2026
CICLO A
TIEMPO
DE CUARESMA II
En este domingo, el Evangelio nos
conduce a un monte de luz y de pocas palabras, donde Dios deja entrever la
verdad más honda del ser de su Hijo. Jesús sube a un monte alto con Pedro,
Santiago y Juan. Allí se revela su identidad: su rostro brilla como el sol, y
sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen
conversando con Él, como testigos de que Jesús es el cumplimiento de la Ley y
los Profetas. Es un instante de claridad concedido a los discípulos, para que
el escándalo de la Cruz que se aproxima no apague del todo su fe, sino que
puedan acogerlo, aunque solo sea por un momento, a la luz de la gloria
prometida.
Jesús vivió constantemente trasfigurado,
pero no se manifestaba externamente con espectaculares síntomas. Su humanidad y
su divinidad se expresaba cada vez que se acercaba a un hombre para ayudarle a
ser él. La única luz que transforma a Jesús es la del amor y solo cuando
manifiesta ese amor ilumina. En lo humano se puede trasparentar a Dios.
La escena está cargada de símbolos: la
montaña, la nube luminosa, pero el centro no es el resplandor, sino la palabra:
“Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. La fe cristiana nace de la escucha.
Escuchar a Jesús es dejar que su palabra ilumine nuestras sombras,
cuestione nuestras seguridades, transforme nuestros criterios.
¡Escuchadlo!
Es la clave del relato. Solo a él, ni siquiera a Moisés y a Elías. Jesús siempre
fue luminoso y siempre transfigurado y nunca estuvo desfigurado. Siempre fue lo
que era. Nosotros, que estamos desfigurados, sí tenemos que configurarnos
conforme a Jesús y, por lo tanto, transfigurarnos. Y estamos desfigurados
porque estamos en la superficie, pendientes y apegados a lo que no somos.
Bastaría configurarnos de acuerdo con nuestro verdadero ser para que apareciera
esa armonía. No se trata de conseguir nada sino de ser simplemente lo que
somos.
La transfiguración nos dice quién era
realmente Jesús y lo que somos nosotros. Entremos dentro de nosotros y
encontraremos nuestro centro. No tenemos que buscar nada distinto de nosotros mismos.
El gesto final de Jesús es profundamente
humano: se acerca, toca a los discípulos y les dice: “Levantaos, no tengáis
miedo”. La Cuaresma es ese tiempo en el que Dios nos toca para levantarnos
de nuestras postraciones: miedos, culpas, cansancios, heridas.
La luz de Cristo no humilla, sino que
sana; no deslumbra, sino que revela; no aplasta, sino que levanta.
La Cuaresma es subida al monte y bajada
a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que transforma y envío que
compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”. Desde esa
certeza sigamos caminando hacia la Pascua.

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