sábado, 11 de octubre de 2025
ACCIÓN DE GRACIAS
QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR
Darte las gracias por lo mucho que me
das y de esperar, cuando tardas en llegar.
Darte las gracias por los detalles
insignificantes por los dones que, de tantas personas, recibo sin saberlo por
las sonrisas que, por la calle, se me regalan por los rostros que no me son
indiferentes.
QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR.
De ver tu mano allá donde sólo veo el
mundo.
De abrir mi corazón a tu presencia.
De tener mis ojos despiertos a tu paso.
De abrir mis manos a quien lo necesita.
QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR.
De cultivar la gratitud cuando tanto se
me da.
De decir “gracias” por pequeñas o
grandes cosas.
De agradecer la fe como don y como tarea.
De pedir cuanto necesite aunque no sea a
la hora que yo lo espere.
QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR.
De cuidar el corazón, con la vitamina de
la gratitud.
De fortalecer mí fe, con el arma de la
oración.
De robustecer mi alma, con savia de la
caridad.
De curar mi espíritu, con mi confianza
en Ti.
Amén
2025
CICLO C
TIEMPO
ORDINARIO XXVIII
La ley de Moisés, consideraba a los
enfermos de lepra como personas impuras, que volvían impuro a quien los tocaba.
Inhabilitados para la vida social, no podían permanecer con su familia y
relacionarse con la gente. Tenían que vivir aislados fuera de las ciudades y
gritar: “¡Impuro, impuro!”, a la distancia, para que nadie se les acercase.
Estos diez leprosos salen al encuentro
de Jesús y le gritan: ¡Ten piedad de nosotros! Jesús se preocupa de
restablecerles su dignidad de personas y los envía a los sacerdotes y mientras
van de camino quedan curados.
A continuación, el evangelio resalta el
comportamiento ambivalente mantenido por los curados. La actitud de Jesús ha
sido ejemplar, pero nueve de los diez curados muestra actitudes cumplidoras,
pero no agradecimiento. Muy pronto se han olvidado del gran favor recibido.
Sólo uno de ellos y, por cierto, un samaritano, es decir, un hereje reprobado
por los judíos, al verse sano, regresó alabando a Dios en voz alta y se postró
a los pies de Jesús dándole gracias. Reconoce que Dios ha obrado en Jesús y lo
declara abiertamente con un gesto de auténtica fe. Por eso le dice Jesús:
Levántate, vete; tu fe te ha salvado. Al volver junto al Señor recibe algo
más que la curación física de los otros nueve: la salvación y la vida
nueva que da Jesús.
En el evangelio Jesús ha curado porque
sí, sin que se lo hayan pedido siquiera los diez leprosos. Si os fijáis ellos
sólo reclamaron del Maestro compasión. Se habrían conformado con
que tuviera por ellos un sentimiento de pena, de ternura, de empatía con
su desgraciada situación.
El Maestro se queja:¿dónde están
los otros nueve? ¿Sólo uno ha vuelto para dar gloria a Dios? Y sólo de
él afirma que está salvado. Los diez recibieron el regalo de la curación. Pero
sólo uno fue capaz de descubrir detrás de ello la mano de Dios.
Descubrimos que este leproso samaritano
al sentirse curado vuelve a Jesús porque tenía un corazón agradecido. Esto
nos ayuda a ser agradecidos con Dios y con las personas: valorando sus detalles
y esfuerzos, aprendiendo de ellos, y multiplicándolos también nosotros. Un
corazón agradecido abre las puertas de la salvación. Un corazón agradecido
tiende puentes y reafirma las relaciones. Un corazón agradecido nos hace mucho
mejores. Y tenemos tanto que agradecer a Dios.
Cada domingo al celebrar la Eucaristía,
literalmente significa Acción de Gracias, supone haberse ido preparando
durante la semana, en la oración y en la vida diaria, para ir cultivando ese
corazón agradecido. Desgranar cada día los mil motivos que los ojos de la fe
van descubriendo en lo que pasa y en lo que nos pasa. Mostrar
agradecimiento concreto (con rostros, momentos, lugares), sintiéndonos en deuda
de corresponder a sus dones. Al menos reconocerlos.
