miércoles, 22 de julio de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

ADÁN

Querido Jesús sacramentado venimos a ti en esta tarde para estará contigo, para encontrarte y refrescar nuestras almas con tu presencia. Hoy queremos fijarnos en un personaje del Génesis, de Caín. Reconocemos que lo más doloroso de Génesis no fue que el hombre pecara, sino escuchar a Dios andar buscando a alguien que ya no quería ser encontrado. En Gn 3, 9 dice que Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás? Esa pregunta parece simple. Pero en hebreo original Dios no pregunta: "¿ En qué lugar geográfico estás ?" Es una pregunta existencial. Es como si Dios dijera: ¿Qué paso contigo? ¿En qué te vas convertir? ¿Dónde quedó lo que andaba conmigo? ¿Dónde estás emocionalmente? ¿Dónde estás espiritualmente? Y esto cambia completamente el texto.

Porque Dios no había perdido a Adán. Adán se había perdido a sí mismo. Y así vive mucha gente hoy. Respiran, trabajan, suben fotos, van a reuniones, incluso entran en la iglesia pero ya no saben donde están por dentro.

Pero Dios hace una pregunta cuya respuesta Él ya sabe. Porque el Dios omnisciente sabía perfectamente tras qué árbol estaba Adán. Entonces ¿por qué pregunta? La pregunta no era para informar a Dios. Era para despertar a Adán. Dios pregunta para provocar conciencia.

Como cuando una madre le dice a su hijo: “¿Mírate cómo estás?” No porque no pueda verlo, sino porque quiere que él mismo se dé cuenta.

Y quizás esta es la tragedia más grande del ser humano: puede perderse tanto, que deja de notar que está perdido.

Por eso Génesis no comienza con un Dios castigando. Comienza con un Dios buscando. Porque mientras Adán se amagaba, Dios caminaba. El texto dice que oyeron “ la voz de Dios que se paseaba en el jardín ”. En hebreo, la idea de “pasearse” describe un movimiento continuo, cercano, casi íntimo. Dios seguía viniendo al lugar de encuentro, aunque el hombre ya no quería salir.

Esto toca el corazón. Porque nosotros pensamos que después del pecado Dios se alejó inmediatamente. Pero en Génesis, el primero que busca reconciliación es Dios. Adán pecón. Adán se amagó. Adán tuvo por. Pero Dios fue el que salió a por.

Y aquí aparece algo profundamente humano. Adán responde: “ Tuve miedo ” Esa es la primera emoción registrada después del pecado. No fue ira. No fue odio. No fue violencia. Fue miedo.

Porque el pecado primero rompe la relación con uno mismo. Y hoy seguimos amagando exactamente igual que Adán. Algunos se amagan tras el trabajo. Otros tras un sonrisa. Otros tras el humor. Otros tras el celular. Otros tras frases como: “Estoy bien.” Cuando por dentro hace años no están bien.

Y ahí está la parte más dolorosa: Adán se amagó de Aquel que más lo amaba. Y eso sigue ocurriendo hoy. Hay personas que cuanto más rotas están, más se alejan de Dios. Dejan de orar. Dejan de hablar. Dejan de buscar. Se amagan. Como si Dios no pudiera manejar sus heridas.

Génesis muestra lo contrario. Dios no lega gritando: “¡Pecador!” Lee preguntando: “¿Dónde estás?” Porque antes de corregirte, Dios quiere encontrarte. Y quizás hoy esa pregunta sigue andando por nuestra vida. No: "¿Dónde vives?" No: “¿A qué iglesia vas?” No: "¿Qué cargo tienes?"

Sino: “¿Dónde estás tú?” ¿Dónde está tu paz? ¿Dónde quedó tú alegría? ¿Dónde está esa versión tuya que soñaba? ¿Dónde quedó tú hambre espiritual? ¿Dónde quedó tú sensibilidad? ¿Dónde te perdió?

Y tal vez lo más hermoso de todo Génesis 3, es que Dios sigue buscando a personas que creen que ya no merecen ser buscadas.

Porque la Buena nueva comenzó así: Cono Dios caminando entre árboles, llamando por amor, a un ser humano acondido.

Jesús sacramentado te pedimos que nunca te cansas de buscarnos, aunque nos amaguemos tu sal en nuestro encuentro y lámanos, ¿Dónde estás? Acercaos a mí y encontraréis su descanso y paz a sus almas. Amén

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