2026 Meditación eucarística:
El barco
que nunca zarpó.
El bautismo
Señor
Jesús, este domingo pasado en el día en que celebramos tu bautismo escuchamos
estas palabras bajadas del cielo: Tú eres mi Hijo, muy amado, en el cual
me complazco. Tu bautismo Señor fue el pistoletazo de salida para una
vida nueva porque marca el comienzo de tu vida pública, después de la vida
oculta en Nazaret. A partir de ahí empieza a anunciar el Reino de Dios.
En
este acto se revela la Santísima Trinidad: El Hijo es bautizado. El Espíritu
Santo desciende en forma de paloma. El Padre habla desde el cielo: “Este es mi
Hijo amado, en quien me complazco”.
El
bautismo de Jesús no es para su purificación, sino para manifestar quién es Él
y cuál es su misión: el Hijo de Dios que viene a salvar a la humanidad.
Escuchemos.
El
barco que nunca zarpó: En cierta ocasión toda una población portuaria se
encontraba reunida al borde de un astillero. No era para menos: un gran barco
iba a ser bautizado para comenzar su andadura por las aguas del mar.
Todo
estaba preparado; autoridades y banderas, mesas y luces, invitados y
fotógrafos, música y flores y ¡cómo no!: la botella de champán que, en un
momento dado, el alcalde de la localidad habría de lanzar sobre la embarcación.
Y
llegó el momento culminante: después de las palabras de bienvenida y con gran
emoción, la autoridad correspondiente, soltó en el simbólico acto el cava que
fue a estrellarse en el lugar señalado y con total precisión.
Los aplausos y los cohetes no se
hicieron esperar. No era para menos:
-
Un nuevo barco en nuestro puerto, gritaba orgulloso el vecindario.
La
sorpresa y la incertidumbre llegó cuando (después de la fiesta y de la pólvora,
de los himnos y los consabidos abrazos efusivos, de las fotos y de la colosal
comida popular) el barco por distintas circunstancias se resistió a adentrarse
en el mar y quedó totalmente encasquillado sobre unas vías preparadas para la
ocasión. La decepción se hizo aún más mayúscula cuando en un desesperado
intento por empujar el buque hacia el océano se inclinó de tal manera que se
agrietó todo su casco de arriba abajo quedando sentenciado su futuro para
siempre.
Tu
bautismo Jesús da sentido al bautismo cristiano: no solo un gesto externo, sino
un paso hacia una vida nueva en Dios.
Pensemos
en nuestro bautismo que muchos hemos recibido y, otros tantos hoy, lo siguen recibiendo.
Lo hacemos, al igual que la botadura de esa embarcación, rodeados de flores y
de focos, de luces y de fiesta. Pero nos preguntamos: ¿y luego? ¿nos adentramos
en la misión de todo cristiano o nos quedamos en la orilla de ese bautismo?
Malo será que pongamos tanto énfasis en el momento del “chapuzón sacramental”
que nos olvidemos del horizonte que nos exige.
Porque,
en realidad, el bautismo no se queda en el agua que cae sobre nuestras cabezas.
Continúa en el día siguiente cuando, sintiéndonos hijos de Dios, trabajamos
para que su Reino sea una pronta realidad en nuestra tierra.
Porque,
en realidad, el bautismo que recibimos no acaba cuando somos inscritos en el
libro de los elegidos y, en cambio, si empieza cuando nos comprometemos en
llevar con nuestras manos la luz de la fe a todos los que nos rodean.
Esta
es la gran decepción a la que asistimos, con cierta impotencia, la comunidad
cristiana hoy: un bautismo que se queda en el puerto de los que nunca quisieron
emprender ni aprender la fe que en él y con él recibieron. Se quedaron
encasquillados con una fe sin consistencia, con unos padrinos sin garantía y
resquebrajada desde el principio.
Que
este tiempo ordinario que iniciamos después de la Navidad sea una llamada a
recuperar el brío y la autenticidad de nuestro bautismo: hemos sido bautizados
no por necesidad personal (sería muy poco y pobre) y sí como una llamada a ser
hijos de Dios, a ser iglesia y a dar razón de Él donde haga falta. Ayúdanos tu
Jesús a vivirlo desde la profundidad de nuestro ser y de nuestra vocación. Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario