sábado, 4 de septiembre de 2021

2021 TIEMPO ORDINARIO XXIII

 Hoy aparece Jesús traspasando fronteras pasa por las ciudades de Tiro y de Sidón y por la Decápolis, todo fuera del territorio de Israel. Jesús es el hombre sin fronteras, que trae aire fresco, cura las heridas, busca esa dimensión de lo humano que nos une a todos.

Le trajeron un sordomudo. Un hombre preso en el silencio, encerrado en sí mismo. Es traído, porque él no está metido en la sociedad porque vive en un aislamiento total.

Y le rogaron que le impusiera las manos: Se lo lleva a parte. Le dedica una atención especial. Lejos de la multitud; ya no es uno de los muchos marginados anónimos, ahora es alguien especial, el maestro lo es todo para él. Y siguen gestos muy corporales y a la vez muy delicados.

Jesús puso sus dedos en sus oídos sordos: el toque de los dedos, las manos que hablan sin palabras. Jesús entra en una relación corporal, no etérea ni desapegada, pero como médico capaz y humano, se dirige a las partes más débiles, toca a las que sufren.

Con la saliva, se tocó la lengua. Gesto íntimo, te doy algo mío, algo vital, que está en la boca del hombre junto con el aliento y la palabra, símbolos del Espíritu. Evangelio de contactos, olores, sabores. El contacto físico no desagradó a Jesús, al contrario.

Luego, mirando hacia el cielo, dejó escapar un suspiro y le dijo: Effatà, es decir: ¡Ábrete! En arameo; Emitir un suspiro que no es un grito que expresa poder, no es un sollozo de dolor, pero es el soplo tranquilo y humilde de la esperanza, es el suspiro del prisionero. Jesús suspira: Ábrete, como se abre una puerta al invitado, ventana al sol, como se abre el cielo después de la tormenta.

Ábrete a los demás y a Dios, y que tus heridas se conviertan en resquicios por los que la vida entra y sale. Primero los oídos, símbolo elocuente. Solo aquellos que pueden escuchar pueden hablar. Otros levantan barreras cuando hablan y no conocen a nadie. Jesús no sana a los enfermos para que se conviertan en creyentes o para seguirlo, sino para crear hombres libres, sanos y completos.

Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Este bien hacer del Señor Jesucristo viene a nuestro encuentro e interroga nuestra vida de discípulos y seguidores suyos. Llevamos largos meses de vida sobresaltada, anómala, por la situación pandémica que asola al mundo, y está provocando tanto sufrimiento: ¿Hasta cuándo?

Aquel hombre sale de su aislamiento y, por vez primera, descubre lo que es vivir escuchando a los demás y conversando abiertamente con todos. Son una invitación a dejarse trabajar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio.

Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, si no captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero entonces no sabremos anunciar la Buena Noticia de Jesús. Deformaremos su mensaje. 

 

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