miércoles, 3 de junio de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

ANTE EL CORPUS CRISTI

 

Ante ti, Señor eucaristía nuestra súplica de amigo importuno: Danos el pan de cada día, el pan de esta jornada. Solo te pedimos el trozo suficiente que alivie nuestro cansancio y nuestra fatiga.

Danos la fuerza necesaria, solo aquella que nos permita dar respuesta concreta y fiel a la vocación que a cada instante nos confirmas. Te pedimos el aliento de vida que nos dé capacidad en este ahora. Danos el sorbo de agua imprescindible, que nos libre del agobio y preste a nuestros caminos la alegría de no arrastrar, sedientos y agotados, los pies en la obediencia. Hazte agua de torrente o manantial; que no perezcamos sedientos de sentido.

Sólo te pedimos que permanezcas discreto junto a nosotros en los senderos, sin derroches de visiones, pero que estemos seguros de tu acompañamiento.

Hazte, Señor, la brisa de la tarde, la cena de la noche, pan partido, albergue de nuestro sueño, aceite de nuestras lámparas en la vela. Hazte amanecer y luz del alba.

Danos hoy el pan de la mañana, el que cada día adelanta la mesa de nuestro esfuerzo y de nuestra esperanza. Que no volvamos la mirada atrás, ni nos pueda la nostalgia por el tiempo perdido.

Danos, Señor, el pan que nos saque del tedio y de todo ensimismamiento, pan partido, pan comunitario, pan de Eucaristía.

Tu dijiste: “Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 48-51).

A los pies del sagrario queremos saborear palabra por palabra y afecto por afecto los cuatro pensamientos encerrados en estos versículos.

Cuando dices Yo soy, te miro, Señor, desde la ventana de la fe que me has dado, y confieso que te reconozco como Hijo de Dios que has venido hasta mí. Tú eres el Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación.

Cuando dices que eres Pan vivo bajado del cielo, pienso en que te ofreces a mí como manjar en mesa de banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te haces que llegas a mi pobre tienda para invitarme!

Cuando dices que Comer de tu pan es tener vida para siempre, me haces olvidar mis apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Dame Señor, hambre de tu pan de vida, hambre de vivir en ti!

Y cuando dices que Tu pan es tu carne, vida del mundo, me sumerges en el misterio de tu amor y de tu poder. ¡Tú mismo estás en la mesa a que me invitas, bajo las especies de pan y vino, y es tomando ese pan y vino como el mundo se transforma en ti!

En verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 52-56)

Ahora, Señor, parece que me fuerzas a tener hambre y comer, a tener sed y beber. Más no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a comer y beber de ti mismo: de tu cuerpo y sangre. Y tan fuerte es tu palabra como que me amenaza solemnemente: sin participar de mi banquete, en mi carne y en mi sangre, vuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales turbios, y yo no la reconozco.

¡Tanta es la fecundidad que concedes a la vida eucarística, a la comunión espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un banquete de bodas! Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándome en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en caridad, es ponerme en camino a la vida eterna. Entiendo, Señor, que comer tu cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete eucarístico.

No hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el amor y la solidaridad,

¡Gracias Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! Amén.

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