miércoles, 3 de junio de 2020


EL ANILLO DEL MAESTRO

Fue un discípulo a decirle a su maestro: Me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
- Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... y haciendo una pausa agregó: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- Encantado, maestro - titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó. ¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces   habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.
- Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- ¡58 MONEDAS! -exclamó el joven.
- Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
Todos somos como esta joya, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore. En este tiempo de reclusión hemos descubierto el valor de las personas que teníamos cerca, el valor de la presencia de Dios en nuestra vida, que jamás nos abandonó. Él siempre estuvo a nuestro lado, como ahora en esta tarde que nos acompaña con su presencia en el santísimo sacramento. Valemos mucho porque somos imagen de Dios, desde la creación. Somos reflejo de la única divinidad y a ella tendemos siempre. Además, fuimos comprados con la sangre de Cristo, él se ofreció por nosotros por amor, porque nos quería y porque sabe que vale la pena amarnos y ayudarnos a crecer siempre. Su sacrificio nos valió la vida eterna, la vida plena.
RECUERDA SIEMPRE LO MUCHO QUE TÚ VALES, AUNQUE QUIZÁS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN.

sábado, 30 de mayo de 2020


SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 

Queridos hermanos celebramos la gran fiesta de Pentecostés. Es la fiesta de la fuerza de Dios, de su Espíritu derramado por doquier. El Espíritu es libre y se representa con este viento recio o el fuego depositado en las cabezas que no se apaga ni se extingue. Los Hechos de los Apóstoles presenta a los discípulos como "borrachos", intoxicados por algo que los ha aturdido con alegría, como un fuego, una locura divina que no pueden contener. Es fuego y viento de coraje que abre las puertas y las palabras. Y la primera Iglesia, encaramada defensivamente, con miedo a los judíos es arrojada hacia afuera y hacia adelante. Nuestra Iglesia en los momentos de dificultad siempre tuvo la tentación de enrocarse, de cerrar puertas y ventanas. La crisis actual de presencias, no impide que nuestra Iglesia esté con manos abiertas, porque siempre han cabido todos, los pecadores y justos, los fieles e infieles, Porque el Espíritu nunca cedió, es pura energía y amor desinteresado.
Jesús les había prometido que pasara lo que pasase no les dejaría solos: Él pediría al Padre que les enviara al Espíritu para que estuviese siempre con ellos. Es el Espíritu que crea y da vida, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que consuela y que impulsa, el que renueva la faz de la tierra y los corazones de todos los humanos.
Los discípulos encerrados, temerosos, porque tenían miedo. Juntos, apagados, inexpresivos. No se sentían capaces de salir de la situación. ¡Si al Maestro le pasó lo que le pasó, qué pasará con nosotros! “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. No entendían. No entendemos. Los tranquilizó. Nos tranquiliza. “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Brotó la alegría, que nadie se altere, que no se descentren los corazones.
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. No vale encerrarse, ni siquiera juntos, protegiéndose del mundo. Envías. Siempre nos envías.  “Recibid el Espíritu Santo”. La alegría y la sensación de Paz acabaron con el miedo. Toda la tierra está llena del Espíritu de Dios, toda criatura está poseída por el Espíritu, aunque no sea evidente, incluso si la tierra aparece llena de injusticia, sangre, locura, miedo. Sin embargo, toda pequeña criatura está llena por el viento de Dios, que siembra santidad en el cosmos.
Pentecostés es el “después” del tiempo de aprendizaje y del tiempo de la desilusión. Pentecostés es el tiempo para salir por ahí e ir contagiando. ¡Qué palabra tan peligrosa en este tiempo! Insisto, tiempo de contagio y propagación de un soplo de Vida que no cesa si dejamos que se expanda, si no lo retenemos, si no nos escondemos.
Pentecostés es la fiesta de la Comunidad y se sirven deliciosos manjares: alegría, paz, solidaridad, abrazos de los que se dan, besos de los que hemos echado en falta, encuentros aplazados y al fin conseguidos. Pentecostés es el tiempo de Dios y se vive desde el Amor. ¡Ven Espíritu divino…y empapa nuestro corazón de sensatez y ayúdanos a no olvidar que lo único urgente es lo esencial: el cuidado de la Vida en todas sus formas!

