sábado, 30 de mayo de 2026


 

2026 CICLO A

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

Celebramos queridos hermanos la fiesta de la Santísima Trinidad, es decir terminada el tiempo de pascua, continuamos con el tiempo ordinario con esta gran fiesta que es el misterio de Dios. Dios único pero que se manifiesta en tres personas distintas.

El dogma de la Trinidad dice que vivir es convivir, así en el cielo como en la tierra. La historia de Dios se convierte en la historia del hombre. El primer mal que recuerda la Biblia no es el pecado del árbol prohibido, es Dios mismo quien lo declara: No es bueno que el hombre esté solo. Es malo que Adán esté solo, el primer mal absoluto es la soledad. Ni siquiera Dios puede estar solo, es Trinidad, familia, vínculo de amor, comunidad absoluta.

En el evangelio, este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. En el Evangelio, el verbo amar se traduce siempre por otro verbo concreto, práctico, fuerte: el verbo dar. Amar no es un hecho sentimental, no equivale a emocionarse, sino a dar, un verbo de manos y de gestos. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna.  Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida.

Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

Al final del día, puede que ni siquiera hayas pensado en Dios, ni hayas pronunciado su nombre. Pero si has ofrecido bondad, si has prestado ayuda desinteresada, si has trabajado por la justicia y la paz, incluso sin saberlo, has hecho la más hermosa profesión de fe en la Trinidad.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve. ¿Salvado de qué? Del único gran pecado: que es la falta de amor. Lo que explica toda la historia de Jesús no es el pecado del hombre, sino el amor por el hombre; no algo que hay que quitar de nuestra vida, sino algo que hay que añadir: para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida en abundancia.

Dios amó tanto al mundo; al mundo entero, la tierra, las cosechas, las plantas y los animales. Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

Y si Él lo amó, nosotros también: tenemos que custodiarlo y cultivarlo, con toda su riqueza y belleza, y trabajar para que la vida florezca en todas sus formas, y hable de Dios y sea fragmento de su Palabra.

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