MISA DE CAMPAÑA EN LA CALLE SAN PERE
Con motivo de
la Festividad de S. Pedro y S. Pablo el próximo domingo día 28 de junio, a las
9 de la mañana, tendrá lugar la celebración de una misa de campaña en la Calle
Sant Pere
ACCIÓN DE GRACIAS
Otórgame ese valor
que sólo la fe da:
Así, cuando tenga
que decir un “sí”, no lo cambie cobardemente por el “no” o por el miedo al qué
dirán.
La que nos hace
brindar por un mundo mejor.
La que nos hace
soñar con un corazón nuevo.
La que, huyendo del
egoísmo personal, nos hace descubrir la grandeza de tu amor.
Infúndeme esa
valentía que sólo tu Palabra transmite:
La que nos hace
combativos en la lucha.
La que nos levanta
el aparente fracaso.
La que es coraza
frente al enemigo.
La que es arma y
escudo frente al adversario.
Ofréceme esa bravura
que me inspira tu presencia:
Para que nunca, en
el combate, me sienta sólo ni desamparado.
Para que, ante las
burlas, recuerde que, Tú, también fuiste ridiculizado.
Para que, ante las
incomprensiones, no olvide que, Tú, también fuiste rechazado.
¡Sí; Señor! ¡Dame
entereza en la lucha!
Para que nunca diga
¡basta!
Para que huya del
derrotismo que todo lo asola.
Para que avance y
nunca retroceda.
Para que ofrezca al
Evangelio mi voz que anuncie y denuncie lo que en el mundo tantas veces se
olvida:
Tú, tu amor, tu
justicia, tu paz, tu Reino, tu voluntad y tu ternura.
Amen
2026 CICLO A TIEMPO
ORDINARIO XII
El domingo pasado vimos la elección de los doce discípulos y los envió a anuncia la buena nueva con pura gratuidad. Este domingo el evangelio lo podemos dividir en dos bloques: no tener miedo y tener valor para confesar a Jesús Ni miedo a hablar, ni miedo a morir, y valor de confesar a Jesús.
- No tengáis miedo a hablar ni a morir.
Jesús nos lo pide hoy hasta tres veces. En la primera («nada hay encubierto que
no llegue a descubrirse») pide que sus seguidores hablen a plena luz y pregonen
desde las azoteas. La nuestra es la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora
de una Iglesia en salida, sin miedos ni complejos.
La segunda vez («temed al que puede
llevar a la perdición alma y cuerpo») llama a no tener miedo a los que matan el
cuerpo, pero no pueden matar el alma. Siempre la predicación del Evangelio es
mayor que la voz que la proclama; a esta podrán callarla, pero el anuncio se repetirá
en otras gargantas.
La tercera vez («valéis más vosotros que
muchos gorriones») explica que ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga
el Padre. En la misión de la Iglesia ya no caben posturas pasivas ni
indiferentes; todos, hacemos camino juntos (sinodalidad). Al recordarnos el
valor que todos y cada uno tenemos, Jesús cuestiona la manera de ser Iglesia
que siguen practicando muchos cristianos y pide mayor confianza en el Padre
providente. La misión pastoral la hemos recibido todos del Señor, y Dios no
abandona a los discípulos de su Hijo.
- El segundo bloque trata un tema algo
distinto: el peligro no consiste ahora en callar sino en negar a Jesús. Nos
avisa que se comportará con nosotros igual que nosotros nos portemos con él.
Recordemos la máxima: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”.
Cuando Jesús nos pide hoy no tener miedo
se refiere a los miedos que nos pueden surgir a la hora de proclamar el
Evangelio y de seguirle a él. Y nos pone las cosas bien claras: «Si uno se pone
de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre
del cielo. Y, si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi
Padre del cielo».
Hay personas que viven hoy según
criterios distintos de los que los cristianos tenemos por nuestros. Los
cristianos debemos tener muy claro qué valores defendemos y a los que no hay que
renunciar. El cristianismo hemos de vivirlo con el testimonio personal y
diario.
Sin embargo, pervive un cristianismo
acomodado a los criterios de la sociedad y que rebaja sus exigencias para que
no resulten estridentes. Un cristianismo privado, intimista, alejado de
cualquier compromiso en la vida pública. Un cristianismo cultual, que no logra
ser el que dé sentido a nuestros intereses, opciones, pensamientos, acciones.
Un cristianismo sociológico, basado en tradiciones y costumbres, pero en el que
falta una clara opción personal por seguir a Jesucristo. Jesús pide hoy que más
bien seamos sal, luz y sabor en un mundo que necesita que se le hable de Dios
en pleno día y desde las azoteas.
MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:
EL CIEGO BARTIMEO
Jesús sacramentado en esta tarde nos sentimos como el ciego Bartimeo, sentados a orillas del camino de la vida. El mayor milagro de Bartimeo no fue abrir los ojos, sino negarse a guardar silencio cuando todos querían callarlo.
Jesús está saliendo de Jericó. La multitud le rodea. La gente empuja. Todos quieren acercarse. Todos quieren verlo. Y a orillas del camino está Bartimeo, sentado, invisible para casi todos. Era ciego. Y en esa época eso significaba dependir de otros para sobrevivir. Significaba mendigar. Significaba vivir al margen de la sociedad.
Hay personas que conocen perfectamente esa sensación. Vende a otros cumplir sueños, prosperar, formar familias, avanzar. Y sienten que ellos sean sentados en el borde del camino. Esperando. Luchando. Sobreviviendo. Sin entender cuándo llegará su momento.
Entonces Bartimeo escuchó algo. No vió a Jesús. Lo escuchó. Alguien dijo que Jesús de Nazaret estaba pasando. Y en ese instante algo se encendió en él, y entendió algo que muchos no entendían y empezó a gritar: ¡Jesús Hijo de David, ten misericordia de mí!
La multitud llamaba a Jesús de Nazaret. Bartimeo lo llamó Hijo de David. Mientras muchos veían a un maestro, Bartimeo veía al Mesías. Mientras otros tenían vista física, Bartimeo tenía visión espiritual. El hombre que no podía ver era el que mejor veía. Porque hay personas con ojos sanos que nunca reconocen a Cristo. Y hay personas quebrantadas que logran verlo con claridad.
La Biblia dice que muchos empezaron a reprenderlo, que se callara, silenciarlo. Le hacían sentir que estaba molestando. Pero Bartimeo llamaba más fuerte. La multitud que envolvía a Jesús se convirtió en el mayor obstáculo para legar a Jesús. Y eso sigue ocurriendo hoy. A veces el problema no es la enfermedad. Ni la pobreza. Ni la dificultad. A veces el problema son las voces que nos rodean. Las voces que dicen: "No vale la pena intentarlo." "Dios ya no te escucha." "No hay esperanza." "Tu situación no tiene solución." "Es demasiado tarde."
Y si Bartimeo hubiera escuchado a la multitud, habría permanecido ciego para siempre. Pero entendió que hay momentos en los que uno debe escuchar a Cristo por encima del ruido de la gente.
Hay jóvenes que quieren acercarse a Dios y escuchan burlas. Hay matrimonios luchando por restaurarse mientras otros las dicen que se rindan. Hay personas intentando levantarse después de una caída y escuchan que ya no tienen futuro. Hay creyentes que desean empezar de nuevo y encuentran más críticas que apoyo. Pero Bartimeo nos enseña que las voces humanas nunca deben ser más fuertes que la voz de Dios.
Y entonces sucede algo extraordinario. Jesús se detiene. Miles avanzando. Y un solo grito logra detener al Rey del universo. Porque hay oraciones que nacen de una necesidad tan profunda que atraviesan el ruido de la multitud y legan directamente al corazón de Dios.
Jesús pregunta: "¿Qué quieres que te haga?" Todos sabían que Bartimeo era ciego. Jesús también lo sabía. Pero Cristo quería escuchar la petición de sus propios labios.
Y Bartimeo respondió: "Maestro, que recubre la vista." No pidió dinero. No pidió una posición. No pidió reconocimiento. Pidió aquello que realmente necesitaba.
Jesús le dijo "Tú fe te ha salvado." Y al instante recibió la vista.
El milagro no termina cuando Bartimeo recupera los ojos. Termina cuando comienza a seguir a Jesús por el camino. Porque la meta nunca fue simplemente ver. La meta era seguir. La meta era convertirse en discípulo. Porque hay personas que quieren las bendiciones de Cristo sin querer andar con Cristo. Quieren la respuesta. Quieren el milagro. Pero no quieren seguir en El Salvador. Bartimeo fue distinto. Cuando recuperó la vista, decidió andar tras aquel que había transformado su vida.
Quizás hoy te sientes como Bartimeo. Sentado en el borde del camino. Esperando una oportunidad. Y quizás quitas tiempo preguntándote si Dios todavía escucha tu clamor. La historia de Bartimeo responde con claridad. Sí lo escucha. Porque el mismo Jesús que se detuvo en Jericó sigue deteniéndose ante los corazones que claman con sinceridad.
Las personas más cercanas a Cristo no son las que parecen más fuertes. Son las que reconocen cuánto lo necesitan. Y cuando un corazón necesitado empieza a clamar, el cielo aún se detiene para escuchar. Amén