miércoles, 2 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA

El cojo de la puerta hermosa

Querido Jesús esta tarde venimos a ti y nos acordamos de lo importante que es hacer las cosas en tu nombre. Los hechos de los apóstoles relatan que: Pedro y Juan subían al templo… cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos». Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Este hombre pensó que había llegado demasiado tarde. Era cojo desde el vientre de su madre. Jamás había dado un paso. Jamás había corrido. Toda su vida dependió de otros. Toda su vida estuvo marcada por una limitación que él nunca escogió. Durante años lo llevaban diariamente al templo. Todos los días. La misma puerta. La misma rutina. La misma necesidad. La misma dependencia.

Seguramente aquel hombre había oído hablar de Jesús. Había esperado ser sanado por Él. Había alimentado la esperanza de que algún día Cristo pasara por allí y cambiara su historia. Pero el tiempo pasó. Y el milagro no llegó. Entonces Jesús fue crucificado. Resucitó. Ascendió al cielo. Y aquel hombre siguió siendo cojo.

Las noticias comenzaron a correr por Jerusalén. "Jesús ha muerto." "Jesús ya no está." "Jesús se fue." Y poco a poco algo murió también dentro de aquel hombre: La esperanza.

Porque quizás pensó: Lo perdí. Jesús sanó a ciegos. Jesús sanó a leprosos, levantó paralíticos, pero a mí no me tocó.

Y si somos sinceros, muchos conocemos ese sentimiento. Ver cómo otros reciben lo que nosotros llevamos años esperando. Ver cómo otros obtienen la respuesta. Ver cómo otros reciben el milagro. Mientras nosotros seguimos sentados en el mismo lugar. Y poco a poco el corazón comienza a rendirse. No porque deje de creer en Dios. Sino porque deja de esperar algo para sí mismo. Y eso es exactamente lo que parece haber ocurrido con este hombre, no está esperando un milagro. Está esperando una moneda. Ya no espera caminar. Ya no espera cambiar. Ahora simplemente intenta sobrevivir. Se resignó. Aceptó que así sería su vida. Aceptó que siempre dependería de otros. Aceptó que siempre estaría junto a aquella puerta. Aceptó que sus sueños habían terminado.

Es una de las tragedias más silenciosas de la vida. No cuando perdemos algo. Sino cuando dejamos de esperar. Cuando dejamos de creer. Cuando nos convencemos de que nada cambiará. Cuando aprendemos a vivir con una tristeza permanente. Cuando comenzamos a decir: "Así soy." "Así será siempre." "Ya es demasiado tarde."

Y entonces llegó aquel día. Un día aparentemente normal. Un día igual a los demás. Sin anuncios del cielo. Sin trompetas. Sin advertencias. Pedro y Juan simplemente iban al templo.

Y el hombre hizo lo que había hecho miles de veces. Extendió la mano. Pidió una limosna. Porque esperaba dinero. Nada más. Pero Dios estaba preparando algo mucho mayor que una moneda. Aparece una de las frases más hermosas de toda la Biblia. "Míranos." Qué palabras tan sencillas. Y sin embargo tan profundas. Entonces Pedro dijo: "No tengo plata ni oro." Y quizá por un instante el corazón del hombre volvió a hundirse. Porque era exactamente lo que necesitaba. Dinero.

Pero Dios no iba a darle algo para sobrevivir. Iba a darle algo para vivir. Porque muchas veces pedimos una moneda. Y Dios está preparando piernas. Pedimos alivio. Y Dios prepara transformación. Pedimos una solución pequeña. Y Dios tiene preparado algo infinitamente mayor.

Y entonces Pedro dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda." Y de repente la imposibilidad desapareció en un instante. Los músculos respondieron. Los huesos respondieron. La vida respondió.

Dios estaba escribiendo el capítulo más hermoso de su vida. Y quizás alguien necesita escuchar esto hoy. Porque hay personas que creen que llegaron tarde. Que perdieron la oportunidad.

Pero esta historia nos recuerda algo extraordinario. Que el silencio de Dios no significa olvido. Que la demora de Dios no significa rechazo. Que el hecho de que otros hayan recibido primero no significa que tú hayas sido descartado.

Y llegó el día señalado. No el día que el hombre imaginó. No de la manera que esperaba. Pero sí en el momento perfecto de Dios. Y cuando Dios decidió actuar, descubrió algo que jamás había imaginado. Que aunque él había dejado de esperar, Dios nunca había dejado de pensar en él. Amén

martes, 1 de septiembre de 2026