MEDITACIÓN
EUCARISTICA:
Juana
mujer de Cusa
Querido
Jesús sacramentado, aquí estamos en esta tarde para acompañarte unos minutos y
para descansar el alma en tu cuerpo entregado. Hoy queremos meditar sobre una
mujer poco conocida en el evangelio, sin embargo, ella te asistió y colaboró
contigo con sus bienes y conocimientos. Es la historia de Juana, la mujer de
Cusa. Se habla mucho de María Magdalena, de Pedro, de Juan y poco a poco Juana
desaparece entre los nombres de la Biblia. Como si hubiera sido un personaje
secundario. Como si su historia no tuviera nada importante que enseñarnos.
Pero
cuando lees cuidadosamente los Evangelios, descubres algo extraordinario (Lc 8,1-3;
24, 10 y otros pasajes relacionados con la resurrección).
Juana
era esposa de Cuza, administrador de Herodes Antipas. En otras palabras, vivía
muy cerca del poder político de su época. Conocía los palacios. Conocía la
influencia. Conocía los privilegios. Pertenecía
a un ambiente donde acercarse a Jesús podía costar reputación, relaciones e
incluso seguridad. Sin embargo, Lucas dice que ella seguía a Jesús y sostenía
su ministerio con sus propios recursos.
Y
aquí aparece algo que casi nadie menciona. Mientras muchos buscaban acercarse
al poder para sentirse importantes, Juana se acercó a Jesús y descubrió que el
verdadero poder estaba en servir. Ella pudo haberse quedado cómoda. Pudo haber
protegido su posición. Pudo haber dicho: "Tengo demasiado que
perder". Pero decidió usar lo que tenía para una causa más grande que ella
misma.
Y
eso sigue ocurriendo hoy. Hay personas que piensan que servir a Dios comenzará
cuando tengan más tiempo, más dinero, más oportunidades, más libertad.
Pero
Juana nos enseña que Dios no siempre llama a las personas fuera de sus
circunstancias. Muchas veces las llama a servir precisamente desde donde están.
Porque el problema nunca ha sido lo que tienes. El problema es para qué lo
usas. Hay quienes tienen influencia y la usan para sí mismos. Hay quienes
tienen talentos y los entierran. Hay quienes tienen recursos y viven como si
todo les perteneciera. Pero Juana entendió algo que transforma la vida: Lo que
Dios pone en tus manos no siempre es para tu comodidad; muchas veces es para tu
misión.
Y
hay otro detalle conmovedor. Cuando Jesús murió, muchos de los que habían prometido
permanecer desaparecieron. Pero Juana siguió allí. Y en Lucas 24 aparece entre
las mujeres que anunciaron que Cristo había resucitado. No predicó sermones
famosos. No escribió libros. No dirigió ejércitos. No realizó milagros
registrados. Pero estuvo presente cuando otros se fueron. Y a veces esa es una
de las formas más grandes de fidelidad. Permanecer, seguir, continuar, no
abandonar cuando las cosas se complican.
Porque
cualquiera puede seguir a Cristo cuando todo va bien. La verdadera fe se revela
cuando los sueños parecen morir, cuando las respuestas tardan y cuando el
camino se vuelve difícil. Vivimos en una generación que admira lo visible: los
aplausos, los seguidores, los escenarios, los reconocimientos.
Pero
Dios también escribe historias con personas como Juana. Personas que no siempre
están al frente. Personas cuyo nombre muchos olvidan. Personas que sirven sin
hacer ruido. Personas que entienden que el Reino de Dios avanza gracias a miles
de actos de fidelidad que casi nadie ve. Y quizás esa sea la lección más
poderosa de Juana. No necesitas ser la persona más conocida para ser
profundamente usada por Dios. No necesitas ocupar el centro del escenario para
cumplir tu propósito.
A
veces los nombres que el mundo pasa por alto son precisamente los que Dios
escribe con más cuidado en la historia de su Reino. Porque al final, el cielo
no mide el éxito por la fama que alcanzaste. Lo mide por la fidelidad con la
que utilizaste aquello que Dios puso en tus manos.
Jesús
enséñanos a reconocer el lugar que Dios ha destinado para nosotros y que
sepamos realizarlo con eficacia y humildad. Que nunca busquemos privilegios ni
circunstancias extraordinarias, que vivíamos nuestra vida y nuestra vocación
con la mejor respuesta a la llamada que Dios dirige a cada uno de nosotros.
Amén