En nuestra «civilización mercantilista»,
cada vez hay menos lugar para lo gratuito. Todo se intercambia, se presta, se
debe o se exige. En este clima social la gratitud desaparece. Ánimo y
recuperemos la gratitud ante Dios y su bondad insondable. Esto genera una forma
nueva de mirarse relacionarse con las cosas y de convivir con los demás.
jueves, 9 de octubre de 2025
Meditación
eucarística:
Dios
siempre escucha
Señor
Jesús sacramentado junto a ti nos presentamos con nuestras manos vacías y
nuestros corazones abiertos para experimentar tu gran amor hacia cada uno de
nosotros. En
el silencio de esta adoración estamos convencidos que tú estás ahí para
escucharnos, acogernos, ayudarnos. Tú siempre estás atento a nuestras
oraciones, pensamientos y necesidades. Puede que no siempre recibamos
respuestas de la manera que esperamos, pero notamos tu presencia y cuidado de
una manera constante. Escuchemos
Dios
siempre escucha:
Había una mujer, Angustias de nombre, que a pesar de sus pocos años había ya
padecido mucho. Como consecuencia de tanto sufrimiento y de su precaria vida de
piedad, fue perdiendo la fe y su confianza en Dios. Por si faltaba algo, su
marido hacía unos meses que se había quedado sin trabajo y apenas si tenían
para vivir ellos y sus cuatro hijos.
Una
amiga suya Consuelo conociendo el mal estado emocional en el que se encontraba
fue un día a visitarla: ¡Hola, Angustias! ¿Cómo te encuentras?
-
No tan bien como deseara. La verdad es que últimamente estoy con la depresión.
Ya sabes todo lo que nos está ocurriendo, respondió la amiga.
-
Lo que debes hacer es tener fe. ¡Pídele a Dios y verás cómo te ayuda!
-
Dios me ha abandonado. Al principio rezaba, pero me aburrí. No sé si habrá
alguien arriba porque por más que le pido no me responde.
Angustias, durante sus años mozos, había sido
una “buena cristiana”; pero luego, cuando la vida empezó a azotarle, y debido
también a que su marido era poco practicante, se fue separando de Dios y de la
vida de piedad.
Consuelo
le insistió en que rezara con fe, pues Dios nunca dejaba de escuchar nuestra
oración.
-
Mira, Angustias, nada vas a perder si le pides a Dios de nuevo. Él nunca
abandona. Es más, a partir de ahora pediré yo también por ti.
Angustias
no estaba muy convencida, pero para que su amiga se callara le prometió que
volvería a rezar. Y no se le ocurrió otra cosa que decirle a Dios: ¡Señor! Ya
sabes todo lo que me pasa. Mi amiga me ha pedido que te rece, pero la verdad es
que he perdido la fe; así que te voy a pedir algo sencillo. ¡Mira!, me gustaría
que, como signo de tu amor hacia mí, y para probarme que me escuchas, me
regalaras una flor y una mariposa.
Pasaron
unos días, y la mujer, enfrascada de nuevo en los quehaceres cotidianos, se
olvidó de Dios y de lo que le había pedido. Un miércoles por la mañana,
mientras la pobre mujer estaba haciendo la colada de toda la familia, sonó el
timbre de la casa. Se secó las manos apresuradamente y acudió a la puerta a ver
quién era.
-
Un repartidor le pregunta: ¿Vive aquí Angustias Sánchez? Aquí le traigo un
paquete.
La
mujer lo recibió. Firmó la hoja de entrega. El furgón se marchó y la mujer,
curiosa, se dispuso a abrir el paquete, no sin antes buscar el remitente del
mismo. Por más que buscó no encontró nombre alguno. Al abrir la caja se
encontró una maceta pequeña con un cactus pinchoso, un gusano negro feo y
peludo y una pequeña tarjeta de visita que decía: “En respuesta a tu oración”.
En
ese momento le entró un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Parecía que
quería adivinar que el paquete venía del cielo. Pero no del cielo, pues eso no
era lo que ella había pedido a Dios. Disgustada porque Dios tampoco le había
escuchado, volvió a meter el cactus con el gusano y la nota en la caja y la
tiró en una esquina del patio de la casa, pensando.
Pasaron
ocho o diez días, y nuestra sufrida mujer se dispuso una mañanita a limpiar el
patio de la casa. Era finales de la primavera. En eso que vio la caja que ella
misma había tirado en el patio.
Angustias
comenzó a limpiar el patio. Cogió la caja para tirarla a la basura, cuando de
pronto, movida por la curiosidad y quizá también por algo de resentimiento con
Dios, abrió la caja como para reírse de Él. Cuál fue su sorpresa, cuando al
quitar la tapa, se encontró que en el cactus tenía una flor bellísima y el
gusano negro, feo y peludo se había transformado en una preciosa mariposa
multicolor.
El
Señor siempre escucha nuestra oración. A veces lo que nos manda no es tanto lo
que nosotros esperábamos, pero siempre es lo más nos conviene. Sencillamente lo
único que tenemos que hacer es tener paciencia a que el cactus dé su flor y el
gusano se transforme en mariposa…. Y es que Dios, siempre escucha. Amén






