MEDITACIÓN EUCARÍSTICA
El cojo de la puerta hermosa
Querido
Jesús esta tarde venimos a ti y nos acordamos de lo importante que es hacer las
cosas en tu nombre. Los hechos de los apóstoles relatan que: Pedro y Juan
subían al templo… cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento.
Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para
que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a
Juan, les pidió limosna. Pedro se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos». Clavó
los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo
plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno,
levántate y anda».
Este
hombre pensó que había llegado demasiado tarde. Era cojo desde el vientre de su
madre. Jamás había dado un paso. Jamás había corrido. Toda su vida dependió de
otros. Toda su vida estuvo marcada por una limitación que él nunca escogió. Durante
años lo llevaban diariamente al templo. Todos los días. La misma puerta. La
misma rutina. La misma necesidad. La misma dependencia.
Seguramente
aquel hombre había oído hablar de Jesús. Había esperado ser sanado por Él. Había
alimentado la esperanza de que algún día Cristo pasara por allí y cambiara su
historia. Pero el tiempo pasó. Y el milagro no llegó. Entonces Jesús fue
crucificado. Resucitó. Ascendió al cielo. Y aquel hombre siguió siendo cojo.
Las
noticias comenzaron a correr por Jerusalén. "Jesús ha muerto." "Jesús
ya no está." "Jesús se fue." Y poco a poco algo murió también
dentro de aquel hombre: La esperanza.
Porque
quizás pensó: Lo perdí. Jesús sanó a
ciegos. Jesús
sanó a leprosos, levantó paralíticos, pero a mí no me tocó.
Y
si somos sinceros, muchos conocemos ese sentimiento. Ver cómo otros reciben lo
que nosotros llevamos años esperando. Ver cómo otros obtienen la respuesta. Ver
cómo otros reciben el milagro. Mientras nosotros seguimos sentados en el mismo
lugar. Y poco a poco el corazón comienza a rendirse. No porque deje de creer en
Dios. Sino porque deja de esperar algo para sí mismo. Y eso es exactamente lo
que parece haber ocurrido con este hombre, no está esperando un milagro. Está
esperando una moneda. Ya no espera caminar. Ya no espera cambiar. Ahora
simplemente intenta sobrevivir. Se resignó. Aceptó que así sería su vida. Aceptó
que siempre dependería de otros. Aceptó que siempre estaría junto a aquella
puerta. Aceptó que sus sueños habían terminado.
Es
una de las tragedias más silenciosas de la vida. No cuando perdemos algo. Sino
cuando dejamos de esperar. Cuando dejamos de creer. Cuando nos convencemos de
que nada cambiará. Cuando aprendemos a vivir con una tristeza permanente. Cuando
comenzamos a decir: "Así soy." "Así será siempre." "Ya
es demasiado tarde."
Y
entonces llegó aquel día. Un día aparentemente normal. Un día igual a los
demás. Sin anuncios del cielo. Sin trompetas. Sin advertencias. Pedro y Juan
simplemente iban al templo.
Y
el hombre hizo lo que había hecho miles de veces. Extendió la mano. Pidió una
limosna. Porque esperaba dinero. Nada más. Pero Dios estaba preparando algo
mucho mayor que una moneda. Aparece una de las frases más hermosas de toda la
Biblia. "Míranos." Qué palabras tan sencillas. Y sin embargo
tan profundas. Entonces Pedro dijo: "No tengo plata ni oro." Y quizá
por un instante el corazón del hombre volvió a hundirse. Porque era exactamente
lo que necesitaba. Dinero.
Pero
Dios no iba a darle algo para sobrevivir. Iba a darle algo para vivir. Porque
muchas veces pedimos una moneda. Y Dios está preparando piernas. Pedimos
alivio. Y Dios prepara transformación. Pedimos una solución pequeña. Y Dios
tiene preparado algo infinitamente mayor.
Y
entonces Pedro dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y
anda." Y de repente la imposibilidad desapareció en un instante. Los
músculos respondieron. Los huesos respondieron. La vida respondió.
Dios
estaba escribiendo el capítulo más hermoso de su vida. Y quizás alguien
necesita escuchar esto hoy. Porque hay personas que creen que llegaron tarde. Que
perdieron la oportunidad.
Pero
esta historia nos recuerda algo extraordinario. Que el silencio de Dios no
significa olvido. Que la demora de Dios no significa rechazo. Que el hecho de
que otros hayan recibido primero no significa que tú hayas sido descartado.
Y
llegó el día señalado. No el día que el hombre imaginó. No de la manera que
esperaba. Pero sí en el momento perfecto de Dios. Y cuando Dios decidió actuar,
descubrió algo que jamás había imaginado. Que aunque él había dejado de esperar,
Dios nunca había dejado de pensar en él. Amén

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