2025
CICLO C TIEMPO ORDINARIO XXXIII
Las tres lecturas de este domingo nos
lanzan un grito de confianza y valentía. Y es que el fin del año litúrgico y su
lenguaje apocalíptico son toda una invitación para que mantengamos aún más
nuestra capacidad de escuchar el actuar de Dios en nuestros días.
Las palabras de Jesús han de ser leídas
desde la óptica de una paciencia activa, es decir, desde un actuar esperanzado
que es la actitud que deben tener quienes creen en un Dios paciente y fuerte
que alienta y conduce la historia.
¿Dónde está la buena noticia en este
Evangelio apocalíptico y extremo, lleno de catástrofes? Nos encontramos ante el
relato de lo que ha sucedido en todas las épocas y que hoy se repite: guerras
por todas partes, violencia, arrogancia, aire, agua y tierra envenenados.
Estamos en la empinada cresta de la
historia, en equilibrio, buscando una pista: por un lado, el lado oscuro de la
violencia; por otro, la ternura que salva, una tierra de paz donde «ni un
cabello» se perderá.
Comprendemos que el Evangelio no habla
del fin del mundo: cuando oigáis hablar de guerras, no os asustéis, no es
el fin; seréis traicionados y asesinados, pero ni un solo cabello
vuestro se perderá; habrá señales en el sol, en la luna, en las
estrellas: pero levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación.
A cada descripción del dolor le sigue un
punto de ruptura, y todo cambia. Y esto sucede cada vez que cuido el pedacito
de mi tierra. Nada es insignificante para quien ama. Salvar significa
conservar. Y nosotros sabemos que, por la Resurrección de Cristo, no se pierde
ningún fragmento del hombre; ningún acto de amor, ningún esfuerzo generoso.
Hay que utilizar la estrategia del
agricultor. Responder al granizo plantando nuevos viñedos, y por cada cosecha
perdida hoy, preparar otra para mañana. Sembrar y esperar, velando por la vida
que nace. Y perseverar, llevando hasta el final una idea, una intuición, un
servicio, y desembocando así en la verdad de la vida: cada acto humano total te
acerca al absoluto de Dios. Pero vosotros, levantaos. Ese pero,
es como una resistencia, una oposición a todo lo que parece vencer. El
Evangelio ve a los discípulos de pie, con la cabeza alta, los ojos al cielo,
libres y profundos.
Llegarán días en los que no quedará
piedra sobre piedra. No hay nada terrenal que sea eterno. Pero el hombre sí, es
eterno.
Pero cuando venga el Señor, ¿encontrará
todavía fe en la tierra? Yo creo que sí. No dice: ¿encontrará todavía
parroquias, unidades pastorales, diócesis?, sino fe. Encontrará a aquellos que
creen que el amor y la belleza son más fuertes que la maldad, que la justicia
es más sana que el poder. Aquellos que creen que, a pesar de todas las
negativas, esta historia no terminará en el caos o en la nada, sino en un
abrazo de Dios.

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