sábado, 11 de abril de 2026


 

TIEMPO DE PASCUA.

DIVINA MISERICORDIA

Estamos en el segundo domingo de Pascua, la Divina Misericordia; una ocasión preciosa para redescubrir, contemplar y saborear la infinita misericordia de Dios.

Nos encontramos que los discípulos están encerrados en casa. No por prudencia, sino por miedo; miedo a los judíos, sufrir, a morir. Las puertas cerradas no son solo las de madera: representan nuestras defensas, los muros que levantamos cuando la vida nos ha herido o cuando nos sentimos amenazados. Muchas veces es precisamente el miedo a volver a vivir lo que nos mantiene bloqueados; muchas veces, por miedo a sufrir de nuevo, nos cerramos al amor.

Pero en este cierre, Jesús resucitado se hace presente. En primer lugar, no llama a la puerta, no reprende, no hace preguntas. Se queda en medio y dice: «La paz esté con vosotros». La paz de Jesús no es solo un deseo, es un don: es el don de esa paz verdadera de la que Jesús es la fuente. Paz que no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Alguien que te hace sentir seguro incluso en medio de los problemas. Paz de alguien que te ama y te perdona. Precisamente a esos discípulos con sus miedos, sus sentimientos de culpa, Jesús va al encuentro y dice: Paz.

Luego Jesús muestra las heridas. No ha querido borrarlas; las heridas permanecen, pero ya no duelen como antes. Son como sellos de autenticidad: Es precisamente Él, el Resucitado, quien nos ha amado así, hasta ese punto. En esas llagas está el precio de nuestra redención y, junto a él, grabado de forma indeleble, está nuestro nombre. Jesús no se avergüenza de sus heridas, porque son el lugar donde el amor ha vencido. Así, la resurrección nos recuerda que lo que importa no es evitar el sufrimiento, sino amar, y seguir amando incluso cuando duele, seguros de que ese es el camino.

Inmediatamente después, Jesús sopla sobre ellos. Es un gesto frágil, humano, casi íntimo. Es como decir: recomenzamos desde aquí. El Espíritu Santo no llega como un fuego espectacular, sino como un aliento que vuelve a poner en pie a quien estaba sin aliento, como un soplo capaz de devolver la vida a quien ya estaba apagado. Así nace la Iglesia: no de héroes, sino de hombres asustados que reciben una confianza inmerecida y, con ella, una vida capaz de vencer todo cierre, todo pecado, incluso la muerte: la vida misma de Dios en ellos. Soplo de vida que sigue llegando hasta nosotros, especialmente a través del sacramento de la reconciliación, momento de gracia en el que el Señor resucita nuestras almas a una vida nueva.

Y luego está Tomás. Él no se conforma con los relatos de los demás, quiere tocar, quiere una experiencia verdadera. A los ocho días Jesús vuelve expresamente por él. Dios tiene una paciencia infinita y no quiere perder a nadie por el camino. Y cuando Tomás se encuentra ante el Resucitado, no dice: Ahora lo entiendo, sino: Señor mío y Dios mío. La fe no consiste en comprenderlo todo, sino en reconocer a Quien tienes delante.

En el fondo, la experiencia de la Pascua es una experiencia de misericordia. Dios sale a nuestro encuentro en nuestro encerramiento, permanece con los heridos para dar sentido a nuestras heridas, no se asusta ante nuestras dudas y nos devuelve la paz. Y nos envía al mundo no como personas perfectas o resueltas, sino como hijos e hijas reconciliados con nuestra propia fragilidad.

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