miércoles, 29 de julio de 2020


ADORACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

DESCANSAR EN EL SEÑOR

En estos momentos vacacionales, de descanso y desconexión de la cotidianeidad nos encontramos ante Jesús sacramentado. Hoy queremos reflexionar sobre la necesidad del descanso sano y sobre todo descansar en el Señor.
¿Quién no ha sentido en algún momento la necesidad de descansar? Después de un trabajo o un estudio prolongado, unas horas de sueño o unos días de vacaciones vienen de maravilla, pero si profundizamos un poco más en nuestra vida, es necesario también un descanso más profundo; aquel que necesita el alma, que no se obtiene sólo con vacaciones o distracciones y que nos quitaría el peso de tanto desasosiego interior. Es el descanso que prometió Jesús a sus apóstoles: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis reposo para vuestras almas”. (Mt 11,28-29)
Jesús habla de un reposo que los evangelistas describen con la palabra “anapausis”. Este concepto griego significa interrupción, calma, lugar de descanso. Dios también descansó al séptimo día de la creación.
La intranquilidad es una maldición por eso Caín debe andar errante e inquieto. Cuantas veces muchos de nosotros vivimos esta maldición de Caín porque sin calma andamos errantes. Nos esforzamos sin que realmente valga la pena. Nuestro esfuerzo y trabajo no tienen los frutos deseados. Parece que nuestra época está caracterizada por la maldición de la inquietud.
En esta tarde queremos descansar en el Señor. Se trata de la serenidad que nos abre a un nuevo horizonte y que se percibe en el silencio de cada acontecer. Es el reposo de la nueva creación que Jesús ha logrado muriendo en la cruz, bajando a los infiernos y alzándose del sepulcro. No fue en vano tanta fatiga. No acabó en el silencio de la muerte, sino que dio el paso a una nueva vida.
Sólo el que sigue a Cristo tomando el yugo de la cruz llega a poseer esta sabiduría. Es el descanso de quien renueva sus fuerzas directamente en la fuente. Es el reposo que llena de ánimo para comenzar de nuevo, no importa lo que se haya padecido antes. Cada día se puede retomar la lucha, porque la sangre de Cristo nos regenera sin cesar. Él mismo derrama sobre su Iglesia toda la vitalidad del agua sobre la tierra reseca, la misma vitalidad que sana las heridas y da el vigor a los miembros cansados.
San Jerónimo, además, desdobla el sentido de esta palabra y la traduce de dos maneras diferentes. La primera vez nos habla del descanso que restaura.
Este descanso se parece mucho al de las promesas cumplidas. Nuestro corazón que ha encontrado lo que buscaba con tanta inquietud. Porque la verdadera tierra prometida, esa que hace descansar lo más profundo del alma, no es ni un lugar ni una situación sin problemas: la tierra prometida es un Rostro, es una Persona divina que se ha hecho carne y que ha habitado entre nosotros. Cristo es el auténtico descanso para nuestras almas. Tomemos, pues, su invitación: “Venid a mí…”. ¿Cómo ir a Jesús? Él nos propone unos pasos concretos:
“Tomad mi yugo sobre vosotros…
 aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…
Y hallaréis descanso para vuestras almas.”

