sábado, 17 de enero de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
HAS VENIDO POR MI, SEÑOR
Para que, conociéndote, sepa que no
existe alguien mayor que Tú ni cimientos más sólidos que los tuyos: la fe y la
esperanza, el amor y la vida.
Has venido por mí, Señor.
Para que, viéndote, te ame y me fie de
Ti.
Para que, amándote, ame y me confíe a
los que me necesiten.
Has venido por mí, Señor; y te doy las
gracias y te bendigo, y te glorifico y te busco y, buscándote, pido que reines
en mí; para que, siendo Tú el Rey de mi vida, no me rinda en las batallas de
cada día, ni me eche atrás a la hora de defenderte; ni oculte mi rostro cuando,
a mi puerta, llamen los dramas humanos.
Has venido por mí, Señor.
Para que, mis dolores, siguiéndote se
sientan aliviados por tu presencia.
Para que, mis pecados, llorando ante Ti,
sean perdonados por tu mano misericordiosa.
¡Has venido, por mí, Señor!
¡Gracias Señor!
2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO II
En
el centro del Evangelio de hoy está la palabra de Juan Bautista: Este es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Imaginamos la
escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente,
hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el
bautismo de las manos de ese hombre que predicaba un bautismo de penitencia y
de cambio de vida.
Juan
predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse
y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; e inicia a
bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia. Juan
sabe, que el Mesías ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre
Él se posará el Espíritu Santo.
Y
el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente.
Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de
Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por
Juan. Sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre
lo proclama Hijo predilecto. Es el signo que Juan esperaba. Jesús es el Mesías.
Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en
medio de los pecadores, bautizado como ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y
le hace entender que así se cumple la voluntad de Dios, se cumple su diseño de
salvación: Jesús Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo,
sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.
Así
Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Este es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo. Él es un el único Salvador, Él es el Señor,
humilde, en medio de los pecadores.
Y
estas son las palabras que repetimos cada día, durante la misa, cuando se presenta
al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este
gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia
a sí misma. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a
Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y
lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de verdad. Dejarnos bautizar por él es
poner verdad en nuestro cristianismo. No dejarnos engañar por falsas
seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de amor, capaz de liberarnos de la
cobardía y del egoísmo. Dejarnos bautizar por él es abrirnos al amor solidario,
gratuito y compasivo.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de conversión a Dios. Dejarnos transformar
lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su
corazón y su sensibilidad hacia todo lo que nos deshumaniza.
Jesús
comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la
persona. Y finalmente lo proclama Hijo de Dios: es el título que resume todos
los demás.
miércoles, 14 de enero de 2026
2026 Meditación eucarística:
El barco
que nunca zarpó.
El bautismo
Señor
Jesús, este domingo pasado en el día en que celebramos tu bautismo escuchamos
estas palabras bajadas del cielo: Tú eres mi Hijo, muy amado, en el cual
me complazco. Tu bautismo Señor fue el pistoletazo de salida para una
vida nueva porque marca el comienzo de tu vida pública, después de la vida
oculta en Nazaret. A partir de ahí empieza a anunciar el Reino de Dios.
En
este acto se revela la Santísima Trinidad: El Hijo es bautizado. El Espíritu
Santo desciende en forma de paloma. El Padre habla desde el cielo: “Este es mi
Hijo amado, en quien me complazco”.
El
bautismo de Jesús no es para su purificación, sino para manifestar quién es Él
y cuál es su misión: el Hijo de Dios que viene a salvar a la humanidad.
Escuchemos.
El
barco que nunca zarpó: En cierta ocasión toda una población portuaria se
encontraba reunida al borde de un astillero. No era para menos: un gran barco
iba a ser bautizado para comenzar su andadura por las aguas del mar.
Todo
estaba preparado; autoridades y banderas, mesas y luces, invitados y
fotógrafos, música y flores y ¡cómo no!: la botella de champán que, en un
momento dado, el alcalde de la localidad habría de lanzar sobre la embarcación.
Y
llegó el momento culminante: después de las palabras de bienvenida y con gran
emoción, la autoridad correspondiente, soltó en el simbólico acto el cava que
fue a estrellarse en el lugar señalado y con total precisión.
Los aplausos y los cohetes no se
hicieron esperar. No era para menos:
-
Un nuevo barco en nuestro puerto, gritaba orgulloso el vecindario.
La
sorpresa y la incertidumbre llegó cuando (después de la fiesta y de la pólvora,
de los himnos y los consabidos abrazos efusivos, de las fotos y de la colosal
comida popular) el barco por distintas circunstancias se resistió a adentrarse
en el mar y quedó totalmente encasquillado sobre unas vías preparadas para la
ocasión. La decepción se hizo aún más mayúscula cuando en un desesperado
intento por empujar el buque hacia el océano se inclinó de tal manera que se
agrietó todo su casco de arriba abajo quedando sentenciado su futuro para
siempre.
Tu
bautismo Jesús da sentido al bautismo cristiano: no solo un gesto externo, sino
un paso hacia una vida nueva en Dios.
Pensemos
en nuestro bautismo que muchos hemos recibido y, otros tantos hoy, lo siguen recibiendo.
Lo hacemos, al igual que la botadura de esa embarcación, rodeados de flores y
de focos, de luces y de fiesta. Pero nos preguntamos: ¿y luego? ¿nos adentramos
en la misión de todo cristiano o nos quedamos en la orilla de ese bautismo?
Malo será que pongamos tanto énfasis en el momento del “chapuzón sacramental”
que nos olvidemos del horizonte que nos exige.
Porque,
en realidad, el bautismo no se queda en el agua que cae sobre nuestras cabezas.
Continúa en el día siguiente cuando, sintiéndonos hijos de Dios, trabajamos
para que su Reino sea una pronta realidad en nuestra tierra.
Porque,
en realidad, el bautismo que recibimos no acaba cuando somos inscritos en el
libro de los elegidos y, en cambio, si empieza cuando nos comprometemos en
llevar con nuestras manos la luz de la fe a todos los que nos rodean.
Esta
es la gran decepción a la que asistimos, con cierta impotencia, la comunidad
cristiana hoy: un bautismo que se queda en el puerto de los que nunca quisieron
emprender ni aprender la fe que en él y con él recibieron. Se quedaron
encasquillados con una fe sin consistencia, con unos padrinos sin garantía y
resquebrajada desde el principio.
Que
este tiempo ordinario que iniciamos después de la Navidad sea una llamada a
recuperar el brío y la autenticidad de nuestro bautismo: hemos sido bautizados
no por necesidad personal (sería muy poco y pobre) y sí como una llamada a ser
hijos de Dios, a ser iglesia y a dar razón de Él donde haga falta. Ayúdanos tu
Jesús a vivirlo desde la profundidad de nuestro ser y de nuestra vocación. Amén.