miércoles, 27 de mayo de 2020


ADORACIÓN EUCARÍSTICA

Estos son tiempos inciertos. La pandemia mundial ocasionada por el COVID-19 ha estado transformado la vida de millones de personas de una manera inimaginable desde hace apenas unos meses. Los cambios se han producido tan rápidamente que nos han cogido por sorpresa a la mayoría de la población mundial. Todos estamos tratando de adaptarnos a esta nueva realidad con la esperanza de que acabe pronto la pandemia, aunque es imposible predecir qué consecuencias tendrá para todos. Pero hay puntos firmes que tenemos que colocarlos en la base de nuestra fe y de nuestra humanidad. Aquí delante de Jesús sacramentado podemos meditar:
1. La vida es corta y los seres humanos somos frágiles. Esta crisis nos recuerda que todos somos frágiles y susceptibles a enfermarnos e incluso morir repentinamente. En general los seres humanos hacemos planes para el futuro pensando que tenemos el control de nuestras vidas, pero basta un pequeño virus, un microorganismo que no podemos ni ver, para alterar completamente nuestras rutinas y destruir nuestros planes.
2. Las enfermedades y crisis no hacen diferencia entre personas y afectan a todos por igual. Los seres humanos tratamos de marcar diferencias económicas, sociales o culturales, pero el COVID-19 nos ha recordado que todos podemos enfermar y que estamos interconectados y nos necesitamos unos a otros. No importa en qué país vivamos, qué edad tengamos o a qué nos dediquemos, todos somos importantes y necesarios en este mundo. Solamente se puede detener la propagación del virus con la colaboración fraterna de todos.
3. Cada vida es importante. Todos los seres humanos somos creados a la imagen y semejanza de Dios (Gen. 1, 27). La imagen de Dios es la base fundamental para el valor y la dignidad de todas las personas. La Biblia enseña que Dios es el dador de la vida, por lo que desde la concepción hasta la tumba debemos proteger y valorar la vida de todos. La vida humana no tiene precio y no importan las consecuencias económicas que una catástrofe como la que enfrentamos traiga, debemos luchar a toda costa para cuidar las vidas de todos.
4. Dios está cercano y es nuestro refugio. No importa si los problemas son pequeños o grandes o si las consecuencias parecen imposibles de soportar, pero con la fuerza de Dios y su inspiración es la única fuente de verdadera confianza. Dios cuida de nosotros y muchos lo hemos experimentado durante nuestras vidas. Los cristianos sufrimos como todos los demás, pero lo afrontamos con la paz que Dios nos da, porque Él está pendiente de nosotros.
5. El amor al prójimo es la prueba fundamental de nuestra fe. En tiempos de crisis, nuestro genuino amor por los demás será la luz en un mundo oscurecido por los problemas. Este amor es concreto y tiene como ejemplo máximo el amor que Jesús nos demostró en la cruz. Hoy nuestro amor al prójimo puede ser el mantener nuestra “distancia de seguridad”, no para cuidarnos a nosotros mismos sino para cuidar a los demás. Nuestra perspectiva y misión debe ser el bien común. Tristemente son los pobres los que tendrán el mayor impacto de esta pandemia mundial y todos tenemos la responsabilidad de ayudar a los más necesitados y luchar por reconstruir un mundo en donde haya más justicia y equidad.
6. Otro mundo es posible. Los cristianos vivimos con la esperanza de un mundo mejor que está por venir. Esto no quiere decir que en el presente no nos preocupemos por tener un mundo mejor para todos, sino que hacemos lo mejor que podemos en el presente, porque el Reino de Dios empezó con Jesús y continuará con nosotros hasta la plenitud de vida que Dios quiere para todos.

