DOMINGO DE RAMOS
Entramos en la Semana Santa, en los días
más importantes de la historia y de la fe. Aquí la liturgia se ralentiza, nos
acompaña con calma, casi hora a hora, en los últimos días de Jesús: desde la
entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en la mañana de
Pascua.
Lo más bello que se puede hacer en estos
días es permanecer junto a los acontecimientos, junto a las infinitas cruces
del mundo donde Cristo sigue crucificado. Los cristianos están cerca de Dios en
su sufrimiento.
Jesús entra en la muerte y sube a la
cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar en la cruz es lo que Dios,
en su amor, le debe al hombre crucificado. Porque el amor conoce muchos
deberes, pero el primero es estar con el amado, abrazarse a él, abrazarlo en sí
mismo, para luego levantarlo en alto, fuera de la muerte. La cruz es el abismo
donde un amor eterno penetra en el tiempo como una gota de fuego, y arde.
Existe una cercanía absoluta: de Dios hacia
nosotros y de nosotros hacia Dios; en la cruz se mezcla esa pasión de comunión
que hace temblar nuestros sepulcros y nos posibilita que entre en ellos la luz de
la mañana.
Solo la cruz disipa toda duda. Cualquier
otro gesto podría ofrecer una idea falsa de Dios. El amor escribe su historia
con el alfabeto de las heridas, el único que no engaña. De ahí la emoción, el
asombro, el enamoramiento. Después de dos mil años, nosotros sentimos como las
mujeres, como el centurión, como el buen ladrón, que en la Cruz reside la
atracción suprema de Dios.
Sálvate a ti mismo, baja de la cruz,
entonces creeremos. Cualquier hombre, si pudiera, bajaría de la cruz. Jesús,
no. No baja porque sus hijos no pueden hacerlo.
Lo entendió primero un pagano, un
centurión experto en la muerte: Verdaderamente este era hijo de Dios. ¿Qué lo
conquistó? Vio el vuelco del mundo, donde la victoria siempre había sido del
más fuerte, del más armado, del más despiadado. Pero él ha constatado el poder
supremo de Dios, de su amor desarmado; que es el de dar la vida incluso a quien
da la muerte; el poder de servir, no de someter. Ha visto en el Gólgota otra
forma de ser hombres.
Al igual que aquel hombre experto en la
muerte, también nosotros, desorientados y fascinados, sentimos que en la Cruz
hay atracción, y seducción, y belleza, y vida. La belleza suprema de la
historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de
Dios se deja clavar, pobre y desnudo, para morir de amor.
Hermoso es quien ama, y más hermoso aún
quien ama hasta el extremo. Mi fe se basa en un acto de amor perfecto, lo más
bello del mundo. Y en Pascua, el Resucitado me asegura que un amor así no puede
perderse.

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