miércoles, 21 de enero de 2026


 

MEDITACIÓN EUCARÍSTICA:

NADIE TRIUNFA SOLO

Señor Jesús en esta tarde queremos pasar contigo unos momentos de descanso y serenidad. Nuestra reflexión de hoy es que nada verdadero se logra sin Ti y sin los demás. Nuestro Dios nos creo para vivir en comunión, no aislados. Él es quien da los dones, la fuerza y las oportunidades, y los demás son el medio que usa para acompañarnos, corregirnos y sostenernos.

Nadie triunfa solo: Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia numerosa. Para dar de comer a su familia el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las como orfebre. A pesar de las condiciones tan pobres en las que vivían, dos de los hijos tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su familia jamás podría pagar sus estudios en la Academia. Después de muchas noches de conversaciones, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al otro con las ventas de sus obras, o como bien pudiera. Así lo hicieron, y Alberto Durero ganó y se fue a estudiar a Nuremberg.

El otro hermano comenzó un período de cuatro años de peligroso trabajo en las minas para sufragar los estudios de su hermano que, desde el primer momento, fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Alberto, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y, en el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Alberto se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer realidad sus estudios. Sus palabras finales fueron:

- Y ahora hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba su hermano, quien, con el rostro empapado en lágrimas, movía la cabeza mientras murmuraba una y otra vez «No, no, no…».

- No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Cada hueso de mis dedos se ha roto al menos una vez, y la artritis de mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas de compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, querido hermano, para mí ya es tarde.

Con los años, Alberto comprendió que el don que había recibido no era solo su talento, sino el amor sacrificado de su hermano. Y quiso dar gracias a Dios por ello. Tomó entonces aquellas manos gastadas por el trabajo, heridas por la renuncia y ya incapaces de pintar, y las elevó en un gesto de oración. No las embelleció, porque el verdadero valor ya estaba en ellas: habían amado hasta el extremo. Así nacieron “Las manos que oran”.

Señor Jesús esta historia nos recuerda que detrás de cada persona que alcanza el éxito casi siempre hay sacrificios invisibles, esfuerzos silenciosos y renuncias que no salen en los libros ni en los aplausos. Alberto Durero pudo desarrollar su talento porque su hermano renunció al suyo. Uno triunfó en la superficie; el otro sostuvo ese triunfo desde la sombra. No hay victoria individual que no esté, de algún modo, construida en plural.

En ese dibujo no hay solo arte, hay Evangelio. Porque esas manos nos recuerdan que nadie vive para sí mismo, que el amor verdadero siempre implica entrega, y que todo don crece cuando se pone al servicio de los demás.

El hermano que se quedó trabajando en la sombra no llegó a Nuremberg, pero llegó al corazón de Dios. Su sacrificio, oculto a los ojos del mundo, fue grande a los ojos del Señor.

Como nos enseñas tu Jesús: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus hermanos”.

Por eso, cuando contemplamos esas manos en oración, entendemos que nadie triunfa solo, y que en el Reino de Dios, muchas veces, los primeros son los que nadie vio. Amén.

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