lunes, 6 de julio de 2026
sábado, 4 de julio de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
QUITAME PESO, SEÑOR.
Del yugo de mis
preocupaciones, para que así,
pueda también pensar
en Ti.
Del madero de mis
ambiciones, para que, mirándote a Ti,
me sienta afortunado
y lleno de tu presencia.
Del yugo de mis
prisas, para que caminando contigo,
me detenga ante lo
importante y esencial de la vida
y pase de largo de
aquello que no me deja vivir en paz.
Del yugo de mis
cansancios, para que apoyándome en Ti,
avance seguro y
firme por los senderos de tu verdad.
QUÍTAME PESO, SEÑOR
De las ansiedades
que producen el tener y el aparentar
y, disfrutando de lo
que poseo,
te dé gracias por
ser mi compañero, amigo y confidente
QUÍTAME PESO, SEÑOR
Del yugo de mis
decepciones y de mis expectativas,
de mis egoísmos y
vanidades
para que, fijándome
en Ti
crea firmemente que,
entre todo lo bueno, eres lo mejor:
pecho en el que
poder arrimarme para escucharte,
hombro en el que
apoyarme para progresar,
corazón en el que
poder asomarme para amar,
oasis en el que
poder sentarme para descansar.
¡QUITAME, DEL YUGO
DE MI VIDA, ALGO DE PESO… SEÑOR!
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XIV
Las
lecturas de este domingo nos sitúan ante una de las promesas más hermosas del
Evangelio: Venid a mí y encontraréis descanso para vuestras almas.
Vivimos en un mundo marcado por la prisa, la exigencia constante
y el peso de tantas preocupaciones que terminan agotando el corazón.
Sin embargo, el descanso que Jesús ofrece no es una simple pausa ni una
evasión de los problemas. Es algo mucho más profundo: la paz que nace
cuando dejamos de sostener nuestra vida únicamente con nuestras propias
fuerzas y aprendemos a abandonarnos en las manos de Dios.
Jesús
bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños. No se
trata de una exaltación de la ignorancia ni de un desprecio de la inteligencia.
Lo que Jesús alaba es la actitud de quien permanece abierto al don. Los
pequeños son aquellos que saben recibir. Son capaces de dejarse
enseñar, corregir y acompañar. No tienen todas las respuestas, pero
permanecen disponibles para escuchar. Precisamente en esa actitud, Dios encuentra
espacio para actuar. La humildad evangélica consiste en reconocer
nuestra necesidad de Dios.
La
invitación de Jesús es directa y profundamente personal. No dice: "Venid a
una doctrina" o "venid a una ley". Dice: "Venid a
mí". El descanso cristiano tiene un rostro. Es el encuentro con
Cristo, fruto de una relación. No se alcanza mediante técnicas, estrategias o
esfuerzos personales.
Todos
llevamos cargas:
preocupaciones familiares, incertidumbres, heridas, responsabilidades,
errores del pasado. Jesús no niega la existencia de esas cargas. Tampoco
promete una vida sin dificultades. Lo que ofrece es caminar con nosotros y
sostenernos desde dentro.
Resulta
paradójico que Jesús hable de descanso y, al mismo tiempo, invite a cargar con
su yugo. Las cargas que nacen del egoísmo, del orgullo o de la autosuficiencia
terminan aplastando. El yugo de Cristo, en cambio, es el amor. Y el amor,
aunque exige entrega, nunca esclaviza. Quien vive unido a Jesús descubre que
incluso las responsabilidades más difíciles pueden ser llevadas con una paz
nueva. El Señor no elimina mágicamente todas las dificultades de la vida. Lo
que hace es transformar el corazón de quien confía en Él. Por eso su yugo es
suave y su carga ligera.
Jesús
no promete una vida libre de dificultades. Tampoco identifica el descanso con
la ausencia de conflictos, sufrimientos o peligros. Él mismo vivió el rechazo,
la incomprensión y la cruz. El descanso del alma al que invita es algo más
profundo: la paz que brota de la comunión con Dios. Es la serenidad de
quien sabe que su vida está sostenida por el amor del Padre y habitada por su
Espíritu.
Quien
vive unido a Cristo descubre que la verdadera paz no depende de que todo salga
bien, sino de saber que nunca caminamos solos. El descanso del alma es
la experiencia de descansar en Dios, confiando en que nada puede separarnos de
su amor. Así, aun en medio de las tormentas de la vida, el corazón encuentra
una morada firme donde permanecer.
miércoles, 1 de julio de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA
LA
HISTORIA DE AMOR ENTRE RUT Y BOOZ
Querido
Jesús en el santísimo sacramento del altar, hoy queremos acompañarte meditando
la historia de un hombre que encontró a una buena mujer. O de una mujer que
encontró al hombre correcto.
Esta
historia no comienza con una boda. Comienza con dos viudas que no tenían
absolutamente nada. Rut había perdido a su esposo. Noemí había perdido a su
esposo y a sus dos hijos. Regresaron a Belén sin dinero, sin tierras y sin
esperanza.
La
Biblia dice que Rut salía cada mañana a recoger las espigas que los segadores
dejaban caer detrás de ellos. Era el trabajo de los más pobres. Ella no iba
buscando un esposo. Iba buscando comida. Y aquí encontramos un detalle que
pocas veces notamos: "Y aconteció que aquella parte del campo era de
Booz..." (Rut 2:3). Parece una casualidad. Porque muchas veces Dios
obra de una manera tan silenciosa que parece coincidencia.
Pero
cuando miramos hacia atrás entendemos que nunca fue casualidad. Era
providencia. Mientras Rut pensaba que solo estaba buscando unas cuantas
espigas, Dios estaba escribiendo una historia mucho más grande de lo que ella
podía imaginar.
Y
así ocurre también con nosotros. Hay días que parecen comunes. Un encuentro. Una
conversación. Una puerta que se abre. Un lugar al que llegamos "por
casualidad". Y años después descubrimos que Dios ya estaba guiando
nuestros pasos.
Observemos
ahora a Booz. Lo primero que vio en Rut no fue su belleza. Fue su carácter. Había
escuchado cómo dejó su tierra para cuidar de Noemí. Había oído de su fidelidad.
De su humildad. De su capacidad para amar sin esperar recompensa. Y fue eso lo
que conquistó su corazón.
Qué
diferente al mundo de hoy. Hoy muchos buscan una persona atractiva. Exitosa. Popular.
Pero Booz buscó una mujer íntegra. Porque la belleza cambia con los años. El
carácter permanece.
Y
cuando llegó el momento de redimir a Rut, Booz estaba dispuesto a pagar el
precio para darle un futuro. Había otro hombre con un derecho legal antes que
él. Pero cuando ese hombre renunció, Booz no dudó. Aceptó la responsabilidad. Aceptó
el compromiso. Aceptó el costo. No buscó una relación mientras fuera fácil. Estuvo
dispuesto a asumir todo lo que implicaba amarla.
Y
sin saberlo, Booz estaba reflejando a Cristo. Porque Jesús también encontró a
una humanidad pobre espiritualmente. Sin esperanza. Sin recursos para salvarse.
Y en lugar de alejarse, decidió pagar el precio de nuestra redención. No con
plata. No con oro. Sino con su propia sangre.
Por
eso la historia de Rut y Booz es mucho más que una historia de amor. Es una
historia de gracia. De restauración. De un Dios que transforma el final más
triste en un nuevo comienzo.
Hoy
esta historia sigue ocurriendo. Se ve en el joven que deja de buscar solo una
cara bonita y comienza a valorar un corazón que ama a Dios. Se ve en la mujer
que entiende que no necesita correr detrás de cualquier relación, porque Dios
sabe el momento correcto. Se ve en el matrimonio que aprende que el amor
verdadero no consiste en sentir mariposas todos los días, sino en permanecer
fiel cuando llegan los días difíciles. Se ve en el esposo que sigue tomando la
mano de su esposa cuando la enfermedad cambia su apariencia. Se ve en la esposa
que permanece al lado de su esposo cuando pierde el trabajo y ya no puede
ofrecerle la misma comodidad.
Porque
el amor verdadero no pregunta primero: "¿Qué puedo recibir?" Sino "¿Cómo
puedo cuidar de ti?" Quizás hoy estás esperando que Dios escriba una
historia diferente para tu vida. Y sientes que solo estás recogiendo espigas
entre el dolor. Pero Rut nos recuerda que Dios suele escribir sus milagros
mientras nosotros simplemente seguimos siendo fieles. Ella salió buscando
pan... Y Dios terminó dándole una familia. Salió pensando en sobrevivir... Y
terminó formando parte de la familia de donde nacería el Mesías. Porque cuando
Dios escribe la historia, el último capítulo siempre es mejor que el primero. Ojalá
Jesús, nos convirtamos en personas con un corazón tan fiel como el de Rut y tan
íntegro como el de Booz, para que Dios pueda escribir una historia de amor que
también glorifique Su nombre. Amén.
domingo, 28 de junio de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Que sostenga un poco más tu Iglesia, con
la fuerza y el calor de tu Palabra
Que me haga sentir, de arriba abajo y de
abajo arriba, tú presencia y tú poder, tu presencia y tu voz, tu energía.
¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Como Pedro, que diga quién eres Tú: ¡El
Mesías!
Como Pedro, que confiese sin temblor: ¡Eres
el Hijo de Dios vivo!
Como Pablo, que de los mil caballos en
los que voy montado, Señor, caiga para que descubra, una y otra vez, que
caminas a mi lado y no me abandonas, Señor.
¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Útil y siempre abierto y buscando
tu voluntad.
Firme y agarrado a tu Gracia.
Recio y embellecido por la oración.
Limpio y resplandeciente por la luz de
la fe.
¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Que sostenga, con mi pobreza, la
gran riqueza del Evangelio
En el que edifiques, en mi debilidad,
la grandeza de tu Reino.
¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Como Pedro, sin miedo a ser destruido
ni derrumbado por el enemigo de la fe
Como Pablo, aventurero y abierto para
elevar, sobre mí mismo, lo que muchos todavía no conocen: A JESUCRISTO
Y que Tú, cuando quieras y como
quieras, edifiques cuando quieras y como quieras. Amén.
sábado, 27 de junio de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
TU CRUZ
Señor, sé que en la vida hay cruces
“inevitables”, (ciertos momentos, climas y trabajos, ciertos encuentros,
caracteres y silencios…), y hay que asumirlas.
Sé que hay cruces que te “endosan”, (en
forma de calumnia, aislamiento y timo, de plagio y fracaso…) y uno, si puede,
tiene que evitarlas y si no, debe asumirlas.
Sé que hay cruces que te “atrapan”, (la
droga, el dinero, el poder, la fama, el juego, el placer, la pasión el éxito,
el qué dirán…), y uno tiene que huir de este tipo de cruces.
Sé que hay cruces “de temporada”, (de
cuaresma, de exámenes, de fin de vacaciones, de enfermedad, de encrucijadas, de
decisiones,…), ¡lo mejor es mirarlas bien y no hacerlas más pesadas!
Se que hay cruces de “competición” porque
queremos quedar bien, y trabajamos hasta la extenuación: nos esforzamos,
aguantamos, sufrimos, rezamos, nos comprometemos, nos vaciamos, nos astillamos
y hasta nos quemamos…
¡Hay que reírse de esas cruces!
Sé que hay cruces de “adorno”, tatuadas
o y de metales preciosos, en el cuello, en el pecho, en los palacios y en los
templos…), ¡las miro y sigo tu camino!
Yo solo quiero admirar y cargar con
tu cruz, para que el otro no tenga cruz.
Con tu cruz de dos palos, uno que
apunta al cielo y otro que sirve para recostar los brazos abiertos y cansados.
Con tu cruz liberadora, que me enseña
a volar hacia Ti y a abrazar a todos los hermanos, acá en esta tierra.
Amén
2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO XIII
Nos encontramos con un evangelio donde Jesús
nos habla de lo que vale la pena vivir, lo que vale la pena morir, algo que
vale más que nuestra propia vida. Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo
el Evangelio está también en un vaso de agua fresca.
Quien ama a su padre o a su madre más
que a mí, quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Palabras difíciles, que suenan excesivas, que parecen chocar contra la fuerza
de los afectos que son la primera felicidad de esta vida.
Pero la clave de las expresiones de
Jesús está en la expresión amar más. Jesús no
resta amores, sino que añade, apuesta por ellos, lo apuesta todo al
amor. Amar más no equivale a una competición de sentimientos, sino que
nos recuerda que, para crear un mundo nuevo, tal y como él lo sueña, se
necesita una pasión al menos tan fuerte como la de los amores familiares, y
el resultado obtenido no es una limitación, sino una potenciación.
El que no tome su cruz y me siga, no
puede ser mi discípulo. ¿Acaso sueña Jesús con una
interminable procesión humana clavada en una selva de patíbulos? ¿Sería el
sufrimiento lo que alabaría a Dios? Qué imagen tan perversa. Él quiere discípulos
maduros, libres y un poco enamorados, no una corte de seguidores
llorosos y llagados. Cargar con la propia cruz no es dejarse matar, sino
elegir un proyecto firme, el mismo que el de Jesús: amar primero,
generosamente, sin calcular, con locura.
