miércoles, 19 de agosto de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

LA HISTORIA DE ANDRÉS

La historia de Andrés aparece en varios pasajes evangélicos. Andrés era uno de los discípulos de Juan el Bautista. Un día, Juan estaba con dos de sus discípulos y, al ver pasar a Jesús, dijo: Este es el Cordero de Dios. Andrés y el otro discípulo siguieron a Jesús. Jesús se dio cuenta y les preguntó qué buscaban. Ellos querían saber dónde vivía, y Jesús les respondió: Venid y lo veréis. Pasaron aquel día con Él. Después de conocer a Jesús, Andrés fue a buscar a su hermano Simón. Le dijo que habían encontrado al Mesías, es decir, al Cristo. Entonces llevó a Simón hasta Jesús.

La vocación a la vida consagrada y sacerdotal es actuar como Andrés; él escuchó y siguió a Jesús. Después de conocerlo, quiso compartirlo con alguien que amaba. Llevó a su hermano Pedro a Jesús.

Esto nos enseña que no necesitamos hacer grandes cosas para ayudar a otros a acercarse a Jesús. A veces basta con invitar, hablar de Él y dar un buen ejemplo.

Antes de seguir a Jesús, había sido discípulo de Juan el Bautista. Eso ya dice mucho de él. Andrés era un hombre que estaba buscando sinceramente a Dios. No se conformaba con la religión vacía. Esperaba al Mesías. Y cuando Juan el Bautista señaló a Jesús como el Cordero de Dios, Andrés fue uno de los primeros en seguirlo.

Fue un hombre que no buscó protagonismo. La Biblia no registra grandes discursos de Andrés. No lo vemos encabezando multitudes. No lo vemos escribiendo cartas. Pero cada vez que aparece en el Evangelio, aparece haciendo lo mismo: llevando personas a Jesús.

Cuando la multitud tenía hambre, fue Andrés quien encontró al muchacho con los cinco panes y dos peces y lo presentó a Jesús. También cuando unos griegos querían ver al Maestro, fue Andrés quien los acercó a Él. Ese era Andrés. Un puente. Un hombre que conectaba personas con Cristo. Y quizá por eso su historia es tan necesaria hoy.

El sacerdote y el religioso deben ser puentes que lleven al encuentro con Jesús. Primero ellos han de realizar este encuentro profundo diario, cotidiano, para después poder ser puente para los demás. Es una misión hermosa compartir la actitud de Andrés. Quizá el mundo está cansado de personas que solo hablan de ellos mismos, incluso cuando predican la Palabra de Vida o actúan en favor de los demás. El mundo necesita sacerdotes y religiosos que hagan de puente, para unir, para que haya encuentro con Aquel que es la VIDA.

Vivimos en un mundo donde muchos quieren ser los protagonistas. Queremos ser reconocidos. Queremos que nuestro nombre destaque. Queremos que la gente recuerde lo que hicimos.

Pero Andrés nos enseña una grandeza diferente. La grandeza de quien trabaja en silencio para acercar otros a Jesús. Hay personas que nunca predicarán ante miles. Nunca escribirán libros. Nunca serán famosas. Pero llevarán a un hijo, a un amigo, a un esposo, a una vecina, a un compañero de trabajo a los pies de Cristo. Y el cielo conoce el valor de eso. Porque quizá nunca sabrás lo que Dios hará con la persona que tú acercaste a Él.

Andrés no imaginaba que su hermano Pedro sería una de las voces más influyentes de la iglesia primitiva. Sólo hizo lo que pudo: lo llevó a Jesús. Y eso basta.

También hay una lección hermosa en la multiplicación de los panes. Andrés vio al muchacho con su pequeña comida y dijo algo muy humano: “¿Qué es esto para tantos?” Es decir: “Esto es muy poco”. Pero Andrés llevó ese “poco” a Jesús. Y en las manos de Jesús, lo poco se volvió abundancia. Esa es una verdad que puede cambiar tu vida. Dios no te pide que tengas mucho. Te pide que pongas en sus manos lo que tienes. Un poco de fe. Un poco de tiempo. Un poco de amor. Un poco de obediencia. Un poco de pan y dos peces. Y Él hace el resto. Así es la vocación, Dios llama a los que quiere, no a los más inteligentes y capacitados, sino que capacita a quien llama.

Y así se ve esta historia hoy. Andrés aparece en la madre que enseña a sus hijos a orar aunque nadie la vea. En el amigo que invita a otro a la iglesia. En el joven que comparte un versículo con alguien que está triste. En el abuelo que ora en silencio por su familia. En la persona que no busca aplausos, pero cada día acerca corazones a Cristo. El religioso que ora antes de emprender cualquier actividad. El mundo quizá no recuerde sus nombres. Pero el cielo sí.

Porque en el Reino de Dios no sólo son importantes los que predican desde el púlpito. También son esenciales los que, como Andrés, toman de la mano a alguien y le dicen: “Ven, quiero llevarte a Jesús”. Y este es el papel de los consagrados y sacerdotes, llevar a otros a Jesús a través de su ministerio. Que el Señor envíe sacerdotes santos y según su corazón a su Iglesia y a la Orden de la Virgen María. Amén.

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