sábado, 17 de enero de 2026


 

2026 CICLO A

TIEMPO ORDINARIO II

 

En el centro del Evangelio de hoy está la palabra de Juan Bautista: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Imaginamos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de ese hombre que predicaba un bautismo de penitencia y de cambio de vida.

Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; e inicia a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia. Juan sabe, que el Mesías ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo.

Y el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto. Es el signo que Juan esperaba. Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la voluntad de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.

Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores.

Y estas son las palabras que repetimos cada día, durante la misa, cuando se presenta al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.

El Espíritu de Jesús es Espíritu de verdad. Dejarnos bautizar por él es poner verdad en nuestro cristianismo. No dejarnos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad.

El Espíritu de Jesús es Espíritu de amor, capaz de liberarnos de la cobardía y del egoísmo. Dejarnos bautizar por él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.

El Espíritu de Jesús es Espíritu de conversión a Dios. Dejarnos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que nos deshumaniza.

Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona. Y finalmente lo proclama Hijo de Dios: es el título que resume todos los demás.

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