sábado, 3 de octubre de 2026

ACCIÓN DE GRACIAS

Mi amigo amaba su viña tanto como su casa solariega, pero tuvo que ausentarse por sus múltiples tareas.

Antes de irse nos eligió e hizo de su cuadrilla y nos dejó al frente de su viña; nos marcó nuestro trabajo, llenó nuestra existencia de tiempo y riqueza, y nos regaló sus propias herramientas.

Él, que tan bien nos conoce, creía que estando solos, sin dioses que nos miren y controlen, trabajaríamos mejor.

Pasaron años y cosechas, pero mi amigo no olvidaba su viña y quiso probar los frutos de su heredad predilecta.

Envió a sabios criados que no lograron nada; envió a criados dialogantes que volvieron al instante; envió a criados fuertes que volvieron con las espaldas marcadas; envió a profetas que nadie escuchaba; envió a su hijo, el que había sido camarada y elegido a los labradores…

Pero éstos lo mataron con saña, se creyeron dueños de la viña y se dieron a la buena vida.

Olvidaron su tarea, y la viña, en vez de olorosa uva, empezó a dar agrazones en toda circunstancia.

¿Qué hará mi amigo ahora con su viña y los labradores?

¡Pues contarles, una y otra vez, la historia, para ver si la entienden y se convierten, y logra un final feliz, que es lo que él quiere!

Señor, estén mis oídos atentos a escuchar tu palabra.

 Amén

 


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXVII

La parábola que hoy nos presenta el Evangelio toca una de las cuerdas más profundas de la relación entre Dios y la humanidad: la paciencia infinita del Creador.

Jesús utiliza la imagen de la viña, profundamente arraigada en la tradición de Israel. La viña no es solo una propiedad; es una obra de amor. El dueño la planta, la rodea con una cerca, cava en ella un lagar y edifica una torre. No escatima en cuidados para que sea fértil y esté protegida. Esa viña representa nuestro mundo, nuestra Iglesia, nuestra comunidad y, en definitiva, nuestra propia vida. Dios nos lo ha dado todo preparado, digno y hermoso.

Sin embargo, el drama comienza cuando llega el tiempo de la cosecha. El dueño envía a sus siervos para recoger los frutos que le corresponden, pero los viñadores los golpean, los matan y los apedrean. Finalmente, manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero los viñadores ven en el heredero una amenaza a sus ambiciones y exclaman: «Venid, matémoslo y quedémonos con su herencia».

Esta parábola habla directamente de tres realidades fundamentales para nuestra fe:

- La paciencia de Dios: Dios no se cansa de enviar llamados a la conversión. Envía a los profetas, envía testigos, envía eventos en nuestra vida para recordarnos de quién es la viña. Su respuesta al rechazo no es la ira inmediata, sino insistir en el amor hasta enviar a su propio Hijo, Jesucristo.

- El pecado central de los viñadores no fue la pereza, sino la soberbia y la codicia. Quisieron adueñarse de lo que no era suyo. Muchas veces caemos en la misma trampa: actuamos como si nuestra vida, y todo lo que nos rodea fueran de nuestra absoluta propiedad, olvidando que somos administradores, no dueños. Cuando sacamos a Dios del centro para ponernos a nosotros mismos, terminamos destruyendo las relaciones y haciendo daño a quienes nos rodean.

- La piedra angular: Jesús cita el Salmo 118: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Lo que el mundo descuida, desprecia o crucifica, Dios lo convierte en el fundamento del Reino. Cristo, expulsado de la viña y muerto en la cruz, se convierte en la base firme sobre la que se edifica la salvación.

Al final del pasaje, Jesús nos deja una advertencia sobria pero llena de esperanza: Se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. El Reino de Dios no es un privilegio de cuna ni una herencia asegurada sin compromiso; es un regalo que exige dar frutos de justicia, amor, misericordia y fraternidad.

La parábola no concluye en el desamor o en la venganza, sino que la viña de Dios será dada a un pueblo que produzca sus frutos. Y entonces comenzará de nuevo la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Están surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos, agricultores buenos que cuidan la viña en lugar de depredarla, que ponen su propio yo al servicio de la humanidad, en lugar de los demás al servicio de su propia vida. Isaías soñaba una historia que no sea guerra de posesiones y batalla de poder, sino cosecha de justicia y paz. El Reino comienza con estos granos de Dios, como pequeños racimos de Dios entre nosotros.

miércoles, 30 de septiembre de 2026


 




 

Meditación eucarística:

LA ESPOSA DE LOT

Jesús sacramentado delante de ti nos encontramos para acompañarte unos momentos a lo largo de esta semana. Hoy queremos reflexionar contigo como no podemos anclarnos en el pasado, tú nos prometes un futuro nuevo, lleno de luz y de vida pero nuestra condición de tierra nos ancla continuamente en lo que pasó.

Queremos centrarnos en la mujer de Lot (Génesis 19,15-26), casi siempre la atención se queda en su castigo. En la imagen de sal. En la desobediencia. En la mirada hacia atrás. Y olvidamos algo mucho más profundo. Ella estuvo a punto de salvarse.

Sodoma estaba a punto de ser destruida. La maldad había llegado a su límite. El juicio de Dios estaba por caer sobre la ciudad. Y mientras el fuego todavía no descendía del cielo, Dios ya estaba trabajando para rescatar a una familia. Lot dudaba. Sus yernos se burlaban. La familia tardaba en salir. Y los ángeles tuvieron que tomarles de la mano para sacarlos de la ciudad.

Dios no los estaba abandonando. Dios los estaba buscando. Mientras ellos vacilaban, Dios insistía. Mientras ellos dudaban, Dios extendía misericordia. Mientras ellos permanecían inmóviles, Dios los empujaba hacia la vida.

Y quizás ahí comienza la parte más dolorosa de la historia. Porque la esposa de Lot no murió en Sodoma. Salió de Sodoma. Corrió junto a los demás. Escuchó la advertencia. Vio la gracia de Dios. Estuvo rodeada de milagros. Y aun así, algo dentro de ella seguía perteneciendo a la ciudad que estaba dejando atrás.

Entonces llegó aquella orden: “No mires atrás.” No porque Dios quisiera impedirle observar un paisaje. Sino porque Dios estaba intentando salvar su corazón. Porque hay momentos en los que el pasado puede destruir lo que Dios está tratando de construir en nuestro futuro.

Y entonces ocurrió. La Biblia dice que ella miró atrás. Pero tal vez el problema no fue un simple movimiento de cabeza. Tal vez el problema fue que su corazón ya había mirado atrás mucho antes. Su cuerpo estaba saliendo de Sodoma. Pero su corazón seguía viviendo allí. Porque nadie extraña aquello de lo que realmente desea ser libre. Nadie anhela aquello que verdaderamente ha decidido abandonar.

Esta historia es dolorosamente actual. Porque muchos creyentes hacen exactamente lo mismo. Dios los sacó de situaciones que los estaban destruyendo. Los libró de hábitos. Los libró de relaciones dañinas. Los libró de caminos equivocados. Los libró de pecados que los estaban consumiendo. Pero siguen mirando atrás. Siguen extrañando lo que Dios les pidió dejar. Siguen idealizando aquello mismo de lo que Dios los rescató. Siguen llorando puertas que Dios cerró para salvarlos. Y mientras avanzan físicamente, su corazón permanece atrapado en el ayer.

Por eso Jesús dijo siglos después: “Recordad a la mujer de Lot”. De todas las personas que pudo mencionar, Jesús pidió que recordáramos a una mujer cuyo nombre ni siquiera conocemos. Ella representa un peligro que todos enfrentamos. El peligro de estar cerca de la salvación mientras nuestro corazón sigue enamorado del mundo. Y aquí está lo que más me conmueve.

La esposa de Lot no fue ignorada por Dios. Dios la llamó. Dios la esperó. Dios la tomó de la mano. Dios le abrió una salida.  Dios le mostró misericordia. Todo el cielo trabajó para salvarla. Pero Dios jamás obligará a una persona a amar aquello que Él le ofrece. Porque la salvación puede tomarte de la mano. Pero no puede decidir por tu corazón.

Y quizás hoy esta historia se está repitiendo. No con fuego cayendo del cielo. No con una ciudad llamada Sodoma. Pero sí con personas que saben que Dios las está llamando hacia algo mejor. Y aun así siguen mirando atrás. Extrañando el pasado. Aferrándose a heridas. Aferrándose a personas. Aferrándose a sueños que Dios ya les pidió soltar. Aferrándose a una vida que ya terminó. La esposa de Lot nos recuerda que el mayor peligro no siempre es quedarse en Sodoma. A veces el mayor peligro es salir de Sodoma sin dejar que Sodoma salga de nosotros. Porque hay momentos en los que el futuro de Dios está delante de nosotros, y lo único que puede impedirnos abrazarlo es un corazón que todavía vive en el pasado.

“Recordad a la mujer de Lot.” Porque todavía hoy hay personas caminando hacia la vida, mientras una parte de ellas sigue mirando hacia atrás. Amén.

sábado, 26 de septiembre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

QUE TU VIÑA, SEÑOR, NO SE DEBILITE

Envíame, siempre que me necesites, Señor y, si miro hacia atrás, haz que vea el horizonte que me espera; y, si prefiero quedarme en el escaparate de la vida hazme comprender que la apariencia, lo que veo y toco más pronto que tarde, todo acaba.

Señor; quiero ir a tu viña, aunque a veces te traicione aunque en ciertos momentos tenga miedo o, en otras ocasiones me sacuda la incertidumbre o la pereza.

¡Quiero ir a tu viña!

Y, si por lo que sea, Señor, te digo “sí” y luego es “no” perdóname, Tú sabes cómo soy.

Sólo Tú, Señor, tienes la fuerza total y necesaria para cambiar el mundo y, también, para hacerlo conmigo.

Tú sabes de antemano que no siempre mi respuesta es la más sincera.

Ni la más acertada.

Pero, a pesar de todo, quiero ayudarte en tu viña para que no se debilite y siga germinando en abundancia; para que no muera y los hombres y mujeres de mi tiempo puedan acercarse hasta ella y cortar el racimo de la fe y de la esperanza y puedan beber el vino del amor y del perdón.

Envíame a cuidar y trabajar la viña que Tú tanto amas.

Amén.


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXVI

El Evangelio de hoy nos presenta una escena muy cercana a la vida cotidiana de cualquier familia. Un padre tiene dos hijos y a ambos les pide lo mismo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.

La respuesta de cada uno, sin embargo, nos confronta directamente con la coherencia de nuestra fe: El primer hijo responde con un "no" tajante. Tal vez por rebeldía, por cansancio o por orgullo. Pero más tarde, recapacita, siente remordimiento y va.

El segundo hijo responde con una corrección impecable: «Sí, señor, voy». Su respuesta es respetuosa y educada, pero sus palabras se quedan en el aire: no va.

Jesús lanza entonces una pregunta directa a sus oyentes: ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es obvia: el primero. Y es en ese momento donde Jesús pronuncia una de las frases más provocadoras de todo el Evangelio: Os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Evangelio plantea una serie de cuestiones:

- La tentación de la fe de palabra. El segundo hijo representa a quienes corremos el riesgo de vivir una fe puramente formal. Decimos "sí" en las oraciones, "sí" en el templo, "sí" en nuestros discursos, pero nuestra vida cotidiana no cambia. Es la tentación de la apariencia: cumplir por fuera, pero mantener el corazón lejos de la viña del Señor. Jesús no busca discursos bonitos ni promesas vacías; Dios busca un corazón dispuesto a trabajar en la realidad del amor, del perdón, del servicio y de la justicia.

- La valentía de corregir el rumbo. El primer hijo dijo que no. Cometió un error, pero tuvo la capacidad de recapacitar, que no solo es cambiar de opinión, sino experimentar un profundo cambio interior, la conversión: mirar hacia su interior y cambiar de opinión. A veces nos pesa nuestro pasado, nuestros "no" a Dios, nuestras caídas o el tiempo que hemos vivido alejados. Pero este pasaje nos enseña que para Dios nunca es tarde para rectificar. El Reino de Dios no lo conquistan los que nunca se equivocan, sino aquellos que tienen la humildad de reconocer su error y ponerse en camino.

- Los publicanos y las prostitutas: El escándalo de la misericordia. Cuando Jesús menciona a los publicanos (los cobradores de impuestos vistos como traidores) y a las prostitutas, no está haciendo una apología del pecado. Lo que Jesús resalta es su actitud ante la verdad. Ellos sabían que sus vidas estaban rotas. Al escuchar a Jesús, no se justificaron ni se escondieron; reconocieron su necesidad de Dios, creyeron y cambiaron. En cambio, los jefes religiosos creyéndose perfectos, se cerraron a la gracia porque creían no necesitar conversión.

Hoy el Señor no nos juzga por el "no" de ayer, sino que nos invita a entrar hoy a su viña. Que Santa María, la mujer del "Sí" generoso y perseverante, nos alcance la gracia de ser coherentes, para que nuestras palabras y nuestras acciones caminen siempre en la misma dirección. Amén.

miércoles, 23 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

Jocabed, madre de Moisés

El mayor acto de fe de Jocabed, madre de Moisés, no fue esconder a Moisés. Fue estar dispuesta a soltarlo. Cuando pensamos en Jocabed, casi siempre imaginamos a una madre valiente que escondió a su bebé durante tres meses. Pero la parte más difícil de su historia comenzó cuando ya no pudo esconderlo más. El decreto de Faraón era claro: Todo niño hebreo debía morir. Cada llanto del niño podía poner en peligro a toda la familia. Cada noche era una mezcla de amor y miedo. Cada amanecer era un milagro.

Y entonces Jocabed hizo algo que, humanamente, parecía una contradicción. Construyó una pequeña arca de juncos. La impermeabilizó con asfalto y brea. Puso al niño dentro. Y lo dejó entre los juncos, a la orilla del río. Muchas veces imaginamos esa escena como un acto tranquilo. Imaginamos a una madre que cada fibra de su corazón le decía: No lo sueltes. Protégelo.

Pero la fe, muchas veces, consiste precisamente en entregar a Dios aquello que más amamos. Porque hay momentos en que nuestras manos ya no pueden hacer más. Y entonces descubrimos que las manos de Dios nunca dejaron de actuar.

Jocabed hizo un acto de confianza. Ella hizo todo lo que estaba a su alcance. Construyó la canasta. La preparó cuidadosamente. Buscó el lugar adecuado. Puso a María, su hermana, a observar desde lejos. Después de hacer todo lo que podía. Hizo lo único que ya no podía evitar: Confiar.

Y eso también ocurre hoy. Hay padres que hacen todo lo posible por sus hijos. Los enseñan. Los corrigen. Oran por ellos. Los abrazan. Les hablan de Dios. Pero llega un momento en que ya no pueden decidir por ellos. Y duele. Porque ningún padre quiere soltar la mano de un hijo. Pero llega el día en que debe hacerlo. Y allí comienza otra clase de fe. La fe que entiende que los hijos nunca fueron realmente nuestros. Siempre fueron de Dios.

Y Dios comenzó a mover personas sin que Jocabed pudiera verlo. Mientras ella lloraba en la orilla. La hija de Faraón caminaba hacia el río. Mientras ella esperaba sin respuestas. María observaba desde lejos. Mientras todo parecía depender de la suerte. Dios ya estaba acomodando cada detalle. Cuando nosotros solo vemos un río, Él ya está preparando un encuentro. Cuando nosotros solo vemos una despedida, Él ya está escribiendo un rescate. Cuando nosotros creemos que todo terminó, Él apenas está comenzando.

La hija de Faraón encontró al niño. Sintió compasión. Entonces María apareció y preguntó si quería que llamara a una mujer hebrea para criarlo. La madre que había entregado a su hijo, ahora regresaba para criarlo. Y, además, recibiría un salario por hacerlo. Solo Dios puede escribir una historia así. Lo que parecía una pérdida, se convirtió en una bendición inesperada. Lo que parecía el final, era el comienzo de algo mucho mayor. Eso no significa que todas las historias terminarán exactamente igual.

La Biblia revela el carácter de un Dios que sabe abrir caminos donde nosotros solo vemos agua. Jocabed entendió algo: Amar no siempre es retener. A veces amar también es confiar. Hay personas que viven intentando controlar todo. Controlar a sus hijos. Controlar a su familia. Controlar el futuro. Controlar cada resultado. Pero llega un momento en que la vida nos enseña que hay batallas que solo Dios puede pelear. Y allí nace la verdadera fe.

Quizá hoy tú también estás sosteniendo una "canasta". Tal vez no lleva un bebé. Tal vez lleva un matrimonio. Un hijo que se ha alejado. Un diagnóstico médico. Un problema económico. Un sueño que parece imposible. Y llevas tanto tiempo intentando resolverlo todo con tus propias fuerzas, que estás agotado. La historia de Jocabed no nos enseña a dejar de luchar. Nos enseña a reconocer el momento en que nuestras fuerzas terminan y comienza la fidelidad de Dios. Porque hay milagros que solo ocurren cuando dejamos de aferrarnos desesperadamente y comenzamos a confiar profundamente.

Y quizás lo más hermoso de toda la historia es que Jocabed veía a su hijo. Dios veía al libertador de Israel. Ella veía una canasta flotando. Dios veía el comienzo del éxodo. Ella veía incertidumbre. Dios veía propósito. Y eso también ocurre contigo. Tú ves un problema. Dios puede estar viendo el inicio de una historia que todavía no alcanzas a comprender.

Porque la canasta de Jocabed parecía demasiado frágil para enfrentar un río...Pero nunca estuvo sostenida únicamente por el agua. Estuvo sostenida por la mano invisible de un Dios que jamás abandona aquello que se le entrega con fe. Amén.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXV

Jesús compara el Reino de los Cielos con un dueño que sale a contratar obreros para su viña. Sale al amanecer, vuelve más tarde, sale al mediodía, a media tarde y hasta casi al final del día. No se cansa de buscar. No deja la viña cerrada para unos pocos.

Esta imagen nos habla de un Dios que sigue llamando. Hay personas que escuchan su voz desde temprano: desde la infancia, desde una fe recibida en casa, desde una vida marcada por la cercanía a la Iglesia. Otras llegan más tarde, después de búsquedas, caídas, heridas o años de distancia.

Nadie puede pensar que ya es demasiado tarde para entrar en la viña. Mientras Dios llama, hay posibilidad de comenzar de nuevo. La misericordia del Señor no se agota porque alguien haya tardado en responder.

Fijémonos en la respuesta de los de la última hora: Nadie nos contrató. Esa frase puede pasar desapercibida, pero tiene mucha fuerza. Habla de personas no elegidas, no miradas, no llamadas, tal vez consideradas inútiles por otros. Jesús nos invita a mirar con más misericordia a quienes parecen llegar tarde. No siempre conocemos la historia de una persona. No sabemos qué heridas cargó, qué puertas se le cerraron, qué oportunidades no tuvo, qué palabras le faltaron, qué desprecios recibió. Id también vosotros a mi viña. En el Reino, siempre hay lugar para quien se abre a la gracia, aunque llegue con las manos vacías y el día avanzado.

