sábado, 10 de enero de 2026


 

2026 CICLO A

BAUTISMO DEL SEÑOR

Celebramos el bautismo del Señor. Juan vio a Jesús y no quería bautizarle con ese bautismo de conversión y de penitencia. Pero cuando Jesús salió del agua oyó esa voz del cielo y ese espíritu que se posaron sobre él, entonces supo quien era de verdad Jesús. La voz que escuchó del cielo lo confirmaba: Este es mi hijo amado, en quien me complazco.

El día del bautismo de Jesús marca el día 0 de su vida. Comienza el ministerio, la misión, el anuncio del amor de Dios a todos los hombres. Jesús lanzado a su vida pública. Lavado y perfumado en el agua bautismal experimentamos la tercera epifanía, la epifanía total y trinitaria. Dios Padre habla y llama a Jesús su Hijo Amado y el Espíritu lo llena de su poder.

Jesús descubre su identidad y comienza su tarea que no consiste en hacer obras buenas y contar lindas historias. La vocación de Jesús es una dedicación a tiempo pleno a las cosas de su Padre, empujado siempre por la fuerza del Espíritu.

Estar bautizado no es el comienzo de una vida vivida intermitentemente, a ratos con Dios. Es una vocación que hay que vivir pleno.

Hoy, por mil razones, nosotros vivimos en un país de bautizados. Un país de bautizados que empiezan a desbautizarse. Los bautizados deberíamos vivir de tal manera que fuéramos epifanías para nuestros familiares y amigos que nunca han tenido una auténtica epifanía cristiana. Vivir nuestra identidad cristiana con mayor resolución y mayor atrevimiento.

El verbo bautizar significa: sumergir, inundar. Yo sumergido en Dios y Dios sumergido en mí; yo en su vida, Él en mi vida. Estamos impregnados de Dios, dentro de Dios como dentro del aire que respiramos, dentro de la luz que besa nuestros ojos. Y esto no solo ocurrió en el rito de aquel lejano día, con unas pocas gotas de agua, sino que ocurre cada día en nuestro bautismo existencial, perenne: “estamos sumergidos en un océano de amor y no nos damos cuenta” G. Vannucci (osm).

La escena del bautismo de Jesús en el Jordán tiene como centro lo que ocurre inmediatamente después: el cielo se abre, nos muestra un cielo que no está vacío ni mudo. De él salen palabras: Este es mi hijo amado, en quien me complazco. Palabras que arden y queman: hijo, amor, alegría. Que explican todo el Evangelio. Hijo, quizás la palabra más poderosa del vocabulario humano, que hace milagros en el corazón. Amado, sin mérito, sin peros. Alegría, y puedes intuir el júbilo de los cielos, un Dios experto en fiestas para cada hijo que vive, que busca, que se va y que vuelve.

En la primera lectura, Isaías ofrece una de las páginas más consoladoras de toda la Biblia: No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. No gritará, porque si la voz de Dios suena áspera, imponente o estridente, no es su voz. A la verdad le basta un susurro. No quebrará: no terminará de romper lo que está a punto de romperse; su manía es cuidar. No apagará la mecha humeante, le basta un poco de humo, lo rodea de atenciones, lo trabaja, hasta que vuelve a hacer brotar la llama.

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