sábado, 5 de junio de 2021

Domingo 20 de Junio,

 en la Eucaristía de las 11h

RENOVACIÓN PROMESAS MATRIMONIALES

Todos los matrimonio que deseen renovar o, celebran sus bodas de plata o de oro, por favor pasen por la sacristía para inscribirse

TODOS LOS MATRIMONIOS QUEDAIS INVITADOS

 

 


 DOMINGO 13 de Junio

FESTIVIDAD DE S. ANTONIO DE PADUA
Día de Nuestra Parroquia
Celebraremos Misa Solemne a las 11h.
En todas las Eucaristías se bendecirán los panes, si alguien desea más pan, lo pueden traer y les serán bendecidos.

TRIDUO DE S. ANTONIO DE PADUA
a las 19'40h
El miércoles, 9; Jueves 10 y Viernes 11 de Junio

 


 CHARLA DE D. RICARDO LÁZARO

El próximo jueves día 10 de Junio a las 20'30h. Charla a cargo del profesor D. Ricardo Lázaro, sobre el Santo Cáliz
ESTAIS TODOS INVITADOS

2021 AÑO B SOLEMNIDAD DE 

CORPUS CRISTI

DIA NACIONAL DE CARIDAD

La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos abre en este año la posibilidad de contemplarlo de nuevo en su totalidad. Reconocer que Jesús se quedó en el pan y vino consagrado, pero también se quedó en los pobres, enfermos, necesitados, en definitiva, en todo acto de generosidad y solidaridad.

En los Evangelios, Jesús siempre habla con verbos sencillos y directos: tomar, escuchar, venir, ir, irse; cuerpo y sangre. Jesús es tan radicalmente hombre, incluso en el lenguaje, que llega a Dios y lo comunica a través de las raíces, a través de gestos comunes a todos. Veamos el Evangelio de Marcos:

En primer lugar, dijo tomad, verbo claro y preciso acompañado de un gesto concreto, sus manos se abren y se estiran. Jesús no pide a los apóstoles que adoren, contemplen, veneren ese pan partido: Quiere ser depositado en nuestras manos como regalo, estar en nuestra boca como pan, en nuestro fondo como sangre. Aquí está el milagro, en el pan y en el vino está el latido de su corazón, por eso tomad. Para convertirnos en lo que recibimos.

Lo que trastorna está en lo que pasa en el discípulo más que en lo que pasa en el pan y el vino: quiere que el fluir tibio de su vida corra por nuestras venas, que su coraje arraigue en nuestro corazón, que nos propongamos vivir la existencia humana tal como Él la vivió. Dios en mí, mi corazón lo absorbe, él absorbe mi corazón, y nos convertimos en uno, la misma vocación. Dios se hizo hombre por esto, para que el hombre se vuelva como Dios.

Jesús nos dio sus dos mandamientos sencillos, los dobló, y en cada Eucaristía los volvemos a escuchar: tomad y comed, tomad y bebed, sed yo mismo. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.

Cuerpo entregado y sangre derramada indican toda su existencia, su vida humana, sus manos de carpintero con olor a madera y agujeros de clavos, sus lágrimas, sus pasiones, el polvo de las calles, sus pies empapados en nardos y luego de sangre, y la casa que se llena de perfume y palabras que huelen a cielo.

Él permanece en nosotros y nosotros en él. La gente buena cuando aman, dicen las mismas cosas: ven y vive en mi casa, mi casa es tu casa. Dios nos lo dice. Antes de decir "tengo hambre", dijo "quiero estar contigo". Nos busca continuamente, nos espera y se entrega. Un Dios así no es merecido: sólo hay que acogerlo y dejarse amar.

El Corpus Cristi nos recuerda los cuerpos de nuestros hermanos los más necesitados, los que sufren, los que no pueden respirar porque la vida les ahoga. Comulgar con Jesús eucaristía es comulgar con todos nuestros hermanos, cuerpo de cristo. Adorar a Jesús sacramentado es colocarse a los pies de los pobres para servirles como hijos y como hermanos nuestros. Amén

 

miércoles, 2 de junio de 2021

2021 MEDITACIÓN EUCARÍSTICA.

 LA EUCARISTÍA: CENTRO, CULMEN, FUENTE DE VIDA

“Yo soy el pan de vida, dice Jesús. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 48-51). 

A los pies del sagrario queremos saborear palabra por palabra y afecto por afecto estos pensamientos encerrados en estos versículos. 

Cuando nos dices Yo soy, te miramos, Señor, desde la ventana de la fe que nos has dado, y confesamos que te reconocemos como Hijo de Dios que has venido hasta nosotros. Tú eres el Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación. 

Tú eres Pan vivo bajado del cielo, pensamos que te ofreces a nosotros como un manjar en la mesa del banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te haces que llegas a nuestra tienda pobre para invitarnos! 

En la Sagrada Escritura, y en toda la tradición cultural, la simbología del pan es muy clara: representa el alimento básico que necesita todo hombre para vivir. Es un modo más concreto de decir comida, tomando la imagen más frecuente en todas las culturas. Cristo usa esta imagen aplicándola a la vida humana, más allá del mero subsistir biológico. Igual que todo hombre necesita comer, alimentarse, para que su cuerpo se desarrolle con normalidad, de igual modo todo hombre necesita a Cristo para crecer y vivir como ser humano, que ama y es amado, que conoce y es conocido, que se interrelaciona con todo lo que le rodea.

Comer de tu pan es tener vida para siempre, nos haces olvidar nuestras apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Danos Señor, hambre de tu pan de vida, hambre de vivir en ti! 

Jesús nos recuerda expresamente: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Si descuidamos los sacramentos, si nos creemos tan fuertes que pretendemos ser santos con nuestras solas fuerzas, vamos a fracasar. Seamos humildes, sencillos, y acerquémonos a recibir el alimento de la Eucaristía, este maravilloso regalo que Dios nos ha dado para acompañarnos en nuestro peregrinar por esta vida, en camino hacia el cielo.

Jesús no es sólo alimento; es también nuestra mejor compañía. Una alegría compartida es mayor alegría, y una pena compartida es más llevadera. Por eso el Señor nos dejó un modo de acompañarnos más íntimo que su presencia como Creador del mundo. Dios está en todas partes; pero su amor delicado le llevó a quedarse cerca de nosotros de un modo especial en la Eucaristía. Esta presencia, esta compañía, es tan íntima que nos permite tenerle dentro de nuestro corazón. Ya no es sólo un Dios cuidador que está cerca de su creatura; ni siquiera un buen amigo que está a nuestro lado. Es alguien que entra en nuestro interior más profundo, que nos acompaña desde lo más íntimo de nuestro corazón, desde el fondo de nuestra alma.

Señor, tu nos invitas a comer para saciar nuestra hambre y a beber para saciar nuestra sed. Mas no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a comer y beber de ti mismo: de tu cuerpo y sangre. Porque sin participar de su banquete, en su carne y en su sangre, nuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales turbios. 

Tu concedes fecundidad a nuestra vida eucarística, a la comunión espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un banquete de bodas.

Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándonos en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en caridad, es ponerse en camino a la vida eterna. 

Comer tu cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete eucarístico. 

No hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el amor y la solidaridad, no hay nacimiento a la eternidad venturosa si no se lleva en la frente el sello del amor universal, generoso, oblativo... 

¡Gracias Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía!