2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO V
Tras el discurso de las
bienaventuranzas, se nos dice que somos sal y luz. Dos elementos muy sencillos
y humildes. Según el texto de hoy, la misión a la que Jesús nos invita se
concreta en ser luz y en ser sal.
La sal da sabor a las
comidas y a la vida, conserva los alimentos. Sería poner alma, corazón y
creatividad en todo lo que hacemos. Cada persona, que aporte su granito de sal.
El signo de la sal es humilde, no
pretencioso, y muy ajustado al estilo de Jesús. La sal sólo sirve para añadirse
a otros alimentos y resaltar su sabor, y esto tan sencillo, tan cotidiano,
puede ser una excelente parábola de lo que ocurre con Jesús, que es la sal que
da sabor a todo lo que hacemos: a vivir, a trabajar, a descansar, a triunfar, a
fracasar, a estar sano, a estar enfermo, a morir… a todo. Somos un yacimiento
de sal, de luz y de sabor. Para que surja la Sal, es necesario el mar y del
sol.
Ser luz,
la luz sirve para iluminar, no existe para ser mirada o contemplada, porque nos
quedaríamos ciegos. La luz resalta el ambiente, la perspectiva y los volúmenes
para caminar por la vida con realidad y coherencia.
La invitación a ser luz tiene un
peligro, y es que caigamos en la pedantería de ir por la vida creyéndonos luz
de los demás. Debemos tener muy claro que esa luz no es nuestra; que en todo
caso somos meros portadores de la luz de Dios que hemos visto reflejada en
Jesús.
Todos tenemos un poco de luz de Dios, y
ofreciendo la que tenemos y recibiendo la que nos dan, podemos caminar por el
mundo como hermanos que se esfuerzan en avanzar sin tropiezos. la vida
cristiana es como un cirio, que si no se consume para dar luz no sirve para
nada. Jesús; cirio encendido que se quemó hasta el último cabo para iluminar el
mundo con la luz de Dios.
Jesús no vino a traer un nuevo sistema
de pensamiento, el suyo es irradiación de luz, esparcimiento de sal, contagio
de fuego y de sabor.
Si la sal permanece encerrada en su
frasco, no sirve para nada, su vocación es dispersarse en la comida. La luz no
se ilumina a sí misma, sino las cosas sobre las que se posa, y no vuelve a su
fuente. Observa la humildad de la sal y
la luz. No llaman la atención sobre sí mismas, no se ponen en el centro. No
tienen como objetivo perpetuarse a sí mismas, sino valorizar al otro. Y así es
la Iglesia: no es un fin, sino un medio para mejorar la vida de las personas.
Hagamos la guerra al hambre es la
campaña de manos unidas en su lucha contra el hambre en el mundo y toda clase
de necesidades que pululan por el mundo en general. Colaboremos para que las
personas indicadas puedan ayudar y mostrar solidaridad con todas estas
necesidades.
Así seremos sal y luz al estilo de Jesús;
sin alardes ni espectáculos. Pero es muy difícil que “los hombres vean el
amor del Padre” cuando lo que habitualmente ven en el mundo no es amor,
sino injusticia, opresión y explotación. Los cristianos hemos visto el amor de
Dios en Jesús, y lo que él nos pide es que le ayudemos a que los demás vean ese
amor en nosotros.

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