Las dos condiciones
que Jesús impone a quien quiera seguirle, amar más y cargar con la cruz,
se iluminan mutuamente. Llevar la cruz significa llevar el amor hasta
el final, hasta la Pascua, porque quien haya perdido su vida por mi causa,
la encontrará. Perder la vida no significa el martirio, sino gastarla
como se gasta un tesoro: entregándola gota a gota. En realidad, solo
poseemos aquello que hemos perdido por los demás.
De hecho, el verdadero drama para el ser
humano no es morir, sino no tener nada ni a nadie por lo que merezca la pena
arriesgar y poner en juego la propia vida. Y a nosotros, asustados ante la idea
de tener una causa que valga más que nosotros mismos, Jesús nos añade una frase
enorme: quien haya dado, aunque solo sea un vaso de agua fresca no perderá
la recompensa. La cruz y el agua, dar toda la vida y un vaso de
agua, ese casi nada que, sin embargo, contiene un toque del maestro de
Nazaret: ¡fresca! ¡Tiene que ser agua fresca! Es decir, la mejor agua
que tengas, agua cariñosa, hermosa, con el eco del corazón en su
interior: Imaginaos una llamada a quien sufre, ceder el paso a quien tiene
más dificultades, una sonrisa al primer desconocido de la mañana, un café
suspendido... Dar: verbo de manos limpias y alegres como el agua fresca.
La Cruz y el vaso.
Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un
vaso de agua fresca. Algo que todos podemos ofrecer. Todos.
sábado, 20 de junio de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Otórgame ese valor
que sólo la fe da:
Así, cuando tenga
que decir un “sí”, no lo cambie cobardemente por el “no” o por el miedo al qué
dirán.
La que nos hace
brindar por un mundo mejor.
La que nos hace
soñar con un corazón nuevo.
La que, huyendo del
egoísmo personal, nos hace descubrir la grandeza de tu amor.
Infúndeme esa
valentía que sólo tu Palabra transmite:
La que nos hace
combativos en la lucha.
La que nos levanta
el aparente fracaso.
La que es coraza
frente al enemigo.
La que es arma y
escudo frente al adversario.
Ofréceme esa bravura
que me inspira tu presencia:
Para que nunca, en
el combate, me sienta sólo ni desamparado.
Para que, ante las
burlas, recuerde que, Tú, también fuiste ridiculizado.
Para que, ante las
incomprensiones, no olvide que, Tú, también fuiste rechazado.
¡Sí; Señor! ¡Dame
entereza en la lucha!
Para que nunca diga
¡basta!
Para que huya del
derrotismo que todo lo asola.
Para que avance y
nunca retroceda.
Para que ofrezca al
Evangelio mi voz que anuncie y denuncie lo que en el mundo tantas veces se
olvida:
Tú, tu amor, tu
justicia, tu paz, tu Reino, tu voluntad y tu ternura.
Amen
2026 CICLO A TIEMPO
ORDINARIO XII
El domingo pasado vimos la elección de los doce discípulos y los envió a anuncia la buena nueva con pura gratuidad. Este domingo el evangelio lo podemos dividir en dos bloques: no tener miedo y tener valor para confesar a Jesús Ni miedo a hablar, ni miedo a morir, y valor de confesar a Jesús.
- No tengáis miedo a hablar ni a morir.
Jesús nos lo pide hoy hasta tres veces. En la primera («nada hay encubierto que
no llegue a descubrirse») pide que sus seguidores hablen a plena luz y pregonen
desde las azoteas. La nuestra es la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora
de una Iglesia en salida, sin miedos ni complejos.
La segunda vez («temed al que puede
llevar a la perdición alma y cuerpo») llama a no tener miedo a los que matan el
cuerpo, pero no pueden matar el alma. Siempre la predicación del Evangelio es
mayor que la voz que la proclama; a esta podrán callarla, pero el anuncio se repetirá
en otras gargantas.
La tercera vez («valéis más vosotros que
muchos gorriones») explica que ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga
el Padre. En la misión de la Iglesia ya no caben posturas pasivas ni
indiferentes; todos, hacemos camino juntos (sinodalidad). Al recordarnos el
valor que todos y cada uno tenemos, Jesús cuestiona la manera de ser Iglesia
que siguen practicando muchos cristianos y pide mayor confianza en el Padre
providente. La misión pastoral la hemos recibido todos del Señor, y Dios no
abandona a los discípulos de su Hijo.
- El segundo bloque trata un tema algo
distinto: el peligro no consiste ahora en callar sino en negar a Jesús. Nos
avisa que se comportará con nosotros igual que nosotros nos portemos con él.
Recordemos la máxima: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”.
Cuando Jesús nos pide hoy no tener miedo
se refiere a los miedos que nos pueden surgir a la hora de proclamar el
Evangelio y de seguirle a él. Y nos pone las cosas bien claras: «Si uno se pone
de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre
del cielo. Y, si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi
Padre del cielo».
Hay personas que viven hoy según
criterios distintos de los que los cristianos tenemos por nuestros. Los
cristianos debemos tener muy claro qué valores defendemos y a los que no hay que
renunciar. El cristianismo hemos de vivirlo con el testimonio personal y
diario.
Sin embargo, pervive un cristianismo
acomodado a los criterios de la sociedad y que rebaja sus exigencias para que
no resulten estridentes. Un cristianismo privado, intimista, alejado de
cualquier compromiso en la vida pública. Un cristianismo cultual, que no logra
ser el que dé sentido a nuestros intereses, opciones, pensamientos, acciones.
Un cristianismo sociológico, basado en tradiciones y costumbres, pero en el que
falta una clara opción personal por seguir a Jesucristo. Jesús pide hoy que más
bien seamos sal, luz y sabor en un mundo que necesita que se le hable de Dios
en pleno día y desde las azoteas.
miércoles, 17 de junio de 2026
MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:
EL CIEGO BARTIMEO
Jesús sacramentado en esta tarde nos sentimos como el ciego Bartimeo, sentados a orillas del camino de la vida. El mayor milagro de Bartimeo no fue abrir los ojos, sino negarse a guardar silencio cuando todos querían callarlo.
Jesús está saliendo de Jericó. La multitud le rodea. La gente empuja. Todos quieren acercarse. Todos quieren verlo. Y a orillas del camino está Bartimeo, sentado, invisible para casi todos. Era ciego. Y en esa época eso significaba dependir de otros para sobrevivir. Significaba mendigar. Significaba vivir al margen de la sociedad.
Hay personas que conocen perfectamente esa sensación. Vende a otros cumplir sueños, prosperar, formar familias, avanzar. Y sienten que ellos sean sentados en el borde del camino. Esperando. Luchando. Sobreviviendo. Sin entender cuándo llegará su momento.
Entonces Bartimeo escuchó algo. No vió a Jesús. Lo escuchó. Alguien dijo que Jesús de Nazaret estaba pasando. Y en ese instante algo se encendió en él, y entendió algo que muchos no entendían y empezó a gritar: ¡Jesús Hijo de David, ten misericordia de mí!
La multitud llamaba a Jesús de Nazaret. Bartimeo lo llamó Hijo de David. Mientras muchos veían a un maestro, Bartimeo veía al Mesías. Mientras otros tenían vista física, Bartimeo tenía visión espiritual. El hombre que no podía ver era el que mejor veía. Porque hay personas con ojos sanos que nunca reconocen a Cristo. Y hay personas quebrantadas que logran verlo con claridad.
La Biblia dice que muchos empezaron a reprenderlo, que se callara, silenciarlo. Le hacían sentir que estaba molestando. Pero Bartimeo llamaba más fuerte. La multitud que envolvía a Jesús se convirtió en el mayor obstáculo para legar a Jesús. Y eso sigue ocurriendo hoy. A veces el problema no es la enfermedad. Ni la pobreza. Ni la dificultad. A veces el problema son las voces que nos rodean. Las voces que dicen: "No vale la pena intentarlo." "Dios ya no te escucha." "No hay esperanza." "Tu situación no tiene solución." "Es demasiado tarde."
Y si Bartimeo hubiera escuchado a la multitud, habría permanecido ciego para siempre. Pero entendió que hay momentos en los que uno debe escuchar a Cristo por encima del ruido de la gente.
Hay jóvenes que quieren acercarse a Dios y escuchan burlas. Hay matrimonios luchando por restaurarse mientras otros las dicen que se rindan. Hay personas intentando levantarse después de una caída y escuchan que ya no tienen futuro. Hay creyentes que desean empezar de nuevo y encuentran más críticas que apoyo. Pero Bartimeo nos enseña que las voces humanas nunca deben ser más fuertes que la voz de Dios.
Y entonces sucede algo extraordinario. Jesús se detiene. Miles avanzando. Y un solo grito logra detener al Rey del universo. Porque hay oraciones que nacen de una necesidad tan profunda que atraviesan el ruido de la multitud y legan directamente al corazón de Dios.
Jesús pregunta: "¿Qué quieres que te haga?" Todos sabían que Bartimeo era ciego. Jesús también lo sabía. Pero Cristo quería escuchar la petición de sus propios labios.
Y Bartimeo respondió: "Maestro, que recubre la vista." No pidió dinero. No pidió una posición. No pidió reconocimiento. Pidió aquello que realmente necesitaba.
Jesús le dijo "Tú fe te ha salvado." Y al instante recibió la vista.
El milagro no termina cuando Bartimeo recupera los ojos. Termina cuando comienza a seguir a Jesús por el camino. Porque la meta nunca fue simplemente ver. La meta era seguir. La meta era convertirse en discípulo. Porque hay personas que quieren las bendiciones de Cristo sin querer andar con Cristo. Quieren la respuesta. Quieren el milagro. Pero no quieren seguir en El Salvador. Bartimeo fue distinto. Cuando recuperó la vista, decidió andar tras aquel que había transformado su vida.
Quizás hoy te sientes como Bartimeo. Sentado en el borde del camino. Esperando una oportunidad. Y quizás quitas tiempo preguntándote si Dios todavía escucha tu clamor. La historia de Bartimeo responde con claridad. Sí lo escucha. Porque el mismo Jesús que se detuvo en Jericó sigue deteniéndose ante los corazones que claman con sinceridad.
Las personas más cercanas a Cristo no son las que parecen más fuertes. Son las que reconocen cuánto lo necesitan. Y cuando un corazón necesitado empieza a clamar, el cielo aún se detiene para escuchar. Amén
sábado, 13 de junio de 2026
ACCIÓN DE GRACIAS
Andar por la vida portando tu mensaje y
buena nueva; andar erguido a pesar de las inclemencias del camino; andar de
frente sin temor a tormentas y huracanes; andar tranquilos, aunque haya lobos
escondidos.
Ir sin bolsa, para aligerar la marcha; sin
monedas, para que no hagan mella en el alma; ligeros de equipaje, sólo con
túnica y sandalias; pero llenos de paz gozada y derramada.
Detener el paso y descansar de agobios y
penas; saludar y dialogar cada día con quienes van y vienen; entrar en las
casas y compartir alimento y corazones; lavarse el polvo y cicatrizar las
heridas.
Y de madrugada, volver a salir a los
caminos y a las plazas, hacerse el encontradizo y rozar con ternura a los que
pasan; y agradecer el camino y sus historias respetando las costumbres y las
sorpresas...
Cada día, caminando por la vida protegido
por tu manto y sombra me siento más hijo, y más hermano más discípulo, más
enviado, más ligero, más lleno de alegría, más encontrado.
Y regreso, muy contento, a contarte mi aventura.
Amén
2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XI
Es muy interesante la forma como comienza el Evangelio: al ver a la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor . Jesús no tiene una mirada superficial sobre el pueblo, El es capaz de reconocer el dolor escondido, la soledad disimulada y el cansancio del alma.
Jesús no viene números, viene personas; no viene masas, viene historias. Y esa compasión no se queda como un sentimiento más, se convierte en misión, por eso dice: la mías es abundante, pero los obreros son pocos . El problema no es la falta de necesidad, sino la falta de corazones disponibles para responder. Y así, desde la compasión, surge la llamada y envío de los Doce.
Los envía frágiles, sin seguridades ni poder humano, porque el Evangelio no se sustenta en estrategias, sino por medio de testimonios. Pero advierte a los discípulos: gratis el recibiste, dadlo gratis .
Nuestro mundo vive saturado de ofertas, de discursos y de ruido, pero sigue con una profunda hambre de sentido. Hoy existen muchas multitud cansadas, personas agotadas por la prisa, heridas por relaciones rotas, desorientadas ante la vida y sean faltando testimonios que miren con compasión y se acerquen a la miseria humana.
Ser enviado no es sólo para algunos, es una vocación que toca a todos los creyentes. Allí donde estamos, en la familia, trabajo, comunidad, hay algo esperando. No se trata de hacer más cosas, sino de lanzar una mirada como la mirada de Jesús.
Así que el centro es claro: no podemos decir que seamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Jesús manda: Id y proclamamos que el reino de los cielos está cerca. Cuidado enfermos, resucitado muertos, limpiado leprosos, arrojado demonios. Gratis lo haya recibido, dadlo gratis .
Hoy es el día de nuestro ser comunidad, parroquia, con motivo de la fiesta de San Antonio. Ser parroquia va mucho más allá de un edificio o de un sitio donde se celebran sacramentos. La parroquia está llamada a ser una comunidad viva de personas que comparten la fe, se acompañan mutuamente y buscan hacer presente el amor de Dios en su entorno. Una comunidad cristiana nace cuando sus miembros se reconocen como hermanos y hermanas. No se trata únicamente de asistir a misa, sino de crear vínculos de cercanía, escucha y servicio. Cuando alguien sufre, la comunidad acompaña; cuando alguien se alegra, la comunidad celebra; cuando alguien se siente perdido, la comunidad acoge.
Una parroquia viva no espera que las personas leguen, sino que sale a su encuentro, siguiendo el ejemplo de san Antonio, que caminaba entre la gente y se acercaba a quienes estaban en los márgenes. La vida comunitaria también nos recuerda que la fe no se vive en soledad. Cada persona aporta sus mujeres, talentos y experiencias para enriquecer a los demás.
miércoles, 10 de junio de 2026
MEDITACIÓN
EUCARISTICA.
SAN
ANTONIO
Querido
Jesús presente en la sagrada forma, en esta tarde venimos a ti para pasar un
tiempo contigo y para descansar de nuestros agobios cotidianos. Hoy empezamos
este triduo que dedicamos a San Antonio de Padua, nuestro titular de la
parroquia. Y en esta tarde queremos recordar que él fue un ferviente defensor
de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, basando su teología en que
este sacramento es un don supremo de amor transformador. La relación entre el
santo y la Eucaristía destaca en varios niveles,
Su
defensa más famosa es el milagro de la mula, donde un animal hambriento
se arrodilló ante la hostia consagrada en lugar de comer. Sucedió de esta
manera:
A
principios del siglo XIII, la Iglesia católica enfrentaba el crecimiento de
diversos movimientos heréticos. Los más influyentes eran los cátaros (también
llamados albigenses), asentados con fuerza en el sur de Francia y el norte de
Italia. Los cátaros se basaban en una visión dualista del mundo: Creían que todo
lo espiritual era creación de Dios (el Bien), mientras que todo lo material y
corporal era creación de Satanás (el Mal). Como consecuencia, los cátaros
rechazaban los sacramentos católicos, especialmente la Eucaristía. Argumentaban
que Cristo no podía estar verdaderamente presente en elementos materiales como
el pan y el vino, y consideraban la misa como un rito vacío.
El
famoso enfrentamiento del santo tuvo lugar en el año 1227 en la ciudad costera
de Rímini, Italia, un importante bastión de la secta cátara en aquella época. San
Antonio, célebre por su brillante oratoria y profundo conocimiento de las
Escrituras, predicaba públicamente en las plazas para rebatir las doctrinas
heréticas. Su principal oponente en la ciudad era un líder cátaro llamado Bononillo,
quien llevaba décadas militando en la secta y negaba rotundamente la
transubstanciación. San Antonio defendía el dogma de la transubstanciación (el
cambio de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo).
Bononillo desafió la lógica de este dogma afirmando que no existía ningún
cambio físico ni espiritual visible. Frustrado por la impecable argumentación
teológica de San Antonio, que no lograba conmoverlo, Bononillo propuso una
prueba empírica basada en la razón animal: El Ayuno. El líder cátaro privaría a
su propia mula de cualquier alimento durante tres días seguidos. Pasado ese
tiempo, se reunirían en la plaza principal de Rímini ante toda la población. Bononillo
colocaría un enorme montón de forraje y cebada fresca frente al animal
exhausto. Al mismo tiempo, San Antonio sostendría la Hostia consagrada en un
ostensorio. Si la mula ignoraba la comida para venerar el sacramento, Bononillo
se convertiría al catolicismo. El desenlace fue que la mula hambrienta ignoró
por completo el alimento, bajó la cabeza y se arrodilló ante la Eucaristía,
provocando la conversión inmediata de Bononillo y de muchos otros testigos en
la plaza.
