Meditación
Eucarística:
María
Madre de Jesús
Dios
no escogió a María porque pudiera hacer algo por Jesús. La escogió porque sabía
que nunca impediría que Jesús cumpliera el propósito del Padre. Cuando pensamos
en María, muchas veces hablamos del pesebre. Del ángel. De Belén. De los
pastores.
Pero
¿Qué vio Dios en María que no vio en tantas otras mujeres de Israel? La Biblia
no dice que fuera la mujer más rica. No dice que perteneciera a la familia más
importante. No dice que tuviera una educación extraordinaria. No dice que fuera
famosa. Lo que sí muestra es un corazón completamente dispuesto para Dios.
Cuando
el ángel le anunció algo que cambiaría toda su vida, María respondió: "He
aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra." Qué
respuesta tan impresionante. No preguntó primero cuánto le costaría. No pidió
garantías. No exigió explicaciones para cada detalle. Simplemente decidió
confiar. Y quizá ahí estaba la diferencia. Dios no estaba buscando solamente un
vientre. Estaba buscando un corazón que dijera "sí". Porque Dios
puede poner grandes propósitos en manos de personas sencillas. Pero necesita
corazones dispuestos.
María
entendió desde el principio que Jesús no le pertenecía. Era su hijo. Lo
alimentó. Lo abrazó. Lo vio dar sus primeros pasos. Lo escuchó decir sus
primeras palabras. Lo enseñó a trabajar. Lo vio crecer. Pero nunca intentó
convertirlo en el dueño de sus propios sueños. Sabía que había nacido para
cumplir la voluntad del Padre. Y eso es uno de los actos de amor más difíciles
que existen. Amar sin poseer. Cuidar sin controlar. Formar sin manipular. Preparar
para dejar ir.
Eso
también ocurre hoy. Hay padres que creen que sus hijos son una propiedad. Quieren
decidir cada paso. Cada amistad. Cada sueño. Cada elección. Olvidan que los
hijos no son un proyecto personal. Son personas que Dios nos presta por un
tiempo.
María
entendió algo que muchos tardamos toda una vida en aprender. Los hijos llegan a
nuestros brazos. Pero pertenecen a Dios. Por eso, cuando Jesús tenía doce años
y se quedó en el templo, María lo buscó angustiada. Y cuando finalmente lo
encontró, Jesús respondió: "¿No sabíais que tengo que ocuparme de las
cosas de mi Padre?" Aquellas palabras debieron atravesar el corazón de
María. Porque comenzaba a comprender que el propósito de su Hijo era mucho más
grande que ella misma. Criar también significa aceptar que llegará el día en
que nuestros hijos tomarán el camino para el cual Dios los llamó. Y eso duele. Duele
porque amar siempre implica aprender a soltar.
En
las bodas de Caná, María se acercó a Jesús porque una familia tenía un
problema. Se había terminado el vino. Ella solo le presentó la necesidad. Después
miró a los sirvientes y dijo: "Haced todo lo que os diga." No intentó
decirle a Jesús cómo actuar. No quiso controlar el milagro. Solo confió en Él. ¡Qué
enseñanza tan profunda! Hay personas que quieren dirigir a Dios. Decirle cuándo
actuar. Cómo responder. Qué camino tomar. María simplemente llevó la necesidad
a Jesús. Y dejó el resultado en sus manos.
Pero
llegamos al momento más doloroso. Jesús está clavado en una cruz. María está
allí. No puede bajar los clavos. No puede detener el dolor. No puede cambiar el
plan. Solo puede permanecer. Imagínate a aquella madre. Seguramente recordó la
profecía de Simeón: "Una espada traspasará tu alma." Y aquel día esa
espada llegó. Sin embargo, María no abandonó la cruz. Permaneció. Porque el
verdadero amor no siempre puede cambiar el sufrimiento, pero nunca abandona al
que sufre. Y entonces comprendemos qué vio Dios en ella. No fue solamente una
mujer capaz de dar a luz. Fue una mujer capaz de permanecer fiel cuando todo
parecía perdido. Eso es lo que Dios busca. Corazones que permanezcan. No solo
cuando hay milagros. También cuando hay lágrimas.
Todo
eso formó parte del plan de Dios. Porque los grandes propósitos de Dios casi
siempre comienzan en la fidelidad de los pequeños actos de cada día.
María
entendió que el mayor acto de amor no era retener a Jesús para ella. Sino
prepararlo para el propósito por el cual había venido al mundo. Y cuando una
persona comprende que aquello que ama pertenece primero a Dios, descubre que
educar no es fabricar el futuro de un hijo. Es acompañarlo con amor hasta que
esté listo para caminar de la mano de Aquel que lo llamó desde antes de nacer.
Amén.

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