sábado, 25 de julio de 2020


2020 AÑO A 
TIEMPO ORDINARIO XVII
Hoy las lecturas nos hablan de la sabiduría, en la Biblia el sabio es el que sabe escuchar a Dios y a los demás en su vida; el que, por experiencia, se sabe humilde, sabe que él no es más que los demás. Es sabio el que sabe vivir la vida con acierto. El que sabe enjuiciar lo bueno frente a lo malo en cada circunstancia. Sabio es el que sabe discernir unos valores de otros y acierta a vivir desde el Valor fundamental de la existencia.
El evangelio nos concreta diciendo que un hombre y un comerciante encuentran tesoros. El hombre por casualidad, sin haberlo planeado, en un campo que no es el suyo, descubre un gran tesoro. Lo vuelve a esconder y va a vender todo lo suyo para comprar este campo que contiene tal tesoro. Vale tanto que se arriesga a vender todo lo que tiene para adquirirlo.
O un comerciante de perlas finas que encuentra una de gran valor y vende todo lo que tiene para comprarla. La idea siempre del evangelio perder para ganar.
Y todo eso sucede en la normalidad de la vida. Es que nuestro Dios está enamorado de la normalidad, como decía santa Teresa de Ávila, Dios está "entre las ollas de la cocina", Dios está en el campo todos los días, donde vive, trabaja y ama, como un trabajador del campo.
La fe en el Reino de Dios es una fuerza vital que cambia la vida. Y eso nos hace vivir la vida de forma alegre: "Habiendo encontrado el tesoro, el hombre lleno de alegría va, vende todas sus posesiones y compra ese campo". La alegría es el primer tesoro que da el tesoro, es el motivo que hace caminar, correr, volar: es el desbordamiento de un nuevo futuro, de una esperanza alegre. Los dos no pierden nada, lo invierten.
Así deberíamos ser los cristianos: elegimos el tesoro del Reino. No somos mejores que los demás, sino más ricos: hemos invertido en un tesoro de esperanza, de luz, de corazón y de ternura.
Los discípulos de Jesús no tenemos todas las soluciones en el bolsillo, pero nos fiamos y buscamos el reino. La sabiduría que hablamos al inicio está en saber elegir. Si nos preguntan porque somos cristianos la única respuesta posible no es teológica ni dogmática, sino simplemente para ser feliz.  
La Vida verdadera hay que buscarla. Tenemos que esforzarnos para hacer nuestro el tesoro, hacer nuestra la perla, es decir, hacer nuestra la Vida del resucitado. El tesoro no es tuyo, la perla no es tuya, tienes que comprarla. Tienes que saber invertir, tienes que vender todo y negociar. Conseguir el tesoro a cambio de lo que sea. Si no renuncias a nada, si no vendes; nunca tendrás Vida plena. La felicidad del Reino es la del ser, frente al tener. Por eso la opción por el reino es radical.
También narra Jesús la parábola de la red, donde cabe toda clase de peces (todos cabemos). La parábola apunta a la necesaria convivencia entre personas buenas y malas,
A nivel personal, la selección equivale a evaluar, a revisión de vida, a saber elegir, a discernir y quedarnos con lo bueno que tenemos cada uno, con todo lo que ayude a vivir y dar vida. "¿Entendemos bien todo esto?”

miércoles, 22 de julio de 2020


2020 ADORACIÓN EUCARÍSTICA

De nuevo estamos delante del Señor eucaristía. Venimos de la vida, de nuestras casas, de nuestras situaciones concretas, incluso de problemas que no sabemos cómo solucionar. Sin embargo, aquí estamos y nos situamos delante de él con la esperanza que nos dará su luz, su fuerza, su sabiduría.
Los tres leones
En la selva vivían 3 leones. Un día el mono, el representante electo por los animales, convocó a una reunión para pedirles una toma de decisión: Todos nosotros sabemos que el león es el rey de los animales, pero hay una gran duda en la selva: existen 3 leones y los 3 son muy fuertes. ¿A cuál de ellos debemos rendir obediencia? ¿Cuál de ellos deberá ser nuestro Rey?
Los leones supieron de la reunión y comentaron entre sí: Es verdad, la preocupación de los animales tiene mucho sentido. Una selva no puede tener 3 reyes. Luchar entre nosotros no queremos ya que somos muy amigos. Necesitamos saber cuál será el elegido, pero, ¿cómo descubrirlo?
Otra vez los animales se reunieron y después de mucho deliberar, llegaron a una decisión y se la comunicaron a los 3 leones.
Encontramos una solución muy simple para el problema, y decidimos que los tres vais a escalar la Montaña Difícil. El que llegue primero a la cima será consagrado nuestro Rey.
La Montaña Difícil era la más alta de toda la selva. El desafío fue aceptado y todos los animales se reunieron para asistir a la gran escalada.
El primer león intentó escalar y no pudo llegar. El segundo empezó con todas las ganas, pero, también fue derrotado. El tercer león tampoco lo pudo conseguir y bajó derrotado.
Los animales estaban impacientes y curiosos; si los 3 fueron derrotados, ¿Cómo elegirían un rey?
En ese momento, un águila, grande en edad y en sabiduría, pidió la palabra:
¡Yo sé quién debe ser el rey! Todos los animales hicieron silencio y la miraron con gran expectativa.
¿Cómo? Preguntaron todos.
Es simple, dijo el águila. Yo estaba volando bien cerca de ellos y cuando volvían derrotados en su escalada por la Montaña Difícil escuché lo que cada uno dijo a la Montaña.
El primer león dijo: - ¡Montaña, me has vencido!
El segundo león dijo: - ¡Montaña, me has vencido!
El tercer león dijo: - ¡Montaña, me has vencido, por ahora! Porque ya llegaste a tu tamaño final y yo todavía estoy creciendo. La diferencia, completó el águila, es que el tercer león tuvo una actitud de vencedor cuando sintió la derrota en aquel momento, pero no desistió y quien piensa así, su persona es más grande que su problema: Él es el rey de sí mismo, está preparado para ser rey de los demás. Los animales aplaudieron entusiasmadamente al tercer león que fue coronado El Rey de los animales.
Delante de Jesús sacramentado nos colocamos en disposición de pedirle que nos ayude a superar siempre todos los obstáculos. No importan lo grandes que sean, pues ellos ya han alcanzado su dimensión final, lo importante es la actitud con que me enfrento a ellos. Los problemas de la vida no son para eternizarlos, sino para darles solución y si no podemos darles solución los colocamos a los pies de Jesús.
No tiene mucha importancia el tamaño de las dificultades o problemas que tengas. Tus problemas, por lo menos en la mayor parte de las veces, ya llegaron al nivel máximo, pero tú no. Tú todavía estás creciendo y eres más grande que todos tus problemas juntos.
Todavía no llegaste al límite de tu potencial y de tu excelencia. La Montaña de las dificultades tiene un tamaño fijo, limitado. ¡Tú todavía estás creciendo!
Y acordémonos del dicho:  "NO DIGAS A DIOS QUE TIENES UN GRAN PROBLEMA, SINO DILE AL PROBLEMA QUE TIENES UN GRAN DIOS".
Cuando la vida te presente mil razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones por las cuales sonreír.

