DOMINGO I DE CUARESMA
CICLO
A
En el comienzo de la Cuaresma la
liturgia nos presenta el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El
relato es sobrecogedor. En el desierto se puede escuchar la voz de Dios,
pero se puede sentir también la atracción de fuerzas oscuras que nos alejan de
él. El diablo tienta a Jesús empleando la Palabra de Dios y apoyándose en
salmos que se rezan en Israel: hasta en el interior de la religión se puede
esconder la tentación de distanciarnos de Dios.
El evangelio de Marcos, que es el que
seguimos este año, es el que las presenta de modo muy evidente, de una manera
más concisa: apenas dos versículos que hablan del hecho de la tentación, sin
mencionar sus contenidos, como sí hacen Mateo y Lucas. El Espíritu lo
empujó al desierto y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás.
Para este evangelista el desierto
es el lugar de una batalla encarnizada y áspera entre Jesús y Satanás,
una batalla ya desde el comienzo de la vida pública de Jesús hasta el
final mismo de su vida. Una batalla cuya finalidad es apartar a Jesús del plan
del Padre, que no es otro que la entrega de su vida en favor de la
humanidad.
También es la batalla de nuestra vida
cristiana, que pasa por la prueba del desierto y, en ocasiones, de desiertos
muy áridos. Contemplar el hecho de que Jesús fue tentado nos da lucidez para
reconocer y aceptar nuestras tentaciones, y nos da también confianza para saber
que, con la ayuda de Dios, las tentaciones se pueden superar a pesar
de nuestra vulnerabilidad.
Más allá de las tentaciones que cada uno
de nosotros podemos sufrir como incitaciones al mal, hay tentaciones en el
seguir a Jesús, sutiles pero poderosas, que nos apartan del proyecto de Dios.
- La tentación de pensar que Dios nos
ha abandonado: en momentos de dificultad o desolación, ternemos la
sensación de que nos ha dejado de su mano, que ya no está presente en nuestra
vida; es la tentación del desánimo, de la desconfianza, de abandonar
nuestros propósitos de vida entregada.
- Otra tentación es la de los atajos,
ir por caminos engañosos: de conducir mi vida por caminos y modos
que son los míos y no los de Dios; evitar a toda costa lo que es
difícil, lo que comporta un sacrificio, aquello que contradice mis planes y
proyectos.
- La tentación de la soberbia, de
vivir de mis supuestos méritos más que del agradecimiento por los dones
que Dios me da o de vivir la vida espiritual más en clave de cumplimiento que
de relación de amor.
Al iniciar la cuaresma no nos asustemos
de ser tentados ni pensar que nos encontramos solos en la tentación. En
situaciones de tentación se trata de orar y dejarnos ayudar y acompañar, porque
también, como Jesús, en el desierto podemos encontrar esos ángeles que le
servían. Y eso es un gran consuelo para nosotros. Pensar que estamos
acompañados por el mismo Dios.

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