sábado, 10 de abril de 2021


 2021 AÑO B TIEMPO DE PASCUA II

Los discípulos estaban encerrados en la casa por miedo. Miedo a los líderes judíos, a los guardias del templo, a la muchedumbre voluble, a los romanos, a sí mismos. Y, sin embargo, viene Jesús. Esa casa de puertas cerradas donde falta el aire de la libertad y donde se respira miedo e incomodidad, ahí mismo viene Jesús.

Vuelve a presentarse ocho días después. Y siglos después sigue aquí, frente a nuestras puertas cerradas, viene a traernos la paz y la fuerza de su Espíritu. Qué fantástico es nuestro Dios: No acusa, no reprocha, no abandona, sino que se presenta en medio de los discípulos y les vuelve a proponer, les comunica su paz y su fuerza porque no le habían entendido, y están paralizados por el miedo.

Dios es así, acompaña con infinita delicadeza la fe lenta de su pueblo, al que no pide ser perfecto, sino auténtico; no que estén impecables, sino que estén disponibles. Y se vuelve hacia Tomas, que nos representa a todos: le enseña manos y el costado. La resurrección no cerró los agujeros de los clavos, no eliminó las heridas, como hubiéramos esperado. Porque la cruz no es un simple accidente que hay que superar y olvidar; es la expresión más alta del amor, del arte del amor divino. Es precisamente por esos agujeros en sus manos y en su costado que Dios lo levantó, y no a pesar de ellos: sus heridas son su carta de amor. Jesús no quiere forzar a Tomás, respeta su cansancio y sus dudas, conoce los tiempos de cada uno, conoce la complejidad del vivir.

Si al final Tomas lo tocó o no, no importa. Lo importante es lo que expresó: Señor mío y Dios mío, Tomas repite ese pequeño adjetivo "mío" que lo cambia todo. Mío no de posesión, sino de pertenencia: mantenme en ti. Mío, como el corazón, como el aliento, sin ellos no existiríamos.

El don de Jesús resucitado es la paz: paz a vosotros. Tres veces repite Jesús paz a vosotros». No es el saludo habitual entre los judíos (shalom alekem) y árabes (salam aleikun), es un deseo más profundo, es un estado de ánimo, tal como manifestó en la última cena: “La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis”. En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

Después viene la alegría de los discípulos y la misión. “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Tal como hemos escuchado en los Hechos: El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma… Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado.

Bienaventurados los que creen sin haber visto. Es una fe basada no solamente en la razón sino en el instinto, en el corazón y en la emoción.

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