Al final, todos reciben el mismo salario. Los que trabajaron desde temprano se quejan. No protestan porque el dueño haya incumplido con ellos; recibieron lo acordado. Se molestan porque los últimos fueron tratados con una generosidad inesperada. La comparación les impide agradecer. Ya no miran el don recibido, sino lo que recibió el otro. Esa actitud también puede aparecer en nosotros. A veces nos cuesta alegrarnos cuando Dios levanta a alguien, cuando perdona a quien consideramos indigno, cuando bendice a quien llegó tarde, cuando abre una puerta a quien nosotros ya habíamos descartado.

A eso se le llama envidia espiritual y es muy sutil. Puede esconderse detrás actitudes no justas, yo merezco otra cosa. Pero el Evangelio nos recuerda que servir a Dios no es una competencia de méritos. Estar en la viña desde temprano ya es una gracia.

La bondad de Dios supera nuestros cálculos. El dueño pregunta: “¿Vas a tener envidia porque soy bueno?”. Esa pregunta desnuda el centro del problema. No soportan la bondad excesiva del dueño. Quieren una justicia medida solo por comparación humana, pero Dios revela una justicia atravesada por misericordia. Esto no significa que el esfuerzo no valga. Quienes trabajaron todo el día no perdieron su tiempo. Participaron de la viña, respondieron al llamado, recibieron lo prometido. Pero deben aprender que la bondad de Dios no se reduce a nuestras cuentas.

Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos. Jesús no lo dice para desanimar a los fieles, sino para purificar el corazón. El Reino no se vive desde el orgullo de haber llegado antes, sino desde la gratitud de haber sido llamados


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Saliste, Señor, en la madrugada de la historia a buscar obreros para tu viña.

Y dejaste la plaza vacía –sin paro–, ofreciendo a todos trabajo y vida, salario, dignidad y justicia.

Saliste a media mañana, saliste a mediodía, y a primera hora de la tarde volviste a recorrerla entera.

Saliste, por fin, cuando el sol declinaba, y a los que nadie había contratado te los llevaste a tu viña, porque se te revolvieron las entrañas viendo tanto trabajo en tu hacienda, viendo a tantos parados que querían trabajo y estaban condenados todo el día a no hacer nada.

A quienes otros no quisieron tú les ofreciste ir a tu viña, rompiendo los esquemas a jefes, patrones y esquiroles..., a los que siempre tienen suerte y a los que madrugan para venderse.

Al anochecer cumpliste tu palabra.

A todos diste salario digno y justo, según el corazón y las necesidades te dictaban.

Quienes menos se lo esperaban fueron los primeros en ver sus manos llenas; y, aunque algunos murmuraron, no cambiaste tu política evangélica.

Señor, sé, como siempre, justo y generoso, compasivo y rico en misericordia, enemigo de prejuicios y clases, y espléndido en tus dones.

Gracias por darme trabajo y vida, dignidad y justicia a tu manera..., no a la mía.

Amén

miércoles, 16 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

MARIA DOLOROSA

 

Querido Jesús sacramentado, de nuevo nos encontramos aquí en esta tarde delante de ti para adorarte, para recibir fuerzas para nuestro día y para alabarte. Apenas dos días celebramos la exaltación de la santa cruz. Donde tu a este instrumento de tortura y de muerte la abrazaste de tal manera que la convertiste en instrumento de amor y de salvación. Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo.

Ayer mismo contemplábamos a tu madre a los pies de la cruz. El misterio del dolor de la Virgen María. Queremos sentirnos cercanos a tu madre y a nuestra madre, cercanos a Nuestra Señora de los Dolores y queremos permanecer al pie de la cruz junto a la Virgen. Estar así inmerso en el corazón de la Pasión sintiendo el gran amor que tu tienes por nosotros porque, para el cristiano, la cruz no es la exaltación del sufrimiento sino del amor infinito de Dios.

El cuerpo de Jesús está lacerado, sin aliento, desfigurado, es el mismo que María llevó en su seno durante nueve meses. Ella permanece allí experimentando un dolor extremo, fiel a Jesús. Esta es la belleza de esta escena crucial que conocemos por los Evangelios. Al pie de la cruz, la Madre de los Dolores se convierte en la Madre de este nuevo pueblo bautizado, de este nuevo nacimiento, el de la Iglesia.

Para el discípulo Juan, María será siempre la madre que el Maestro agonizante le ha confiado; y para María el discípulo será siempre el hijo que su Hijo agonizante le ha confiado y al que estará espiritualmente cercana sobre todo en la hora de la muerte. Junto a los mártires agonizantes estará siempre la madre, que está en pie, junto a su cruz, para sostenerlos. Siguiendo el ejemplo de San Juan, y conforme a la voluntad de Jesús, nos llevamos a María a nuestra casa, es decir, a nuestro corazón. Nos unimos íntimamente a ella en la fe para sentir más cerca a Nuestro Señor. Existe una comunión del corazón y de la voluntad entre Madre e Hijo, y al estar unidos a ella, sentimos también que nos hallamos injertados en el corazón amoroso de Cristo.

En este día, unidos a María, contemplando el cuerpo rasgado y magullado de Cristo, queremos entender la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Perfeccionarnos por el amor, aceptar la cruz, el sufrimiento, sentir el misterio infinito del amor de Dios por nosotros, derramar lágrimas de contrición que expresen pesar por nuestros pecados y por nuestras debilidades, pero sobre todo gratitud y alegría por el amor que Dios nos tiene

Como la Virgen está unida a lo que vive su Hijo, ser también más consciente de lo que vive nuestro prójimo; sentir en nuestro corazón un sentido de fraternidad humana que nos conduzca a la verdadera caridad hacia nuestros semejantes, quienesquiera que sean. Ser compasivos, estar allí a los pies de su cruz, cerca del que sufre, estar con él, llevarlo en nuestro corazón, siguiendo el ejemplo de Cristo, que ha soportado el peso de nuestras vidas, y de María, que nos enseña que no podemos anunciar el Evangelio de Cristo sin estar íntimamente unido a Él y abierto a las cosas de Dios que todo lo basa en el Amor con mayúsculas.

Señor, te damos gracias, porque en tu gran misericordia, no nos has dejado huérfanos, sino que nos has dado a María, Tu Madre, para que nunca estemos solos frente a las adversidades y las dificultades de la vida. Señor, te pedimos la gracia de ser buenos hijos de tu Santa Madre, para aceptar Su ayuda en nuestra vida, para tratar de hacerla feliz y caminar con ella en el peregrinaje de cada día.

Gracias, María, por tu ejemplo, por tu amor, por tu fidelidad, por estar al pie de la cruz, por enseñarnos a abandonarnos en las manos del Padre. Gracias, María, ya que, en la Cruz, en tu corazón, en tu espíritu y en tu inteligencia, viviste todo lo que Cristo vivió en esta Hora y te asociaste con todo tu ser en la cruz al misterio de la vida. Gracias, María, porque este mismo misterio de vida se cumple en la vida de cada persona, en nuestras enfermedades, en nuestras tribulaciones y sufrimientos, en nuestras angustias y penalidades.

Gracias, por acogerlo todo en tu corazón, Madre buena. María, Nuestra Señora de los Dolores, concédenos la gracia de tener tu fidelidad, tu amor, tu coraje y tu fuerza para que, después de contemplar tu ejemplo, nos otorgues la misma actitud ante las dificultades. Amén.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026


 

ACCIÓN DE GRACIAS

Señor: Somos un poco de todo y de nada.

Somos hermanos y extraños, hijos y siervos, deudores y prepotentes, compañeros y enemigos de camino, solidarios, pero también indiferentes, ciudadanos e indefensos, cómplices y demasiado pacientes.

Somos un poco de todo y de nada.

Somos intento de diálogo y palabra vacía, huella y piedra de tropiezo, memoria y olvido, protesta y enigma, prestamistas y eternos deudores, suplicantes de tu perdón y yermos para concederlo, indefensos creadores de murallas.

Somos un poco de todo y de nada.

Somos audaces y cuitados, víctimas y verdugos de nosotros mismos, a veces soñadores, otras rastreros, firmes y volubles, lloricas empedernidos y de corazón duro, tramposos y jueces de nuestros hermanos, llenos de agujeros e impermeables.

Somos un poco de todo y de nada.

Señor, somos y no somos.

Estamos confundidos. Somos mártires de nada.

Somos claroscuros.

Somos pecadores conscientes.

Perdónanos, aunque necesites repetirlo setenta veces siete.

Amén

 


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIV

La pregunta de Pedro a Jesús nace de una lógica muy humana y generosa para su época: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Siete es el número de la perfección. Pedro cree que está alcanzando el límite máximo de la bondad. Pero Jesús dinamita cualquier intento de contabilidad: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

No hay matemáticas en el Reino de Dios. Calcular el perdón es empezar a negarlo. Dios no perdona a base de decretos o leyes, sino por una necesidad de su propio corazón: Dios perdona porque ama, y el amor no lleva cuentas.

El escándalo del siervo despiadado que Jesús relata a continuación es un espejo incómodo. Un siervo debe una fortuna astronómica, una deuda impagable (diez mil talentos). Al suplicar compasión, el rey, movido a la entrañable misericordia, le perdona absolutamente todo. Pero el siervo perdonado apenas salido: no una semana, no el día siguiente, no una hora después, sino aún aturdido de alegría, recién liberado tomó a su colega del cuello, lo estrangulaba gritando: ¡Dame mis centavos! ¿Cuál es el verdadero pecado de este siervo? No es solo su tacañería o su crueldad; su pecado es no haber dejado que el perdón recibido le cambiara el corazón. Se quedó con la deuda cancelada, pero con el alma intacta, dura, mercantil.

Llevado a nuestra vida actual, este texto nos confronta directamente. Vivimos en una sociedad hiperconectada pero profundamente polarizada, donde la cultura de la cancelación y el linchamiento digital están a la orden del día. Un error del pasado en las redes sociales se convierte en una condena perpetua. No hay espacio para la redención; guardamos capturas de pantalla, archivos de agravios y deudas emocionales para usarlas en el momento oportuno. Olvidamos con tremenda facilidad que todos nosotros somos náufragos que respiramos gracias al oxígeno de la misericordia divina y de quienes nos aman.

El perdón no es debilidad, es liberación. A veces nos cuesta perdonar porque confundimos el perdón con la sumisión, con decir que "no ha pasado nada" o con justificar la injusticia. El perdón cristiano no es anestesia ni debilidad. Al contrario: el perdón es el acto de mayor valentía y soberanía que existe. Cuando decides no perdonar, te encadenas a la persona que te hirió. Le das el poder de amargar tus días, de enfriar tu mirada, de dictar tu humor.

Perdonar setenta veces siete significa decidir, hoy y cada mañana, que el mal que nos hicieron no va a tener la última palabra en nuestra vida. Es negarse a perpetuar la cadena del odio.

Cuando tomamos conciencia de que somos infinitamente amados y perdonados por Dios en nuestra fragilidad, la mirada hacia el hermano cambia drásticamente. Ya no lo vemos como un competidor o un deudor, sino como otro ser frágil que, al igual que nosotros, a veces se equivoca, hiere y necesita compasión. Que el Señor nos conceda hoy la gracia de un corazón libre de registros contables.  Aprendamos a perdonar siempre: la única medida del perdón es perdonar sin medida.

miércoles, 9 de septiembre de 2026


 

Meditación Eucarística:

María Madre de Jesús

Dios no escogió a María porque pudiera hacer algo por Jesús. La escogió porque sabía que nunca impediría que Jesús cumpliera el propósito del Padre. Cuando pensamos en María, muchas veces hablamos del pesebre. Del ángel. De Belén. De los pastores.

Pero ¿Qué vio Dios en María que no vio en tantas otras mujeres de Israel? La Biblia no dice que fuera la mujer más rica. No dice que perteneciera a la familia más importante. No dice que tuviera una educación extraordinaria. No dice que fuera famosa. Lo que sí muestra es un corazón completamente dispuesto para Dios.

Cuando el ángel le anunció algo que cambiaría toda su vida, María respondió: "He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra." Qué respuesta tan impresionante. No preguntó primero cuánto le costaría. No pidió garantías. No exigió explicaciones para cada detalle. Simplemente decidió confiar. Y quizá ahí estaba la diferencia. Dios no estaba buscando solamente un vientre. Estaba buscando un corazón que dijera "sí". Porque Dios puede poner grandes propósitos en manos de personas sencillas. Pero necesita corazones dispuestos.

María entendió desde el principio que Jesús no le pertenecía. Era su hijo. Lo alimentó. Lo abrazó. Lo vio dar sus primeros pasos. Lo escuchó decir sus primeras palabras. Lo enseñó a trabajar. Lo vio crecer. Pero nunca intentó convertirlo en el dueño de sus propios sueños. Sabía que había nacido para cumplir la voluntad del Padre. Y eso es uno de los actos de amor más difíciles que existen. Amar sin poseer. Cuidar sin controlar. Formar sin manipular. Preparar para dejar ir.

Eso también ocurre hoy. Hay padres que creen que sus hijos son una propiedad. Quieren decidir cada paso. Cada amistad. Cada sueño. Cada elección. Olvidan que los hijos no son un proyecto personal. Son personas que Dios nos presta por un tiempo.

María entendió algo que muchos tardamos toda una vida en aprender. Los hijos llegan a nuestros brazos. Pero pertenecen a Dios. Por eso, cuando Jesús tenía doce años y se quedó en el templo, María lo buscó angustiada. Y cuando finalmente lo encontró, Jesús respondió: "¿No sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?" Aquellas palabras debieron atravesar el corazón de María. Porque comenzaba a comprender que el propósito de su Hijo era mucho más grande que ella misma. Criar también significa aceptar que llegará el día en que nuestros hijos tomarán el camino para el cual Dios los llamó. Y eso duele. Duele porque amar siempre implica aprender a soltar.

