sábado, 31 de enero de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
PARA ENTENDER LAS BIENAVENTURANZAS
Cómo podrá alguien ayudar, si nunca
ha necesitado un hombro amigo.
Cómo podrá alguien consolar, si nunca
sus entrañas han temblado de dolor.
Cómo podrá alguien curar, si nunca se
ha sentido herido.
Cómo podrá alguien ser compasivo, si
nunca se ha visto abatido.
Cómo podrá alguien comprender, si
nunca en su vida ha tenido el corazón roto.
Cómo podrá alguien ser
misericordioso, si nunca se ha visto necesitado.
Cómo podrá alguien dar serenidad, si
nunca se ha dejado turbar por el Espíritu.
Cómo podrá alguien alentar, si nunca
se quebró por la amargura.
Cómo podrá alguien levantar a otros, si
nunca se ha visto caído.
Cómo podrá alguien dar alegría, si
nunca se acercó a los pozos negros de la vida.
Cómo podrá alguien ser tierno, si en
su vida todo son convenios.
Cómo podrá alguien acompañar a otros,
si su vida es un camino solitario.
Cómo podrá alguien compartirse, si en
su vida todo lo tiene cubierto.
Cómo podrá alguien encontrar, si
nunca ha estado perdido.
AMÉN
2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO IV
Estando Jesús en el monte y viendo la
multitud empezó a hablar enseñándoles. El corazón humano busca y anhela la
felicidad, pero una felicidad con futuro, con valor para hoy y mañana. No una felicidad
pasajera, del momento sino para siempre.
En el discurso de las bienaventuranzas
Jesús va aludiendo a diferentes situaciones existenciales. Unas se padecen y
otras son provocadas por la actitud que asumimos. El camino de la salvación
combina siempre lo que depende de nosotros con las consecuencias de nuestra
decisión.
Todas esas situaciones descritas por
Jesús tienen un rasgo común: son declaradas dichosas y son de largo recorrido.
No se refiere únicamente al más allá. Se inicia hoy y apunta a la eternidad.
La Buena noticia del Reino está
destinada a todos. Pero, sin embargo, no todos la aceptan. De ahí que tenga
unos destinarios a los que se dirige en primer lugar. Y es que para lograr
alcanzar esta bienaventuranza (presente y futura) es preciso conectar con el
Dios que revela Jesucristo.
Quienes no aceptan la propuesta, ya
hacen su elección. No es que Dios los rechace, ellos prefieren otros caminos de
felicidad en los que no hay futuro.
Las bienaventuranzas no establecen
nuevos preceptos, sino que son el alegre anuncio de que Dios da vida a quienes
producen amor. Si uno hace feliz a alguien, el Padre se hace cargo de su
felicidad.
Si acoges las bienaventuranzas, su
lógica te cambia el corazón, a la medida del de Dios. Que no es imparcial,
tiene debilidad por los débiles, comienza desde las periferias de la historia,
ha elegido lo que en el mundo es pobre y enfermo para cambiar radicalmente el
mundo, para hacer una historia basada no en las victorias de la fuerza, sino
por las siembras de justicia y las cosechas de paz.
Se dice bienaventurados a los pobres, no
a la pobreza. Son bienaventurados los hombres, no las situaciones. Dios está
con los pobres contra la pobreza. Bienaventurados los que lloran: Dios está del
lado de los que lloran, pero no del lado del dolor.
Dios está contigo, en el reflejo más
profundo de tus lágrimas, para multiplicar tu valor. En la tormenta está a tu
lado, fuerza de tu fuerza. Como para los discípulos, sorprendidos por la noche
por la tormenta en el lago: él está ahí, en la fuerza de los remeros que no se
rinden, en los brazos firmes del timonel, en los ojos del vigía que escudriña
la orilla y busca el amanecer.
Bienaventurados los misericordiosos: son
los únicos que en el futuro encontrarán lo que ya tienen, la misericordia. Es
algo que se lleva consigo para siempre, equipaje para el viaje eterno,
equipamiento y sello de eternidad colocado a lo largo de todo el tiempo.
Quizás nosotros no somos pobres o no
estamos perseguidos, pero podemos escoger a lado de quiénes nos posicionamos y
con qué actitudes vivimos. En estos momentos en los que parece que la violencia
y la opresión alzan su voz a nivel mundial, que los poderes políticos y
económicos muestran la cara más voraz de la avaricia, ¿cuál es nuestra
postura?, ¿cuáles son nuestras opciones? pesar del dolor o el sufrimiento que
experimentemos, nuestro corazón se llenará de un gozo y una paz que nada ni
nadie nos podrá quitar.
miércoles, 28 de enero de 2026
2026
MEDITACIÓN EUCARISTICA
EL
PARAÍSO
Aquí
estamos Jesús en silencio, frente al Santísimo Sacramento, y queremos que
ilumines nuestro corazón. Tantas veces pensamos en paraísos perdidos y lo que
tenemos a nuestro alance como don somos incapaces de aprovecharlo para el bien.
