2026
CICLO A
TIEMPO
ORDINARIO II
En
el centro del Evangelio de hoy está la palabra de Juan Bautista: Este es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Imaginamos la
escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente,
hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el
bautismo de las manos de ese hombre que predicaba un bautismo de penitencia y
de cambio de vida.
Juan
predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse
y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; e inicia a
bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia. Juan
sabe, que el Mesías ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre
Él se posará el Espíritu Santo.
Y
el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente.
Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de
Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por
Juan. Sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre
lo proclama Hijo predilecto. Es el signo que Juan esperaba. Jesús es el Mesías.
Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en
medio de los pecadores, bautizado como ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y
le hace entender que así se cumple la voluntad de Dios, se cumple su diseño de
salvación: Jesús Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo,
sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.
Así
Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Este es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo. Él es un el único Salvador, Él es el Señor,
humilde, en medio de los pecadores.
Y
estas son las palabras que repetimos cada día, durante la misa, cuando se presenta
al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este
gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia
a sí misma. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a
Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y
lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de verdad. Dejarnos bautizar por él es
poner verdad en nuestro cristianismo. No dejarnos engañar por falsas
seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de amor, capaz de liberarnos de la
cobardía y del egoísmo. Dejarnos bautizar por él es abrirnos al amor solidario,
gratuito y compasivo.
El
Espíritu de Jesús es Espíritu de conversión a Dios. Dejarnos transformar
lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su
corazón y su sensibilidad hacia todo lo que nos deshumaniza.
Jesús
comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la
persona. Y finalmente lo proclama Hijo de Dios: es el título que resume todos
los demás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario