miércoles, 19 de agosto de 2020


2020 MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

TACONES LEJANOS

Dice la Escritura que Jesús se levantaba temprano para hacer oración. Lo hacía así para encontrar un poco de calma, porque Dios habla bajito y hace falta silencio para escucharle.

En esta tarde de adoración, el Señor quiere hablar con nosotros, contigo. Te quiere ayudar. Se cumplen todas las condiciones. Estamos en un sitio tranquilo y en un ambiente más silencioso.

Cuentan algunos que, en un santuario, había un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras que se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando, dijo:

– Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia:

– Señora, habla si ustedes le dejan.

Señor que te dejemos hablar en esta tarde. Que no nos impacientemos porque al principio no te oigamos, que no dejemos de intentarlo.

Ahora, Jesús te oye y te ve. Aunque tú no le veas, Él te ve. Aunque parezca que no le oyes, Él te oye. Porque Jesús se mueve, actúa, habla, mira, siente… Es bueno que sepamos que lo que nos preocupa o nos alegra Dios lo sabe. A Jesús le interesa mucho que le cuentes tú vida: porque de esa conversación salen cosas interesantes. Verás todo como lo ve Él. Que hables con Dios de Tú a tú, con tus propias palabras: pero sabiendo que lo importante es hablar menos y a escuchar más. Debemos esforzarnos por ir a la oración sin tacones, recogidos. Sin ruido interior. Tranquilos. Mirarle a él solo e imaginarnos a Jesús, a darnos cuenta de que está aquí.

Entonces, en la adoración, se produce un gran milagro: Jesús consigue que cambiemos de manera de pensar. Entramos muy enfadados con una persona y salimos solo enfadadillos. Empezamos agobiados con algo, un problema, una preocupación, y salimos más seguros. Así actúa Dios en el corazón de sus hijos.

La Virgen María nos da un consejo: «haced lo que Él os diga». Ayúdanos Madre nuestra a escucharle, y, sobre todo, a no dejar nunca la oración.

 

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