Domingo 18 de febrero, celebraremos la
Festividad de los Sietes Padres Fundadores, en la eucaristía de las 11h cantada
por el Orfeó de Denia.
Recordadnos en vuestras oraciones, para
que la familia de los Siervos seamos dignos seguidores de ellos.
2024 CICLO
B TIEMPO ORDINARIO VI
El evangelio de este sexto
domingo del Tiempo Ordinario nos muestra cómo Jesús acoge a un leproso. Jesús no descartaba a nadie. Se pensaba
que los leprosos no tenían cura y tocarlos estaba expresamente prohibido. Los leprosos eran las personas más excluidas
de la sociedad, evitadas por todos. No podían participar en ninguna cosa.
Porque antiguamente, la falta de medicinas eficaces, el miedo al contagio y la
necesidad de defender la vida de la comunidad, obligaba a las personas a
aislarse y a excluir a los leprosos. En Israel, el leproso se sentía impuro y
excluido no sólo de la sociedad, sino hasta de Dios (Lev 14,1-32).
El episodio de hoy un
leproso se acerca a Jesús. Aparte de ser un excluido, impuro; quien se le
acercaba también quedaba impuro. Este
leproso tenía mucho valor. Hace caso omiso de las normas de la religión
para poder estar cerca de Jesús: “¡Si
quieres, puedes limpiarme!”.
El leproso, según el
Levítico, debía andar harapiento y despeinado, e ir clamando para que todos se
alejaran de él: Impuro, impuro. Impresiona el grito obligado y desgarrador que El
judaísmo posterior siguió tratando con mucha dureza a estos enfermos,
considerándolos cadáveres vivientes.
El leproso no pide «ser curado», sino «quedar limpio». Lo que busca es verse liberado de la impureza y del
rechazo social. Jesús queda conmovido, extiende su mano, «toca» al leproso y le
dice: «Quiero. Queda limpio». El
grito del leproso desgarra el corazón de Jesús. Compadecido del hombre y
enfurecido con la enfermedad, Jesús decide curarlo, pero, antes, realiza un
gesto desconcertante: “lo tocó”. Jesús
toca al leproso para liberarlo de miedos, prejuicios y tabúes. Lo limpia para
decir a todos que Dios no excluye ni
castiga a nadie con la marginación. Jesús corre el riesgo de contraer la
impureza ritual tocando al leproso. Sin embargo, no es su impureza la que pasa
a Jesús, sino la pureza de Jesús la que pasa al hombre. Así pues, Jesús no solo
lo cura físicamente, también lo incluye socialmente y, a continuación, lo
restaura religiosamente, mandándole que vaya a presentarse al sacerdote, como
mandaba la ley.
Al final, la exclusión
social del hombre pasa paradójicamente a Jesús. Aquel muerto en vida, excluido
de toda relación, ya curado extiende por todos lados la buena nueva de Jesús; y
el Maestro, en cambio, ya no puede entrar en ningún pueblo, como antes le
sucedía al leproso. Jesús se está aventurando en el peligroso terreno de la
impureza. La muerte comienza a asediarlo. Peo la gente seguía acudiendo a él
estando fuera de las aldeas y ciudades. Notaban que él era distinto.
Tambien este domingo se celebra la campaña de Manos unidas en
su lucha contra el hambre. Este año ponen el acento en el cuidado del planeta
porque es el camino para luchar por la dignidad de las personas. Bajo el lema El Efecto Ser Humano, se quiere
concienciar de que el maltrato al planeta tiene consecuencias mayores al otro
lado del mundo, y destacar ese doble poder del ser humano para transformarlo:
para bien y para mal. Somos la única
especie capaz de cambiar el planeta.
Colaboremos en esta iniciativa con nuestra generosa
aportación y tomemos conciencia de la importancia de cuidad la casa común.
2024 FEBRERO MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA
El único modo de arreglar el
mundo
Aquí estamos
Jesús para acompañarte durante este pequeño tiempo de adoración. Venimos de muy
diversas situaciones, recompone tu nuestra vida y nuestra existencia. Solamente
Tu puedes arreglar este mundo.
El único modo de arreglar el mundo: Cuenta la historia que a
principios del siglo XX un famoso sociólogo polaco estaba muy preocupado
buscando una solución para arreglar tantos problemas que había en el mundo.
Durante toda su vida había estudiado economía, ciencias políticas, historia
de las religiones, derecho y muchas otras ciencias
humanas; pero por más que estudiaba, no encontraba una solución que realmente
se pudiera aplicar.
Cierto día, su hijo que tenía siete años, aburrido
de las vacaciones de verano y sin nada que hacer ni nadie con quien jugar,
invadió el despacho de su padre dispuesto a ayudarle en lo que fuera necesario.
Nuestro sociólogo, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a
jugar a otro lugar. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo
que le pudiera entretener, y de paso, quitárselo de en medio para poder seguir
con sus elucubraciones. De repente se encontró con un ejemplar de una revista
donde venía un mapa muy detallado del mundo.
Con unas tijeras recortó el mapa en más de cuarenta
pedazos irregulares, y junto con un rollo de cinta adhesiva, se lo entregó a su
hijo diciendo:
- Como sé te gustan los rompecabezas, te voy a dar
el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie.
Nuestro hombre pensó que al pequeño le llevaría días
componer el mapa, pero no fue así. Pasadas poco más de dos horas, escuchó la
voz del niño que lo llamaba:
- Papá, ¡ya lo hice todo! ¡Conseguí terminarlo!
En un principio el padre no dio crédito a las palabras
del niño. Pensó que era imposible que, con sólo siete años, hubiera conseguido
recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, nuestro sociólogo
levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo
digno de un niño. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que el mapa estaba
completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus respectivos lugares.
¿Cómo era posible? ¿Cómo había sido capaz un niño sin apenas estudios hacer un
trabajo tan difícil?
- Pero hijo, tú no sabías cómo era el mundo. ¿Cómo lograste armarlo?
- Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando
sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado había la
figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al
hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a
la hoja y vi que había arreglado el mundo.
Nuestro
sociólogo se había estado devanando los sesos intentando encontrar una solución
para los problemas de nuestro mundo. Era muy sabio, pero no tanto como este
niño. Hubo de ser un niño quien hiciera saber al sabio que los problemas del
mundo se arreglarían si lográbamos previamente recomponer al hombre.
Así nos lo
dijo Jesús con palabras muy sencillas y a la vez profundas: “¿De qué le vale al
hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16:26). O en estas otras: “No
atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde
los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla
ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban. Porque donde
está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6: 19-21).
El hombre cree
con mucha frecuencia que todo consiste en “conquistar el mundo” cuando en
realidad de lo único que habría que preocuparse es de “recomponer el alma de
los hombres”.
Esta es una
lección que el hombre de hoy día todavía no ha aprendido; y cada vez está más
lejos de encontrar una solución. La razón es muy sencilla, está buscando por el
camino equivocado. El hombre ha dejado de conocer cómo ha de ser él mismo, ello
se debe al hecho de que ha perdido de vista la imagen del hombre perfecto:
Jesucristo. El mundo sólo se arreglará cuando el hombre se centre. Y el hombre
sólo se centrará, si encuentra y sirve a Dios. San Agustín lo dijo con palabras
que el hombre ha olvidado: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en Ti”. Amén