2026
CICLO A
TIEMPO
DE PASCUA VII ASCENSIÓN
Celebramos la fiesta de la Ascensión de
Jesús a los cielos, vuelve al lugar desde donde bajó. La resurrección implica la
Ascensión, el Padre lo resucitó para estar con Él.
En el evangelio los once han vuelto a Galilea,
que es donde todo comenzó, y es como si Jesús dijera: recordad el primer amor, cuando
juntos iniciamos este camino de contar la buena nueva; recordad cuántos caminos
hemos recorrido, cuántos pueblos y cuántas casas, cuántos rostros, cuántos
cuerpos sanados, cuántas sonrisas renacidas. Recordad cómo caminábamos ligeros,
solo con un bastón y unos amigos, sin posesiones y sin poderes, ignorando el
miedo. Libres. Recordad cuando caminábamos al ritmo del último, solidarios.
Recordad cómo era el rostro de Dios que se nos iba dibujando; un Dios que, si
tú lo abandonas, él no, no te abandona.
Durante mucho tiempo, el referente de la
Iglesia ha sido la vida de la primera comunidad de Jerusalén: tenían un solo
corazón y una sola alma, perseveraban en la escucha de los apóstoles y en el
partimiento del pan, y lo tenían todo en común. Precioso, inalcanzable. Y, sin
embargo, viene después.
Antes hay otra, original, más radical y
más fresca. Volver a la que fue realmente la primera de todas las comunidades:
volved a Galilea, partid de allí, tomando como modelo esos tres años de itinerancia
libre entre el lago y las colinas, entre una orilla y otra, entre Betsaida y
Cafarnaúm, Genesaret y Tiberíades, Tiro y Cesarea de Filipo.
Jesús deja la tierra con un balance negativo:
solo le quedan once amigos asustados y confundidos, y unas pocas mujeres
valientes y fieles. No han entendido gran cosa, pero lo han amado mucho. Y esa
es la única garantía que necesita. Ahora puede volver al Padre, sabe que
ninguno de ellos lo olvidará, vivirá para siempre en su interior.
Cuando lo vieron, se postraron, pero
algunos dudaban. ¿De qué dudan? No de que haya resucitado, lo ven. No de que
sea Dios entre nosotros, se postran en adoración. ¿De qué, entonces? Dudan de
sí mismos, saben bien cómo huyeron aquella noche, cómo lo negaron; que no
creyeron a las mujeres en Pascua; que se quedaron encerrados en casa durante
días, en ese ambiente de muerte. Conocen sus propios límites.
Jesús realiza un acto de confianza
ilógica en quienes aún dudan. No se queda con ellos para explicarles mejor,
sino que confía la buena nueva a sus dudas que siempre las tendremos con
nosotros.
Jesús confía su Evangelio a los que
dudan y llama a los vacilantes a ponerse en marcha. ¡Id, pues! Ese «pues» es
precioso: ¡pues id! Todo mi poder es vuestro, todo lo mío se convierte en
vuestro. Yo estoy con vosotros siempre, hasta el fin.
Lo que es la Ascensión lo entendemos por
estas palabras. Jesús no se ha ido lejos ni a algún rincón remoto del cosmos,
sino que se ha hecho más cercano. Está ahí dentro, en un corazón que ama, en un
corazón con coraje y renovado. Siempre con nosotros.






