miércoles, 16 de septiembre de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARISTICA:

MARIA DOLOROSA

 

Querido Jesús sacramentado, de nuevo nos encontramos aquí en esta tarde delante de ti para adorarte, para recibir fuerzas para nuestro día y para alabarte. Apenas dos días celebramos la exaltación de la santa cruz. Donde tu a este instrumento de tortura y de muerte la abrazaste de tal manera que la convertiste en instrumento de amor y de salvación. Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo.

Ayer mismo contemplábamos a tu madre a los pies de la cruz. El misterio del dolor de la Virgen María. Queremos sentirnos cercanos a tu madre y a nuestra madre, cercanos a Nuestra Señora de los Dolores y queremos permanecer al pie de la cruz junto a la Virgen. Estar así inmerso en el corazón de la Pasión sintiendo el gran amor que tu tienes por nosotros porque, para el cristiano, la cruz no es la exaltación del sufrimiento sino del amor infinito de Dios.

El cuerpo de Jesús está lacerado, sin aliento, desfigurado, es el mismo que María llevó en su seno durante nueve meses. Ella permanece allí experimentando un dolor extremo, fiel a Jesús. Esta es la belleza de esta escena crucial que conocemos por los Evangelios. Al pie de la cruz, la Madre de los Dolores se convierte en la Madre de este nuevo pueblo bautizado, de este nuevo nacimiento, el de la Iglesia.

Para el discípulo Juan, María será siempre la madre que el Maestro agonizante le ha confiado; y para María el discípulo será siempre el hijo que su Hijo agonizante le ha confiado y al que estará espiritualmente cercana sobre todo en la hora de la muerte. Junto a los mártires agonizantes estará siempre la madre, que está en pie, junto a su cruz, para sostenerlos. Siguiendo el ejemplo de San Juan, y conforme a la voluntad de Jesús, nos llevamos a María a nuestra casa, es decir, a nuestro corazón. Nos unimos íntimamente a ella en la fe para sentir más cerca a Nuestro Señor. Existe una comunión del corazón y de la voluntad entre Madre e Hijo, y al estar unidos a ella, sentimos también que nos hallamos injertados en el corazón amoroso de Cristo.

En este día, unidos a María, contemplando el cuerpo rasgado y magullado de Cristo, queremos entender la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Perfeccionarnos por el amor, aceptar la cruz, el sufrimiento, sentir el misterio infinito del amor de Dios por nosotros, derramar lágrimas de contrición que expresen pesar por nuestros pecados y por nuestras debilidades, pero sobre todo gratitud y alegría por el amor que Dios nos tiene

Como la Virgen está unida a lo que vive su Hijo, ser también más consciente de lo que vive nuestro prójimo; sentir en nuestro corazón un sentido de fraternidad humana que nos conduzca a la verdadera caridad hacia nuestros semejantes, quienesquiera que sean. Ser compasivos, estar allí a los pies de su cruz, cerca del que sufre, estar con él, llevarlo en nuestro corazón, siguiendo el ejemplo de Cristo, que ha soportado el peso de nuestras vidas, y de María, que nos enseña que no podemos anunciar el Evangelio de Cristo sin estar íntimamente unido a Él y abierto a las cosas de Dios que todo lo basa en el Amor con mayúsculas.

Señor, te damos gracias, porque en tu gran misericordia, no nos has dejado huérfanos, sino que nos has dado a María, Tu Madre, para que nunca estemos solos frente a las adversidades y las dificultades de la vida. Señor, te pedimos la gracia de ser buenos hijos de tu Santa Madre, para aceptar Su ayuda en nuestra vida, para tratar de hacerla feliz y caminar con ella en el peregrinaje de cada día.

Gracias, María, por tu ejemplo, por tu amor, por tu fidelidad, por estar al pie de la cruz, por enseñarnos a abandonarnos en las manos del Padre. Gracias, María, ya que, en la Cruz, en tu corazón, en tu espíritu y en tu inteligencia, viviste todo lo que Cristo vivió en esta Hora y te asociaste con todo tu ser en la cruz al misterio de la vida. Gracias, María, porque este mismo misterio de vida se cumple en la vida de cada persona, en nuestras enfermedades, en nuestras tribulaciones y sufrimientos, en nuestras angustias y penalidades.

Gracias, por acogerlo todo en tu corazón, Madre buena. María, Nuestra Señora de los Dolores, concédenos la gracia de tener tu fidelidad, tu amor, tu coraje y tu fuerza para que, después de contemplar tu ejemplo, nos otorgues la misma actitud ante las dificultades. Amén.

 

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