miércoles, 30 de septiembre de 2026


 




 

Meditación eucarística:

LA ESPOSA DE LOT

Jesús sacramentado delante de ti nos encontramos para acompañarte unos momentos a lo largo de esta semana. Hoy queremos reflexionar contigo como no podemos anclarnos en el pasado, tú nos prometes un futuro nuevo, lleno de luz y de vida pero nuestra condición de tierra nos ancla continuamente en lo que pasó.

Queremos centrarnos en la mujer de Lot (Génesis 19,15-26), casi siempre la atención se queda en su castigo. En la imagen de sal. En la desobediencia. En la mirada hacia atrás. Y olvidamos algo mucho más profundo. Ella estuvo a punto de salvarse.

Sodoma estaba a punto de ser destruida. La maldad había llegado a su límite. El juicio de Dios estaba por caer sobre la ciudad. Y mientras el fuego todavía no descendía del cielo, Dios ya estaba trabajando para rescatar a una familia. Lot dudaba. Sus yernos se burlaban. La familia tardaba en salir. Y los ángeles tuvieron que tomarles de la mano para sacarlos de la ciudad.

Dios no los estaba abandonando. Dios los estaba buscando. Mientras ellos vacilaban, Dios insistía. Mientras ellos dudaban, Dios extendía misericordia. Mientras ellos permanecían inmóviles, Dios los empujaba hacia la vida.

Y quizás ahí comienza la parte más dolorosa de la historia. Porque la esposa de Lot no murió en Sodoma. Salió de Sodoma. Corrió junto a los demás. Escuchó la advertencia. Vio la gracia de Dios. Estuvo rodeada de milagros. Y aun así, algo dentro de ella seguía perteneciendo a la ciudad que estaba dejando atrás.

Entonces llegó aquella orden: “No mires atrás.” No porque Dios quisiera impedirle observar un paisaje. Sino porque Dios estaba intentando salvar su corazón. Porque hay momentos en los que el pasado puede destruir lo que Dios está tratando de construir en nuestro futuro.

Y entonces ocurrió. La Biblia dice que ella miró atrás. Pero tal vez el problema no fue un simple movimiento de cabeza. Tal vez el problema fue que su corazón ya había mirado atrás mucho antes. Su cuerpo estaba saliendo de Sodoma. Pero su corazón seguía viviendo allí. Porque nadie extraña aquello de lo que realmente desea ser libre. Nadie anhela aquello que verdaderamente ha decidido abandonar.

Esta historia es dolorosamente actual. Porque muchos creyentes hacen exactamente lo mismo. Dios los sacó de situaciones que los estaban destruyendo. Los libró de hábitos. Los libró de relaciones dañinas. Los libró de caminos equivocados. Los libró de pecados que los estaban consumiendo. Pero siguen mirando atrás. Siguen extrañando lo que Dios les pidió dejar. Siguen idealizando aquello mismo de lo que Dios los rescató. Siguen llorando puertas que Dios cerró para salvarlos. Y mientras avanzan físicamente, su corazón permanece atrapado en el ayer.

Por eso Jesús dijo siglos después: “Recordad a la mujer de Lot”. De todas las personas que pudo mencionar, Jesús pidió que recordáramos a una mujer cuyo nombre ni siquiera conocemos. Ella representa un peligro que todos enfrentamos. El peligro de estar cerca de la salvación mientras nuestro corazón sigue enamorado del mundo. Y aquí está lo que más me conmueve.

La esposa de Lot no fue ignorada por Dios. Dios la llamó. Dios la esperó. Dios la tomó de la mano. Dios le abrió una salida.  Dios le mostró misericordia. Todo el cielo trabajó para salvarla. Pero Dios jamás obligará a una persona a amar aquello que Él le ofrece. Porque la salvación puede tomarte de la mano. Pero no puede decidir por tu corazón.

Y quizás hoy esta historia se está repitiendo. No con fuego cayendo del cielo. No con una ciudad llamada Sodoma. Pero sí con personas que saben que Dios las está llamando hacia algo mejor. Y aun así siguen mirando atrás. Extrañando el pasado. Aferrándose a heridas. Aferrándose a personas. Aferrándose a sueños que Dios ya les pidió soltar. Aferrándose a una vida que ya terminó. La esposa de Lot nos recuerda que el mayor peligro no siempre es quedarse en Sodoma. A veces el mayor peligro es salir de Sodoma sin dejar que Sodoma salga de nosotros. Porque hay momentos en los que el futuro de Dios está delante de nosotros, y lo único que puede impedirnos abrazarlo es un corazón que todavía vive en el pasado.

