El lunes 2 de Noviembre, Conmemoración de los fieles difuntos, celebraremos en nuestra parroquia las siguientes Eucaristías:
MAÑANAS: 7'30h
8h
8'30h
TARDES: 20h
2020 AÑO A TIEMPO ORDINARIO XXX
¿Cuál es el mandamiento
principal? Muchos católicos responderían: «Ir a misa el domingo». Los que
piensan así probablemente no irán a misa. A los que pensamos de otro modo nos
gustará recordar lo que pensaba Jesús.
En los domingos
anteriores, diversos grupos religiosos se han ido enfrentando a Jesús, y no han
salido bien parados. Los fariseos envían ahora a un especialista, un doctor de
la Ley, que le plantea la pregunta sobre el mandamiento principal. En la
antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones),
que se dividían en fáciles y difíciles; Generalmente se pensaba que los importantes
eran los difíciles. Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el
deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante.
Jesús responde con una
cita expresa de la Escritura: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu mente» (Deuteronomio 6,5). Son parte de las palabras
que cualquier judío piadoso recita todos los días, al levantarse y al ponerse
el sol. Añade un segundo, tan importante como el primero: «Amarás a tu prójimo
como a ti mismo» (Levítico 19,18). Una vez más, su respuesta entronca en la más
auténtica tradición profética.
Durante siglos, muchos
israelitas, igual que muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a
través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios
costosos... Sin embargo, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el
rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad
justa. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Tampoco se puede decir
que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. Ambos preceptos,
en la mentalidad de Jesús, están al mismo nivel, deben ir siempre unidos.
El gran mandamiento se
resume en un verbo: amarás. Un verbo
al futuro, para indicar una acción nunca completada, que durará tanto como el
tiempo. Amar no es un deber, sino una necesidad de vivir. Y para vivir siempre.
Jesús cree en el amor, confía en el amor, basa el mundo en él.
Amar con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Un llamamiento a la totalidad,
inalcanzable para nosotros. Sólo Dios ama con todo su corazón, el que es el
amor mismo. La criatura humana ama de vez en cuando, como si dudara, y con cien
contradicciones. Amad a Dios con vuestros dos corazones, con el corazón que
cree, y también con el corazón que duda. Ámalo en los días de luz, y como
puedas, incluso en la hora de oscuridad dentro de ti. Saber que el amor también
conoce el sufrimiento.
Es la civilización de
amor. Amar al ser humano es similar a amar a Dios. Tu prójimo tiene un rostro y
una voz, una necesidad de amar y ser amado, similar a la de Dios. Amalo como a
ti mismo. Ámalo como un prodigio de la mano de Dios, vida de su vida.
Prodigiosa contracción de toda la ley: lo que desees para ti, hazlo también
para los demás.
Fuera de esto,
construiremos y amaremos lo opuesto a la vida.
Estamos de nuevo delante de Jesús sacramentado, es un momento privilegiado, un remanso de paz y de sosiego en medio de tanta agitación. Pongámonos en disposición de acoger la presencia del Señor para recuperar la paz y la tranquilidad, pero sobre todo vivir una vida serena y ajustada.
Vamos
a escuchar una historia que nos enseña la importancia de nuestra paz interior.
Había una vez, un rey que ofreció un gran premio a
aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos
artistas intentaron, y el rey observó y admiró todas las pinturas que le
presentaron, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que
escoger entre ellas.
– La primera era un lago muy tranquilo. Este lago
era un espejo perfecto donde se reflejaban unas placidas montañas que lo
rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas.
Todos aquellos que miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz
perfecta.
– La segunda pintura también tenía montañas. Pero
éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del
cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía
retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada
pacifico.
Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, miró tras
la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este
arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de
agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido…
Paz perfecta… ¿Cual crees que fue la pintura
ganadora?
El Rey escogió la segunda. ¿por qué?
- «Porque,» explicaba el Rey, «Paz no significa
estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz
significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos
calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz.
El
Dios Padre que nos presenta Jesús es un Dios lleno de ternura, suave, amoroso.
Porque el amor es así. Una vivencia de un amor que aprieta, que limita, que
paraliza, es una experiencia negativa del amor, no es vivir por amor; es vivir
en el egoísmo y en la búsqueda de mis propias necesidades y deseos.
La
suavidad es la manifestación del espíritu, Dios es así de suave como la brisa
del mar, como el aire que toca nuestra cara, como esa plantita en medio de la
cascada que puede crecer a su ritmo y a su manera.
Es
el Dios que no te exige más de lo que tú puedes y quieres entregarle. Es el
Dios que te espera y te acompaña. El Dios que no necesita tantas cosas para
manifestarte su infinito amor y su ternura. Es ese Dios que te ofrece la paz en
lo sencillo, sin tantas cosas, sin tantas palabras, sin tantas consideraciones.
Santa
Teresa de Jesús vivió así esta experiencia de Dios:
Nada
te turbe, nada te espante, todo se pasa Dios no se muda, la paciencia todo lo
alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta.
Teresa
vive profundamente esta experiencia de amor así, por eso cuando nos invita a
ser amigos de Jesús nos recuerda que Jesús no está esperando otra cosa de
nosotros, sino que le miremos, ya con ese deseo Él se conmueve y nos llena de
su presencia y de su incomparable compañía.
Hoy
para escuchar a Jesús abrimos nuestro corazón, abrimos las puertas para recibir
tu amor, abrimos los brazos para tu abrazo de perdón. Para escuchar a Jesús no
hacen falta tantas cosas, para escucharle solo necesitamos la ternura de su
voz. Para escucharle, no hay palabras ni razones, para escucharle, solo basta
oír, en el silencio, el murmullo de su amor. Amén
DOMUND
Se acercan a Jesús y le hacen una pregunta malvada
(siempre van con malicia), para desencadenar odio y crear enemigos: ¿es lícito
o no pagar impuestos en Roma? Son partidarios de Herodes y los fariseos, los
puros que sueñan con una teocracia bajo la ley de Moisés. No se soportan, pero
hoy se aliaron contra un enemigo común: el joven rabino cuyas ideas temen y
cuya carrera de predicador quieren destruir. La trampa está bien diseñada:
elige: ¡con nosotros o contra nosotros! ¿Pagar impuestos al imperio o no?
Jesús responde con un doble cambio de perspectiva. Sustituye
el verbo pagar por el verbo devolver: devolver, devolver a César lo que es de
César y a Dios, a la sociedad y a la familia, a los demás y a la casa común,
algo a cambio de lo que se ha recibido.
El verdadero nombre de César hoy en día es la
sociedad, el bien común: la tierra y los pobres, el aire y el agua, el clima y
las criaturas. El problema más grave del planeta. Hemos recibido mucho, ahora
no saqueemos, no envenenemos, no mutilemos a la madre tierra, ocuparnos de ella.
Jesús le quita al César su derecho divino. Devuelve
a Dios lo que es de Dios: es decir el ser humano, somos hechos a su imagen y
semejanza, formamos parte de él porque llevamos su aliento, su espíritu. Estas
palabras vienen como un decreto de libertad: no pertenecemos a ningún poder, somos
libres y no podemos dejarnos esclavizar. Sobre los poderes humanos de las
instituciones se extiende esta orden: no poner las manos sobre el hombre. El hombre
es el límite infranqueable: no os pertenece, no lo violentéis, no lo humilléis,
no abuséis de él.
Jesús lo recuerda muchas veces. Los seres humanos
son de Dios, pero sobre todo los pobres. Los pequeños son sus hijos
predilectos. El reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.
Lo recordamos bien hoy que celebramos el Domund, la
jornada mundial de oración por las misiones. El evangelio que se expande y se
irradia ara ofrecer dignidad al ser humano, para ofrecerle protección y
cuidado, para defender sus derechos delante de tantos Cesares que intenta
explotar y aprovecharse de los más vulnerables e indefensos.
“Aquí estoy, envíame” es el lema de este año para el
Domund, todos debemos sentirnos misioneros y enviados a anunciar la buena nueva
a todos los hombres y mujeres de la tierra. Que puedan conocer al Dios de
Jesús, que puedan sentir su presencia y su cercanía, pero sobretodo que se
sientan amados.
Domund es decir a las gentes no solo de allí -las
personas en los países de misión- sino también de aquí, que no estamos solos.
Hay que revindicar que queremos vivir unos valores y compartirlos.
El dinero que se recoge en esta campaña es el rasgo
más pequeño, lo más importante es que dentro de ti digas: hay gente por ahí
fuera que lo está pasando mal y yo tengo que responder porque son mis hermanos.
Es un dia para recordarnos, que todos los días del año, hay españoles por todo
el mundo jugándose la vida... por entregarla.
Señor, acabamos de leer tus
palabras según el evangelista San Mateo. Con qué claridad nos está hablando el
Maestro, con qué claridad nos llega tu mandato, Señor: ¡NO JUZGUÉIS!...
¿Y qué hacemos nosotros desde la
mañana a la noche? Juzgar, criticar, murmurar... vamos de chisme en chisme sin
detenernos a pensar que lo que traemos entre las manos, mejor dicho, en nuestra
lengua, es la fama, la honestidad, el buen nombre de las personas que cruzan
por nuestro camino, por nuestra vida. Y no solo eso, nos erigimos en jueces de
ellos y ellas sin compasión, sin caridad y como Tu bien dices, sin mirar un
poco dentro de nosotros.
Señor, en este momento que
tenemos la dicha inmensa e inmerecida de estar frente a Ti, nos avergonzamos al
ver esa viga que no está precisamente en nuestros ojos ojo, sino en nuestro
corazón. En este momento nos sentimos tan pequeños, tan sin valor, con todas
esas "cosas" que generalmente criticamos de los demás y que notamos
que en nosotros son mayores y más graves.
Jesús, tu Corazón nunca nos ha
juzgado tan severamente como nosotros acostumbramos a juzgar a nuestros semejantes.
