sábado, 28 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS

 

Entramos en la Semana Santa, en los días más importantes de la historia y de la fe. Aquí la liturgia se ralentiza, nos acompaña con calma, casi hora a hora, en los últimos días de Jesús: desde la entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en la mañana de Pascua.

Lo más bello que se puede hacer en estos días es permanecer junto a los acontecimientos, junto a las infinitas cruces del mundo donde Cristo sigue crucificado. Los cristianos están cerca de Dios en su sufrimiento.

Jesús entra en la muerte y sube a la cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar en la cruz es lo que Dios, en su amor, le debe al hombre crucificado. Porque el amor conoce muchos deberes, pero el primero es estar con el amado, abrazarse a él, abrazarlo en sí mismo, para luego levantarlo en alto, fuera de la muerte. La cruz es el abismo donde un amor eterno penetra en el tiempo como una gota de fuego, y arde.

Existe una cercanía absoluta: de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia Dios; en la cruz se mezcla esa pasión de comunión que hace temblar nuestros sepulcros y nos posibilita que entre en ellos la luz de la mañana.

Solo la cruz disipa toda duda. Cualquier otro gesto podría ofrecer una idea falsa de Dios. El amor escribe su historia con el alfabeto de las heridas, el único que no engaña. De ahí la emoción, el asombro, el enamoramiento. Después de dos mil años, nosotros sentimos como las mujeres, como el centurión, como el buen ladrón, que en la Cruz reside la atracción suprema de Dios.

Sálvate a ti mismo, baja de la cruz, entonces creeremos. Cualquier hombre, si pudiera, bajaría de la cruz. Jesús, no. No baja porque sus hijos no pueden hacerlo.

Lo entendió primero un pagano, un centurión experto en la muerte: Verdaderamente este era hijo de Dios. ¿Qué lo conquistó? Vio el vuelco del mundo, donde la victoria siempre había sido del más fuerte, del más armado, del más despiadado. Pero él ha constatado el poder supremo de Dios, de su amor desarmado; que es el de dar la vida incluso a quien da la muerte; el poder de servir, no de someter. Ha visto en el Gólgota otra forma de ser hombres.

Al igual que aquel hombre experto en la muerte, también nosotros, desorientados y fascinados, sentimos que en la Cruz hay atracción, y seducción, y belleza, y vida. La belleza suprema de la historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de Dios se deja clavar, pobre y desnudo, para morir de amor.

Hermoso es quien ama, y más hermoso aún quien ama hasta el extremo. Mi fe se basa en un acto de amor perfecto, lo más bello del mundo. Y en Pascua, el Resucitado me asegura que un amor así no puede perderse.

 

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