sábado, 28 de marzo de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Lo recibiremos con aclamaciones y el
Viernes Santo, lo despediremos en el silencio más absoluto.
Le cantaremos ¡Hosanna al Hijo de David!
y, en el Gólgota, le gritaremos: ¡Si eres Hijo de Dios baja de la cruz!
Alfombraremos aquí su camino con olivo y
palmas, y más adelante le negaremos como al eterno desconocido.
Con las palmas y ramos lo acogemos como
promesa esperada, y, cuando sea ajusticiado, asistiremos cómplices con nuestro
silencio.
Hoy, Cristo, entra en la ciudad de
nuestros corazones y los encuentra preocupados y ocupados por desesperanzas que
nos impiden vivir con libertad como Hijos de Dios.
Hoy lo hará con gloria, mañana saldrá de
sus muros, envuelto en sangre.
Hoy lo hace montado en pollino recién
estrenado, mañana caminará con una cruz gigante e ignominiosa.
Hoy desfila en medio de cánticos y
alabanzas, pero el viernes subirá hacia el monte Gólgota acompañado de un coro
de burlas y de risas.
Hoy, con nuestras palmas, le diremos a
Jesús que queremos compartir con Él su victoria; mañana nos asustará de tal
manera la cercanía y la crudeza de su cruz, que llamaremos a un cirineo para
ayudarle.
Encuentros y desencuentros, amigos e
infidelidades, promesas y traiciones, subidas y bajadas, son en la vida de todo
creyente una constante.
El Señor, conociéndonos desde donde, con
qué intereses y tonalidades recibe nuestros honores y nuestras glorias,
compartirá con nosotros, ya desde ahora, su victoria sobre la muerte.
¿Nos decidimos acompañarle en estos
días?
¡HOSANNA AL HIJO DE DAVID!
DOMINGO DE RAMOS
Entramos en la Semana Santa, en los días
más importantes de la historia y de la fe. Aquí la liturgia se ralentiza, nos
acompaña con calma, casi hora a hora, en los últimos días de Jesús: desde la
entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en la mañana de
Pascua.
Lo más bello que se puede hacer en estos
días es permanecer junto a los acontecimientos, junto a las infinitas cruces
del mundo donde Cristo sigue crucificado. Los cristianos están cerca de Dios en
su sufrimiento.
Jesús entra en la muerte y sube a la
cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar en la cruz es lo que Dios,
en su amor, le debe al hombre crucificado. Porque el amor conoce muchos
deberes, pero el primero es estar con el amado, abrazarse a él, abrazarlo en sí
mismo, para luego levantarlo en alto, fuera de la muerte. La cruz es el abismo
donde un amor eterno penetra en el tiempo como una gota de fuego, y arde.
Existe una cercanía absoluta: de Dios hacia
nosotros y de nosotros hacia Dios; en la cruz se mezcla esa pasión de comunión
que hace temblar nuestros sepulcros y nos posibilita que entre en ellos la luz de
la mañana.
Solo la cruz disipa toda duda. Cualquier
otro gesto podría ofrecer una idea falsa de Dios. El amor escribe su historia
con el alfabeto de las heridas, el único que no engaña. De ahí la emoción, el
asombro, el enamoramiento. Después de dos mil años, nosotros sentimos como las
mujeres, como el centurión, como el buen ladrón, que en la Cruz reside la
atracción suprema de Dios.
Sálvate a ti mismo, baja de la cruz,
entonces creeremos. Cualquier hombre, si pudiera, bajaría de la cruz. Jesús,
no. No baja porque sus hijos no pueden hacerlo.
Lo entendió primero un pagano, un
centurión experto en la muerte: Verdaderamente este era hijo de Dios. ¿Qué lo
conquistó? Vio el vuelco del mundo, donde la victoria siempre había sido del
más fuerte, del más armado, del más despiadado. Pero él ha constatado el poder
supremo de Dios, de su amor desarmado; que es el de dar la vida incluso a quien
da la muerte; el poder de servir, no de someter. Ha visto en el Gólgota otra
forma de ser hombres.
Al igual que aquel hombre experto en la
muerte, también nosotros, desorientados y fascinados, sentimos que en la Cruz
hay atracción, y seducción, y belleza, y vida. La belleza suprema de la
historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de
Dios se deja clavar, pobre y desnudo, para morir de amor.
Hermoso es quien ama, y más hermoso aún
quien ama hasta el extremo. Mi fe se basa en un acto de amor perfecto, lo más
bello del mundo. Y en Pascua, el Resucitado me asegura que un amor así no puede
perderse.
miércoles, 25 de marzo de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
La
serpiente levantada
Jesús
aquí estamos delante de ti bajo la especie de pan eucarístico, a punto de iniciar
la gran celebración de la semana santa. Quisiéramos unirnos a tu entrega total
y radical por la salvación del genero humano. Hoy queremos meditar sobre el
episodio que narra el libro de Números 21, 7-9: «Hemos pecado hablando
contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las
serpientes». Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz
una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la
colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a
la serpiente de bronce y salvaba la vida.
El
pueblo de Israel estaba muriendo en el desierto. No era una historia simbólica.
Era real. Había serpientes venenosas entre el campamento. La gente caminaba y
de pronto un grito. Una mordida. El veneno empezaba a correr por el cuerpo. Las
manos temblaban. El pulso se aceleraba. La vida se iba apagando. El campamento
se llenó de miedo.
Y
entonces Dios le dice algo a Moisés que parece extraño a primera vista. Haz una
serpiente de bronce. Levántala en un poste. Y todo el que la mire, vivirá.
Si
uno lo piensa rápido, parece contradictorio. La serpiente era precisamente el
problema. La serpiente era lo que estaba matando a la gente. ¿Por qué entonces
Dios usa una serpiente como símbolo de salvación? Aquí está la parte profunda
que muchos estudiosos han visto durante siglos. La serpiente de bronce no
representaba salvación. Representaba el veneno. Era una imagen del problema, levantada
delante de todos. Dios estaba haciendo visible lo que los estaba destruyendo. Era
como decir: “Mirad lo que os está matando”. Pero la cura no estaba en el metal.
La cura estaba en la confianza. El que miraba, reconocía algo en su corazón: Estoy
envenenado. No puedo salvarme solo. Necesito que Dios me salve. Y en ese acto
de fe el milagro ocurría.
Siglos
después Jesús explica esta historia. Y dice algo que hace que todo cobre
sentido. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es
necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.
De
repente la historia deja de ser solo una historia del desierto. Se convierte en
una profecía de la cruz. La serpiente representaba el pecado que mata. Cristo
fue levantado, cargando ese pecado. No porque Él fuera culpable. Sino porque
tomó sobre sí el veneno del mundo. La violencia. La mentira. El orgullo. La maldad
humana. Todo lo que nos destruye, cayó sobre Él. Y la invitación sigue siendo
la misma que en el desierto: Mira… y vivirás.
Ahora
aquí viene la parte que toca el corazón hoy. Porque el veneno no solo estaba en
serpientes antiguas. Hoy el veneno se ve diferente. Se ve en matrimonios que se
destruyen por orgullo. Se ve en hijos que crecen lejos de Dios. Se ve en
personas que cargan culpa durante años. Se ve en gente que parece fuerte por
fuera, pero por dentro está rota. Se ve en el resentimiento que no se suelta. En
la envidia que consume. En la ansiedad que no deja dormir. En el pecado que se
volvió costumbre. El veneno hoy no entra por una mordida. Entra poco a poco. Una
decisión equivocada. Una mentira pequeña. Un hábito que parecía inofensivo. Y
cuando uno se da cuenta… el corazón ya está enfermo.
Hay
gente que lo intenta todo para sanar. Más dinero. Más distracciones. Más ruido
para no pensar. Pero el veneno sigue allí. Y la cruz sigue levantada. Como
aquella serpiente en el desierto. Dios no te dice: arréglate primero. No te
dice: sana solo y luego ven. Dice algo mucho más simple y mucho más profundo:
Mira.
Mira a Cristo. Mira cuánto costó tu perdón. Mira cuánto vales para Dios. Mira
cuánto amor fue necesario para rescatarte. Y algo pasa cuando uno mira de verdad. El
orgullo empieza a caer. La culpa empieza a soltar. El corazón empieza a
ablandarse. Porque entiendes algo que hace llorar cuando lo comprendes. Dios no
te pidió que quitaras el veneno. Sabía que no podías. Por eso permitió que su
Hijo fuera levantado, para cargar lo que estaba matando a todos.
Algunos
miraron y vivieron. Otros probablemente pensaron que era demasiado simple y
murieron con el remedio frente a sus ojos. Y la pregunta sigue viva hoy. ¿Hacia
dónde estamos mirando? Porque el veneno
puede estar en el corazón, pero la cura sigue levantada, esperando que alguien
levante los ojos…y viva. Amén