Este
acontecimiento no solo consolidó la reputación de San Antonio como el «martillo
de los herejes», sino que además impulsó de manera decisiva la devoción
eucarística popular en Italia y Francia, contrarrestando la expansión del
catarismo mediante demostraciones de fe accesibles para el pueblo llano.
Querido
Jesús, la imagen de nuestro patrón san Antonio contigo en brazos, nos recuerda
que para el Santo el Niño Jesús y el santísimo sacramento eran la misma
realidad: Dios hecho pequeño y accesible por amor.
El
Niño Jesús representa a Dios despojado de su grandeza, hecho un bebé vulnerable
para dejarse abrazar por el hombre.
La
Eucaristía representa a ese mismo Jesús, oculto bajo las especies de pan y
vino, que se entrega diariamente para que la humanidad pueda recibirlo y,
espiritualmente, "abrazarlo" dentro del corazón a través de la
comunión.
Haznos
siempre dóciles a tu palabra y fieles a la presencia real de Jesús eucaristía y
podamos abrazarlo y acogerlo en nuestro corazón. Amén
miércoles, 3 de junio de 2026
MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA:
ANTE
EL CORPUS CRISTI
Ante
ti, Señor eucaristía nuestra súplica de amigo importuno: Danos el pan de cada
día, el pan de esta jornada. Solo te pedimos el trozo suficiente que alivie nuestro
cansancio y nuestra fatiga.
Danos
la fuerza necesaria, solo aquella que nos permita dar respuesta concreta y fiel
a la vocación que a cada instante nos confirmas. Te pedimos el aliento de vida
que nos dé capacidad en este ahora. Danos el sorbo de agua imprescindible, que nos
libre del agobio y preste a nuestros caminos la alegría de no arrastrar,
sedientos y agotados, los pies en la obediencia. Hazte agua de torrente o
manantial; que no perezcamos sedientos de sentido.
Sólo
te pedimos que permanezcas discreto junto a nosotros en los senderos, sin
derroches de visiones, pero que estemos seguros de tu acompañamiento.
Hazte,
Señor, la brisa de la tarde, la cena de la noche, pan partido, albergue de nuestro
sueño, aceite de nuestras lámparas en la vela. Hazte amanecer y luz del alba.
Danos
hoy el pan de la mañana, el que cada día adelanta la mesa de nuestro esfuerzo y
de nuestra esperanza. Que no volvamos la mirada atrás, ni nos pueda la
nostalgia por el tiempo perdido.
Danos,
Señor, el pan que nos saque del tedio y de todo ensimismamiento, pan partido,
pan comunitario, pan de Eucaristía.
Tu
dijiste: “Yo soy el pan de vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne, para
la vida del mundo” (Jn 6, 48-51).
A
los pies del sagrario queremos saborear palabra por palabra y afecto por afecto
los cuatro pensamientos encerrados en estos versículos.
Cuando
dices Yo soy, te miro, Señor, desde la ventana de la fe que me has dado, y
confieso que te reconozco como Hijo de Dios que has venido hasta mí. Tú eres el
Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación.
Cuando
dices que eres Pan vivo bajado del cielo, pienso en que te ofreces a mí como
manjar en mesa de banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te
haces que llegas a mi pobre tienda para invitarme!
Cuando
dices que Comer de tu pan es tener vida para siempre, me haces olvidar mis
apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y
nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Dame Señor, hambre
de tu pan de vida, hambre de vivir en ti!
Y
cuando dices que Tu pan es tu carne, vida del mundo, me sumerges en el misterio
de tu amor y de tu poder. ¡Tú mismo estás en la mesa a que me invitas, bajo las
especies de pan y vino, y es tomando ese pan y vino como el mundo se transforma
en ti!
“En
verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su
sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 52-56)
Ahora,
Señor, parece que me fuerzas a tener hambre y comer, a tener sed y beber. Más
no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a
comer y beber de ti mismo: de tu cuerpo y sangre. Y tan fuerte es tu palabra
como que me amenaza solemnemente: sin participar de mi banquete, en mi carne y
en mi sangre, vuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales
turbios, y yo no la reconozco.
¡Tanta
es la fecundidad que concedes a la vida eucarística, a la comunión
espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un
banquete de bodas! Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándome
en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en
caridad, es ponerme en camino a la vida eterna. Entiendo, Señor, que comer tu
cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que
prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete
eucarístico.
No
hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el
amor y la solidaridad,
¡Gracias
Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! Amén.























