VIACRUCIS
20 de marzo a las 19'15 h. Viacrucis meditado por los mayorales y mayoralesas de la Cofradía de la Virgen de los Desamparados.
ACCIÓN DE GRACIAS
QUIERO VER, SEÑOR
Para sentirte cerca y nunca abandonarte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque me pierdo y camino confundido.
QUIERO VER, SEÑOR
Para verte y nunca perderte.
QUIERO VER, SEÑOR
Porque, sin Ti, no soy tan feliz como
creo ser.
QUIERO VER, SEÑOR
Para vivir alegre y abierto a los demás.
QUIERO VER, SEÑOR
Y agradecer lo mucho que haces por mí.
QUIERO VER, SEÑOR
Y defenderte cuando algunos te ignoren.
QUIERO VER, SEÑOR
Y no tropezarme cuando surjan
dificultades.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nadie me confunda con falsas
luces.
QUIERO VER, SEÑOR
Para que nada me aleje de tu amistad.
Amén.
2026
CICLO A
TIEMPO
DE CUARESMA IV
Cuarto domingo de cuaresma y en esta
ocasión el evangelio nos propone el relato de la curación del ciego y se habla
de Jesús como luz. Jesús es para nosotros luz y faro que nos guía. Y nos
encontramos con él en torno a la palabra, en nuestros ratos de meditación
serena, sin bombardeos emocionales y cuando nos reunimos semanalmente para
celebrar la eucaristía, su presencia en medio de nosotros.
Jesús sale del templo y ve a un hombre
ciego de nacimiento, un discapacitado que, por ley, no puede entrar en él. Jesús
ve lo invisible y se detiene, sin que nadie le llame, sin que nadie se lo pida.
Amigos y enemigos se pierden buscando culpas en ese hombre, todos juntos
equivocándose sobre Dios. Jesús no está de acuerdo, huye de esa lógica: ni él
ni sus padres han pecado. El mal no viene de Dios.
Y sin que el ciego le pida nada,
extiende un poco de barro y saliva sobre esos párpados que cubren el vacío. Dios
se ensucia las manos con el hombre, y es al mismo tiempo un hombre que se
contamina de cielo, contagiado de luz.
Ve a lavarte a la piscina de Siloé... El
ciego confía en su bastón y en la palabra de un desconocido. Confía cuando el
milagro aún no existe, cuando solo hay oscuridad a su alrededor.
Fue a la piscina y volvió viendo. Ya no
se apoya en su bastón; ya no se sentará en el suelo a implorar piedad, sino
que, erguido, camina con el rostro hacia el sol, por fin libre. Por fin un
hombre nuevo. De hecho, la gente ya no lo reconoce. Es él, dicen algunos. No,
no es él. Y así sucede realmente: uno se encuentra con el Señor y cambia por
dentro. Se abren ventanas de luz.
Jesús cura en sábado y en lugar de
alegría, aparece una tristeza infinita. Incluso los padres del ciego parecen
cobardes. A los fariseos no les importa la vida que ha vuelto a esos ojos, sino
la doctrina correcta. Y inician un proceso por herejía. Para defender la
doctrina, niegan la evidencia. Pero ¿qué religión es esta que no mira por el
bien del hombre, sino solo por sí misma y por sus reglas?
Los fariseos querrían que el ciego
volviera a ser ciego, para tener razón ellos. Pero el ciego se ha hecho libre,
se ha hecho fuerte, planta cara a los sabios: yo no sé de teología, yo estoy
con la vida, con los hechos: ¡ahora veo!
Jesús une al Dios de la vida y al Dios
de la doctrina, y lo hace poniendo al hombre en el centro. La gloria de Dios es
un hombre con luz en los ojos y en el corazón.
Para los fariseos, Jesús no viene
de Dios, porque no observa el sábado; para ellos, venir de Dios depende
de la observancia de la ley; para Jesús, venir de Dios depende de cómo habitas
la tierra y como caminas por ella, sembrando paz y amor.
Yo soy la luz del mundo:
luz que acaricia, belleza que sana, mirada que consuela, fuerza que hace renacer
la vida. No se pueden obviar todas las sombras de la actualidad, con nuevos
conflictos añadidos a los ya existentes, pero animémonos a buscar los puntos de
luz de nuestras vidas.
MEDITACIÓN
EUCARISTICA:
LA
INVISIBILIDAD
Señor
Jesús sacramentado, junto a ti estamos realizando este camino cuaresmal y nos
preocupa mucho no estar a la altura de lo que tú esperas de nosotros. El trato contigo,
pero sobre todo con los hermanos nos resistimos. Escuchemos esta historia de s.
Pablo:
El
primer día de la semana, nos reunimos para la fracción del pan; Pablo les
estuvo hablando y, como iba a marcharse al día siguiente, prolongó el discurso
hasta medianoche. Había lámparas en abundancia en la sala de arriba, donde
estábamos reunidos. Un muchacho, de nombre Eutiquio, estaba sentado en la
ventana. Mientras Pablo alargaba su discurso, al muchacho le iba entrando un
sueño cada vez más pesado; al final, vencido por el sueño, se cayó del tercer
piso abajo. Lo recogieron ya muerto, pero Pablo bajó, se echó sobre él y,
abrazándolo, dijo: “No os alarméis, sigue con vida”. Volvió a subir, partió el
pan y lo comió. Estuvo conversando largamente hasta el alba y, por fin, se
marchó. Por lo que hace al muchacho, lo trajeron vivo, con gran consuelo de
todos”. (Hechos
20,7-12)
Cuando
Eutiquio se quedó dormido, la parte más fuerte no es la caída, es que nadie la
vio venir. El lugar estaba lleno. Era una reunión importante. Estaba predicando
Pablo de Tarso. Había ambiente espiritual. Había enseñanza profunda. Había
gente apasionada escuchando. Y en medio de todo eso… un joven se estaba
apagando. Pero nadie lo notó.
No
dice que alguien le preguntó si estaba bien. No dice que alguien lo movió de
lugar. No dice que alguien vio su cabeza caer lentamente. Solo dice que se
quedó profundamente dormido…y cayó. Tres pisos. Eso es lo que duele de la
historia. No cayó en la calle. No cayó lejos. Cayó en medio de una reunión de
fe. Y nadie lo sostuvo antes.
Cuántas
veces pasa así. En casa. En la iglesia. En el trabajo. En el grupo de amigos. Todo
parece estar bien. La reunión sigue. La música suena. La conversación fluye. El
mensaje continúa. Y alguien, en silencio, se está cansando. Es el hijo que ya
no habla tanto como antes. Es la esposa que sonríe, pero ya no brilla igual. Es
el líder que sirve fielmente, pero está exhausto. Es el amigo que se ríe en
público y llora en privado. No siempre las personas “caen” por rebeldía. A
veces se duermen del cansancio. De la presión. De la carga que no compartieron.
Y
lo más peligroso no es el sueño. Es la invisibilidad. Eutiquio no gritó antes
de caer. Se fue quedando dormido poco a poco. Así pasa hoy. Nadie anuncia: Estoy
a punto de rendirme. Simplemente se apagan despacio. Y aquí viene lo que
confronta: Estamos tan enfocados en lo que se está diciendo, que a veces no
vemos lo que se está viviendo. Tan atentos al mensaje, que olvidamos mirar a
las personas.
Pero
cuando Eutiquio cae, Pablo detiene todo. Baja. No delega. No ignora. No dice: Seguid
cantando. Desciende. Lo abraza. Y declara vida.
Eso
es liderazgo verdadero. Eso es amor real. Porque no basta con predicar arriba si
no estás dispuesto a bajar cuando alguien cae. Y aquí es donde la historia deja
de ser antigua.
Tal
vez en nuestras casas hay alguien sentado en una ventana. Callado. Cansado.
Distraído. Desconectándose poco a poco. Y no lo has notado. Tal vez a tu
alrededor hay alguien funcionando en automático. Tal vez en tu iglesia hay
alguien sirviendo mientras se desmorona por dentro. Tal vez en tu propia
familia hay alguien al borde… y todos creen que está bien.
La
pregunta no es solo: ¿Quién va a levantar al que cayó? La pregunta es: ¿Quién
va a notar al que se está quedando dormido? Porque cuando prestamos atención,
muchas caídas se pueden evitar. Un mensaje. Una conversación honesta. Un ¿de
verdad estás bien? Un abrazo a tiempo. Después del milagro, el joven volvió
a subir. La reunión continuó. La vida siguió.
Pero
esa noche todos entendieron algo: No se trata solo de lo que se predica. Se
trata de a quién estás mirando mientras predicas. Y tal vez hoy el Espíritu no
te está diciendo: Ten más fe. Tal vez te está diciendo: Mira mejor.
Qerido
Jesús sabemos que a veces el mayor milagro no es resucitar al que cayó. Es
notar al que está a punto de hacerlo. Amén.