sábado, 12 de marzo de 2022


 

2022 AÑO C TIEMPO DE CUARESMA II 

 

Contemplamos la escena de la Transfiguración de Jesús mientras nuestra cabeza no deja de rumiar con dolor lo que está pasando en Ucrania. La teofanía que cuenta Lucas es una forma de proclamar su fe en la resurrección de Jesús. Ojalá la humanidad sea capaz de oír esa voz: este es mi hijo amado, escuchadle. Escuchad esa otra forma de vivir que Jesús nos mostró. 

 En los versículos anteriores al evangelio de este domingo, Jesús camina con sus discípulos y les anuncia su pasión y muerte, invitándoles a tomar la propia cruz para seguirle y estar dispuestos a perder la vida por el evangelio. ¡Duro mensaje! Para ellos y para nosotros. 

Evangelio de hoy nos dice: En este mismo camino hay gloria, hay encuentro con Dios, hay transfiguración. Hay posibilidad de “ir más allá”, a lo esencial de nuestro ser. 

 Como a Pedro, a Santiago o a Juan, Jesús nos saca del camino y nos toma consigo para hacernos testigos y partícipes de su encuentro con Dios, de este hecho central en su vida: experimentarse como hijo amado. Esta experiencia de cercanía de Dios está narrada con todos los elementos de las teofanías bíblicas, monte lugar en que Dios habita, vestiduras resplandecientes. La importancia y grandiosidad de la cercanía de Dios, no está en “el ropaje” del decorado, sino en la hondura de la experiencia de Jesús, que se ve y se siente a si mismo amado como hijo. Él es el hijo amado del Padre. Es de esta experiencia, no del decorado, de lo que Pedro, Santiago y Juan son testigos. 

Ante este evangelio puedo quedarme en el ropaje del texto o puedo reconocer que yo también tengo el gen de la transfiguración, que me invita a dejar la imagen, las apariencias, y mirar hacia lo alto. Se nos invita a estar atentos a la presencia cercana y amorosa de Dios, como hijos e hijas amados, y experimentar el encuentro con Él, que nos “transfigura”. 

El entusiasmo de Pedro, su exclamación de asombro: ¡qué hermoso! nos muestran claramente que la fe, para ser visible y vigorosa, para ser pan y nueva visión de las cosas, debe partir de un asombro, de un enamoramiento, de un '¡qué hermoso!' gritó desde el corazón. Sentirse a gusto en la luz, que nunca es violenta, se posa sobre las cosas y las acaricia, y les saca su lado más bello. Es hermoso estar aquí, estar contigo, y es hermoso también estar en este mundo, en esta humanidad enferma pero espléndida, bárbara y magnífica, en la que, sin embargo, has sembrado las semillas de tu presencia. 

Esta imagen del Tabor de luz debe permanecer viva en nosotros; preparados para los días en que el rostro de Jesús en lugar de luz derramará sangre, como lo fue entonces en el Huerto de los Olivos, como sucede hoy en las infinitas cruces donde Cristo sigue crucificado en sus hermanos. Madre de la gran esperanza.  

Y con esta mirada profunda, y esta conciencia transfigurada de “hijos amados” volvamos al camino, a seguir caminando sobrecogidos quizá, sin contarlo a nadie, como ellos, pero escuchando la voz de Hijo que traspasa nuestra vida e ilumina toda realidad. 

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