2026 CICLO A
TIEMPO ORDINARIO XXVII
La parábola que hoy nos presenta el
Evangelio toca una de las cuerdas más profundas de la relación entre Dios y la
humanidad: la paciencia infinita del Creador.
Jesús utiliza la imagen de la viña,
profundamente arraigada en la tradición de Israel. La viña no es solo una
propiedad; es una obra de amor. El dueño la planta, la rodea con una
cerca, cava en ella un lagar y edifica una torre. No escatima en cuidados
para que sea fértil y esté protegida. Esa viña representa nuestro mundo,
nuestra Iglesia, nuestra comunidad y, en definitiva, nuestra propia vida. Dios
nos lo ha dado todo preparado, digno y hermoso.
Sin embargo, el drama comienza cuando
llega el tiempo de la cosecha. El dueño envía a sus siervos para recoger
los frutos que le corresponden, pero los viñadores los golpean, los matan y los
apedrean. Finalmente, manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo lo
respetarán». Pero los viñadores ven en el heredero una amenaza a sus
ambiciones y exclaman: «Venid, matémoslo y quedémonos con su herencia».
Esta parábola habla directamente de tres
realidades fundamentales para nuestra fe:
- La paciencia de Dios:
Dios no se cansa de enviar llamados a la conversión. Envía a los profetas,
envía testigos, envía eventos en nuestra vida para recordarnos de quién es la
viña. Su respuesta al rechazo no es la ira inmediata, sino insistir en el amor
hasta enviar a su propio Hijo, Jesucristo.
- El pecado central de los viñadores no
fue la pereza, sino la soberbia y la codicia. Quisieron adueñarse de lo que
no era suyo. Muchas veces caemos en la misma trampa: actuamos como si
nuestra vida, y todo lo que nos rodea fueran de nuestra absoluta propiedad,
olvidando que somos administradores, no dueños. Cuando sacamos a Dios del
centro para ponernos a nosotros mismos, terminamos destruyendo las relaciones y
haciendo daño a quienes nos rodean.
- La piedra angular: Jesús cita
el Salmo 118: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra
angular». Lo que el mundo descuida, desprecia o crucifica, Dios lo
convierte en el fundamento del Reino. Cristo, expulsado de la viña y muerto en
la cruz, se convierte en la base firme sobre la que se edifica la salvación.
Al final del pasaje, Jesús nos deja una
advertencia sobria pero llena de esperanza: Se os quitará a vosotros el
Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. El
Reino de Dios no es un privilegio de cuna ni una herencia asegurada sin
compromiso; es un regalo que exige dar frutos de justicia, amor, misericordia y
fraternidad.
La parábola no concluye en el desamor o
en la venganza, sino que la viña de Dios será dada a un pueblo que produzca sus
frutos. Y entonces comenzará de nuevo la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Están
surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos, agricultores buenos que cuidan la
viña en lugar de depredarla, que ponen su propio yo al servicio de la
humanidad, en lugar de los demás al servicio de su propia vida. Isaías soñaba
una historia que no sea guerra de posesiones y batalla de poder, sino
cosecha de justicia y paz. El Reino comienza con estos granos de Dios,
como pequeños racimos de Dios entre nosotros.