miércoles, 24 de febrero de 2021


2021 MEDITACIÓN EUCARISTICA:

 EL RELOJ DEL GRANJERO

Un granjero descubrió que había perdido su reloj en el establo, muy valioso y de gran valor sentimental. Después de una extensa búsqueda en vano, contó con la ayuda de un grupo de niños y prometió una valiosa recompensa a cualquiera que encontrara su reloj.

Cuando el granjero estaba a punto de darse por vencido, un niño le pidió la oportunidad de intentarlo, ya que todos los demás fallaron.

¿Porque no? Sería un intento más.

El granjero luego autorizó al niño a entrar al establo. ¡Después de un rato, el chico salió con el reloj en la mano!

Todos estaban asombrados. Entonces el granjero preguntó: – «¿Cómo lo encontraste?»

El niño respondió: – No hice nada más que sentarme en el suelo. En el silencio, escuché el tic-tac del reloj y miré en la dirección correcta.

Querido Jesús sacramentado venimos aquí en esta tarde para hacer silencio junto a ti. Para contemplarte en la sagrada forma y escuchar profundamente tu sonido, tu tic-tac. Queremos poner en paz nuestro corazón y alma tantas veces estresado y contagiado por las prisas de esta sociedad en la cual vivimos. Queremos sentir tu paz, aquella que solo tú sabes dar, solo con mirarte y sentarnos aquí a tu lado. Nada más. Un corazón en paz, una mente en paz puede pensar y sentir mejor que una mente confusa.

Qué bueno sería si todos los días pusiéramos, nuestro corazón y mente, durante unos minutos de silencio, escuchar la voz de Dios que nos guiará en la dirección correcta y nos ayudará a definir nuestra vida. Estar en silencio, porque solo en el silencio podemos escuchar la voz de DIOS.

Este tiempo de cuaresma es un tiempo propicio para hacer silencio profundo. No es un silencio forzado, sino ha de ser un silencio querido y pretendido. Cuando llega un apagón de luz todo cesa. La nevera deja de zumbar, la radio y la televisión están en silencio, y una vez que las baterías de nuestros teléfonos se agotan, y nos preguntarnos en qué deberíamos ocuparnos. Son momentos inquietantes, y deberíamos preguntarnos si nuestros corazones y nuestras mentes están equilibrados. Nos damos cuenta que nos hace falta aprender a estar quietos; saber que Dios es Dios. Si el silencio nos desagrada y nos incomoda deberíamos reconsiderar nuestras prioridades.

Dios siempre está ahí trabajando en nuestros corazones. Si alguna vez nos sentimos desamparados y olvidados por el Señor, debemos recordar que, aunque no podamos ver lo que está haciendo, Él no está ocioso. Dios siempre está trabajando en nuestros corazones y circunstancias para llevar a cabo su voluntad para nuestra vida.

La única manera en que llegamos a conocer a alguien en profundidad es en privado, y esto también se aplica a nuestra relación con Dios. La formación que nos ofrece la parroquia puede ampliar nuestro conocimiento del Señor, pero nunca sustituirá la comunión íntima y personal con Él. Necesitamos paz y tranquilidad para escuchar su Palabra, para adorarlo y traerle todas nuestras preocupaciones en oración.

En el silencio y la quietud el Espíritu Santo nos enseña la sabiduría, que es la capacidad de ver la vida a través de los ojos de Jesús. La sabiduría no se aprende frente a un televisor, por medio de las redes sociales, ni en un evento deportivo. Se adquiere en quietud, en nuestro tiempo privado con el Señor, al poner su Palabra en nuestra mente y practicarla en nuestras relaciones y respuestas a diversas situaciones.

El silencio por sí solo no es el objetivo. Después de todo, no buscamos la mera ausencia de ruido, perturbación o actividad, no buscamos la nada. Nuestro propósito es eliminar toda distracción para que podamos enfocar nuestra atención en Dios. En vez de invitar al Señor a unirse a nosotros en medio de nuestras actividades diarias, hagamos una pausa y descubramos el gozo, alegría y la energía y fuerza de la silenciosa quietud con nuestro Padre celestial. Amén

 

 

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