miércoles, 28 de enero de 2026


 

2026 MEDITACIÓN EUCARISTICA

EL PARAÍSO

Aquí estamos Jesús en silencio, frente al Santísimo Sacramento, y queremos que ilumines nuestro corazón. Tantas veces pensamos en paraísos perdidos y lo que tenemos a nuestro alance como don somos incapaces de aprovecharlo para el bien.

Ante ti Jesús Eucaristía, entendemos que el verdadero paraíso no es un lugar perfecto, sino una presencia perfecta. No es tenerlo todo, sino tenerte a ti. Cuantas veces nosotros buscamos llenar con cosas, reconocimientos o comparaciones el vacío que solo Dios puede llenar.

La vida se desaprovecha cuando dejamos de mirar a Dios y comenzamos a mirarnos unos a otros con rivalidad. Frente al Santísimo, hoy Jesús nos enseña lo contrario: Él, siendo Dios, se hace pequeño, humilde y se entrega por completo. En la Eucaristía no hay competencia, solo donación.

Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, eres el anticipo del paraíso eterno. Si te permitimos reinar en nuestro interior, transformarás nuestras envidias en fraternidad, nuestro egoísmo en servicio y nuestra inquietud en paz. Escuchemos esta bonita fabula.

El paraíso: Un día, Dios miró al mundo y sintió una profunda misericordia. Decidido, levantó su mano y durante la noche más oscura, convirtió el mundo entero en un paraíso.

Al día siguiente, cuando sus hijos despertaron, se vieron diferente. Ya no había enfermedades, todos eran muy hermosos. Aún la persona que era más pobre, se vestía de oro y tenía comida en abundancia. Llenos de felicidad, todos comenzaron a gritar felices por el mundo "era un paraíso".

Fue unos días después que un hombre, mirando la casa de su vecino (en realidad, un palacio) vio que éste tenía unas vacas en su jardín.

Entonces decidió aprovechar un momento en que estaba fuera para tomar de la leche. El vecino, sin embargo, llegó antes de que el hombre se fuera y quedó muy enojado.

Cosas así comenzaron a suceder en todo el mundo. Y, un mes después de la creación del paraíso, estalló una guerra entre dos ciudades. ¡Dios no lo podía creer!

Todos tenían todo y aun así batallaban por cosas que realmente no necesitaban.

Diez años después, cuando el paraíso se había tornado en una mera historia... un cuento narrado a los niños en la escuela...

Dios nuevamente miró a su creación. Suspiró hondo y pensó que la próxima vez va a crear el paraíso primero en los corazones de los hombres.

Lo externo... vendrá naturalmente.

Esta historia Jesús nos enseña que el paraíso comienza en el corazón. El Evangelio no dice que el problema del ser humano no es la falta de bienes, sino la condición del corazón. Dios creó un mundo donde no había enfermedad, pobreza ni carencia alguna, pero aun así surgieron la codicia, el enojo y la violencia. Esto revela que el pecado no nace de la escasez, sino del interior del hombre.

Jesús lo expresó claramente cuando dijo: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las codicias…” (Mateo 15,19).

Aunque Dios nos regaló abundancia, belleza y paz, el ser humano siguió comparándose con el otro y deseando lo que no necesitaba. La escena del hombre que toma la leche de las vacas de su vecino muestra cómo la envidia y el egoísmo pueden surgir incluso cuando todo está dado. Así, el paraíso externo se destruye cuando no hay conversión interior.

Este relato nos enseña que ninguna transformación social, económica o material puede sostenerse sin una transformación espiritual. Por eso Dios comprende que el verdadero paraíso no se construye primero en la tierra, sino en el corazón humano. Solo cuando el corazón es sanado por el amor, la humildad y la justicia, lo externo puede florecer de manera duradera. Cristo vino precisamente a inaugurar ese paraíso interior: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lucas 17,21).

Cuando dejamos que Dios reine en nuestro corazón, aprendemos a agradecer, a compartir y a amar sin competir. Entonces, y solo entonces, el mundo comienza a parecerse al paraíso que Dios soñó desde el principio.

Aquí, en adoración, descubrimos que Dios quiere construir su paraíso primero en nuestro corazón. Un corazón que adora aprende a agradecer. Un corazón que adora deja de compararse. Un corazón que permanece ante Jesús aprende a amar sin poseer. Porque donde hay corazones renovados por el amor de Dios, allí el paraíso empieza a hacerse realidad. Amén.

sábado, 24 de enero de 2026

2 de Febrero - Presentación del Señor y Jornada mundial de la vida Consagrada. 

Con motivo de dicha celebración el próximo domingo 1 de febrero  a las 17 horas en el Convento de las Madres Agustinas Recoletas, tendrá lugar una oración. 

Estáis todos invitados 


 


 


 ACCIÓN DE GRACIAS

Si me llamas, te seguiré sin dudar aunque el camino sea desconocido y duro.

Si me hablas, callaré y creeré en Ti aunque tu voz destroce mis planes y sueños.

Si quieres podarme, me dejaré podar aunque mi savia se desparrame en tierra sin nombre.

Si me acrisolas al fuego, me dejaré purificar aunque pulverices mis deseos y posesiones.

Si me invitas, entraré en tu casa y en tu corazón aunque sea pobre y mendigo.

Si me quieres contigo, iré a donde quieras, aunque no me gusten leyes y obediencias.

Y si me miras con amor, intentaré acoger tus anhelos aunque los mimbres de mi ser no sirvan para ello.



 

2026 CICLO A

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús comenzando su camino público en un contexto difícil. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan. Empieza a anunciar que el Reino de Dios está cerca.

Muchas veces pensamos que Dios solo puede actuar cuando todo está en orden y tenemos claridad absoluta. Sin embargo, Jesús nos muestra que Dios comienza su obra justamente allí donde más se necesita. Cuando sentimos cansancio, desánimo o incertidumbre, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro y ofreciendo una luz que orienta y da sentido.

Jesús comienza a llamar a personas concretas, en su trabajo cotidiano, en medio de sus tareas habituales. Los llama y les propone un camino nuevo. La respuesta es inmediata: dejan lo que están haciendo y lo siguen. No porque tengan todo claro, sino porque confían en quien los llama.

También hoy Jesús sigue llamando, en medio de nuestra vida diaria, de nuestras ocupaciones, de nuestras rutinas. Su llamada no siempre llega con señales extraordinarias, sino a través de inquietudes interiores, de preguntas profundas o de un deseo de vivir de otra manera. La conversión que propone el Evangelio no es solo cambiar conductas, sino orientar el corazón hacia Dios y animarse a dar pasos concretos de fe.

Los primeros discípulos no reciben un plan detallado ni garantías. Lo único que saben es que Jesús los invita a caminar con Él y a participar de su misión. Ese seguimiento va transformando su vida, sus prioridades y su forma de relacionarse con los demás. De pescadores pasan a ser hombres al servicio de una misión más grande.

También nosotros somos llamados a dejarnos transformar. Seguir a Jesús implica revisar qué ocupa el centro de nuestra vida, qué cosas nos atan y qué miedos nos frenan. No se trata de abandonar responsabilidades, sino de vivirlas desde otro lugar, con un corazón más libre y disponible. Cuando ponemos a Dios en el centro, nuestras decisiones comienzan a ordenarse y la vida adquiere una profundidad nueva.

El Evangelio muestra a Jesús recorriendo pueblos, acercándose a la gente, anunciando una buena noticia y sanando heridas. Su presencia no es indiferente ni distante. Él se involucra, escucha, acompaña y devuelve esperanza. Así nos enseña que la fe no se vive solo en lo interior, sino que se expresa en gestos concretos de amor y cercanía.

¿Quién contrataría a cuatro pescadores para fundar y dirigir una multinacional? Solo un loco. No necesitan un título de las universidades de Jerusalén o Babilonia. No es preciso que hayan estudiado con los mejores rabinos ni que se sepan la Torá de memoria. Basta que quieran seguirlo renunciando a todo.

miércoles, 21 de enero de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

NADIE TRIUNFA SOLO

Señor Jesús en esta tarde queremos pasar contigo unos momentos de descanso y serenidad. Nuestra reflexión de hoy es que nada verdadero se logra sin Ti y sin los demás. Nuestro Dios nos creo para vivir en comunión, no aislados. Él es quien da los dones, la fuerza y las oportunidades, y los demás son el medio que usa para acompañarnos, corregirnos y sostenernos.

Nadie triunfa solo: Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia numerosa. Para dar de comer a su familia el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las como orfebre. A pesar de las condiciones tan pobres en las que vivían, dos de los hijos tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su familia jamás podría pagar sus estudios en la Academia. Después de muchas noches de conversaciones, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al otro con las ventas de sus obras, o como bien pudiera. Así lo hicieron, y Alberto Durero ganó y se fue a estudiar a Nuremberg.

El otro hermano comenzó un período de cuatro años de peligroso trabajo en las minas para sufragar los estudios de su hermano que, desde el primer momento, fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Alberto, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y, en el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Alberto se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer realidad sus estudios. Sus palabras finales fueron:

- Y ahora hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba su hermano, quien, con el rostro empapado en lágrimas, movía la cabeza mientras murmuraba una y otra vez «No, no, no…».

- No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Cada hueso de mis dedos se ha roto al menos una vez, y la artritis de mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas de compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, querido hermano, para mí ya es tarde.

Con los años, Alberto comprendió que el don que había recibido no era solo su talento, sino el amor sacrificado de su hermano. Y quiso dar gracias a Dios por ello. Tomó entonces aquellas manos gastadas por el trabajo, heridas por la renuncia y ya incapaces de pintar, y las elevó en un gesto de oración. No las embelleció, porque el verdadero valor ya estaba en ellas: habían amado hasta el extremo. Así nacieron “Las manos que oran”.

Señor Jesús esta historia nos recuerda que detrás de cada persona que alcanza el éxito casi siempre hay sacrificios invisibles, esfuerzos silenciosos y renuncias que no salen en los libros ni en los aplausos. Alberto Durero pudo desarrollar su talento porque su hermano renunció al suyo. Uno triunfó en la superficie; el otro sostuvo ese triunfo desde la sombra. No hay victoria individual que no esté, de algún modo, construida en plural.

En ese dibujo no hay solo arte, hay Evangelio. Porque esas manos nos recuerdan que nadie vive para sí mismo, que el amor verdadero siempre implica entrega, y que todo don crece cuando se pone al servicio de los demás.

El hermano que se quedó trabajando en la sombra no llegó a Nuremberg, pero llegó al corazón de Dios. Su sacrificio, oculto a los ojos del mundo, fue grande a los ojos del Señor.

Como nos enseñas tu Jesús: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus hermanos”.

Por eso, cuando contemplamos esas manos en oración, entendemos que nadie triunfa solo, y que en el Reino de Dios, muchas veces, los primeros son los que nadie vio. Amén.