domingo, 5 de diciembre de 2021

2021 AÑO C TIEMPO DE ADVIENTO II

 Parece una página solemne, casi majestuosa, el precursor inicia su actividad, el evangelista narra una larga lista de reyes y sacerdotes trazando el mapa del poder político y religioso de la época, y luego, de repente, el punto de inflexión. La Palabra de Dios vuela del templo y de los grandes aposentos del poder, y llega a un joven, hijo de sacerdotes y amigo del desierto, libre como el viento, vigilante del silencio. Juan, que aún no tiene treinta años, anuncia nuevos comienzos y procesos. Enderezar, alisar, rellenar ... Ese profeta joven, un tanto salvaje, pinta un paisaje áspero y difícil, que tiene los rasgos duros y violentos de la historia: cada violencia, cada exclusión e injusticia es un abismo que llenar. Pero también es nuestra geografía interior: un mapa de heridas nunca curadas, de abandonos sufridos o infligidos, miedos, soledad, desamor ... Hay trabajo por hacer, trabajo enorme: nivelar y rellenar, volverse sencillo y llano.

Es un Evangelio que consuela: porque, aunque los poderosos del mundo levanten barreras, cortinas de mentira, muros en las fronteras, Dios encuentra el camino para alcanzarnos y pone su mano en nuestro hombre, nada lo detiene;

La última línea del Evangelio es hermosa: todo hombre verá la salvación. ¿Cada hombre? Sí, exactamente eso. Dios quiere que todos estén a salvo, y no se detendrá frente a quebradas o montañas, ni siquiera frente a la tortuosidad de mi pasado o los pedazos de mi vida.

Otro elemento fundamental de la predicación de Juan es la conversión, predicaba la conversión para acoger la salvación. Esa predicación sigue siendo necesaria en nuestros días. Por tanto, hemos de volver a convertirnos a la Palabra (a Jesucristo) e invitar a la conversión a los demás. No hemos de decaer o dejarnos llevar ante los conflictos y problemas. Esa es nuestra responsabilidad creyente. Una responsabilidad muy importante porque significa, ni más ni menos, que, si la cumplimos, proyectaremos a nuestro alrededor la esperanza de que otro mundo es posible y de que las cosas pueden ser de otra manera… conforme al plan de Dios.

Intensifiquemos en este tiempo de Adviento la oración de los unos por los otros. Orar, sobre todo, por la perseverancia de la Iglesia en este tiempo de difícil esperanza, tal y como Pablo recuerda en la carta a los Filipenses: “Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios”.

          ¡Feliz Adviento para todos!

 

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