sábado, 7 de marzo de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO DE CUARESMA III

Llegamos al tercer domingo de cuaresma y hoy el evangelio nos presenta a Jesús que cansado del camino se sienta junto al pozo. Llega una mujer sin nombre y con una vida frágil. Dame de beber. Dios tiene sed, pero no de agua. Tiene sed de ser amado. Tiene sed de cada uno de nosotros desde el momento en que nos da la vida.

Esa mujer samaritana, representa a toda la humanidad. Sabemos perfectamente que los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema. Jesús rompe el muro de los prejuicios, está por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos o de género; por encima de cualquier barrera ideológica. Y es que el diálogo que Jesús mantiene con la samaritana es toda una llamada de atención para que dejemos a un lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría. 

Jesús le dice: Si conocieras el don de Dios... Te daré un agua que se convierte en manantial. Nos enseña que hay un medio, uno solo, para llegar al corazón profundo de cada uno. Y no es la reprimenda, la crítica, la acusación, sino hacer saborear un poco más de belleza, un poco más de bondad, de vida.

conversación gire en torno al agua nos nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.

Y esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, que ya no servía siquiera para refrescar.

Jesús toma la iniciativa y le ofrece una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta y sorprende y descoloca a la samaritana, pero le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.

Una fuente es mucho más que lo que necesitas para saciar tu sed; es sin medida, sin fin, sin cálculo, sin esfuerzo. Exuberante y excesiva. No brota para sí misma, sino para los demás.

Y la mujer, dejando su cántaro corre a la ciudad. Su pasado, que era su debilidad, se convierte ahora en su fuerza. Por eso no tenemos que tener miedo a nuestras debilidades, sino construyamos sobre ellas. Ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Ya no necesita de esa agua porque Jesús le ha descubierto el manantial que tiene en su corazón.

Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa agua viva que nos propone Jesús. Que nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje, que nos invita a amar y ser amados con una mirada libre de prejuicios. Reconocer y respetar ese Agua Viva en cada persona, resolvería todos los conflictos de la humanidad, ya sean en forma de guerras, abusos o marginaciones. El mensaje de felicidad y salvación del evangelio alcanza a cualquier persona, sin que importen sus circunstancias vitales.

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