sábado, 18 de julio de 2020


2020 AÑO A TIEMPO ORDINARIO XVI
El Evangelio de hoy nos presenta una convicción y es que lo bueno y lo malo, la buena semilla y las malas hierbas, la cizaña, están enraizadas en nuestro pedazo de tierra. Es de una viveza exquisita la forma en que se mueven los protagonistas de la parábola: el dueño de la finca, que siembra buena semilla; un misterioso enemigo que trabaja en la noche, y cuyo rostro no podemos ver; y unos labradores que se sienten impotentes ante el avance de la cizaña. Ellos, proponen una solución errónea y desproporcionada para acabar con el mal: arrancarlo de raíz, sin ser conscientes que de esa manera iban a morir muchas espigas de buen trigo. Es, como muchas veces queremos extirparlo, “matando moscas a cañonazos”. ¿Quién distingue perfectamente -al ser casi iguales- el trigo de la cizaña?
Nuestra primera reacción, instinto ante las malas hierbas es siempre arrancar, erradicar de inmediato lo que es pueril, incorrecto, equivocado. Si lo arrancamos estaremos bien y produciremos fruto. 
La solución de Dios, el dueño del campo de la parábola, está en controlar los tiempos, creyendo en la fuerza del bien; su poder no es omnipotencia, sino confianza en los efectos que sus ritmos producen en las personas. Hay que mirar con confianza evangélica la realidad, respetando los procesos de lo humano, los ritmos lentos de las personas, los momentos en que aprendemos y cambiamos.
La madurez no depende de grandes reacciones inmediatas, sino de pensamientos positivos, de valores, de paciencia que todo lo alcanza. Lo importante es florecer y dar fruto y producir aquello que el Señor espera de nosotros. No solo preocuparse en ser perfectos y eliminar toda imperfección posible y todos los problemas, sino dar fruto sabroso y bueno. El Señor de la vida abraza la imperfección y no le preocupa la fragilidad, sino la capacidad de dar buen trigo en el futuro. 
No somos nuestros defectos, sino nuestros frutos; por los frutos los conoceréis. No somos creados a imagen del enemigo que actúa de noche, sino creados a semejanza del Padre y su trigo bueno para hacer buen pan. No estamos en el mundo para ser inmaculados, sino para caminar; no para ser perfectos, sino fructíferos. El bien es más importante que el mal, la luz cuenta más que la oscuridad, una espiga de trigo vale más que todas las malas hierbas del campo. Es el Evangelio de lo positivo. 
El valor de lo pequeño: la semilla de mostaza y la levadura: afianzan el valor de las cosas pequeñas. La comparación sorprende por el desfase entre el pequeño comienzo (la pizca de levadura y la diminuta semilla) y el gigantesco resultado final. Ahí está la paciencia, la dinámica propia del crecimiento. Si respetamos los procesos de crecimiento desde la confianza, entonces veremos sus frutos. La mostaza y la levadura son una llamada a la esperanza, a confiar en la fuerza pequeña y oculta que enreda y mueve lo humano y todos sus ritmos. También en estos tiempos de virus, crisis y mal humor… ¿Seremos capaces de confiar en que Dios conduce la Historia y sigue construyendo Reino? ¿Nos pondremos de su parte o seremos de los que bloquean su proyecto?

miércoles, 15 de julio de 2020



MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

Y DIOS DIJO

En este periodo estival nuestra meditación y oración ante el santísimo tiene que ser más profunda pues tenemos más tiempo que a lo largo del año y motivada por el amor a Dios. Por eso queremos escuchar lo que hoy nos dice el Señor. Y habla así:
- Si nadie te ama, mi alegría es amarte.
- Si lloras, estoy deseando consolarte.
- Si eres débil, te daré mi fuerza y mi alegría.
- Si nadie te necesita, yo te busco.
- Si eres inútil, yo no puedo prescindir de ti.
- Si estás vacío, mi ternura te colmará.
- Si tienes miedo, te llevaré en mis brazos.
- Si quieres caminar, iré contigo.
- Si me llamas, vengo siempre.
- Si te pierdes, no duermo hasta encontrarte.
- Si estás cansado, yo soy tu descanso.
- Si pecas, soy tu perdón.
- Si me hablas, trátame de tú.
- Si me pides, soy don para ti.
- Si me necesitas, te digo: estoy aquí dentro de ti.
- Si te resistes, no quiero que hagas nada a la fuerza.
- Si estás a oscuras, soy lámpara para tus pasos.
- Si tienes hambre, soy pan de vida para ti.
- Si eres infiel, yo soy fiel contigo.
- Si quieres hablar, yo te escucho siempre.
- Si me miras, verás la verdad en tu corazón.
- Si estás en prisión o encadenado a cualquier circunstancia, te voy a visitar y liberar.
- Si te marchas, no quiero que guardes las apariencias.
- Si piensas que soy tu rival, no quiero quedar por encima de ti
- Si quieres ver mi rostro, mira una flor, una fuente, un amanecer, un niño, un pobre.
- Si estás excluido, tu eres imprescindible para mí.
- Si todos te olvidan, mis entrañas se estremecen recordándote.
- Si no tienes a nadie, me tienes a mí.
- Si eres silencio, mi palabra habitará en tu corazón. Amén.
Ante esta reflexión nos quedamos mudos de palabras, porque nos damos cuenta del valor de las palabras de Santa Teresa de Jesús: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; Quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta.
Sí, en Él está todo lo que ansía nuestro corazón, todo lo demás es secundario. Cada vez que Teresa tenía una contradicción, se lo repetía interiormente y encontraba fuerza en este convencimiento, que heredó de san Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rom 8,31).
Esta oración íntima de santa Teresa sirve para cada uno de nosotros. Nosotros también podemos decir: «Alma mía que nada te turbe, que nada te espante… Solo Dios te basta. Él es tu amigo verdadero. Pon en Él tu confianza, que nunca te fallará».


sábado, 11 de julio de 2020


2020 AÑO A TIEMPO ORDINARIO XV
El evangelio nos dice que Jesús hablaba a la gente: “muchas cosas en parábolas”. Las parábolas son un altavoz del Maestro, son sus mismas palabras, sus mismos conceptos, los ejemplos sencillos que usaba para hablar del Reino y de sus maravillas. Escucharlas es como escuchar el murmullo del manantial, la fuente original, el momento inicial, el frescor primaveral del Evangelio.
Las parábolas no son una alternativa o una excepción, representan la manera de expresarse de Jesús, una manera alta y brillante, es el lenguaje más refinado de Jesús. Jesús observaba la vida y las parábolas nacieron. Tomó historias de la vida e hizo historias de Dios.
Hoy nos habla de la parábola del Sembrados y empieza así: Salió el sembrador a sembrar. Jesús imaginaba la historia, la creación, el reino como una gran siembra: Compara la Palabra de Dios con la semilla. La semilla es promesa de vida futura; en ella, tan pequeña, se aprieta y comprime la vida que, pero al enterrarla en la tierra se desarrollará y dará mucho fruto. El secreto de la vida es germinar, brotar, madurar.
El sembrador puede parecer incauto, despreocupado porque parte de la semilla cae sobre piedras, zarzas o el camino, y otra caerá en tierra buena. A Jesús no le parecía incauto, sino todo lo contrario, la semilla es la Palabra de Dios y ésta tiene que ser sembrada en todo tipo de tierra; nadie es discriminado, nadie está excluido de la siembra divina. Él mismo indica el significado de cada uno de estos terrenos y por qué la semilla se malogra en ellos o da fruto abundante.
En algún momento de nuestra vida podemos llegar a ser duros, con espinas, heridos, opacos, superficiales, pero es a nuestra humanidad imperfecta a la que la palabra de Dios quiere llegar, y quiere convertimos en tierra buena. Todos experimentamos que hay fuerzas en el mundo y en mi corazón que se oponen a la vida, al renacer de nuevas esperanzas y expectativas.  
La parábola no explica por qué sucede esto, pero nos habla de un sembrador confiado, cuya tenacidad no es defraudada, porque la semilla está creciendo en el mundo y en mi corazón. El verbo más importante de la parábola es: y dio fruto. Hasta cien por uno. Y no es una exageración piadosa.
La ética evangélica no busca campos perfectos, sino fructíferos. La mirada del Señor no descansa en mis defectos, que son las piedras, caminos o zarzas, sino en el poder de la Palabra que ablanda los terrones pedregosos, se preocupa por los nuevos brotes y lucha contra toda esterilidad.
Jesús nos cuenta que Dios no viene como cosechador de nuestros pocos cultivos, sino como el sembrador incansable de nuestras tierras y matorrales.
Los campesinos, año tras año, cuidan sus tierras: quitan las malas hierbas, sacan las piedras, remueven la tierra y la abonan. El creyente ha de cuidar también con esmero su tierra, es decir su capacidad de escucha evitando los ruidos que apagan la voz de Dios. Hay que escuchar con corazón sencillo, con la docilidad de discípulo y “guardar” la Palabra que implica abrazarla, cuidarla, respetarla y agradecerla.

miércoles, 8 de julio de 2020


SANTÍSIMA SANGRE DE CRISTO


En la exposición eucarística de esta tarde queremos meditar sobre la fiesta que hoy celebramos en nuestra ciudad: La Santísima Sangre de Cristo. La devoción a la Preciosa Sangre de Cristo lleva a adorar al Señor Jesús reconociendo, con gratitud y amor, el valor de su vida dada, derramada en su sangre.
Fue el papa Juan XXIII que fomentó el culto a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta fiesta enfoca la mirada, la atención y la fe en el misterio del Amor de Dios encarnado, y nos recuerda que Cristo, derramando su sangre, ha ofrecido y ofrece su amor, fuente de reconciliación y principio de vida nueva en el Espíritu Santo.
La sangre es vida, cuando somos donantes de sangre estamos compartiendo nuestra vida con aquel que lo está necesitando, porque sin transfusiones de sangre perdería la vida.
También decimos que esta persona es sangre de mi sangre, es decir la familia es el conjunto de personas que tenemos lazos de sangre. Sin embargo, hay otras realidades que nos hacer estar más unidos
Todo el mundo tiene una familia. Tener una es algo fácil: todos tenemos un origen y unas raíces. No obstante, mantener una familia y saber cómo construirla, alimentando el vínculo día a día para conseguir que esté unida, es más complicado.
La sangre nos hace parientes, pero la lealtad nos convierte en familia
La Sangre de Cristo es la prueba irrefutable del Amor de Dios Trinidad a todo hombre, sin excluir a nadie. Jesús fue fiel hasta el final, por amor. Mantuvo su lealtad al ser humano sin importarle si éramos buenos o malos, todo lo hacía simplemente por amor. Así nos mostró la nueva familia que surgía de su corazón traspasado, no por lazos de sangre sino por fidelidad a su persona y a su vida.
La devoción a la Sangre de Cristo es en el fondo un acto de amor y de respeto al misterio insondable del Amor y de la Misericordia divinas.
Pero una cosa es la correcta devoción y otra muy diferente, que hay que evitar, es darle a la Preciosa Sangre de Cristo una connotación esotérica, de magia o de superstición. La sangre de Cristo no es un amuleto ni un fetiche, ni una «fórmula» mágica.
El único poder que ha tenido y tiene la Sagrada Sangre de Cristo es redentor. No pensemos en ella como una especie de coraza contra todos los males de este mundo. No confundamos la Sangre de Cristo con un chaleco antibalas en el sentido de considerarla como algo utilitario. Tampoco se trata de encargar milagros a un Dios que está obligado a hacer todo lo que se le ordene en el nombre de Jesús o en el nombre de su sangre.
La sangre de Cristo facilita la fraternidad universal y nos abre el camino que hay que recorrer. El amor triunfa siempre sobre las desgracias, violencias y el desamor. La lucha ha de ser constante. Incluso el amor es más fuerte que la misma muerte. El amor tiene raíces profundas y se ramifica desde el interior y llega hasta donde no sospechábamos.
Jesús, derrama hasta su última gota de sangre en la cruz. Y, por si fuera poco, nos regala, nos dona en cada Eucaristía su Cuerpo y su Sangre. Delante de Jesús sacramentado, pedimos que nos alimente y nos fortalezca, nos conforte y nos ayude a seguir viviendo. Porque desde esa donación, podremos comprender con generosidad, con humildad y confraternidad que la caridad debe ser nuestra vestimenta, que nuestro sagrario es el prójimo y que en la custodia no solamente está Cristo Sacramentado, sino todos y cuantos sufren como Jesús de Nazaret.

