sábado, 9 de septiembre de 2023


 INSCRIPCIONES A LA CATEQUESIS DE PRIMERA COMUNIÓN

Los que falten para inscribirse a la catequesis de primera comunión, podrán realizar la inscripción el próximo día 26 de septiembre a las 18 horas


 

2023 AÑO A TIEMPO ORDINARIO XXIII

 

La vida de cada día está llena de errores, heridas, exclusiones, descartes. Hoy Jesús nos habla de la necesidad de ayudarnos unos a otros, de decirnos las cosas en verdad y con amor. Lo que nosotros no percibimos a lo mejor el hermano que está a nuestro lado si, y sus advertencias pueden ayudarnos a mejorar nuestra vida. Nos guste o no, somos responsables unos de otros. Es evidente que las acciones de cada persona y de cada colectivo humano repercuten en la vida de los demás y cómo repercuten las acciones de los demás en la vida de cada uno de nosotros o del colectivo.

A todos (no solo a creyentes, no solo a cristianos) nos viene bien escuchar: si tu hermano peca, repréndelo. Son palabras incómodas, pueden flaquearnos las fuerzas en el propósito, pero no estamos solos; tenemos un sentido fraterno en que crecer, una comunidad en que apoyarnos, una presencia del mismo Jesús entre quienes se reúnen (actúan) en su nombre (inspirados por él).

El individualismo no salva. Somos una entera familia humana en la que cuidarnos y salvarnos unos a otros. Sus vidas dependen de la mía y la mía de las suyas. La corrección fraterna no es una estrategia, es un don de Dios con el que construir y alentar la comunidad creyente.

Jesús menciona aún otra dimensión de la fraternidad: Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

En la Iglesia no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia, por miedo… Los seguidores de Jesús hemos de estar reunidos en su nombre, convirtiéndonos a él, alimentándonos de su evangelio, sintiendo el atractivo de Jesús y el ánimo de su Espíritu. Él es la razón y el motivo del encuentro. Escuchar su mensaje, celebrar su presencia nos ayuda a entender mejor el sentido de nuestra vida, independientemente de quiénes y cuántos seamos.

La comunidad de Jesús será lo que seamos nosotros, si somos capaces de repensar nuestra vida a la luz del evangelio. Quizá los indiferentes, los que no creen, los que se alejaron, necesitan ver que vivimos el evangelio. Quizá nos falta acogida, corrección fraterna, escucha, cercanía con los más débiles y necesitados, disposición a caminar juntos, todas ellas formas de vivir que construyen la comunidad. Quizá nos paraliza el miedo y nos condiciona el pasado, haciéndonos renunciar a la creatividad del evangelio. O quizá no terminamos de comprender y de creer la comparación con la levadura capaz de fermentar la masa.

El Señor nos cuida y nosotros cuidamos. Sólo quien nos ama sabe cuidar y amonestar de la manera correcta, otros sólo saben herir o adular. Hay personas que acumulan dinero, personas que ganan prestigio o poder, y luego hay personas que ganan hermanos. El crecimiento de la fraternidad es el tesoro de la historia, la única inversión que produce verdadera vida.

miércoles, 6 de septiembre de 2023


 

2023 SEPTIEMBRE. ADORACIÓN EUCARISTICA.

El orgullo de la montaña

 

Señor Jesús una tarde mas nos encontramos junto a ti en estos momentos de oración y de adoración. Tu presencia nos ayuda a vivir con mayor entereza y con mayor disponibilidad. A pesar de nuestros caracteres y de nuestro orgullo, que siempre quiere predominar sobre los demás. Junto a ti percibimos que quien quiera ser el primero que sea el último y servidor de todos, tal como tú lo fuiste. Tú el señor nunca te creíste superior a nadie, sino te consideraste hermanos de todos los hombres, de toda criatura. Tú nos enseñaste el camino de la dulzura, de la humildad y de la entrega generosa. Escuchemos esta historia.

El orgullo de la montaña: Hace ya muchos, pero que muchos años, hubo un planeta pequeñito, muy joven, completamente liso, al que le salió una montañita que creció hasta 736 metros. Así estuvo un millón de años. Con el tiempo comenzaron a surgir en la llanura otras montañitas, que también crecieron. La primera, irritada por la pérdida de su dominio, hizo esfuerzos y creció 362 metros más y, a medida que transcurría el tiempo, creció algunos metros en proporción a su orgullo.

Pero tanto crecer fue en vano pues comprobó que en sus cumbres ya no había vida a causa del frío y de los fuertes vientos; en cambio, las otras montañitas se cubrían de árboles donde anidaban mil clases de pájaros y eran acariciadas por suaves brisas. ¡Qué envidia!

Finalmente, no lo pudo aguantar y estalló convertida en fiero volcán, envenenó el aire, mató toda vida, desoló sus propias laderas, secó y arruinó a todas las montañas. Pasada la furia loca, vio su obra y…, apagándose se arrepintió.

Entonces de sus laderas brotaron lágrimas en forma de fuentes purísimas a cuyas aguas regresaron de nuevo los pájaros y con ellos las semillas.

