2026
CICLO A
BAUTISMO
DEL SEÑOR
Celebramos el bautismo del Señor. Juan vio
a Jesús y no quería bautizarle con ese bautismo de conversión y de penitencia.
Pero cuando Jesús salió del agua oyó esa voz del cielo y ese espíritu que se
posaron sobre él, entonces supo quien era de verdad Jesús. La voz que escuchó
del cielo lo confirmaba: Este es mi hijo amado, en quien me complazco.
El día del bautismo de Jesús marca el
día 0 de su vida. Comienza el ministerio, la misión, el anuncio del amor de
Dios a todos los hombres. Jesús lanzado a su vida pública. Lavado y perfumado
en el agua bautismal experimentamos la tercera epifanía, la epifanía total y
trinitaria. Dios Padre habla y llama a Jesús su Hijo Amado y el Espíritu lo
llena de su poder.
Jesús descubre su identidad y comienza
su tarea que no consiste en hacer obras buenas y contar lindas historias. La
vocación de Jesús es una dedicación a tiempo pleno a las cosas de su Padre,
empujado siempre por la fuerza del Espíritu.
Estar bautizado no es el comienzo de una
vida vivida intermitentemente, a ratos con Dios. Es una vocación que hay que
vivir pleno.
Hoy, por mil razones, nosotros vivimos
en un país de bautizados. Un país de bautizados que empiezan a desbautizarse. Los
bautizados deberíamos vivir de tal manera que fuéramos epifanías para nuestros
familiares y amigos que nunca han tenido una auténtica epifanía cristiana.
Vivir nuestra identidad cristiana con mayor resolución y mayor atrevimiento.
El verbo bautizar significa: sumergir,
inundar. Yo sumergido en Dios y Dios sumergido en mí; yo en su vida, Él en mi
vida. Estamos impregnados de Dios, dentro de Dios como dentro del aire que
respiramos, dentro de la luz que besa nuestros ojos. Y esto no solo ocurrió en
el rito de aquel lejano día, con unas pocas gotas de agua, sino que ocurre cada
día en nuestro bautismo existencial, perenne: “estamos sumergidos en un
océano de amor y no nos damos cuenta” G. Vannucci (osm).
La escena del bautismo de Jesús en el
Jordán tiene como centro lo que ocurre inmediatamente después: el cielo se abre,
nos muestra un cielo que no está vacío ni mudo. De él salen palabras: Este
es mi hijo amado, en quien me complazco. Palabras que arden y queman:
hijo, amor, alegría. Que explican todo el Evangelio. Hijo, quizás la palabra
más poderosa del vocabulario humano, que hace milagros en el corazón. Amado,
sin mérito, sin peros. Alegría, y puedes intuir el júbilo de los cielos, un
Dios experto en fiestas para cada hijo que vive, que busca, que se va y que
vuelve.
En la primera lectura, Isaías ofrece una
de las páginas más consoladoras de toda la Biblia: No gritará, no
clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha
vacilante no la apagará. No gritará, porque si la voz de Dios suena
áspera, imponente o estridente, no es su voz. A la verdad le basta un susurro.
No quebrará: no terminará de romper lo que está a punto de romperse; su manía
es cuidar. No apagará la mecha humeante, le basta un poco de humo, lo rodea de
atenciones, lo trabaja, hasta que vuelve a hacer brotar la llama.

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