MEDITACIÓN
EUCARISTICA:
La
historia de Nicodemo
Señor
Jesús en esta tarde de adoración queremos recordar el diálogo que mantuviste
con el fariseo Nicodemo, hombre bueno y con inquietudes pero que estaba lejos
del Dios Padre que tu anunciabas y vivías. Porque a veces no se trata solo de
cumplir sino de vivir desde lo profundo del ser.
Nicodemo
no era un hombre perdido ni desordenado. No llegó con una vida rota ni buscando
salir de un caos. Llegó siendo alguien correcto. Era fariseo, y eso significaba
disciplina, obediencia visible y una vida moralmente intachable. Además, era
maestro de Israel, alguien que conocía la ley, que la estudiaba y la enseñaba.
Si alguien parecía estar bien delante de Dios, era él.
Pero
cuando se encuentra con Jesús, no recibe una aprobación. No escucha un “vas por
buen camino”. Escucha algo completamente diferente: “tienes que nacer de
nuevo”. Eso rompe cualquier expectativa.
Jesús
no le estaba hablando a alguien que vivía mal, sino a alguien que aparentemente
hacía todo bien. Y ahí se revela algo incómodo: el problema del ser humano no
es solo hacer cosas malas. También puede ser construir una vida correcta… pero
vacía por dentro.
Nicodemo
representa a personas que cumplen, que hacen lo correcto, que tienen principios,
que se comportan bien incluso cuando nadie los ve. Personas que no viven en
excesos, que no dañan a otros, que mantienen una vida ordenada. Y, aun así,
están lejos. No lejos en conducta, sino en esencia. Porque puedes tener
disciplina sin transformación. Puedes dominar hábitos y aun así no haber
rendido el corazón. Puedes conocer la ley y no conocer a Dios.
Por
eso Jesús no le ofreció mejorar lo que ya tenía. No le dijo que ajustara
detalles ni que se esforzara un poco más. Le dijo algo mucho más radical:
empezar de cero. Todo lo que había construido, aunque se veía bien, no era vida
espiritual.
Y
eso es lo difícil de aceptar.
Cuando
alguien ha hecho todo “bien” durante tanto tiempo, cuesta reconocer que eso no
es suficiente. Por eso Nicodemo responde desde la lógica, preguntando cómo
alguien puede nacer de nuevo. Pero en el fondo, la verdadera pregunta es otra:
cómo alguien como él podría necesitar empezar otra vez.
Esa
es la barrera más fuerte. No la del que sabe que está mal, sino la del que cree
que está bien. Porque el que falla reconoce su necesidad, pero el correcto
puede vivir sin cuestionarse. Y ahí es donde esta historia deja de ser antigua.
Hoy
hay muchas personas así. Disciplinadas, éticas, respetadas, con una vida
ordenada. Personas que hacen lo correcto, pero que nunca han permitido que Dios
toque lo más profundo. Que nunca han soltado el control, ni han reconocido que
su “bien” no les da vida. Y viven tranquilos, porque comparados con otros,
parecen estar mejor.
Pero
Jesús no compara, Jesús transforma.
Y
eso incomoda, porque es más fácil corregir errores que aceptar que toda tu base
necesita ser cambiada. Nicodemo no tenía una vida que arreglar, tenía una vida
que reemplazar.
Y
ahí está la verdad que pocos quieren enfrentar: no solo se pierde el que vive
mal. También puede perderse el que vive “bien” sin Dios. No solo el que rompe
las reglas, también el que las cumple sin conocer al que las dio.
Por
eso Jesús fue tan directo, porque Nicodemo no necesitaba más información,
necesitaba transformación. No necesitaba saber más, necesitaba nacer de nuevo.
Cuando
entiendes esto, la historia deja de ser una conversación teológica y se
convierte en un espejo. Ya no se trata de preguntarnos si hacemos lo correcto,
sino de algo más profundo: si realmente estamos vivo por dentro. Porque podemos
estar en orden y aun así estar lejos. Podemos saber mucho y aun así no haber
comenzado de verdad.
Y
entonces la pregunta cambia.
Si
hoy tuviéramos que empezar de nuevo delante de Dios ¿tendríamos algo más que nuestras
propias obras para sostenernos?

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