sábado, 21 de febrero de 2026


 

DOMINGO I DE CUARESMA

CICLO A

 

En el comienzo de la Cuaresma la liturgia nos presenta el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El relato es sobrecogedor. En el desierto se puede escuchar la voz de Dios, pero se puede sentir también la atracción de fuerzas oscuras que nos alejan de él. El diablo tienta a Jesús empleando la Palabra de Dios y apoyándose en salmos que se rezan en Israel: hasta en el interior de la religión se puede esconder la tentación de distanciarnos de Dios.

El evangelio de Marcos, que es el que seguimos este año, es el que las presenta de modo muy evidente, de una manera más concisa: apenas dos versículos que hablan del hecho de la tentación, sin mencionar sus contenidos, como sí hacen Mateo y Lucas. El Espíritu lo empujó al desierto y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás.

Para este evangelista el desierto es el lugar de una batalla encarnizada y áspera entre Jesús y Satanás, una batalla ya desde el comienzo de la vida pública de Jesús hasta el final mismo de su vida. Una batalla cuya finalidad es apartar a Jesús del plan del Padre, que no es otro que la entrega de su vida en favor de la humanidad.

También es la batalla de nuestra vida cristiana, que pasa por la prueba del desierto y, en ocasiones, de desiertos muy áridos. Contemplar el hecho de que Jesús fue tentado nos da lucidez para reconocer y aceptar nuestras tentaciones, y nos da también confianza para saber que, con la ayuda de Dios, las tentaciones se pueden superar a pesar de nuestra vulnerabilidad.

Más allá de las tentaciones que cada uno de nosotros podemos sufrir como incitaciones al mal, hay tentaciones en el seguir a Jesús, sutiles pero poderosas, que nos apartan del proyecto de Dios.

- La tentación de pensar que Dios nos ha abandonado: en momentos de dificultad o desolación, ternemos la sensación de que nos ha dejado de su mano, que ya no está presente en nuestra vida; es la tentación del desánimo, de la desconfianza, de abandonar nuestros propósitos de vida entregada.

- Otra tentación es la de los atajos, ir por caminos engañosos: de conducir mi vida por caminos y modos que son los míos y no los de Dios; evitar a toda costa lo que es difícil, lo que comporta un sacrificio, aquello que contradice mis planes y proyectos.

- La tentación de la soberbia, de vivir de mis supuestos méritos más que del agradecimiento por los dones que Dios me da o de vivir la vida espiritual más en clave de cumplimiento que de relación de amor.

Al iniciar la cuaresma no nos asustemos de ser tentados ni pensar que nos encontramos solos en la tentación. En situaciones de tentación se trata de orar y dejarnos ayudar y acompañar, porque también, como Jesús, en el desierto podemos encontrar esos ángeles que le servían. Y eso es un gran consuelo para nosotros. Pensar que estamos acompañados por el mismo Dios.

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