sábado, 28 de febrero de 2026


 


 


 


 

ACCIÓN DE GRACIAS

TRANSFIGURAME, SEÑOR

Con tu gracia, para entender tu muerte.

Con tu poder, para contemplar tu rostro.

Con tu majestad, para adorarte como Rey.

Sí, Señor; transfigúrame con tu presencia porque, en muchas ocasiones, temo sólo verte como hombre y no como Dios.

Sí, Señor; transfigúrame con tu mirada porque, en el duro camino, tengo miedo a perderte, a no distinguirte en las colinas donde no alcanza mi vista.

Sí, Señor; transfigúrame con tu amor y, entonces, comprenda lo mucho que me quieres: que me amas, hasta el extremo, que me amas, hasta dar tu vida por mí, que me amas, porque no quieres perderme, que me amas, porque Dios, es la fuente de tanto amor.

Sí, Señor; transfigúrame con tu fuerza porque me siento débil en la lucha, porque prefiero el dulce llano a la cuesta que acaba la cumbre de tu gloria.

Porque, siendo tu amigo como soy no siempre descubro la gloria que Tú escondes.

Transfigúrame, Señor.

Para que, mi vida como la tuya, sea un destello que desciende desde el mismo cielo.

Destello con sabor a Dios.

Destello con sabor al inmenso amor que Dios me tiene.

Amén.


 

2026 CICLO A

TIEMPO DE CUARESMA II

 

En este domingo, el Evangelio nos conduce a un monte de luz y de pocas palabras, donde Dios deja entrever la verdad más honda del ser de su Hijo. Jesús sube a un monte alto con Pedro, Santiago y Juan. Allí se revela su identidad: su rostro brilla como el sol, y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen conversando con Él, como testigos de que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Es un instante de claridad concedido a los discípulos, para que el escándalo de la Cruz que se aproxima no apague del todo su fe, sino que puedan acogerlo, aunque solo sea por un momento, a la luz de la gloria prometida.

Jesús vivió constantemente trasfigurado, pero no se manifestaba externamente con espectaculares síntomas. Su humanidad y su divinidad se expresaba cada vez que se acercaba a un hombre para ayudarle a ser él. La única luz que transforma a Jesús es la del amor y solo cuando manifiesta ese amor ilumina. En lo humano se puede trasparentar a Dios.

La escena está cargada de símbolos: la montaña, la nube luminosa, pero el centro no es el resplandor, sino la palabra: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. La fe cristiana nace de la escucha. Escuchar a Jesús es dejar que su palabra ilumine nuestras sombras, cuestione nuestras seguridades, transforme nuestros criterios.

¡Escuchadlo! Es la clave del relato. Solo a él, ni siquiera a Moisés y a Elías. Jesús siempre fue luminoso y siempre transfigurado y nunca estuvo desfigurado. Siempre fue lo que era. Nosotros, que estamos desfigurados, sí tenemos que configurarnos conforme a Jesús y, por lo tanto, transfigurarnos. Y estamos desfigurados porque estamos en la superficie, pendientes y apegados a lo que no somos. Bastaría configurarnos de acuerdo con nuestro verdadero ser para que apareciera esa armonía. No se trata de conseguir nada sino de ser simplemente lo que somos.

La transfiguración nos dice quién era realmente Jesús y lo que somos nosotros. Entremos dentro de nosotros y encontraremos nuestro centro. No tenemos que buscar nada distinto de nosotros mismos.

El gesto final de Jesús es profundamente humano: se acerca, toca a los discípulos y les dice: “Levantaos, no tengáis miedo”. La Cuaresma es ese tiempo en el que Dios nos toca para levantarnos de nuestras postraciones: miedos, culpas, cansancios, heridas.

La luz de Cristo no humilla, sino que sana; no deslumbra, sino que revela; no aplasta, sino que levanta.

La Cuaresma es subida al monte y bajada a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que transforma y envío que compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”. Desde esa certeza sigamos caminando hacia la Pascua.