Que esta espera de la efusión del Espíritu Santo el próximo domingo día de Pentecostés siga animándonos a estar injertados en el mundo pero con la mirada puesta en Jesús y su Reino. Así sea

sábado, 23 de mayo de 2020


ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Estamos alcanzando el final de la Pascua y quién sabe si también, el principio del final de las medidas extraordinarias por la crisis del Coronavirus, al menos en Europa.
Esta ha sido una Pascua extraña para todos, vivida en gran parte en nuestras casas, con las puertas cerradas, por miedo, no a los judíos, como dice el evangelio que ocurrió a los Apóstoles, tras la muerte de Jesús, sino por defendernos de una micro partícula que se ha llevado la vida de personas, algunas muy cercanas a nosotros y ha revolucionado nuestra forma de vida más que ningún otro acontecimiento en los últimos años, o siglos.
En este domingo que celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, somos conscientes del acontecimiento y lo que esto provocó en sus seguidores.
Los discípulos regresaron a Galilea, en esa montaña que conocían bien. Cuando lo vieron, se postraron. Jesús se va al cielo dejando un minúsculo grupito: solo le quedan once hombres asustados y confundidos, y un pequeño núcleo de mujeres valientes y fieles. Lo siguieron durante tres años por los caminos de Palestina, no entendían mucho, pero lo amaban mucho. Ahora Jesús regresa al Padre, tranquilo, no porque deja un grupo que entendieron su mensaje, sino porque deja un grupo que le han manifestado su gran amor y se comprometen a amar. Aunque algunos dudaron.
Jesús realiza un acto de enorme e ilógica confianza en estas personas que aún dudan. Podría quedarse para aclarar los puntos oscuros. Pero él confía su mensaje a sus discípulos, aunque duden. No hay fe verdadera sin duda. Las dudas son como los pobres, siempre estarán con nosotros.
Jesús confía el mundo soñado por Dios, a la fragilidad de los Once, y no a la inteligencia del primero de la clase; confía la verdad a los que dudan, llama a los que le abandonaron a ir a los confines de la tierra, convencido de que “se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra”.
“Id, pues, y haced discípulos…” Esto es hermoso: porque mi poder es vuestro; por lo tanto, todo mío y también tuyo: yo soy el que vive en vosotros y os anima.
Hacer discípulos a todos los pueblos ... ¿Con qué propósito? ¿Alistar devotos, reforzar las filas? No. Id a contagiar, iniciad una epidemia de vida y de gozo. Sus últimas palabras, su testamento: Yo estoy con vosotros, contigo, todos los días, hasta el fin del mundo. Siempre estará con nosotros, nunca estaremos solos.
Jesús no se fue lejos, ni alto, a algún rincón remoto del cosmos, sino que se ha acercado más si cabe. Jesús era el Emanuel, el Dios con nosotros, ahora estará muy dentro de nosotros. Ascendió en la profundidad de las cosas, en lo más íntimo de la creación y de las criaturas, y desde el interior presiona hacia arriba como fuerza de elevación hacia la vida más brillante.

miércoles, 20 de mayo de 2020



LAS GRIETAS DEL CÁNTARO

Había un cargador de agua de la India que tenía dos grandes cantaros que colgaba a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua.
Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego, el cántaro perfecto estaba muy orgulloso de sus logros, pues se sabía perfecto para los fines para los que fue creado. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque, debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir".
El aguador apesadumbrado, le dijo compasivamente: "Cuando regresemos a la casa, quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino".
Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de una parte del camino; pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen de tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas, y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a lo largo de todo el camino por donde vas, y todos los días las has regado, y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Maestro. Si no fueras exactamente como eres, incluidos tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza"
Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero debemos saber que siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.
Señor Jesús estamos aquí reunidos delante de ti. Tú nos miras y te haces presente en nuestro pobre corazón. A veces agrietado y lleno de imperfecciones. Pero un corazón que quiere amarte y amar a los demás.
En esta tarde queremos pedirte que tú hagas florecer todo lo que nosotros por nuestra torpeza no hemos sabido hacer crecer. Que tú presencia salvadora ilumine el mundo y nuestra sociedad tan tocada por esta pandemia.
Tu solo sabes hacer resurgir en nosotros lo mejor de cada uno de nosotros; incluso aquellas cosas y capacidades que nosotros mismos no sabíamos que teníamos.
Que sepamos aprovechar todas nuestras grietas para hacer crecer hermosos jardines a nuestro alrededor y que todos puedan gozarlos. Amén