2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO XXIV
La pregunta de Pedro a Jesús nace de una
lógica muy humana y generosa para su época: Señor, si mi hermano me ofende,
¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Siete es el número
de la perfección. Pedro cree que está alcanzando el límite máximo de la bondad.
Pero Jesús dinamita cualquier intento de contabilidad: No te digo
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
No hay matemáticas en el Reino de Dios.
Calcular el perdón es empezar a negarlo. Dios no perdona a base de decretos o
leyes, sino por una necesidad de su propio corazón: Dios perdona porque ama,
y el amor no lleva cuentas.
El escándalo del siervo despiadado que
Jesús relata a continuación es un espejo incómodo. Un siervo debe una fortuna
astronómica, una deuda impagable (diez mil talentos). Al suplicar compasión, el
rey, movido a la entrañable misericordia, le perdona absolutamente todo. Pero
el siervo perdonado apenas salido: no una semana, no el día
siguiente, no una hora después, sino aún aturdido de alegría, recién
liberado tomó a su colega del cuello, lo estrangulaba gritando: ¡Dame mis
centavos! ¿Cuál es el verdadero pecado de este siervo? No es solo su
tacañería o su crueldad; su pecado es no haber dejado que el perdón recibido
le cambiara el corazón. Se quedó con la deuda cancelada, pero con el
alma intacta, dura, mercantil.
Llevado a nuestra vida actual, este
texto nos confronta directamente. Vivimos en una sociedad hiperconectada pero
profundamente polarizada, donde la cultura de la cancelación y el
linchamiento digital están a la orden del día. Un error del pasado en las
redes sociales se convierte en una condena perpetua. No hay espacio para la
redención; guardamos capturas de pantalla, archivos de agravios y deudas
emocionales para usarlas en el momento oportuno. Olvidamos con tremenda
facilidad que todos nosotros somos náufragos que respiramos gracias al
oxígeno de la misericordia divina y de quienes nos aman.
El perdón no es debilidad, es liberación.
A veces nos cuesta perdonar porque confundimos el perdón con la sumisión, con
decir que "no ha pasado nada" o con justificar la injusticia. El
perdón cristiano no es anestesia ni debilidad. Al contrario: el perdón es
el acto de mayor valentía y soberanía que existe. Cuando decides no
perdonar, te encadenas a la persona que te hirió. Le das el poder de
amargar tus días, de enfriar tu mirada, de dictar tu humor.
Perdonar setenta veces siete significa
decidir, hoy y cada mañana, que el mal que nos hicieron no va a tener la
última palabra en nuestra vida. Es negarse a perpetuar la cadena del odio.
Cuando tomamos conciencia de que somos
infinitamente amados y perdonados por Dios en nuestra
fragilidad, la mirada hacia el hermano cambia drásticamente. Ya no lo vemos
como un competidor o un deudor, sino como otro ser frágil que, al igual
que nosotros, a veces se equivoca, hiere y necesita compasión. Que el Señor nos
conceda hoy la gracia de un corazón libre de registros contables. Aprendamos a perdonar siempre: la única
medida del perdón es perdonar sin medida.

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