Ofrecer el perdón, cuando en recompensa,
se recibe el silencio o la mofa.
Qué difícil es perdonar y cuánto cuesta,
Señor sabiendo que, mi corazón, no es tan grande como el tuyo: siempre
dispuesto a comenzar de nuevo.
Ser siervo del perdón y no del orgullo.
Arrodillarme ante el que me injuria o
cerrar los ojos ante el que me denigra.
Decir “lo intentaré de nuevo” a pesar de
la traición o disculpar los golpes recibidos.
Abrazar tu evangelio sabiendo que, el
perdón, sin límites y sin farsa, sin miedos ni fronteras es el resumen de tu
paso entre nosotros de tu vida en medio de la nuestra tu palabra que se hace
carne más allá de teorías y de discursos.
Vivir sin sentirse perdonado y, vivir,
con la conciencia de no haber disculpado.
Romper con las historias pasadas para
caminar de nuevo e iniciar un rumbo distinto sin pensar en vencedores ni
derrotados.
Ser generoso ofreciendo semillas de
reconciliación.
Decir “lo siento” o “te perdono”.
Recordar que, para entrar en el cielo, la
llave que mueve su puerta es precisamente esa: perdonar siempre.
Dime, Señor, cómo hacerlo.
Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario