sábado, 13 de agosto de 2022

2022 AÑO C TIEMPO ORDINARIO XX

 Hoy volvemos a escuchar un evangelio de gracia, de buenas nuevas, pero molesto. Jesús comienza hablando de sí mismo, de su misión y su destino, con palabras misteriosas: Fuego, guerra, división.

Las lecturas de hoy, no sólo el Evangelio, presentan la fe como una lucha, y en el caso de Jeremías, como signo de contradicción, esfuerzo, peligro, como el mismo Cristo vivió la fe. Todos ellos nos dicen que la verdad molesta y lleva a correr riesgos.

Nosotros quizás nos hemos acostumbrado a vivir una fe líquida, conformista, descomprometida. La Palabra de hoy, nos mueve el suelo que pisamos. La fe tal como la vivió Jesús, nunca puede ser neutral. Nos sorprenden sus palabras de fuego, guerra y división, que purifican nuestra fe. Porque si Él lo vivió así poniéndose del lado de los que sufren, sus seguidores no podemos callarnos ante los atropellos cometidos y esto provocará lucha e incomodidad. El mensaje central de hoy es, por tanto, que el creyente deberá vivir siempre con la cruz de la contradicción.

Estas palabras de Jesús: He venido a prender fuego a la tierra… ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. son dramáticas, duras, reflexivas, pero hermosas. Son textos escritos bajo el fuego de la primera persecución violenta contra los cristianos, cuando los discípulos de Jesús se encontraron repentinamente excomulgados por el estamento judío. Un golpe terrible para las primeras comunidades de Palestina, donde todos eran judíos, donde las familias comenzaron a dividirse en torno al fuego y la espada, en el escándalo de la cruz de Cristo.

- El fuego es el símbolo de la presencia de Dios, en el Éxodo: la zarza ardiente y no se consume en el Sinaí; ardor del corazón para los discípulos de Emaús; lenguas de fuego en Pentecostés; llamas de fuego de Dios que es amor. He venido a mostrar el verdadero rostro de Dios sobre la tierra. Con la alta temperatura moral.

- ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. La paz no es neutralidad, mediocridad, equilibrio entre el bien y el mal. No vendrá como una plenitud repentina, sino como una lucha, una conquista, un terreno de conflicto, escritas con el alfabeto de las heridas grabadas en la carne inocente, el tierno cordero crucificado.

Como Jesús, también nosotros somos enviados a usar nuestra inteligencia no para venerar el calor de las cenizas, sino para guardar el ardor del fuego, somos un puñado de calor y de luz arrojados a la faz de la tierra, no para deslumbrar, sino para iluminar y calentar la porción que nos ha confiado.

Quizá nuestra misión sea, sin imponer, teñir todo el conglomerado y hacerlo arder por el fuego de la justicia, de la paz, del amor de Dios, de la fraternidad, del perdón, del bienestar general y no particular. Lógico, pues, que esto no deje indiferente a nadie; a unos, porque no les gusta y les parece “poco moderno” y a otros, porque nos parece injusto el trato que recibe la iglesia. Aprender a vivir en la contrariedad y en las dificultades.

 

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