MEDITACIÓN
EUCARÍSTICA
El corazón más hermoso
Jesús
sacramentado un día más nos encuentras a tus pies, para buscar un poco de paz y
de calma a nuestras vidas un tanto agitadas. Hoy miércoles de ceniza venimos
con un corazón bien dispuesto a escuchar tu palabra y hacer lo posible para transformar
nuestro corazón tantas veces de piedra por un corazón de carne. Escuchamos esta
historia.
El
corazón más hermoso: Un día un hombre joven se situó en el centro de un
poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca.
Una
gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su
corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños.
Coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse
admirado el joven sé sintió más orgulloso aun, y con mayor fervor aseguró
poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.
De
pronto un anciano se acercó y dijo: ¿Por qué dices eso, si tu corazón no es tan
hermoso como el mío? Sorprendidos, la multitud y el joven miraron el corazón
del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de
cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y estos habían sido
reemplazados por otros que no correspondían, pues se veían bordes y aristas
irregulares en su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban
trozos profundos. La mirada de la gente se sobrecogió, ¿Cómo puede decir él que
su corazón es más hermoso?, pensaron...
El
joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a
reír.
-
Debes estar bromeando, dijo. Comparar tu corazón con el mío... El mío es
perfecto. En cambio, el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor.
-
Es cierto, dijo el anciano, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me
involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual
entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mí corazón para entregárselos a cada
uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo,
que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales,
quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan
el amor que hemos compartido.
Hubo
oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero
esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos
- dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al
haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza,
que algún día tal vez regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón.
-
¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?
El
joven permaneció en silencio, corrían lágrimas por sus mejillas. Se acercó al
anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El
anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo
del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La
pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los
trozos, se notaban los bordes. El joven miró su corazón que ya no era perfecto,
pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su
interior.
Jesús
reconocemos que vivimos en una cultura que valora la perfección externa, lo
intacto, lo que no muestra fallas. Pero el relato sugiere que un corazón que
nunca ha sido herido tampoco ha amado profundamente. Las cicatrices no son
señales de debilidad, sino de entrega y valentía emocional.
Cada
vez que damos amor, dejamos parte de nosotros en otros. A veces ese amor es
correspondido; otras veces no. Sin embargo, incluso cuando duele, el haber
amado nos transforma y nos hace más humanos. El corazón del anciano es hermoso porque
ha sufrido, ha sanado, pero ha seguido latiendo.
La
verdadera belleza no está en la perfección, sino en la capacidad de amar,
perdonar y volver a intentarlo. Las cicatrices emocionales son testimonio de
una vida vivida con intensidad y generosidad.
La
Cuaresma no es un tiempo para maquillar el corazón, sino para mirarlo con
verdad. Muchos de nosotros hemos sido heridos. También hemos herido. Y a veces,
para no volver a sufrir, endurecemos el corazón, lo blindamos, lo hacemos
“perfecto” hacia afuera. Tu Jesús no tuviste un corazón intacto. Tu amor lo
llevó a la entrega total. En la cruz, su corazón fue traspasado. No se reservó
nada y nos animas a no temer a las heridas del corazón, porque son prueba de
que hemos amado de verdad y eso, al final, es lo que nos hace verdaderamente
hermosos. Un corazón herido por amor, perdonado y reconciliado, es más
semejante al de Cristo que uno simplemente “correcto”. Que esta cuaresma no nos
limitemos a prácticas externas, sino sea un camino hacia un corazón más
compasivo, más humilde y más entregado. Porque el corazón más hermoso no es el
que nunca sufrió, sino el que, a pesar de todo, sigue amando. Amén

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