SOLEMNIDAD DE TODOS LOS
SANTOS
Queridos hermanos en esta solemnidad de
todos los santos, hoy no estamos aquí para mirar al cielo, sino para mirarnos a
los ojos y hacer memoria. A veces pensamos que la palabra santo
pertenece solo a los altares, pero hoy queremos bajar esa palabra a la tierra.
Hace muchos siglos, un hombre en una
montaña pronunció un discurso que cambió el mundo. No habló de leyes, ni de
castigos, ni de templos. Habló de la felicidad a través de un poema bellísimo
que llamamos Las Bienaventuranzas. Si lo escuchamos con el corazón
limpio, descubriremos que las bienaventuranzas son, sencillamente, el retrato
de la gente que sabe amar bien.
Jesús de Nazaret dijo que son felices
los que lloran, los que tienen hambre de justicia, los que trabajan por la paz
y los que tienen el corazón limpio. Al escucharlo hoy, entendemos perfectamente
a quién se refería. Estaba hablando de nuestros santos cotidianos. Si cerramos
los ojos por un segundo, a todos nos viene un nombre a la cabeza:
Felices los que lloran, porque serán
consolados: Pensamos en esas madres, amigos que, a pesar de
sus propios dolores y heridas, sacaban fuerzas de la nada para secar nuestras
lágrimas y abrazarnos en nuestras noches más grises.
Felices los pacíficos:
Nos acordamos de esos abuelos o abuelas que nunca guardaban rencor, que unían a
la familia alrededor de una mesa y que apagaban cualquier fuego con una palabra
mansa y una sonrisa llena de paz.
Felices los que tienen el corazón limpio:
Nos viene a la mente ese maestro, ese vecino o ese compañero que te miraba sin
juzgar, que ayudaba sin pedir nada a cambio y en cuyos ojos solo había verdad y
nobleza.
Ellos son nuestros verdaderos santos.
Personas de carne y hueso que no saldrán en los libros de historia, pero que
vivieron con los pies en la tierra y el corazón abierto. Supieron que la vida
no consiste en acumular poder o dinero, sino en vaciarse para llenar la vida de
los demás.
El homenaje más bonito que podemos
hacerles está en cómo vivimos hoy. Cada vez que elegimos la empatía en lugar
del egoísmo, cada vez que consolamos al que sufre o trabajamos por un mundo más
justo, estamos cumpliendo una bienaventuranza. Estamos haciendo que ellos sigan
vivos en nosotros.
Hay un hilo invisible que nos une a los
que ya se fueron. Su amor no se destruyó; cambió de forma y ahora es la brújula
que nos guía.
Hoy es un día para dar las gracias.
Gracias por haber coincidido en el tiempo con estos gigantes de la bondad
cotidiana. Que su recuerdo nos inspire a vivir como ellos: con las manos dispuestas
a ayudar, los brazos abiertos para acoger y la valentía de ser, también
nosotros, un motivo de felicidad para los que caminan a nuestro lado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario