sábado, 6 de junio de 2020


SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado en Pentecostés. Y ahora estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.
A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las Personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.
Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. En vez de intentar descifrar el misterio de Dios, nos invita a abrirnos al misterio del mismo Dios. Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinitas. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.
Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios», y busca una vida más justa y digna para todos, sobre todo para los más pobres, indefensos y necesitados.
Juan lo anuncia claramente en el Evangelio: que el Padre ha enviado a su Hijo para dar su vida por nosotros y, así, traer la salvación al mundo.
Es durante el encuentro de Jesús con Nicodemo que cambia y transforma la vida, es un día para nacer de nuevo: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Es un versículo fundamental del evangelio, son palabras que salen de la boca de Jesús que nos reconfortan, y alivian nuestros pesares: Dios ha amado tanto El mundo...
Jesús le está diciendo al fariseo temeroso que el nombre de Dios no es amor, sino "mucho amor", él es "el verdadero amor". Dios siempre considera al mundo entero más importante que él mismo. Por amor se perdió a sí mismo y se entregó a la muerte. El amor de Dios no es una esperanza, sino un hecho seguro y adquirido: Dios ya está aquí, estará con nosotros hasta el fin del mundo y lo está con mucho amor.
El mundo está seguro porque es amado. Los cristianos no somos los que amamos a Dios, sino los que se sienten amados por Dios. El Dios Trinidad nos ama. Esta fiesta es el anuncio de que Dios no es en sí mismo soledad, sino comunión, vínculo, abrazo. Quien nos ha tocado y nos libera y hace que amemos como él.


DOMINGO 14 DE JUNIO
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
-CORPUS CHRISTI-
En las misas del domingo, de las 10-11 y 20h. al finalizar se hará una pequeña Exposición y Adoración al Santísimo.
Al quedar este año suspendida la procesión por las calles de nuestra ciudad, finalizada la Exposición se procederá a su procesión por el interior del Templo hasta la puerta, donde se procederá a la bendición de la ciudad.

DOMINGO 14 
en la Eucaristía de las 11 h. celebraremos 
la FIESTA DE NUESTRA PARROQUIA.
Este año por motivos sanitarios, se suspende la comida fraterna

SÁBADO 13 de JUNIO
FESTIVIDAD DE S. ANTONIO DE PADUA


TITULAR DE NUESTRA PARROQUIA
Las misas se celebrarán 


a las 8 y 20 h.
Este año por razones sanitarias, 

cada feligrés que lo desee traerá su pan para la bendición

miércoles, 3 de junio de 2020


EL ANILLO DEL MAESTRO

Fue un discípulo a decirle a su maestro: Me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
- Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... y haciendo una pausa agregó: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- Encantado, maestro - titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó. ¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces   habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.
- Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- ¡58 MONEDAS! -exclamó el joven.
- Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
Todos somos como esta joya, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore. En este tiempo de reclusión hemos descubierto el valor de las personas que teníamos cerca, el valor de la presencia de Dios en nuestra vida, que jamás nos abandonó. Él siempre estuvo a nuestro lado, como ahora en esta tarde que nos acompaña con su presencia en el santísimo sacramento. Valemos mucho porque somos imagen de Dios, desde la creación. Somos reflejo de la única divinidad y a ella tendemos siempre. Además, fuimos comprados con la sangre de Cristo, él se ofreció por nosotros por amor, porque nos quería y porque sabe que vale la pena amarnos y ayudarnos a crecer siempre. Su sacrificio nos valió la vida eterna, la vida plena.
RECUERDA SIEMPRE LO MUCHO QUE TÚ VALES, AUNQUE QUIZÁS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN.