sábado, 16 de mayo de 2026

2026 CICLO A

TIEMPO DE PASCUA VII ASCENSIÓN

Celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, vuelve al lugar desde donde bajó. La resurrección implica la Ascensión, el Padre lo resucitó para estar con Él.

En el evangelio los once han vuelto a Galilea, que es donde todo comenzó, y es como si Jesús dijera: recordad el primer amor, cuando juntos iniciamos este camino de contar la buena nueva; recordad cuántos caminos hemos recorrido, cuántos pueblos y cuántas casas, cuántos rostros, cuántos cuerpos sanados, cuántas sonrisas renacidas. Recordad cómo caminábamos ligeros, solo con un bastón y unos amigos, sin posesiones y sin poderes, ignorando el miedo. Libres. Recordad cuando caminábamos al ritmo del último, solidarios. Recordad cómo era el rostro de Dios que se nos iba dibujando; un Dios que, si tú lo abandonas, él no, no te abandona.

Durante mucho tiempo, el referente de la Iglesia ha sido la vida de la primera comunidad de Jerusalén: tenían un solo corazón y una sola alma, perseveraban en la escucha de los apóstoles y en el partimiento del pan, y lo tenían todo en común. Precioso, inalcanzable. Y, sin embargo, viene después.

Antes hay otra, original, más radical y más fresca. Volver a la que fue realmente la primera de todas las comunidades: volved a Galilea, partid de allí, tomando como modelo esos tres años de itinerancia libre entre el lago y las colinas, entre una orilla y otra, entre Betsaida y Cafarnaúm, Genesaret y Tiberíades, Tiro y Cesarea de Filipo.

Jesús deja la tierra con un balance negativo: solo le quedan once amigos asustados y confundidos, y unas pocas mujeres valientes y fieles. No han entendido gran cosa, pero lo han amado mucho. Y esa es la única garantía que necesita. Ahora puede volver al Padre, sabe que ninguno de ellos lo olvidará, vivirá para siempre en su interior.

Cuando lo vieron, se postraron, pero algunos dudaban. ¿De qué dudan? No de que haya resucitado, lo ven. No de que sea Dios entre nosotros, se postran en adoración. ¿De qué, entonces? Dudan de sí mismos, saben bien cómo huyeron aquella noche, cómo lo negaron; que no creyeron a las mujeres en Pascua; que se quedaron encerrados en casa durante días, en ese ambiente de muerte. Conocen sus propios límites.

Jesús realiza un acto de confianza ilógica en quienes aún dudan. No se queda con ellos para explicarles mejor, sino que confía la buena nueva a sus dudas que siempre las tendremos con nosotros.

Jesús confía su Evangelio a los que dudan y llama a los vacilantes a ponerse en marcha. ¡Id, pues! Ese «pues» es precioso: ¡pues id! Todo mi poder es vuestro, todo lo mío se convierte en vuestro. Yo estoy con vosotros siempre, hasta el fin.

Lo que es la Ascensión lo entendemos por estas palabras. Jesús no se ha ido lejos ni a algún rincón remoto del cosmos, sino que se ha hecho más cercano. Está ahí dentro, en un corazón que ama, en un corazón con coraje y renovado. Siempre con nosotros.

 

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