Ante
ti Jesús Eucaristía, entendemos que el verdadero paraíso no es un lugar
perfecto, sino una presencia perfecta. No es tenerlo todo, sino tenerte a ti. Cuantas
veces nosotros buscamos llenar con cosas, reconocimientos o comparaciones el
vacío que solo Dios puede llenar.
La
vida se desaprovecha cuando dejamos de mirar a Dios y comenzamos a mirarnos
unos a otros con rivalidad. Frente al Santísimo, hoy Jesús nos enseña lo
contrario: Él, siendo Dios, se hace pequeño, humilde y se entrega por completo.
En la Eucaristía no hay competencia, solo donación.
Jesús,
presente en el Santísimo Sacramento, eres el anticipo del paraíso eterno. Si te
permitimos reinar en nuestro interior, transformarás nuestras envidias en
fraternidad, nuestro egoísmo en servicio y nuestra inquietud en paz. Escuchemos
esta bonita fabula.
El
paraíso: Un
día, Dios miró al mundo y sintió una profunda misericordia. Decidido, levantó
su mano y durante la noche más oscura, convirtió el mundo entero en un paraíso.
Al
día siguiente, cuando sus hijos despertaron, se vieron diferente. Ya no había
enfermedades, todos eran muy hermosos. Aún la persona que era más pobre, se
vestía de oro y tenía comida en abundancia. Llenos de felicidad, todos
comenzaron a gritar felices por el mundo "era un paraíso".
Fue
unos días después que un hombre, mirando la casa de su vecino (en realidad, un
palacio) vio que éste tenía unas vacas en su jardín.
Entonces
decidió aprovechar un momento en que estaba fuera para tomar de la leche. El
vecino, sin embargo, llegó antes de que el hombre se fuera y quedó muy enojado.
Cosas
así comenzaron a suceder en todo el mundo. Y, un mes después de la creación del
paraíso, estalló una guerra entre dos ciudades. ¡Dios no lo podía creer!
Todos
tenían todo y aun así batallaban por cosas que realmente no necesitaban.
Diez
años después, cuando el paraíso se había tornado en una mera historia... un
cuento narrado a los niños en la escuela...
Dios
nuevamente miró a su creación. Suspiró hondo y pensó que la próxima vez va a
crear el paraíso primero en los corazones de los hombres.
Lo
externo... vendrá naturalmente.
Esta
historia Jesús nos enseña que el paraíso comienza en el corazón. El Evangelio
no dice que el problema del ser humano no es la falta de bienes, sino la condición
del corazón. Dios creó un mundo donde no había enfermedad, pobreza ni carencia
alguna, pero aun así surgieron la codicia, el enojo y la violencia. Esto revela
que el pecado no nace de la escasez, sino del interior del hombre.
Jesús
lo expresó claramente cuando dijo: “Porque del corazón salen los malos
pensamientos, los homicidios, los adulterios, las codicias…” (Mateo 15,19).
Aunque
Dios nos regaló abundancia, belleza y paz, el ser humano siguió comparándose
con el otro y deseando lo que no necesitaba. La escena del hombre que toma la
leche de las vacas de su vecino muestra cómo la envidia y el egoísmo pueden
surgir incluso cuando todo está dado. Así, el paraíso externo se destruye
cuando no hay conversión interior.
Este
relato nos enseña que ninguna transformación social, económica o material puede
sostenerse sin una transformación espiritual. Por eso Dios comprende que el
verdadero paraíso no se construye primero en la tierra, sino en el corazón
humano. Solo cuando el corazón es sanado por el amor, la humildad y la
justicia, lo externo puede florecer de manera duradera. Cristo vino
precisamente a inaugurar ese paraíso interior: “El Reino de Dios está dentro de
vosotros” (Lucas 17,21).
Cuando
dejamos que Dios reine en nuestro corazón, aprendemos a agradecer, a compartir
y a amar sin competir. Entonces, y solo entonces, el mundo comienza a parecerse
al paraíso que Dios soñó desde el principio.
Aquí,
en adoración, descubrimos que Dios quiere construir su paraíso primero en
nuestro corazón. Un corazón que adora aprende a agradecer. Un corazón que adora
deja de compararse. Un corazón que permanece ante Jesús aprende a amar sin
poseer. Porque donde hay corazones renovados por el amor de Dios, allí el
paraíso empieza a hacerse realidad. Amén.






