sábado, 12 de septiembre de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO XXIV

La pregunta de Pedro a Jesús nace de una lógica muy humana y generosa para su época: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Siete es el número de la perfección. Pedro cree que está alcanzando el límite máximo de la bondad. Pero Jesús dinamita cualquier intento de contabilidad: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

No hay matemáticas en el Reino de Dios. Calcular el perdón es empezar a negarlo. Dios no perdona a base de decretos o leyes, sino por una necesidad de su propio corazón: Dios perdona porque ama, y el amor no lleva cuentas.

El escándalo del siervo despiadado que Jesús relata a continuación es un espejo incómodo. Un siervo debe una fortuna astronómica, una deuda impagable (diez mil talentos). Al suplicar compasión, el rey, movido a la entrañable misericordia, le perdona absolutamente todo. Pero el siervo perdonado apenas salido: no una semana, no el día siguiente, no una hora después, sino aún aturdido de alegría, recién liberado tomó a su colega del cuello, lo estrangulaba gritando: ¡Dame mis centavos! ¿Cuál es el verdadero pecado de este siervo? No es solo su tacañería o su crueldad; su pecado es no haber dejado que el perdón recibido le cambiara el corazón. Se quedó con la deuda cancelada, pero con el alma intacta, dura, mercantil.

Llevado a nuestra vida actual, este texto nos confronta directamente. Vivimos en una sociedad hiperconectada pero profundamente polarizada, donde la cultura de la cancelación y el linchamiento digital están a la orden del día. Un error del pasado en las redes sociales se convierte en una condena perpetua. No hay espacio para la redención; guardamos capturas de pantalla, archivos de agravios y deudas emocionales para usarlas en el momento oportuno. Olvidamos con tremenda facilidad que todos nosotros somos náufragos que respiramos gracias al oxígeno de la misericordia divina y de quienes nos aman.

El perdón no es debilidad, es liberación. A veces nos cuesta perdonar porque confundimos el perdón con la sumisión, con decir que "no ha pasado nada" o con justificar la injusticia. El perdón cristiano no es anestesia ni debilidad. Al contrario: el perdón es el acto de mayor valentía y soberanía que existe. Cuando decides no perdonar, te encadenas a la persona que te hirió. Le das el poder de amargar tus días, de enfriar tu mirada, de dictar tu humor.

Perdonar setenta veces siete significa decidir, hoy y cada mañana, que el mal que nos hicieron no va a tener la última palabra en nuestra vida. Es negarse a perpetuar la cadena del odio.

Cuando tomamos conciencia de que somos infinitamente amados y perdonados por Dios en nuestra fragilidad, la mirada hacia el hermano cambia drásticamente. Ya no lo vemos como un competidor o un deudor, sino como otro ser frágil que, al igual que nosotros, a veces se equivoca, hiere y necesita compasión. Que el Señor nos conceda hoy la gracia de un corazón libre de registros contables.  Aprendamos a perdonar siempre: la única medida del perdón es perdonar sin medida.

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