Solo hay una respuesta: ¡porque nos amas!
Ahora mismo sentimos tu mirada
desde esa Sagrada Hostia con esos ojos de Dios y Hombre, con los mismos que
todos los días miras a todos los hombres y mujeres, como miraste a María
Magdalena, como miraste al ladrón que moría junto a ti y por esa mirada te robó
el corazón para siempre... y así nos estás mirando en esta tarde, en este Altar
nos estás hablando de corazón a corazón: Y nos dices "Amadme a mí y amad a
los que os rodean, no juzguéis a los que cruzan por vuestro camino... ámalos
como me amáis a mí, porque todos, sean como sean, son mis hermanos, son mis
criaturas y por ellos y por vosotros estuve un día muriendo en una Cruz... Os
quiero a vosotros, los quiero a ellos, a TODOS...¡NO LOS JUZGUES!"
Señor, ¡ayúdanos! Arranca de
nuestro corazón ese orgullo, esa soberbia, ese amor propio que no sabe pedir
perdón y aún peor, ese sentimiento que nos roe el alma y que no nos deja
perdonar... No perdones nuestras ofensas, nuestros desvíos, nuestra frialdad,
nuestro alejamiento como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, a los que
nos dañan, a los que nos lastiman, porque nuestro perdón suele ser un
"perdón limitado", lleno de condiciones.... ¡Enséñanos Señor, a dar
ese perdón como es el tuyo: amplio, cálido, total, INFINITAMENTE TOTAL
Llegamos a esta Iglesia siendo
los de siempre, con nuestra pereza, con nuestras rencillas, nuestras necedades,
nuestro orgullo, nuestras intransigencias para los demás, sin paz, con nuestros
labios apretados, sin sonrisa, como si el mundo estuviera contra nosotros.
Pero Tú nos has mirado, Señor,
desde ahí, desde esa humildad sin límites, desde esa espera eterna a los
corazones que llegan arrepentidos de lo que somos... y hemos sabido y hemos
sentido que nos amas como nadie me puede amar y nuestra alma ha recobrado la
paz.
Nos atrevemos a prometerte que
queremos ser como esa custodia donde estás guardado y que donde quiera que vayamos,
en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en la calle, donde estamos, llevar esa
Luz que hemos visto en tus ojos, y mirar a todos y al mundo entero con ese amor
con que miras Tu y perdonar como perdonas Tu....
¡Ayúdanos, Señor, para que así
sea!
2020 AÑO A
TIEMPO ORDINARIO XXVIII
Jesús conocía
muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se
celebraban en las aldeas. Este recuerdo
vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios
de una manera nueva y sorprendente.
Anuncia en la parábola una gran fiesta en la ciudad:
el hijo del rey se va a casar.
Pero los invitados, gente seria, con los pies en la
tierra, empiezan a poner excusas: tienen compromisos, negocios que concluir, no
tienen tiempo para estas cosas: un banquete, fiestas, relaciones con los demás,
amistades y afectos.
- La esencia de la parábola es ésta: Dios es como
alguien que organiza un banquete, el mejor de los banquetes, y nos invita, y nos
ofrece en el plato las condiciones para una vida buena, hermosa y alegre. El
Evangelio afirma que la vida es y no puede ser más que una continua búsqueda de
la felicidad, y Jesús tiene la clave para ello. Pero nadie va a la fiesta, el
salón está vacío.
- La reacción del rey es dura al principio, pero
también espléndida: porque envía a sus sirvientes a buscar en el cruce de
caminos, en las periferias, en los suburbios, hombres y mujeres sin
importancia, mientras tengan hambre de vida y de fiesta. Al igual que dio su
viñedo a otros...
- Todos somos invitados a la fiesta, sin importar el
mérito o la formalidad. No pidas nada, dona todo. Es hermoso este Dios que,
cuando es rechazado, en lugar de bajar las expectativas, las eleva: ¡llama a
todos! Se abre, se ensancha.
- De la gente importante de la ciudad pasa a los
últimos de la fila: que entren todos, malos y buenos, justos e injustos, casa
llena, escándalo para mi corazón de fariseo. Y entonces Dios desciende al
banquete, es la imagen de un Dios cercano, que entra en el corazón de la vida. Dios
no se encuentra lejos, separado, sentado en su trono como juez, sino está dentro
de la sala del mundo, aquí con nosotros, como alguien que cuida de nuestra alegría,
y se ocupa de ella.
- La segunda parte de la historia: un invitado no
lleva el vestido de fiesta. Y lo echaron. Pero el vestido al que se refiere no
es el que se lleva encima la piel, es el vestido del corazón. Es un corazón que
vibra, que se ilumina, que sueña con el festín de la vida, que quiere creer,
porque creer es un festín. También nosotros somos mendigos de la alegría y del
amor del cielo.
- Podemos decir que Jesús entendió su vida entera
como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús
no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de
Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la
esperanza. Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser
rechazada. Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. El deseo de Dios es
que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los
cruces de camino”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin
esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la
invitación de Dios a todos sus hijos.