sábado, 28 de febrero de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO DE CUARESMA II

 

En este domingo, el Evangelio nos conduce a un monte de luz y de pocas palabras, donde Dios deja entrever la verdad más honda del ser de su Hijo. Jesús sube a un monte alto con Pedro, Santiago y Juan. Allí se revela su identidad: su rostro brilla como el sol, y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen conversando con Él, como testigos de que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Es un instante de claridad concedido a los discípulos, para que el escándalo de la Cruz que se aproxima no apague del todo su fe, sino que puedan acogerlo, aunque solo sea por un momento, a la luz de la gloria prometida.

Jesús vivió constantemente trasfigurado, pero no se manifestaba externamente con espectaculares síntomas. Su humanidad y su divinidad se expresaba cada vez que se acercaba a un hombre para ayudarle a ser él. La única luz que transforma a Jesús es la del amor y solo cuando manifiesta ese amor ilumina. En lo humano se puede trasparentar a Dios.

La escena está cargada de símbolos: la montaña, la nube luminosa, pero el centro no es el resplandor, sino la palabra: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. La fe cristiana nace de la escucha. Escuchar a Jesús es dejar que su palabra ilumine nuestras sombras, cuestione nuestras seguridades, transforme nuestros criterios.

¡Escuchadlo! Es la clave del relato. Solo a él, ni siquiera a Moisés y a Elías. Jesús siempre fue luminoso y siempre transfigurado y nunca estuvo desfigurado. Siempre fue lo que era. Nosotros, que estamos desfigurados, sí tenemos que configurarnos conforme a Jesús y, por lo tanto, transfigurarnos. Y estamos desfigurados porque estamos en la superficie, pendientes y apegados a lo que no somos. Bastaría configurarnos de acuerdo con nuestro verdadero ser para que apareciera esa armonía. No se trata de conseguir nada sino de ser simplemente lo que somos.

La transfiguración nos dice quién era realmente Jesús y lo que somos nosotros. Entremos dentro de nosotros y encontraremos nuestro centro. No tenemos que buscar nada distinto de nosotros mismos.

El gesto final de Jesús es profundamente humano: se acerca, toca a los discípulos y les dice: “Levantaos, no tengáis miedo”. La Cuaresma es ese tiempo en el que Dios nos toca para levantarnos de nuestras postraciones: miedos, culpas, cansancios, heridas.

La luz de Cristo no humilla, sino que sana; no deslumbra, sino que revela; no aplasta, sino que levanta.

La Cuaresma es subida al monte y bajada a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que transforma y envío que compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”. Desde esa certeza sigamos caminando hacia la Pascua.

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