2026 CICLO A
VIERNES SANTO
Llegamos al final de este recorrido humano de Jesús. Él
vino para darnos vida y nosotros entregamos muerte. Pero en este
acto salvador se manifiesta el ser de Dios y la plenitud de lo humano.
Es la mayor prueba de que Dios nos ama. La muerte de Jesús en la cruz,
al mismo tiempo de mostrar una crudeza y crueldad profundas, manifiesta
que Jesús, vivió una vida entregada a los demás. Jesús pone de
relieve el amor con que Dios nos ama y que no hay amor más grande que el
que da la vida por sus amigos.
En la cruz de Nuestro Señor Jesucristo adoramos no
a un Dios muerto, sino la vitalidad de su amor porque del madero de la cruz
brota con mayor fuerza su presencia amorosa.
Jesús en la cruz muestra la capacidad del ser humano
de acoger lo divino y de actuar como tal. Jesús ayer se entregó los
cercanos en la Última Cena, en la forma de pan y vino, y hoy finalmente en la
cruz, lo hace por toda la humanidad.
Para los cristianos, la cruz de Cristo no es sólo
motivo de veneración, sino que es el camino propuesto por nuestro salvador para
poder llegar al destino final preparado por Dios para nosotros. Hemos de
abrazar la cruz, en la que nos entregamos totalmente al servicio de los demás,
para así acoger la vida que Dios, que, por su gracia, nos regala.
La imagen de Jesús muerto y suspendido en la cruz
quedó grabada en la memoria de los creyentes. Una estampa ante la cual nos sale
decir: ¡No me lo puedo creer! Y la fe reclama que digamos: Esto es lo que
hay que creer. A Este crucificado es al que hay que creer. Éste es
verdaderamente el Hijo de Dios. Aquí está la salvación del mundo, como dirá la
Liturgia del Viernes Santo».
Levantar los ojos hacia él no es sólo un acto físico.
Es, sobre todo, un acto de fe. La verdadera fe afirma «Dios es así», «Dios está
en El», «Él es Dios». Para muchos parece imposible que un condenado a muerte
pueda ser Dios. Demasiado fuerte. Donde unos no ven nada más que escándalo,
otros vemos amor, todo el amor que Dios nos tiene. Donde unos no ven nada
más que fracaso, otros vemos el triunfo del amor. Donde unos no ven nada
más que un final, otros vemos la máxima expresión del amor, de la entrega por
amor hasta la muerte. Ahí está el nudo del problema. ¿Es posible amar tanto
que te entregues hasta la muerte? Esta pregunta la tienen que responder
los que de verdad aman y los que amando están dispuestos a lo que sea.
Muchos dejan «todo» por conseguir a alguien. Todo
encuentro de dos personas lleva implícita una renuncia, una entrega que tiene
mil plasmaciones. Por la otra persona hay personas que son capaces de entregar
la vida, poco a poco, como se hacen las cosas de la vida: en el paso rutinario
de las horas…
La entrega no es una experiencia lejana ni ajena a
nuestra propia vida. Cada uno sabe lo que es capaz de entregar y por quién
tenemos fuerzas para entregarnos… Cada uno sabe qué cruces estamos dispuestos a
llevar y por quién…

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