“Recordad a la mujer de Lot.” Porque todavía hoy hay personas caminando hacia la vida, mientras una parte de ellas sigue mirando hacia atrás. Amén.

sábado, 26 de septiembre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

QUE TU VIÑA, SEÑOR, NO SE DEBILITE

Envíame, siempre que me necesites, Señor y, si miro hacia atrás, haz que vea el horizonte que me espera; y, si prefiero quedarme en el escaparate de la vida hazme comprender que la apariencia, lo que veo y toco más pronto que tarde, todo acaba.

Señor; quiero ir a tu viña, aunque a veces te traicione aunque en ciertos momentos tenga miedo o, en otras ocasiones me sacuda la incertidumbre o la pereza.

¡Quiero ir a tu viña!

Y, si por lo que sea, Señor, te digo “sí” y luego es “no” perdóname, Tú sabes cómo soy.

Sólo Tú, Señor, tienes la fuerza total y necesaria para cambiar el mundo y, también, para hacerlo conmigo.

Tú sabes de antemano que no siempre mi respuesta es la más sincera.

Ni la más acertada.

Pero, a pesar de todo, quiero ayudarte en tu viña para que no se debilite y siga germinando en abundancia; para que no muera y los hombres y mujeres de mi tiempo puedan acercarse hasta ella y cortar el racimo de la fe y de la esperanza y puedan beber el vino del amor y del perdón.

Envíame a cuidar y trabajar la viña que Tú tanto amas.

Amén.


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXVI

El Evangelio de hoy nos presenta una escena muy cercana a la vida cotidiana de cualquier familia. Un padre tiene dos hijos y a ambos les pide lo mismo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.

La respuesta de cada uno, sin embargo, nos confronta directamente con la coherencia de nuestra fe: El primer hijo responde con un "no" tajante. Tal vez por rebeldía, por cansancio o por orgullo. Pero más tarde, recapacita, siente remordimiento y va.

El segundo hijo responde con una corrección impecable: «Sí, señor, voy». Su respuesta es respetuosa y educada, pero sus palabras se quedan en el aire: no va.

Jesús lanza entonces una pregunta directa a sus oyentes: ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es obvia: el primero. Y es en ese momento donde Jesús pronuncia una de las frases más provocadoras de todo el Evangelio: Os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Evangelio plantea una serie de cuestiones:

- La tentación de la fe de palabra. El segundo hijo representa a quienes corremos el riesgo de vivir una fe puramente formal. Decimos "sí" en las oraciones, "sí" en el templo, "sí" en nuestros discursos, pero nuestra vida cotidiana no cambia. Es la tentación de la apariencia: cumplir por fuera, pero mantener el corazón lejos de la viña del Señor. Jesús no busca discursos bonitos ni promesas vacías; Dios busca un corazón dispuesto a trabajar en la realidad del amor, del perdón, del servicio y de la justicia.

- La valentía de corregir el rumbo. El primer hijo dijo que no. Cometió un error, pero tuvo la capacidad de recapacitar, que no solo es cambiar de opinión, sino experimentar un profundo cambio interior, la conversión: mirar hacia su interior y cambiar de opinión. A veces nos pesa nuestro pasado, nuestros "no" a Dios, nuestras caídas o el tiempo que hemos vivido alejados. Pero este pasaje nos enseña que para Dios nunca es tarde para rectificar. El Reino de Dios no lo conquistan los que nunca se equivocan, sino aquellos que tienen la humildad de reconocer su error y ponerse en camino.

- Los publicanos y las prostitutas: El escándalo de la misericordia. Cuando Jesús menciona a los publicanos (los cobradores de impuestos vistos como traidores) y a las prostitutas, no está haciendo una apología del pecado. Lo que Jesús resalta es su actitud ante la verdad. Ellos sabían que sus vidas estaban rotas. Al escuchar a Jesús, no se justificaron ni se escondieron; reconocieron su necesidad de Dios, creyeron y cambiaron. En cambio, los jefes religiosos creyéndose perfectos, se cerraron a la gracia porque creían no necesitar conversión.

