2026
CICLO A
TIEMPO
DE CUARESMA III
Llegamos al tercer domingo de cuaresma y
hoy el evangelio nos presenta a Jesús que cansado del camino se sienta junto al
pozo. Llega una mujer sin nombre y con una vida frágil. Dame de beber. Dios
tiene sed, pero no de agua. Tiene sed de ser amado. Tiene sed de cada uno de
nosotros desde el momento en que nos da la vida.
Esa mujer samaritana, representa a toda
la humanidad. Sabemos perfectamente que los judíos y los samaritanos eran dos
pueblos que se evitaban por sistema. Jesús rompe el muro de los prejuicios, está
por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos o de género; por encima de
cualquier barrera ideológica. Y es que el diálogo que Jesús mantiene con la
samaritana es toda una llamada de atención para que dejemos a un lado los
estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan
como a nosotros nos gustaría.
Jesús le dice: Si conocieras el don de
Dios... Te daré un agua que se convierte en manantial. Nos enseña que hay un
medio, uno solo, para llegar al corazón profundo de cada uno. Y no es la
reprimenda, la crítica, la acusación, sino hacer saborear un poco más de
belleza, un poco más de bondad, de vida.
conversación gire en torno al agua nos
nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.
Y esa mujer cuya vida estuvo marcada por
incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su
relación con Dios estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, que ya no
servía siquiera para refrescar.
Jesús toma la iniciativa y le ofrece una
nueva búsqueda para descubrir un agua distinta y sorprende y descoloca a la
samaritana, pero le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una
nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos
ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que
desemboca en lo más íntimo de su ser.
Una fuente es mucho más que lo que
necesitas para saciar tu sed; es sin medida, sin fin, sin cálculo, sin
esfuerzo. Exuberante y excesiva. No brota para sí misma, sino para los demás.
Y la mujer, dejando su cántaro corre a
la ciudad. Su pasado, que era su debilidad, se convierte ahora en su fuerza. Por
eso no tenemos que tener miedo a nuestras debilidades, sino construyamos sobre
ellas. Ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso
dejar atrás. Ya no necesita de esa agua porque Jesús le ha descubierto el
manantial que tiene en su corazón.
Que durante este tiempo de Cuaresma
seamos mendicantes de esa agua viva que nos propone Jesús. Que nos
dejemos embriagar con la frescura de este mensaje, que nos invita a amar y ser
amados con una mirada libre de prejuicios. Reconocer y respetar ese Agua
Viva en cada persona, resolvería todos los conflictos de la humanidad, ya sean
en forma de guerras, abusos o marginaciones. El mensaje de felicidad y
salvación del evangelio alcanza a cualquier persona, sin que importen sus
circunstancias vitales.

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