazar por el hombre.

La Eucaristía representa a ese mismo Jesús, oculto bajo las especies de pan y vino, que se entrega diariamente para que la humanidad pueda recibirlo y, espiritualmente, "abrazarlo" dentro del corazón a través de la comunión.

Haznos siempre dóciles a tu palabra y fieles a la presencia real de Jesús eucaristía y podamos abrazarlo y acogerlo en nuestro corazón. Amén

miércoles, 3 de junio de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

ANTE EL CORPUS CRISTI

 

Ante ti, Señor eucaristía nuestra súplica de amigo importuno: Danos el pan de cada día, el pan de esta jornada. Solo te pedimos el trozo suficiente que alivie nuestro cansancio y nuestra fatiga.

Danos la fuerza necesaria, solo aquella que nos permita dar respuesta concreta y fiel a la vocación que a cada instante nos confirmas. Te pedimos el aliento de vida que nos dé capacidad en este ahora. Danos el sorbo de agua imprescindible, que nos libre del agobio y preste a nuestros caminos la alegría de no arrastrar, sedientos y agotados, los pies en la obediencia. Hazte agua de torrente o manantial; que no perezcamos sedientos de sentido.

Sólo te pedimos que permanezcas discreto junto a nosotros en los senderos, sin derroches de visiones, pero que estemos seguros de tu acompañamiento.

Hazte, Señor, la brisa de la tarde, la cena de la noche, pan partido, albergue de nuestro sueño, aceite de nuestras lámparas en la vela. Hazte amanecer y luz del alba.

Danos hoy el pan de la mañana, el que cada día adelanta la mesa de nuestro esfuerzo y de nuestra esperanza. Que no volvamos la mirada atrás, ni nos pueda la nostalgia por el tiempo perdido.

Danos, Señor, el pan que nos saque del tedio y de todo ensimismamiento, pan partido, pan comunitario, pan de Eucaristía.

Tu dijiste: “Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 48-51).

A los pies del sagrario queremos saborear palabra por palabra y afecto por afecto los cuatro pensamientos encerrados en estos versículos.

Cuando dices Yo soy, te miro, Señor, desde la ventana de la fe que me has dado, y confieso que te reconozco como Hijo de Dios que has venido hasta mí. Tú eres el Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación.

Cuando dices que eres Pan vivo bajado del cielo, pienso en que te ofreces a mí como manjar en mesa de banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te haces que llegas a mi pobre tienda para invitarme!

Cuando dices que Comer de tu pan es tener vida para siempre, me haces olvidar mis apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Dame Señor, hambre de tu pan de vida, hambre de vivir en ti!

Y cuando dices que Tu pan es tu carne, vida del mundo, me sumerges en el misterio de tu amor y de tu poder. ¡Tú mismo estás en la mesa a que me invitas, bajo las especies de pan y vino, y es tomando ese pan y vino como el mundo se transforma en ti!

En verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 52-56)

Ahora, Señor, parece que me fuerzas a tener hambre y comer, a tener sed y beber. Más no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a comer y beber de ti mismo: de tu cuerpo y sangre. Y tan fuerte es tu palabra como que me amenaza solemnemente: sin participar de mi banquete, en mi carne y en mi sangre, vuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales turbios, y yo no la reconozco.

¡Tanta es la fecundidad que concedes a la vida eucarística, a la comunión espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un banquete de bodas! Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándome en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en caridad, es ponerme en camino a la vida eterna. Entiendo, Señor, que comer tu cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete eucarístico.

No hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el amor y la solidaridad,

¡Gracias Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! Amén.