sábado, 18 de abril de 2026

2026 CICLO A

TIEMPO DE PASCUA III

 

Y lo reconocieron al partir el pan. Era común que el padre de familia partía el pan en casa. Pero tres días antes, Jesús había hecho algo inaudito: se había entregado e identificado a sí mismo: Tomad y comed, este es mi cuerpo.

Hoy el Evangelio nos propone una historia de camino y de hogar. Dos discípulos han abandonado la ciudad santa, ese grupo cerrado y temeroso en el que se encontraban, y se han puesto en camino. Ellos se alejan y Jesús se acerca. No para corregir el paso ni marcar el ritmo, no: para darles todo el tiempo para expresarse, porque si tienes prisa, no escuchas.

Se acerca y pregunta ¿Qué son estas conversaciones?». Y le hablan de Jesús. De cómo lo siguieron, lo amaron, esperaron que fuera él el libertador de Israel. Ellos se detuvieron con aire entristecido, detalle importante que nos indica a alguien a quien querían mucho. Las mujeres dejaron a todos consternados: La tumba estaba allí, pero él no.

Entonces Jesús le dice: Qué necios y torpes sois para creer. Vuestro corazón lento no os permite ver. Tenéis ante vosotros todas las piezas de la historia, pero no sabéis encajarlas en su sitio. Los ojos están vendados, pero la forma de ver depende del corazón. Si el corazón se abre, toda la historia cambia de color, lo sabemos por experiencia. Si el corazón se cierra, los ojos se vuelven ciegos ante las personas y solo ven sus defectos.

El corazón de los dos discípulos está cerrado, pero había una chispa: No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras. Jesús puede hacer arder nuestro corazón a pesar de los aparentes fracasos y frustraciones, si permanecemos abiertos a su palabra.

Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Tienen hambre de palabras, de compañía, de hogar. Donde se le invita Jesús entra en nuestras casas, en nuestros corazones. Dios está solo donde se le deja entrar.

Y lo reconocieron al partir el pan. Lo reconocieron por esto, por el gesto de darse, de entregarse. Tomar algo propio y dárselo a los demás encierra el secreto de todo el Evangelio. Dios que se entrega, nutre, alimenta y desaparece.

Tomad: es para vosotros. Este para vosotros es el gran milagro. He venido para que tengáis vida, para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena. Para vencer a la tristeza y mantener a raya a la decepción, dejemos entrar al resucitado en nuestros corazones y en nuestras casas.

Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Jesús no está ausente. Camina junto a nosotros.

 

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