Hoy el Señor no nos juzga por el "no" de ayer, sino que nos invita a entrar hoy a su viña. Que Santa María, la mujer del "Sí" generoso y perseverante, nos alcance la gracia de ser coherentes, para que nuestras palabras y nuestras acciones caminen siempre en la misma dirección. Amén.

miércoles, 23 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

Jocabed, madre de Moisés

El mayor acto de fe de Jocabed, madre de Moisés, no fue esconder a Moisés. Fue estar dispuesta a soltarlo. Cuando pensamos en Jocabed, casi siempre imaginamos a una madre valiente que escondió a su bebé durante tres meses. Pero la parte más difícil de su historia comenzó cuando ya no pudo esconderlo más. El decreto de Faraón era claro: Todo niño hebreo debía morir. Cada llanto del niño podía poner en peligro a toda la familia. Cada noche era una mezcla de amor y miedo. Cada amanecer era un milagro.

Y entonces Jocabed hizo algo que, humanamente, parecía una contradicción. Construyó una pequeña arca de juncos. La impermeabilizó con asfalto y brea. Puso al niño dentro. Y lo dejó entre los juncos, a la orilla del río. Muchas veces imaginamos esa escena como un acto tranquilo. Imaginamos a una madre que cada fibra de su corazón le decía: No lo sueltes. Protégelo.

Pero la fe, muchas veces, consiste precisamente en entregar a Dios aquello que más amamos. Porque hay momentos en que nuestras manos ya no pueden hacer más. Y entonces descubrimos que las manos de Dios nunca dejaron de actuar.

Jocabed hizo un acto de confianza. Ella hizo todo lo que estaba a su alcance. Construyó la canasta. La preparó cuidadosamente. Buscó el lugar adecuado. Puso a María, su hermana, a observar desde lejos. Después de hacer todo lo que podía. Hizo lo único que ya no podía evitar: Confiar.

Y eso también ocurre hoy. Hay padres que hacen todo lo posible por sus hijos. Los enseñan. Los corrigen. Oran por ellos. Los abrazan. Les hablan de Dios. Pero llega un momento en que ya no pueden decidir por ellos. Y duele. Porque ningún padre quiere soltar la mano de un hijo. Pero llega el día en que debe hacerlo. Y allí comienza otra clase de fe. La fe que entiende que los hijos nunca fueron realmente nuestros. Siempre fueron de Dios.

Y Dios comenzó a mover personas sin que Jocabed pudiera verlo. Mientras ella lloraba en la orilla. La hija de Faraón caminaba hacia el río. Mientras ella esperaba sin respuestas. María observaba desde lejos. Mientras todo parecía depender de la suerte. Dios ya estaba acomodando cada detalle. Cuando nosotros solo vemos un río, Él ya está preparando un encuentro. Cuando nosotros solo vemos una despedida, Él ya está escribiendo un rescate. Cuando nosotros creemos que todo terminó, Él apenas está comenzando.

La hija de Faraón encontró al niño. Sintió compasión. Entonces María apareció y preguntó si quería que llamara a una mujer hebrea para criarlo. La madre que había entregado a su hijo, ahora regresaba para criarlo. Y, además, recibiría un salario por hacerlo. Solo Dios puede escribir una historia así. Lo que parecía una pérdida, se convirtió en una bendición inesperada. Lo que parecía el final, era el comienzo de algo mucho mayor. Eso no significa que todas las historias terminarán exactamente igual.

La Biblia revela el carácter de un Dios que sabe abrir caminos donde nosotros solo vemos agua. Jocabed entendió algo: Amar no siempre es retener. A veces amar también es confiar. Hay personas que viven intentando controlar todo. Controlar a sus hijos. Controlar a su familia. Controlar el futuro. Controlar cada resultado. Pero llega un momento en que la vida nos enseña que hay batallas que solo Dios puede pelear. Y allí nace la verdadera fe.

Quizá hoy tú también estás sosteniendo una "canasta". Tal vez no lleva un bebé. Tal vez lleva un matrimonio. Un hijo que se ha alejado. Un diagnóstico médico. Un problema económico. Un sueño que parece imposible. Y llevas tanto tiempo intentando resolverlo todo con tus propias fuerzas, que estás agotado. La historia de Jocabed no nos enseña a dejar de luchar. Nos enseña a reconocer el momento en que nuestras fuerzas terminan y comienza la fidelidad de Dios. Porque hay milagros que solo ocurren cuando dejamos de aferrarnos desesperadamente y comenzamos a confiar profundamente.

Y quizás lo más hermoso de toda la historia es que Jocabed veía a su hijo. Dios veía al libertador de Israel. Ella veía una canasta flotando. Dios veía el comienzo del éxodo. Ella veía incertidumbre. Dios veía propósito. Y eso también ocurre contigo. Tú ves un problema. Dios puede estar viendo el inicio de una historia que todavía no alcanzas a comprender.