Cuando se disiparon las cenizas, volvió a brillar el sol. Como su tierra era nueva, salida de las entrañas del planeta y rica en minerales y gérmenes de vida, pronto se hizo hermosa, muy verde y adornada de nubes que le dieron sombra y caricias.

Su vida contagió a las otras tierras y en adelante, vivió erosionándose callada y humildemente, convirtiéndose en un frondoso valle de ríos y bosques que aún hoy se pueden reconocer.

El principio de esta historia podría asemejarse mucho a los primeros años de la vida de muchos de nosotros. Estamos preocupados en crecer. No nos gusta que nadie destaque más que nosotros. Y cuando sentimos que alguien empieza a hacernos sombra, intentamos crecer y crecer más para siempre destacar. Llega un momento en el que hemos crecido tanto que nos separamos de las personas que nos rodean. Ya nadie nos soporta ni viene a solicitar nuestra ayuda, pues nos hemos transformado en personas intratables y de carácter bastante agrio.

Señor Jesús haznos conscientes de la vaciedad de nuestra vida, reconocer nuestros fracasos, reconocer que muchas veces hemos estallado, como volcán lleno de orgullo, sin darnos cuenta del todo el daño que hemos causado a los que nos rodearan; sin darnos cuenta que también hemos destruido la poca vida que quedaba en nosotros mismos.

Te pedimos en este momento de nuestra vida, tener la inteligencia para reconocer el mal que hemos hecho, y la humildad para saber que necesitábamos cambiar, y lo primero que vendría a nuestro corazón serían lágrimas de arrepentimiento. Lágrimas que regarían nuestras laderas en las que de nuevo comenzarían a verse la luz, el color y el fruto. Sería entonces cuando otros, atraídos por nuestra belleza, se acercarían a encontrar paz y alegría a nuestro lado; y con ellos, nosotros también encontraríamos la nuestra.

Y sin darnos cuenta, como si se tratara de un relámpago que ilumina fugazmente el horizonte, habrán pasado los años de nuestra vida. Si hubo un tiempo en el que creíamos que la vida era crecer, destacar sobre los demás, conseguir poder…, pero ha llegado el momento, quizás causado por la soledad, el vacío y la tristeza, en el que descubrir que es mejor contar con los demás, ser humildes, dejarse erosionar, aceptar la voluntad de Dios.

Benditos seremos, si al final de nuestros días, después de haber comprendido como la montaña, que es más bello ser humildes y dejarse erosionar por el viento, la lluvia y el tiempo, ir caminando lenta, serena y felizmente, como las aguas de este río, hasta encontrarnos con nuestro Hacedor. Amén

domingo, 3 de septiembre de 2023


 

COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR

Pues su madera es escalera que conduce a la Resurrección.

Cogeré tu cruz, Señor, pues su altura, es altura de miras

para los que creen en otro mundo,

para los que esperan en Dios,

para los que, cansándose o desangrándose,

saben compartir y repartir en los demás.

Cogeré tu cruz, Señor, pues sus clavos,

pasan la carne, pero no matan la fe.

Es la fe que le da otro brillo y hasta otro color a la cruz.

Después de la cruz, vendrá la vida.

¡Dame tu cruz, Señor! 

Merece la pena arriesgarse por Ti.

Merece la pena sembrar en tu campo.

Merece le pena sufrir contratiempos.

Merece la pena adentrarse en tus caminos

sabiendo que, Tú, los recorriste primero.

¡Cogeré tu cruz, Señor! Enséñame dónde y cómo

Indícame hacia dónde.

Háblame cuando, por su peso, caiga en el duro asfalto.

Quiero coger tu cruz, Señor, porque bien lo sé,

que ideales como los tuyos tienen y se pagan por un alto precio.

Quiero coger tu cruz, Señor, porque es preferible,

en el horizonte de los montes,

ver tu cruz que el vacío del hombre errante.

Amén

 

sábado, 2 de septiembre de 2023


 



 


 

2023 AÑO A TIEMPO ORDINARIO XXII

 La carta a los Romanos nos dice: No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente. Renovar la mente, no acomodarse. Dejar de pensar desde los baremos e intereses muy humanos que sustentan el afán de tener, poder, cantidad, fuerza.

Hagamos el esfuerzo de pensar, inspirados por la Palabra de Dios, desde categorías más próximas a las del Padre que Jesús nos muestra. No acomodarse, abiertos a la propia realidad que cada día puede sorprendernos.

Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Entendemos muy bien la reacción de Pedro, que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento, se pone a increparlo. Sería la actitud que hoy nuestra sociedad vive según un pensador actual llama la cultura de analgésicos, esta sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.

Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso. Nosotros llamamos cruz a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o nuestra manera equivocada de vivir. No confundamos la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.

La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que nos llegará como consecuencia de ese seguimiento; el destino doloroso que habremos de compartir con Cristo si seguimos realmente sus pasos. Por eso no hemos de confundir el llevar la cruz con posturas masoquistas, una falsa mortificación o un ascetismo barato e individualista.

Por otra parte, hemos de entender correctamente el negarse a sí mismo que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle: no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. Negarse a sí mismo es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio ego, para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo o la persecución que padeció el mismo Crucificado.

Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros a una vida plena.