Segundo Viacrucis
Meditado por las catequistas de primera comunión

 

miércoles, 25 de febrero de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA

VALES MUCHO

Señor Jesús Sacramentado en este tiempo de cuaresma queremos pedirte con mayor insistencia tu presencia en medio de nosotros. Hazte presente en nuestras vidas y en nuestro quehacer cuotidiano. Sentir tu presencia nos ayudará a no desanimar en nuestro esfuerzo por convertirnos cada vez más a ti. A apreciar lo que somos para ti. Escuchemos

Vales Mucho: Alfredo, con el rostro abatido de pesar, se reúne con su amiga Marisa en un bar a tomar un café. Deprimido, descargó en ella sus angustias; que si el trabajo, que el dinero, que la relación con su pareja, que su futuro…, todo parecía estar mal en su vida. Marisa introdujo la mano en su cartera, sacó un billete de 50 euros y le dijo:

- ¿Alfredo, quieres este billete? Alfredo, un poco confundido al principio, pero inmediatamente le dijo:

- Claro Marisa… son 50 euros, ¿quién no los querría?

Entonces Marisa tomó el billete en uno de sus puños y lo arrugó hasta hacerlo una pequeña pelotita. Mostrando el estrujado billete a Alfredo volvió a preguntarle: Y ahora, ¿igual lo quieres?

- Marisa, no sé qué pretendes con esto, pero siguen siendo 50 euros, ¡claro que los tomaré si me lo entregas! Entonces Marisa desdobló el arrugado billete, lo tiró al suelo y lo restregó con su pie en el piso, levantándolo luego sucio y manchado. ¿Lo sigues queriendo?

- Mira Marisa, sigo sin entender qué pretendes, pero ese es un billete de 50 euros y mientras no lo rompas conserva su valor.

- Entonces, Alfredo, debes saber que, aunque a veces algo no salga como quieres, aunque la vida te arrugue o pisotee SIGUES siendo tan valioso como siempre lo hayas sido, lo que debes preguntarte es CUÁNTO VALES en realidad y no lo golpeado que puedas estar en un momento determinado.

Alfredo quedó mirando a Marisa sin atinar con palabra alguna mientras el impacto del mensaje penetraba profundamente en su cerebro. Marisa puso el arrugado billete de su lado en la mesa y con una sonrisa cómplice agregó:

- Toma, guárdalo para que te acuerdes de esto cuando te sientas mal, pero, me debes un billete NUEVO de 50 euros para poder usarlo con el próximo amigo que lo necesite. Le dio un beso en la mejilla a Alfredo, y levantándose de su silla se alejó con su atractivo andar con rumbo a la puerta.

Alfredo volvió a mirar el billete, sonrió, lo guardó en su billetera y dotado de una renovada energía llamó al camarero para pagar la cuenta.

¿Cuántas veces dudamos de nuestro propio valor, de que realmente merecemos más y que podemos conseguirlo si nos lo proponemos? Claro que el mero propósito no es suficiente, se requiere de la acción para lograr los beneficios.

Cuantas veces Jesús nos has enseñado que el valor del ser humano no depende de nuestro éxito, de nuestro estado emocional, del dinero o de lo que otros piensen de nosotros. Nuestro valor proviene de algo mucho más profundo: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, aunque la vida nos “arrugue” con fracasos, culpas, pérdidas o heridas, nuestra dignidad no disminuye ante los ojos de Dios.

El billete representa esa verdad: puede estar arrugado, sucio o pisoteado, pero no pierde su valor. Así también el cristiano, aun cuando cae en el pecado o atraviesa momentos de oscuridad, no deja de ser amado por Dios. Esto recuerda este tiempo que estamos viviendo de la cuaresma. Podemos degradarnos, desviarnos, malgasta nuestra vida y terminar en la miseria, como el hijo prodigo, pero para el padre seguimos siendo sus hijos. La cuaresma nos recuerda que nuestra identidad y nuestro valor nunca desaparecen. Por esos nos invita a volver a la casa del Padre, a recuperar la amistad perdida y a reconducir nuestro camino por la vida.

Además, tú Jesús entregaste tu vida por nosotros, significa que nuestro valor es inmenso. San Pablo lo expresa con fuerza: “Habéis sido comprados a gran precio” (1 Cor 6,20). Ese “precio” es la cruz. No somos valiosos por cómo nos sentimos, sino por cuánto nos ama Dios.

Además, la actitud de Marisa refleja algo profundamente cristiano: ser instrumento de esperanza para el otro. Ella no niega el sufrimiento de Alfredo, pero le ayuda a mirarse con otros ojos. Es una imagen de cómo la comunidad cristiana está llamada a recordarse mutuamente la verdad del amor de Dios.

La conclusión es clara: aunque la vida nos golpee, seguimos siendo hijos de Dios. Podemos estar heridos, pero no desvalorizados; pecadores, pero no desechables; caídos, pero nunca olvidados por el Padre. Amén.