2026
MEDITACIÓN EUCARISTICA
EL
PARAÍSO
Aquí
estamos Jesús en silencio, frente al Santísimo Sacramento, y queremos que
ilumines nuestro corazón. Tantas veces pensamos en paraísos perdidos y lo que
tenemos a nuestro alance como don somos incapaces de aprovecharlo para el bien.
Ante
ti Jesús Eucaristía, entendemos que el verdadero paraíso no es un lugar
perfecto, sino una presencia perfecta. No es tenerlo todo, sino tenerte a ti. Cuantas
veces nosotros buscamos llenar con cosas, reconocimientos o comparaciones el
vacío que solo Dios puede llenar.
La
vida se desaprovecha cuando dejamos de mirar a Dios y comenzamos a mirarnos
unos a otros con rivalidad. Frente al Santísimo, hoy Jesús nos enseña lo
contrario: Él, siendo Dios, se hace pequeño, humilde y se entrega por completo.
En la Eucaristía no hay competencia, solo donación.
Jesús,
presente en el Santísimo Sacramento, eres el anticipo del paraíso eterno. Si te
permitimos reinar en nuestro interior, transformarás nuestras envidias en
fraternidad, nuestro egoísmo en servicio y nuestra inquietud en paz. Escuchemos
esta bonita fabula.
El
paraíso: Un
día, Dios miró al mundo y sintió una profunda misericordia. Decidido, levantó
su mano y durante la noche más oscura, convirtió el mundo entero en un paraíso.
Al
día siguiente, cuando sus hijos despertaron, se vieron diferente. Ya no había
enfermedades, todos eran muy hermosos. Aún la persona que era más pobre, se
vestía de oro y tenía comida en abundancia. Llenos de felicidad, todos
comenzaron a gritar felices por el mundo "era un paraíso".
Fue
unos días después que un hombre, mirando la casa de su vecino (en realidad, un
palacio) vio que éste tenía unas vacas en su jardín.
Entonces
decidió aprovechar un momento en que estaba fuera para tomar de la leche. El
vecino, sin embargo, llegó antes de que el hombre se fuera y quedó muy enojado.
Cosas
así comenzaron a suceder en todo el mundo. Y, un mes después de la creación del
paraíso, estalló una guerra entre dos ciudades. ¡Dios no lo podía creer!
Todos
tenían todo y aun así batallaban por cosas que realmente no necesitaban.
Diez
años después, cuando el paraíso se había tornado en una mera historia... un
cuento narrado a los niños en la escuela...
Dios
nuevamente miró a su creación. Suspiró hondo y pensó que la próxima vez va a
crear el paraíso primero en los corazones de los hombres.
Lo
externo... vendrá naturalmente.
Esta
historia Jesús nos enseña que el paraíso comienza en el corazón. El Evangelio
no dice que el problema del ser humano no es la falta de bienes, sino la condición
del corazón. Dios creó un mundo donde no había enfermedad, pobreza ni carencia
alguna, pero aun así surgieron la codicia, el enojo y la violencia. Esto revela
que el pecado no nace de la escasez, sino del interior del hombre.
Jesús
lo expresó claramente cuando dijo: “Porque del corazón salen los malos
pensamientos, los homicidios, los adulterios, las codicias…” (Mateo 15,19).
Aunque
Dios nos regaló abundancia, belleza y paz, el ser humano siguió comparándose
con el otro y deseando lo que no necesitaba. La escena del hombre que toma la
leche de las vacas de su vecino muestra cómo la envidia y el egoísmo pueden
surgir incluso cuando todo está dado. Así, el paraíso externo se destruye
cuando no hay conversión interior.
Este
relato nos enseña que ninguna transformación social, económica o material puede
sostenerse sin una transformación espiritual. Por eso Dios comprende que el
verdadero paraíso no se construye primero en la tierra, sino en el corazón
humano. Solo cuando el corazón es sanado por el amor, la humildad y la
justicia, lo externo puede florecer de manera duradera. Cristo vino
precisamente a inaugurar ese paraíso interior: “El Reino de Dios está dentro de
vosotros” (Lucas 17,21).
Cuando
dejamos que Dios reine en nuestro corazón, aprendemos a agradecer, a compartir
y a amar sin competir. Entonces, y solo entonces, el mundo comienza a parecerse
al paraíso que Dios soñó desde el principio.
Aquí,
en adoración, descubrimos que Dios quiere construir su paraíso primero en
nuestro corazón. Un corazón que adora aprende a agradecer. Un corazón que adora
deja de compararse. Un corazón que permanece ante Jesús aprende a amar sin
poseer. Porque donde hay corazones renovados por el amor de Dios, allí el
paraíso empieza a hacerse realidad. Amén.