Porque la canasta de Jocabed parecía demasiado frágil para enfrentar un río...Pero nunca estuvo sostenida únicamente por el agua. Estuvo sostenida por la mano invisible de un Dios que jamás abandona aquello que se le entrega con fe. Amén.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXV

Jesús compara el Reino de los Cielos con un dueño que sale a contratar obreros para su viña. Sale al amanecer, vuelve más tarde, sale al mediodía, a media tarde y hasta casi al final del día. No se cansa de buscar. No deja la viña cerrada para unos pocos.

Esta imagen nos habla de un Dios que sigue llamando. Hay personas que escuchan su voz desde temprano: desde la infancia, desde una fe recibida en casa, desde una vida marcada por la cercanía a la Iglesia. Otras llegan más tarde, después de búsquedas, caídas, heridas o años de distancia.

Nadie puede pensar que ya es demasiado tarde para entrar en la viña. Mientras Dios llama, hay posibilidad de comenzar de nuevo. La misericordia del Señor no se agota porque alguien haya tardado en responder.

Fijémonos en la respuesta de los de la última hora: Nadie nos contrató. Esa frase puede pasar desapercibida, pero tiene mucha fuerza. Habla de personas no elegidas, no miradas, no llamadas, tal vez consideradas inútiles por otros. Jesús nos invita a mirar con más misericordia a quienes parecen llegar tarde. No siempre conocemos la historia de una persona. No sabemos qué heridas cargó, qué puertas se le cerraron, qué oportunidades no tuvo, qué palabras le faltaron, qué desprecios recibió. Id también vosotros a mi viña. En el Reino, siempre hay lugar para quien se abre a la gracia, aunque llegue con las manos vacías y el día avanzado.

Al final, todos reciben el mismo salario. Los que trabajaron desde temprano se quejan. No protestan porque el dueño haya incumplido con ellos; recibieron lo acordado. Se molestan porque los últimos fueron tratados con una generosidad inesperada. La comparación les impide agradecer. Ya no miran el don recibido, sino lo que recibió el otro. Esa actitud también puede aparecer en nosotros. A veces nos cuesta alegrarnos cuando Dios levanta a alguien, cuando perdona a quien consideramos indigno, cuando bendice a quien llegó tarde, cuando abre una puerta a quien nosotros ya habíamos descartado.

A eso se le llama envidia espiritual y es muy sutil. Puede esconderse detrás actitudes no justas, yo merezco otra cosa. Pero el Evangelio nos recuerda que servir a Dios no es una competencia de méritos. Estar en la viña desde temprano ya es una gracia.

La bondad de Dios supera nuestros cálculos. El dueño pregunta: “¿Vas a tener envidia porque soy bueno?”. Esa pregunta desnuda el centro del problema. No soportan la bondad excesiva del dueño. Quieren una justicia medida solo por comparación humana, pero Dios revela una justicia atravesada por misericordia. Esto no significa que el esfuerzo no valga. Quienes trabajaron todo el día no perdieron su tiempo. Participaron de la viña, respondieron al llamado, recibieron lo prometido. Pero deben aprender que la bondad de Dios no se reduce a nuestras cuentas.

Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos. Jesús no lo dice para desanimar a los fieles, sino para purificar el corazón. El Reino no se vive desde el orgullo de haber llegado antes, sino desde la gratitud de haber sido llamados


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Saliste, Señor, en la madrugada de la historia a buscar obreros para tu viña.

Y dejaste la plaza vacía –sin paro–, ofreciendo a todos trabajo y vida, salario, dignidad y justicia.

Saliste a media mañana, saliste a mediodía, y a primera hora de la tarde volviste a recorrerla entera.

Saliste, por fin, cuando el sol declinaba, y a los que nadie había contratado te los llevaste a tu viña, porque se te revolvieron las entrañas viendo tanto trabajo en tu hacienda, viendo a tantos parados que querían trabajo y estaban condenados todo el día a no hacer nada.

A quienes otros no quisieron tú les ofreciste ir a tu viña, rompiendo los esquemas a jefes, patrones y esquiroles..., a los que siempre tienen suerte y a los que madrugan para venderse.

Al anochecer cumpliste tu palabra.

A todos diste salario digno y justo, según el corazón y las necesidades te dictaban.

Quienes menos se lo esperaban fueron los primeros en ver sus manos llenas; y, aunque algunos murmuraron, no cambiaste tu política evangélica.

Señor, sé, como siempre, justo y generoso, compasivo y rico en misericordia, enemigo de prejuicios y clases, y espléndido en tus dones.

Gracias por darme trabajo y vida, dignidad y justicia a tu manera..., no a la mía.

Amén