miércoles, 1 de julio de 2020


LA MAYOR PRUEBA DE AMOR Y AMISTAD

En esta tarde de adoración, delante de Jesús sacramentado os invito a meditar sobre la entrega de Jesús, ya que dentro de unos días celebraremos la santísima sangre, nuestra patrona y todos los hombres y mujeres de fe de Denia pedimos su protección y bendición.
“Nadie tiene amor más grande que este, dar la vida por sus amigos”. —Juan 15:13
Cuenta la historia que Dionisio un tirano que dominaba la tierra de Siracusa, condenaba a muerte a todo aquel que lo hiciera enojar. Cierto día se enfadó mucho con un joven llamado León. Tanto se enojó que lo condenó a morir. Sabiendo que aquel era el fin de su vida, León pidió al tirano que le permitiera ir a despedirse primero de su familia.
- Si te dejo ir, te escaparás- advirtió Dionisio. Pero León llegó a un acuerdo con Dionisio. Consistía en que un amigo suyo llamado Pitias se quedaría encarcelado en su lugar, como fianza, y si León no llegaba a tiempo, Dionisio podría quitarle la vida a él.
- Si León no vuelve, yo moriré en su lugar- confirmó Pitias.
Dionisio aceptó el trato, dándole a León un máximo de seis horas para ir a despedirse de los suyos. A León le sobraban cuatro horas para poder estar de regreso, así que partió confiado. Dionisio estaba convencido de que iba a ver morir a Pitias, el amigo de León, y se preguntaba cómo alguien podía estar dispuesto a dar su vida por otro, siendo inocente. Y fue a burlarse de Pitias cuando habían pasado ya cinco horas y León no había vuelto.
- Mi amigo habrá tenido un accidente- le dijo Pitias.
De repente, en el último momento, apareció León y abrazó a su amigo. Estaba sin aliento y apestando a sudor. De camino, alguien había matado a su caballo y había tenido que hacer el resto del trayecto corriendo. Asombrado Dionisio, que no había visto jamás semejante lealtad, los dejó libres.
Cada momento en la vida nos vemos rodeados de diferentes tipos de personas, aquellas que nos ofrecen su amistad a cambio de algo material que les podemos dar, o por el puesto social o económico que tenemos, entre otras cosas, todo va de acorde a lo que poseemos y cuando lo perdemos, ellos fácilmente se alejan.
También está ese tipo de personas que nos muestra una amistad sincera, que no les importa lo que podamos ofrecer, ellos siempre estarán aun cuando lo perdamos todo y estarían dispuestos a dar su vida por nosotros, es una lealtad que no tiene precio.
Cuando Jesús camino sobre la tierra se encontró con estos tipos de personas, aquellas que lo amaban con sinceridad y lealtad y aquellas que lo amaban por lo que él les daba. Él conocía sus corazones y sabía distinguir entre aquellos que le acompañarían hasta el final y aquellos que le darían muerte.
Si por alguna razón tú no encuentras amigos sinceros y leales, toma el primer paso y se amigó de Jesús, él te mostrará la mejor amistad.