En las bodas de Caná, María se acercó a Jesús porque una familia tenía un problema. Se había terminado el vino. Ella solo le presentó la necesidad. Después miró a los sirvientes y dijo: "Haced todo lo que os diga." No intentó decirle a Jesús cómo actuar. No quiso controlar el milagro. Solo confió en Él. ¡Qué enseñanza tan profunda! Hay personas que quieren dirigir a Dios. Decirle cuándo actuar. Cómo responder. Qué camino tomar. María simplemente llevó la necesidad a Jesús. Y dejó el resultado en sus manos.

Pero llegamos al momento más doloroso. Jesús está clavado en una cruz. María está allí. No puede bajar los clavos. No puede detener el dolor. No puede cambiar el plan. Solo puede permanecer. Imagínate a aquella madre. Seguramente recordó la profecía de Simeón: "Una espada traspasará tu alma." Y aquel día esa espada llegó. Sin embargo, María no abandonó la cruz. Permaneció. Porque el verdadero amor no siempre puede cambiar el sufrimiento, pero nunca abandona al que sufre. Y entonces comprendemos qué vio Dios en ella. No fue solamente una mujer capaz de dar a luz. Fue una mujer capaz de permanecer fiel cuando todo parecía perdido. Eso es lo que Dios busca. Corazones que permanezcan. No solo cuando hay milagros. También cuando hay lágrimas.

Todo eso formó parte del plan de Dios. Porque los grandes propósitos de Dios casi siempre comienzan en la fidelidad de los pequeños actos de cada día.

María entendió que el mayor acto de amor no era retener a Jesús para ella. Sino prepararlo para el propósito por el cual había venido al mundo. Y cuando una persona comprende que aquello que ama pertenece primero a Dios, descubre que educar no es fabricar el futuro de un hijo. Es acompañarlo con amor hasta que esté listo para caminar de la mano de Aquel que lo llamó desde antes de nacer. Amén.

sábado, 5 de septiembre de 2026


 ACCIÓN DE GRACIAS

Ofrecer el perdón, cuando en recompensa, se recibe el silencio o la mofa.

Qué difícil es perdonar y cuánto cuesta, Señor sabiendo que, mi corazón, no es tan grande como el tuyo: siempre dispuesto a comenzar de nuevo.

Ser siervo del perdón y no del orgullo.

Arrodillarme ante el que me injuria o cerrar los ojos ante el que me denigra.

Decir “lo intentaré de nuevo” a pesar de la traición o disculpar los golpes recibidos.

Abrazar tu evangelio sabiendo que, el perdón, sin límites y sin farsa, sin miedos ni fronteras es el resumen de tu paso entre nosotros de tu vida en medio de la nuestra tu palabra que se hace carne más allá de teorías y de discursos.

Vivir sin sentirse perdonado y, vivir, con la conciencia de no haber disculpado.

Romper con las historias pasadas para caminar de nuevo e iniciar un rumbo distinto sin pensar en vencedores ni derrotados.

Ser generoso ofreciendo semillas de reconciliación.

Decir “lo siento” o “te perdono”.

Recordar que, para entrar en el cielo, la llave que mueve su puerta es precisamente esa: perdonar siempre.

Dime, Señor, cómo hacerlo.

Amén.

 



 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIII

 

Este domingo el evangelio nos brinda una de esas reflexiones que nos ayudan a sentirnos comunidad. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. Es la palabra de Jesús la que nos convoca cada semana, aunque no compartamos un espacio físico.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Dios se identifica con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente.

Su Nombre es justicia, paz, mansedumbre, corazón puro. Entonces cuando dos personas viven un vínculo según el Evangelio, entonces Dios está allí. Cuando dos se miran con bondad y verdad, allí está Dios. Cuando un hombre y una mujer, un padre y un hijo o dos amigos se escuchan con amor vigilante, allí está Dios. Cuando tienes hambre y sed de justicia y de paz, para ti y para los demás, allí está Dios. Solo entonces lo real y lo espiritual coinciden.

Y si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo. La corrección fraterna tiene sentido si consideramos solo una palabra: Si tu hermano... Solo si sientes al otro como hermano, si conoces su esperanza y su alegría, estás autorizado a intervenir. De lo contrario, sería solo agresión.

Quien ama sabe reconectarse con los otros, quien no ama solo sabe herir o adular. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Verbo estupendo: ganar un hermano. Hay gente que gana estima o poder o dinero, y luego hay gente que gana hermanos. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política económica que vale la pena.

Y, al final, una frase para entender bien: Si no escucha ni siquiera a los testigos, ese hermano sea para ti como el pagano. ¿Sea un excluido, un descarte, un rechazo? No. Con él harás como Jesús, que se sienta a la mesa con los publicanos y los pecadores y discute de pan y migajas con la mujer pagana; también tú comenzarás de nuevo, con paciente confianza, a anunciar la buena noticia de la ternura de Dios inclinándose sobre cada uno de sus hijos.

Dios le pregunta a Caín, dónde está Abel, Caín responde: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? La respuesta es clara: Sí, tú eres el guardián.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.